domingo, 6 de mayo de 2018

Una religión de supermercado


En escritos anteriores hemos explicado que no existen personas que no crean en algo, más claro, no existe el ateo en cuanto tal. Cierto que mucha gente no cree en los dioses que promueven las religiones institucionales, pero eso no los hace ateos, ya que estos creen en otros dioses que han acuñado para sí mismos y que les hacen tanto bien o tanto mal como los institucionales.

Las religiones institucionales le ofrecen a sus seguidores: mito, dogma, culto y rito; elementos por los cuales la feligresía canaliza la angustia de vivir. La realidad es que una religión institucional sin mito, sin dogma, sin culto y sin rito es una entelequia pero no una religión. La diferencia entre las religiones institucionales y las que no lo son, es que la institucional es una sociología concebida para explicar todas las cosas desde un punto de vista físico, metafísico y moral. Que la explicación tenga o no fundamento es irrelevante, ya que sus feligreses encuentran en ellas el sustento que necesitan.

Las religiones no institucionales, es decir, esas que como resultado de un sincretismo particular la persona acuña para sí misma, no ofrecen el mito, dogma, culto y rito de las institucionales, pero ofrecen a sus seguidores otras alternativas de salida para la angustia de vivir. Estas alternativas o guiños de las religiones no oficiales, son diseñadas individualmente por cada uno de sus seguidores y son delineadas para sí y no para los demás. Y si bien es cierto que cada uno de sus devotos es un convencido proselitista de su propia religión, también lo es el que esta, en caso de ser asumida por alguna otra persona, será similar pero diferente a la original. 

Todas las religiones, ya sean institucionales o no, son el resultado de un sincretismo que busca capitalizar la experiencia del pasado. La diferencia estriba en que las institucionales, ya una vez definidas por sus respectivas iglesias, les ofrecen a todos los amantes de la invariabilidad, la repetición, predictibilidad, orden y estabilidad que estos buscan y necesitan. La religión es para ellos un consuelo, un guiño de paz, un abrigo congregacional que difícilmente podrán encontrar en las no oficiales.  

En las antípodas de estas están las religiones de cuño individual. Las que cada feligrés delinea para sí. Estas son tan flexibles, dinámicas y cambiantes como sus feligreses. Los devotos de estas religiones son más aire que tierra, lo que hace que los ritos o expresiones de estas cambien en función de las necesidades del feligrés y de las circunstancias que lo envuelven. En ellas hay todo menos uniformidad, repetición o monotonía, cosa que no acaece en las institucionales. En estas el feligrés debe guardar el canon que le exige su religión, ya que de lo contrario será alejado de la congregación.

Los feligreses de las institucionales no son individualistas, son gregarios, por lo que les es menester la congregación y todo lo que esta encierra. Esta no solo les permite ser parte de una colectividad en la que unos a otros se auxilian en una confirmación tácita de sus creencias, sino que además la interacción y comunión apológica de la comunidad les ratifica y refuerza la identidad.

Los fieles de las no oficiales son individualistas. Son personas que se sienten mejor trabajando en el uno a uno que en las multitudes. Estos no quieren ni gustan de la masa. Se sienten y desenvuelven mejor en lo individual que en lo grupal.   

También están las otras religiones, esas que no tienen que ver con el combés de lo espiritual pero que hemos hecho de ellas una religión. Todos, de una manera u otra, hemos hecho de nuestro hacer una religión que nos define, explica y justifica.

Para explicar esto me es menester hacer una pequeña disgregación…
Las peores decisiones de la vida las tomamos bajo dos circunstancias: cuando no tenemos nada que hacer y cuando nada debemos hacer.

Por lo general cuando no tenemos nada que hacer, ocupamos nuestro tiempo en cosas que ni remotamente haríamos si tuviéramos algo que hacer. Cuando estamos desocupados, nuestro hacer se torna vacuo, inútil, errático y molesto a los demás. Nuestro hacer en estos casos es un hacer que lo único que busca es poblar el tiempo.

Por ejemplo, los días en que usted come más, son los días en que no tiene nada que hacer. En los días de descanso hace del comer un hacer. Este comer es más un satisfactor psíquico que fisiológico. No come por hambre, sino por la ingente necesidad de hacer algo. Así, sin darse cuenta de ello, se somete a un ejercicio de expansión celular (gordura), ya sea sentado frente al televisor viendo a 22 idiotas tras un kilo de cuero (futbol), una película, serie o algún otro Valium visual que distraiga su mente para que esta no se cuenta de que no está haciendo nada.

Los gregarios por excelencia se inventan carnes asadas y demás estulticias que les permitan, en nombre de la convivencia social (esa en la que se habla sin decir nada), poblar un tiempo que no saben cómo usar. Por otro lado están los que no comen en el ocio pero que tampoco saben qué hacer. Estos, por regla general, se dedican a incordiar a los demás, en especial a esos que tienen junto a sí. Es, para ellos, una forma de existir.

El otro hacer, y más peligroso que el anterior, es ese hacer que hacemos cuando nada debemos hacer. Cuando la incertidumbre y la espera nos apremian, tendemos a tomar decisiones que aceleren los procesos, olvidando que los objetos como los sujetos, tienen su tiempo y su momento. En estos momentos el único hacer recomendable es no hacer nada, entendiendo que la mejor decisión cuando nada debemos hacer, es hacer de nuestro hacer un inteligente periodo de espera.

El hacer, pues, es inherente a nosotros. Tendemos a él aun en esos momentos en los que no tenemos nada que hacer. Esta ingente necesidad de hacer algo es lo que nos ha llevado a hacer del hacer una religión.

La bailarina de Ballet encuentra el sentido de su vida a través del ballet, este no solo la define, completa y complementa, sino que aparte le explica y justifica ante sí y ante los demás. Lo mismo acaece con el futbolista, el boxeador, el ciclista, gimnasta y demás actividades deportivas. En los oficios sucede lo mismo. El empresario, el político, financiero, abogado, médico, youtuber y demás oficios, hacen de su hacer una religión que los explica y justifica.  

Usted no sale a la calle a decirle a todo el mundo que es cristiano, wiccano, católico, anglicano, musulmán o budista, usted sale y le dice al otro su oficio sin importar si es empresario, artista, político o futbolista Su oficio lo explica y justifica ante sí y los demás. Así, pues, el hacer no solo es un medio de subsistencia, es también un credo a través del cual expresamos la identidad.
No obstante lo ya explicado, nos es menester dejar las religiones del hacer al margen para abocarnos a las del ámbito teológico espiritual.

Líneas arriba decíamos que todas las religiones, indistintamente de su origen, son resultado de un sincretismo que capitaliza el pasado y que tienen como objetivo brindarle al devoto un consuelo ante la angustia de vivir.

Cuando una mujer esta aburrida con el hombre y con su conversación, se consolara a sí misma jugando con su pelo. Enredara su pelo entre sus dedos como si se estuviese haciendo caireles. Por supuesto que el hombre masa, ese pariente próximo del orangután que no ve más allá de sus narices, pensará que lo está seduciendo cuando la realidad es que ella se está consolando a sí misma diciéndose algo así como: no te preocupes… Esto ya está por terminar.

Con la religión pasa lo mismo. Esta es un guiño o consuelo que el devoto se hace a sí mismo para poder enfrentar los avatares de la vida… Y como lo que angustia a uno no es lo mismo que angustia al otro, cada quien, este o no consciente de ello, individualizará su forma de creer y de comunicarse con su deidad para consolarse a sí mismo.

En ambos tipos de religión (institucionales o de cuño personal), la comunicación que el devoto establecerá con su dios, demiurgo o taumaturgo personal, será una comunicación unidireccional. Las únicas ocasiones en que se da un intercambio en ambas direcciones es cuando el devoto padece un cierto grado de esquizofrenia que le permite ver y escuchar personas y voces donde no las hay.

No estoy denigrando o criticando religión alguna. Todo lo contrario. Estas son de suma utilidad para el humano común (empezando por mí). No obstante lo que deseo enunciar con este artículo es el hecho de que cada quien personaliza su religión sin importar si esta es institucional o de cuño personal.

Por razones de mi oficio convivo con personas que se ven en la necesidad de realizar transacciones económicas de alto espectro en una gran diversidad de proyectos, por lo que el nivel de incertidumbre que manejan es dramáticamente mayor que el que maneja una persona común, no por la inversión en sí, ya que la incertidumbre es la misma para el gran o pequeño inversor, sino por el número de veces que se exponen al proceso de inversión.

El hijo adolescente de un conocido estuvo ahorrando para invertir en un negocio en el cual la compra venta de determinados productos le asegura un alta probabilidad de éxito, dado que los mismos son muy demandados dentro del recinto universitario en el que está estudiando. Así, pues, invirtió todo su capital en dicho proyecto, lo cual le genero un nivel de estrés exactamente igual al del gran inversor, ya que lo hace la diferencia entre uno y otro no es el nivel de la apuesta, sino la frecuencia de la misma.

El joven en cuestión arriesgo una vez mientras que el potentado arriesga muchas veces. Lo que cambia entre uno y otro no es la inversión, por lo menos no en estrés. Lo que cambia es el número de veces que se someten a un proceso de inversión… Y es precisamente ahí, en la incertidumbre y en la angustia de la decisión, donde entra en juego la religión.

Las religiones nos separan más de lo que nos unen.
Hay tres cosas que nos separan de las demás especies: la imaginación, el lenguaje y el conocimiento.

La imaginación nos permitió inventar unas cuevas en forma de casas cuando las cuevas se acabaron; inventar las religiones que nos han servido desde el principio de los tiempos como un catalizador ante las angustias de la vida; la agricultura como fuente de sustento, las armas como defensa y ataque y muchas cosas más que no existen en la naturaleza pero que nosotros hemos creado.

El lenguaje nos permitió venderles a otros lo que nuestra imaginación concebía con el fin de lograr que estos se sumaran a nuestro proyecto en aras de un objetivo común. Este hacer individual y conjunto nos permitió instrumentar diferentes formas de hacer las cosas, las cuales vía prueba/error nos permitieron aprender y trasmitir lo aprendido para que otros partieran de esa base. No olvidemos que experiencia es aquello que obtenemos cuando hacemos algo que nunca habíamos hecho antes.

Las otras especies tienen que vivir la experiencia día a día. Nosotros no. Gracias a la imaginación, lenguaje y conocimiento, tomamos la experiencia de los que nos antecedieron para hacer de ella nuestro cero y empezar de ahí. Cada generación empieza del máximo construido por otros, lo cual a su vez, es el cero de ellos.

Esto crea una diferencia enorme respecto a las demás especies, ya que ellas todos los días empiezan de un cero absoluto, mientras que la nuestra empieza de un cero que fue el cien de los que nos precedieron.

Esto, que tanto nos ha ayudado, es al mismo tiempo lo que nos separa. La imaginación, lenguaje y conocimiento ha tomado matices particulares en función de la geografía que habitamos, lo que hace que tengamos diferencias insalvables con aquellas culturas opuestas a la nuestra, ya que nuestras distintas realidades imaginadas (católico, cristiano, judío, musulmán, vegano, carnívoro y demás religiones del hombre), nos separan mucho más allá de lo que nos pudiera unir.  

La razón es muy simple. Hemos hecho de cada una de las realidades imaginadas una religión. Religión que le da sentido a nuestra vida y que nos dificulta en mucho la convivencia con los demás. Unirnos a alguien que profesa otra religión, es renunciar a la nuestra y con ella a la vida que inventamos para nosotros mismos.

La gente no nace destrozada.
Todos, gracias a la inocencia que brinda el desconocimiento de la realidad, empezamos con pasión y anhelo nuestro tránsito por la vida… Hasta que la realidad nos va sacando poco a poco del error. Y es ahí, en ese áspero descubrimiento de la realidad donde descubrimos y aquilatamos el guiño de la religión, la cual nos cura y salva de la realidad.

Esta es la razón por la cual cada uno de nosotros indivisa y adecua su religión para que esta pueda ser lo que es: una catarsis a nuestra muy particular angustia de vivir. Esto hace que todos, de una forma u otra, construyamos, conscientes o no de ello, una religión de supermercado.

Los feligreses de las institucionales, tomaran del dogma lo que necesitan adecuando este a sus necesidades pero sin salirse demasiado de la norma, ya que el precio es la exclusión. No obstante recrearán el dogma y sus creencias para sí, de tal suerte que en la misma familia habrá diferentes interpretaciones de la norma, aun cuando en lo general haya un común denominador (los ritos) que les hacen creer y sentir que profesan la misma religión, no obstante la realidad es que cada uno de ellos tendrá su propia religión.

Los devotos de las no institucionales son tan o más fanáticos que los anteriores. No obstante en ellos es más notorio el hecho de que su religión es de supermercado. Toman de aquí y de allá fragmentos conceptuales que unen para crear un todo que responda a sus necesidades pero que no encaja con ninguna de las partes del todo que tomaron.

Habrá, por ejemplo, quien tome una parte de la mística de Gurdjíeff y a esta le agregue algo de los cuatro acuerdos de Miguel Ruiz, de astrología, de la Wicca, de los ángeles, energía y demás etcéteras del mundo esotérico. De tal suerte que la religión que esta persona creo para sí partiendo de la mística de Gurdjíeff, no se parecerá en casi a la que este acuño en el segundo cuartil del siglo XX.

Así todos, sin importar si la religión es institucional o no, le damos a nuestro culto un sello particular, no obstante los devotos de las religiones no oficiales, son los que más hacen de la suya una religión de supermercado. Toman de aquí y de allá lo que necesitan para paliar las angustias de la vida, cambiando lo que tomaron ayer en aras de lo que necesitan hoy.

Lo más interesante de esto es que entre más frecuente este expuesta la persona a la toma de decisiones trascendentales, más proclive será a crear una religión de supermercado que se adapte a sus necesidades.

Contra lo que usted pueda creer, esto se ve más entre los potentados que entre los atorrantes. Estos últimos suelen conformarse con lo que les ofrecen las religiones institucionales, sin embargo los emprendedores, los políticos, financieros (me excluyo) y dirigentes de conglomerados lícitos o ilícitos, son los que más crean y recrean una religión a su gusto y necesidad.

Lo mismo acaece en el combés de la instrucción. Entre más alto es el grado académico del sujeto (maestría, doctorado, postdoctorado) más alta será la creación y recreación de su culto.

Por supuesto que ninguno de ellos reniega del dios de las institucionales, es solo que el dios que estos tomaron de ellas y que modificaron para sí, se parece ya muy poco al original, no obstante ellos creen que siguen siendo fieles devotos de ese dios que en lo único que se parece al dios de los demás es en el nombre.

Estas personas, ya sea por el nivel de presión al que constantemente están expuestos, o por el nivel de conocimiento que tienen, crean un culto que en esencia es lo suficientemente amplio, flexible y cambiante para que se pueda adaptar a sus angustias y necesidades.

Esto es lo que hace que personas que jamás nos hubiésemos imaginado, consulten a astrólogos, chamanes, médiums y demás farsantes o creyentes de esas corrientes. Creen en dios. Un dios que complementan con brujería (limpias, polvos y demás estulticias), con el devenir de los astros, la lectura de la mano y mil cosas más.

Todos, pues, tenemos una religión de supermercado. Cierto estoy que muchos no lo podrán aceptar, ya que su religión está muy cerca de lo dicta el canon de las institucionales, no obstante la realidad es que ellos, como usted y como yo, al individualizar y/o complementar nuestro credo, hacemos de nuestra religión, una religión de supermercado.

La diferencia entre unos y otros son las fuentes que tomamos (esotéricas u ortodoxas), y sin embargo, más allá de si usted está de acuerdo o no, lo verdaderamente importante es que su religión sea ese refugio en el que se cura y salva.

Nos leemos en el siguiente artículo.

martes, 3 de abril de 2018

El síndrome del héroe vencedor.


Los pecados capitales son siete; cinco capitales y dos sensoriales. Los capitales son: la soberbia, envidia, avaricia, pereza e ira. Los sensoriales son: la gula y la lujuria. Los primeros cinco obedecen a las razones de la razón, mientras que los dos últimos obedecen al instinto y a los sentidos.

Los pecados, tal como los conocemos, son y fueron hijos de su época. Si estos hubiesen sido definidos en el siglo XXI, probablemente serían otros los nominados como pecados. Y en caso de que coincidieran con los arriba mencionados (cosa que dudo en mucho), estos estarían acompañados de otros que gramaticalmente los complementarían y sustancialmente los completarían, como son, por mencionar un solo ejemplo: la gula y la anorexia.

Este artículo no pretende hacer una disección de los mismos, sino enunciar que los pecados capitales son indispensables para vivir. Gracias a ellos es que hoy estamos como estamos y no viviendo en las cavernas. De ellos, uno en particular es el que ha hecho que la humanidad avance ininterrumpidamente: la soberbia.

Solo los humildes tienen derecho a ser humildes.
La soberbia (superbus = por encima de), bien entendida, es el motor que nos impele a la superación, a no ser conformistas y a buscar siempre lo mejor para nosotros. Hemos confundido al soberbio con el mal educado, con el pedante, con el prepotente, sin embargo la realidad es que uno puede ser soberbio -seguro de sí y de sus capacidades-, y tratar muy bien a los demás.

Más allá de la soberbia o de la humildad, nos es menester reconocer que hay gente muy mal educada a la que nadie acusa de soberbia. Los acusan de mal educados, pero no de soberbios. La soberbia no tiene que ver con la educación, tiene que ver con la seguridad en sí mismo y con el trabajo que la persona hace consigo misma para ser cada vez mejor.

La soberbia bien dirigida es la que nos hace querer brindarles una mejor educación y preparación a nuestros hijos. Es la que nos hace trabajar para crearles un entorno y una plataforma mejor que la que tuvimos. Lo que soberbiamente pretendemos con esto es que sean mejores que nosotros y mejores que aquellos con los que van a competir. Y si esto es ser soberbio, entonces nos será menester reconocer que todos por instinto somos soberbios, ya que éste nos impele a formar una dinastía que nos supere y que a su vez pueda formar y dejar una dinastía mejor que las que nos precedieron.

Decía Sir Winston Leonard Spencer Churchill que solo los humildes tienen derecho a ser humildes...

Si usted es bueno en algo demuéstrelo. Haga que su trabajo sirva para usted, los suyos y los demás. No lo esconda bajo el lastimero manto de la humildad. Véndalo y haga dinero. Pero hágalo consciente de que siempre habrá alguien o algo mejor que lo que usted ofrece, por lo que tiene la obligación de prepararse día a día para poder ofrecer un producto o servicio que compita y supere a los demás. 

Sea educado y atento, pero deje por favor a un lado máscara de la humildad. No le va a servir para nada, salvo para abaratar lo que hace. 

Infancia es destino.
La infancia, con todo lo que nos acaece en ella, definirá mucho de lo que seamos cuando adultos, hasta que insatisfechos con nuestra tendencia decidamos convertirnos en tránsfugas del origen para edificar un destino mejor que el que suponía nuestra infancia. 

Este cambiar el sino de nuestra infancia tiene que ver con la soberbia, es decir, con un no aceptar lo que la cuna nos depara para buscar un futuro mejor.

En este tránsito o mutación de destinos, elegimos modelos que nos sirvan de guía para llegar a donde queremos llegar. Muchos de esos modelos son de primera instancia inconscientes y definidos por el azar. Otros -familiares, próximos y cercanos-, son una elección consciente, no obstante son los primeros, los que obedecen al azar, los que más inciden en el quehacer biográfico de las personas.

Un cercano a mí que frisa los setentas, me comenta que cuando él tenía aproximadamente diez años, una persona a la que él admiraba mucho hizo un comentario sobre él que lo signo por mucho tiempo, hasta que en la crisis de mediodía rompió con el estigma y pudo, lenta y dolorosamente, ganarse un lugar consigo mismo y con los demás.

La persona en cuestión comento en calidad de halago, dadas las circunstancias en que hizo el comentario, que Juan sería un gran segundo... Es decir, una persona que haría grande a los grandes. Todos los presentes aplaudieron el comentario, el cual obedecía a la cultura del momento, sin embargo el problema es que ese comentario que se hizo con la mejor intención, signo desfavorablemente a Juan.

La primera mitad de su vida trabajo intensamente para lograr ser un gran segundo. Cuando por méritos y resultados llegaban las oportunidades, optaba por permanecer como secundus (atrás del trono), ayudando a otros a hacer lo que tenían que hacer, ganando con ello el reconocimiento y admiración de sus superiores.

Al principio todo iba bien. Sus superiores le aplaudían y confiaban en él, tanto que optaron por dejarlo siempre como un segundo en quien se podía confiar plenamente, promoviendo a otros a un puesto superior al de él, en la inteligencia de que el recién promovido tendría a su lado a un hombre que iba a hacer todo lo necesario para que el recién promovido cumpliera a satisfacción su encomienda.

Paso el tiempo y un día se preguntó, en lo más arduo de su crisis de mediodía, el por qué no había considerado esas oportunidades. Renuncio a la aparente estabilidad que tenía para analizar y encontrar la razón primera y última de sus decisiones. Así siguió un tiempo hasta que un día, buceando en las profundidades de su mente, desvelo la escena, palabras, gestos, olores, sonrisas y emociones de ese momento en el que su ídolo de antaño vertió tal comentario.  

En una de las sesiones en las que trabajamos con el tema, me comentó que fue muy revelador darse cuenta de ello. Justo en ese momento entendió por qué había tomado las decisiones que tomo y actuado actuó. Por supuesto que no culpa de ello al ídolo de antaño, ya que este no solo no tenía la intención de signarlo, como no la tenemos nosotros con aquellos a los que inconscientemente hemos signado.

La culpa es la más inútil de las emociones humanas. Encontrar un culpable nos ayuda a evadir responsabilidades, no a resolver problemas. Lo que él necesitaba era encontrar las causas, no las culpas. Y en este encontrar las causas lo que más le llamó la atención fue el descubrir que hay palabras, comentarios y eventos en apariencia nimios, que pueden signar la vida de una persona más allá de lo imaginable.

El problema más difícil es el que no conoces. Ya una vez que conoces el problema, tienes la mitad resuelta. La otra mitad requiere inteligencia y voluntad.

Juan, ya una vez que identifico y clarifico su problema, trabajo arduamente en la re-programación de su cerebro, lo cual le está permitiendo definir y construir una identidad obsecuente a su destino. La identidad no la crea el pasado. La crea el futuro. Y lo que Juan ha estado haciendo es re-definir su identidad en función del futuro que eligió. 

Así pues, infancia si es destino, por lo menos hasta que decides cambiar las consecuencias de los acaeceres de la infancia.

Todos somos el secreto de alguien.
Con frecuencia escucho a la gente lamentarse de algo, y la verdad es que siempre hay en el lamento una visión muy limitada de las cosas.   

El porvenir no distingue buenos de malos, santos de pecadores, inteligentes de estúpidos, generosos de egoístas. Lo que diferencia a unos de los otros no son sus cualidades, sino la forma en que estos enfrentan y resuelven los acaeceres de la vida.

Por lo general los que más fácil salen adelante de los avatares de la vida, son aquellos que tienen la capacidad de capitalizar lo bueno de lo malo. El acaecer, por muy desventurado que sea o haya sido, siempre tiene un lado bueno que ofrecernos (experiencia, fortaleza, templanza), amén del ineluctable cambio de visión que emana de todo redescubrimiento de la realidad. Sirva como ejemplo de lo anterior el hecho de que en la adversidad es donde se definen los amigos.

La adversidad siempre nos muestra un lado de la realidad que no habíamos contemplado, ya sea porque no la habíamos visto o no la habíamos querido ver, pero siempre, después de un infortunio, nuestra comprensión de la realidad y de nosotros mismos es mucho mejor que la que teníamos antes.  

Nosotros ya no somos los mismos después de una situación antagónica. Nuestra fortaleza (capacidad para acometer) y templanza (capacidad para resistir) se maximiza. El carácter se forja en la carencia. En la bonanza no hay nada que resistir.

Es por ello que antropológicamente decimos que lo peor que le puede pasar a una persona es que le vaya bien, porque cuando le va bien, se sienta. Necesitamos de la crisis para avanzar, amén de desarrollar el hábito de crearnos crisis. Crisis inteligentes que nos hagan salir de nuestra zona de confort y que nos lleven a buscar nuevas y mejores formas.

Recién platicaba con un amigo de tiempos pasados. Le comentaba que estaba redefiniendo mis retos para los próximos diez años. Al interrogarme sobre los mismos, le conteste que estos no tenían nada de extraordinario. Simplemente me fije objetivos que fueran contra mi inercia, que es el reto más grande al que se enfrenta un ser humano.

Es aquí, en la adversidad y en los retos que nos creamos, donde se forja el carácter y la personalidad. Y es precisamente esa dupla (carácter y personalidad) la que hace que aun cuando no estemos conscientes de ellos, seamos el secreto de alguien.

El síndrome del héroe vencedor.
Todos, de una forma u otra, aspiramos a trascender. Sabemos que vamos a morir, no obstante lo que nos preocupa no es morir, sino desaparecer. Es por ello que nos pasamos la vida tratando de hacer cosas que nos hagan existir más allá de nosotros mismos.

Para existir más allá de nosotros mismos nos es menester existir en la mente de los demás. Desaparecemos justo en el momento en el que dejamos de existir en la mente de los otros. Por supuesto que hay quienes dejan de existir en vida, no obstante la gran mayoría dejamos de existir en muerte.

Este querer existir en la mente de los demás, no es otra cosa más que la soberbia llevándonos en esa dirección. Gracias a esta es que existimos y persistimos. O acaso un padre que busca dejar una huella indeleble en el acontecer biográfico de los suyos, no lo hace, además del instinto, por un dejo de soberbia.

La soberbia es el motor que subyace en el ser y quehacer del filósofo, del intelectual, del pintor, escritor, científico, político, estadista, empresario y demás agentes de cambio del mundo.

Que acaso no fue la soberbia lo que llevo a Napoleón a la cima más alta y la sima más profunda. Lo mismo se puede decir de todos esos grandes hombres y mujeres que viven en nuestra memoria. En la vida lo mismo que nos lleva al éxito, nos lleva al fracaso. Lo que cambia es la dosis y la dirección, y en este caso el motor fue el mismo: la soberbia.

La soberbia fue y ha sido el motor de todos esos gigantes del ayer y del hoy que han construido y están construyendo el mundo en el que vivimos.

El síndrome del héroe vencedor no es otra cosa más que ese inconsciente afán que tenemos de trascender y la forma en que pudiéndolo hacer, lo echamos a la basura para buscar trascender de manera equivocada con la gente equivocada.

Cada uno de nosotros, en calidad de héroe vencedor, nos centramos tanto en nuestros objetivos que no nos damos cuenta de todos aquellos que nos han elegido como modelo de éxito en alguna parcela del quehacer humano. 

Son personas, que si reparáramos en ellas, podríamos influir y trascender más allá de lo imaginable. Al no reparar en ellas es que dirigimos la mirada y la energía a esos otros que nos ven como un individuo más, pero no como un modelo. Lo que hará que el desgate sea mayúsculo, ya que el esfuerzo por trascender e influir será dramáticamente mayor que el necesitaríamos con los primeros.

Retomemos el caso de Juan.
Si la persona que incidió en Juan, hubiese entendido la forma en que trabaja el síndrome del héroe vencedor, es muy probable que este hubiese podido lograr en él algo mucho mejor que lo que logró. 

Por supuesto que no todos estamos conscientes del modelo, amén de que no podemos saber cómo van a terminar incidiendo nuestras palabras y actos en la biografía del otro, pero lo que sí sabemos es que al tener en mente el modelo, seremos muy cuidadosos de lo que decimos y hacemos enfrente de aquellos que nos han escogido como tal.

Imagine por un momento todo lo que puede influir y trascender en la biografía de aquellos que le han escogido como modelo. Estos estarán mucho más receptivos que cualquier otra persona, amén de que todo el bien que usted haga en ellos, trascenderá en aquellos que a su vez les escogerán a ellos como modelo.

La única responsabilidad social que tenemos como persona es formar gente de bien, empezando por los propios (hijos, hermanos, socios, empelados) para extendernos con los ajenos (aquellos que nos han escogido como modelo). 

Así pues, podemos, si nos empeñamos en ello, centrar nuestra energía en los que nos han escogido como modelo. Para ello nos será menester el constante intercambio dialógico para conocerles y saber de qué forma podemos sugerir para incidir, justo en aquello que ellos necesitan para ser mejores personas.

Trascendiendo en ellos, trascenderemos en los demás.  

Nos leemos en el siguiente artículo.

martes, 27 de marzo de 2018

Desocupado lector.


Miguel de Cervantes inicia el prólogo del “Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” con la siguiente frase: “desocupado lector”; lo cual nos deja ver que la lectura en esa época era, como en la de hoy, una actividad atípica. Cierto que antes se leían mucho más libros que los que se leen hoy, no obstante ese mucho era insignificante comparado con el tiempo que se le dedicaba a otros divertimentos.

Leer nunca ha sido la norma, no obstante es innegable el hecho de que la lectura ha sufrido un acusado descenso y con ella las habilidades neurológicas que esta desarrolla (atención, concentración, abstracción, memoria visual y expresión oral y escrita), las cuales no solo son muy importantes sino que además cada vez es más notoria la ausencia de las mismas en todos los niveles, en especial en el segmento etario que nació y creció bajo la influencia de la cultura visual. Sin embargo nos es menester reconocer que cada era desarrolla las habilidades que emanan de las circunstancias de su época.

La cultura actual es una resultante de la anterior. Gracias a la lectura y escritura es que fue emanando poco a poco la cultura visual. La abstracción de las ideas y conceptos que emanan del ejercicio de la lectura, genero una serie de imágenes que en una lenta pero inexorable proyección, fueron ocupando su lugar en la sociedad actual, lo cual ha generado un nivel de creatividad que está muy por arriba de la que se tenía cuando la lectura era uno de los divertimentos de la gente.

Por supuesto que todas las culturas tienen claroscuros. La época en que la lectoescritura era la regla a seguir, la linealidad, el orden y la predictibilidad eran la norma, llegando, cuando caía en los excesos, a la imposición dogmática e irracional de las cosas -si está escrito, es real, lo cual poco a poco fue constriñendo una sociedad que migro lenta e ineluctablemente a la cultura visual.

La visual, como contraparte, nos ha hecho más flexibles, tolerantes e incluyentes, amén de que nos abrió un filón de creatividad inconmensurable y con ella una estética que ha dejado atrás las líneas verticales, los ángulos y las poco cromáticas creaciones de épocas pasadas. La predictibilidad y el orden dejaron de ser la norma para instalarnos en la flexibilidad y en la variedad, con una estética que cuando cae en los excesos le da más valor a la forma que a la función o utilidad de las cosas.  

Debido a esto es que hoy encontramos en el mercado casas, departamentos, carros y un sinfín de artículos y productos donde la apariencia y estética son más importantes que la funcionalidad, al grado que hoy estamos dispuestos a pagar un sobre precio con tal de que la estética lo justifique (no importa si funciona, mientras se vea bien), lo que hace que la relación precio valor sea deficitaria.   

Otro de los claroscuros de la cultura visual es que el segmento etario que ha nacido y crecido bajo la égida de esta cultura, cada vez batalla más para encontrar las palabras correctas para expresar lo que desean. Esta dificultad se hace patente cuando se les cuestiona la precisión de su decir, ya que al no encontrar las palabras correctas para expresar lo que quieren, se desesperan y contestan con un: bueno, eso, como se diga, pero eso. 

La exigua conformación de vocabulario de las generaciones que nacieron bajo la cultura visual, les lleva a usar vocablos y modismos a los que les asignan una gran cantidad de significados, lo que inevitablemente termina creándoles una menta ambigua que se manifiesta en todos los ámbitos del ser, no obstante esta ambigüedad ha hecho de ellos unas personas más flexibles y creativas que las que crecieron bajo la egida de la lectoescritura.

El conocimiento se da hablando.
El que esto escribe es un ávido lector y lo son también mis hijos, cofrades y amigos, lo cual no tiene nada de extraño, ya que las asociaciones libres hacen que nos rodeemos de aquellos que nos semejan y reflejan. Tengo también en las antípodas de estos, a un grupo de conocidos y allegados que no leen un solo libro, y sin embargo los debates e intercambios dialógicos con estos son tan enriquecedores como los que sostengo con los otros.

Unos y otros aportan y suman al conocimiento. Los lectores aportan fundamento y profundidad, los no lectores, pragmatismo y funcionalidad. La mezcla de ambos genera un conocimiento que es útil a todos, a los abstractos lectores y a los pragmáticos hacedores.

El conocimiento se da hablando y se da más en el encuentro de contrarios.
Un cofrade próximo a mi vive a diario el encuentro de contrarios. Su pareja y él no pueden ser más disímbolos en el tema que nos ocupa (la lectura). Ambos están en el negocio de la salud. Ella no lee más que aquello que le demanda su inmediato quehacer. Él, prestigioso médico con reconocimiento internacional, lee por oficio y beneficio.

Ella lee por necesidad, el por gusto. Ella circunscribe su lectura al devenir de su oficio, él a la de sus disquisiciones intelectuales. No obstante él se alimenta del pragmático discurrir de ella al tiempo que ella se alimenta del lógico procesar de él y del fundamento teórico de las cosas. Ambos, gracias al encuentro de contarios, terminan sumando a su conocimiento una parcela del saber del otro.

Lo ideal, se lea o no, es formar un círculo de amigos y conocidos próximo y disímbolos a nosotros. El intercambio dialógico de dichos encuentros nos abrirá nuevos y mejores escenarios de acción y reflexión.    

La antropología nos proporciona identidad.
Cuando alguien te pregunta qué quien eres, lo que realmente te está preguntando es: ¿qué eres? Lo común es que como no sabemos ni quien ni que somos, respondamos en términos históricos. Así, la respuesta normal a esa pregunta en apariencia simple pero difícil de responder, es hacer una síntesis biográfica de uno mismo que le permita al otro tomar una idea de nosotros: nací en tal parte, estudie en las escuelas tal y tal, trabaje, viví, viaje y cuantos etcéteras se nos ocurran.

Lo que quiero demostrar con esto que nosotros, en forma individual, hacemos un viaje por nuestro historial biográfico para definir nuestra identidad, tal como la especie lo hace a través de la antropología.

La antropología es lo que nos ayuda a definir nuestra identidad como especie. Es un viaje por nuestra historia. Un viaje que demuestra que todos somos miembros de la misma tribu. Tan cierto es esto que no hay sobre el planeta persona alguna que se sienta ajena a algún descubrimiento que arroja luz sobre el devenir de nuestra especie, aun cuando en lo personal nos sintamos ajenos y distantes a todos a aquellos que nacieron y crecieron en una cultura diametralmente opuesta a la nuestra, no obstante la realidad es que, nos guste o no, somos miembros de la misma especie.

Regresemos al tema. La razón por la cual no podemos responder lacónicamente la pregunta arriba mencionada, es porque no tenemos ni la más mínima idea ni de qué ni de quien somos. No se enoje conmigo. Mejor constátelo. Por favor pregúntele a la persona próxima a usted, que quien es. Lo más probable es que ésta le conteste diciéndole su nombre, aun cuando usted no se lo haya preguntado.

Otros, dada su inseguridad, le contestarán en base a lo que estudiaron: enfermero, médico o abogado (por mencionar algunos ejemplos). Otros le dirán el nombre del puesto que ocupan como queriendo significar la trascendencia de lo que hacen. Y así como estas, mil cosas más, pero ninguno le dirá ni qué ni quién es.

Este no saber lo que somos es lo que constantemente nos mete en problemas, es como si en nuestro interior habitara otro ser que está en perenne conflicto con la vaga, etérea y cambiante idea que tenemos de nosotros mismos.  

Entre las muchas cosas en las que nos ayuda y soporta la antropología, está el hecho de que ésta nos proporciona una identidad como especie. Nos separa y nos distingue de las otras especies, por muy semejantes o próximas que sean algunas de ellas. Pues bien, así como la antropología nos ayuda en lo general, la literatura nos ayuda en lo particular.

La literatura nos ayuda a entendernos como humanos, y si hacemos una fina elección y disección de la misma, podemos llegar a leernos y encontrarnos en ella como individuos. En ocasiones anteriores he explicado que los dos mejores libros del mundo son: el otro y lo otro, y que todos los libros que existen en el mundo son para explicar al otro (mi semejante) y lo otro (el mundo).

El tema que nos compete hoy es el otro, en la inteligencia de que entre más nos acerquemos al otro, más fácil será leernos y encontrarnos en él. Sirva para ejemplificar esto, tres libros que son del dominio común y que nos van a ayudar a desvelarnos como especie y como individuos.
Los libros son:
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Don Miguel de Cervantes y Saavedra;
Las desventuras del joven Werther de Johann Wolfgang von Goethe;
Memorias del subsuelo de Fiódor Mijáilovich Dostoyevski.

Les propongo que en lugar de leer los libros, los consigan en el formato de audio libro para que lo escuchen cuando vayan en el carro o transporte público. Lo importante es escuchar y diseccionar al o a los personajes, preguntándose qué es lo que les impele a decir y hacer lo que dicen y hacen. No olvidemos que la novela es la mejor herramienta que hay para desvelar los prototipos humanos y con ellos su psicología.

Por ejemplo, el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha nos muestra la paradoja de una persona cuerda que se disfraza de loca (el Quijote), y la de una loca que aparenta ser cuerda (Sancho Panza), cosa muy común en nuestra sociedad.

El libro de Don Miguel de Cervantes nos hace evidente esa enorme capacidad que tenemos como especie y como individuos para crear ficciones y habitarlas, en donde el único objetivo de estas creaciones es escaparnos de una realidad que no nos gusta para ir a habitar otra que no tiene un viso de posibilidad, pero que nos gusta más. Es algo así como un suicidio pasivo.

Esto que le puede parecer plausible en la novela y aberrante en la realidad, es más común de lo que se imagina. Por favor revise las creencias de sus próximos. Encontrará que la gran mayoría de ellas no solo son alógicas, sino que además no tiene un ápice de probabilidad, y sin embargo la gente cree en ellas ya que estas le sirven como válvula de escape de eso que no entiende: la realidad y su papel en ella.

El personaje Alonso Quijano nos muestra como las personas que no encuentran una satisfacción y realización en lo que son y hacen, se ven en la necesidad de crear una realidad alterna que les permite hacer su vida más llevadera.

Las realidades alternas son útiles como intermitencias, sin embargo cuando en lugar de entrar y salir de ellas, las habitamos, descubriremos que las asociaciones libres nos llevarán a rodearnos de otros, que como nosotros, ya perdieron contacto con la realidad. Personas que no obstante cuerdas en apariencia, se pasan la vida persiguiendo quimeras e imposibilidades (Sancho Panza).

La dupla no solo es peligrosa, ya que lo peor de uno se convierte en la base de cultivo para lo peor del otro y a la inversa, de tal suerte que uno y otro se van alejando de la realidad hasta que les es casi imposible regresar a ella, amén de que lenta y progresivamente han ido construyendo una lógica que les acredita su alógico accionar.

Así, el Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha es algo más que una novela emblemática de las letras españolas, es, ante todo, una disección del comportamiento humano que mucho nos puede ayudar a entender el nuestro. 

Los otros dos libros se los dejo a usted, no obstante le pido que por favor los diseccione desde el combes de la inseguridad.

La inseguridad es intrínseca al ser humano. Mora en nuestro interior y nos acompaña toda la vida. Podemos, si estamos conscientes de ella, trabajar interna y conscientemente para minimizarla, conscientes de que jamás la podremos subsanar en su totalidad, ya que esta obedece a ese conflicto perenne que se da entre nuestras dos naturalezas: la material y la espiritual (hile mórfica).

La materia (hile) gravita hacia un lado y el espíritu (mórfica) hacia el lado contrario.
Este constante encuentro y desencuentro que se da entre nuestras dos naturalezas, hace que sea imposible subsanar del todo nuestra inseguridad, no obstante podemos mantenernos alertas para minimizar sus manifestaciones, sin importar si estas se dan en el combes del amor (celos = bajo nivel de amor propio). En el del liderazgo con las estultas e innecesarias manifestaciones de poder (el que es ya es, no necesita demostrar nada, solo es), en lo social con ese cargante mundo de apariencias que no nos convencen ni siquiera a nosotros mismos (máscaras) y en cuanto escenario se le ocurra.

Mi recomendación es que escuche ambos audio libros. Los diseccione y los analice con la intención de entender que rasgos de inseguridad son los que impelen al personaje a decir y hacer lo que hace. Descubrirá en el análisis, algunas parcelas de su propio accionar, lo que le será de suma utilidad para atemperar las inevitables manifestaciones de su ser. En la inteligencia de que entre más entienda y dirija sus inseguridades, más seguro será interna y externamente.

Nos leemos en el siguiente artículo.

jueves, 15 de marzo de 2018

Un homínido común.


El título de este artículo es asaz impropio, ya que el titulo implica que hay homínidos no comunes, cuando la realidad es que en cuanto a homínido, todos son comunes. No obstante este escupir hacia arriba obedece al contenido del artículo. Aquí trataré de explicar parte de lo que nos hace humanos, ya que si hubiésemos permanecido única y exclusivamente como homínidos, estaríamos circunscritos al mundo natural, el cual dejamos atrás hace mucho tiempo.

Este no aceptar a la naturaleza como limitante, es lo que nos llevó a construir un mundo artificial para el que biológicamente no estamos hechos, razón por la cual tenemos y tendremos problemas de salud que eran inimaginables en otros tiempos, no obstante hemos aprendido a vivir en un entorno fabricado que nos hace la vida más amable y funcional, aun a costa de que día a día nos alejemos más de lo natural.

Un mundo imaginario.
El mundo que hemos creado para habitar es plausible. Es un mundo simbólico, mítico. Un asidero que nos sustenta y nos brinda una razón de ser en el aparente despropósito que tiene la vida en general. No en la de cada uno de nosotros, ya que cada quien le da el sentido que puede y desea (real o imaginario), sino el sentido de la vida en sí. La naturaleza, lo sabemos bien, no va a ningún lado. Esta opera bajo el esquema de prueba error y nosotros somos una prueba más de las muchas que la naturaleza ha hecho y hará.

No obstante, y tal vez no conscientes del todo, lo que hacemos para subsanar esta falta de sentido es buscar la forma de darle un sentido a lo que no tiene sentido. Razón por la cual nos empeñamos en crear, tal como lo hicimos en el pasado y haremos en el futuro, creencias, ideas, mitos y cosas que no existen, pero que paradójicamente le dan sentido a lo que sí existe: nosotros.

He aquí la gran paradoja humana: lo que no existe (ideas, símbolos, mitos y creencias) sostiene a lo que sí existe (el ser humano). Solo nosotros tenemos la capacidad de estructurar en nuestra mente (de lo que aún no sabemos mucho), redes neuronales y conexiones que nos permiten darle vida a lo que no existe para habitarlo y sustentarlo.

Un ejemplo que puede ilustrar muy bien el cómo esto nos ha separado de las otras especies son los niños selváticos, cada vez más raros y atípicos. Los niños selváticos son aquellos que abandonados o perdidos en la selva, crecen, cuando logran ser adoptados y no comidos por un animal, sin ningún tipo de contacto humano.

El niño lobo del siglo XVIII fue rescatado de la manada a los 12 años de edad y a partir de ese momento fue llevado a vivir con los humanos. Le servían sus alimentos en un plato, el cual bajaba al piso para comer. Cuando nevaba se desnuda para retozar en la nieve. Aprendió a caminar parado, pero prefería hacerlo sobre sus cuatro extremidades. Corría mejor y más rápido usando sus cuatro extremidades que dos. Aprendió un vocabulario de 21 palabras y con esas se comunicaba. Murió joven y sin poder adaptarse a lo que según él, era el horrible mundo de los humanos.

Los niños selváticos de la actualidad ya no son los abandonados o perdidos en la selva, salvo raras excepciones, sino aquellos abandonados por sus padres y confinados a vivir con los animales domésticos, adaptando de ellos sus usos, expresiones y movimientos, sin que se vean en la necesidad de desarrollar la inteligencia que desarrollan aquellos nacen y crecen en lo ya hecho y que tienen una interacción humana que los obliga a desarrollar habilidades de adaptación y persuasión.

Si de algo podemos estar ciertos es de que la inteligencia humana no ha evolucionado nada desde que el hombre es hombre. Lo que ha evolucionado son los productos de la inteligencia, pero no la inteligencia. La única diferencia sensible entre nuestros ancestros de las cavernas y nosotros, es el entorno en el que nacimos y crecimos, entorno que nos facilita el desarrollo de una inteligencia que se construye a partir de lo ya hecho, pero si por alguna razón prescindiéramos de todos los productos de la inteligencia, el retroceso seria abisal.

Identidades simbólicas.
Otra de las grandes diferencias con las demás especies es que nosotros somos la única especie que gracias a la capacidad que tenemos de creer en lo que no existe, hemos creado identidades simbólicas que no tienen existencia real, existen en nuestra mente sin ningún sustento real, pero nos permiten, a falta de identidad, asumir una identidad que nos hace sentir que somos parte de algo.

Todos los fanáticos de un equipo de futbol, se sienten identificados con todos aquellos extraños que no conocen y que seguramente aborrecerían y despreciarían en otros escenarios, pero que en el momento en que en el estadio portan la camiseta de su equipo, se sienten hermanados por una identidad simbólica que los une en ese especifica unidad de espacio tiempo. Se termina el partido, regresan a sus casas y a los días la otra realidad, también imaginada, les hace identificarse con otras identidades simbólicas ajenas y distantes a la anterior, al grado de que pueden destrozar en un juicio a su contendiente sin reconocer en él a ese con el que días antes habían gritado como desaforados ante el triunfo de su equipo.

Las demás especies también crean grupos, pero estos son obsecuentes a su consanguinidad, cosa que no sucede con nosotros (a excepción de la familia). Basta con que otro homínido porte un símbolo (logotipo, cruz, estrella de David y demás etcéteras) que nos permita identificarlo como miembro de nuestra identidad simbólica, para sentirnos parte de él aun cuando no nos una ningún lazo consanguíneo, ya que nuestra especie es la única capaz de crear identidades simbólicas que están más allá de la biología.

El objetivo de las identidades es múltiple. Por un lado brindan identidad y sentido de pertenencia y por el otro frenan la violencia interna, cosa que no sucede con las otras especies. En estas, la violencia interna y externa se da por igual.

Las identidades simbólicas se rigen por ideas y conceptos etéreos que funcionan como mandamientos que frenan la violencia interna y que nos sirven para que no nos matemos entre nosotros, entendiendo en el nosotros a los miembros de la misma identidad.

Esto hace que canalicemos la muy natural y homínida violencia hacia los miembros de otras identidades simbólicas, razón por la cual se dan las guerras religiosas o los estultos enfrentamientos entre los hinchas de un equipo con los hinchas del otro, y así como estos mil ejemplos más en los que la violencia externa encuentra su cauce enfrentándose o destruyendo a los de las otras identidades, ya que como todas son falsas, nos vemos en la penosa necesidad de tener que imponerlas por la fuerza.

En los grupos humanos siempre hay una educación de la violencia y en la violencia, ya que esta es la única forma en que un grupo con una identidad simbólica común, logra que sus integrantes respeten los mandamientos que regulan la convivencia del mismo. A los que no obedecen los mandamientos se les aplican castigos muy severos (violencia interna), llegando, en el menor de los casos, al repudio. Sin embargo lo usual es que se recurra a la violencia interna para coaccionar u obligar a sus miembros a respetar las reglas.

Huelga decir que los mandamientos que regulan la convivencia del grupo, como todo lo que es creado por el hombre (artificial), caen constantemente en contradicciones. Las reglas o mandamientos son una guía, pero no necesariamente de rigurosa aplicación. No lo son incluso ni cuando las violaciones a la regla llegan al campo de las emociones perversas hechas institución (las leyes). Y no lo son debido a que hasta las leyes están subordinadas a criterios de interpretación y a intereses políticos y económicos.

Es por ello que las contradicciones son bastas, porque el mundo que hemos creado es artificial, no tiene un orden natural. Aunado a esto está el hecho de que nuestro cerebro es social y lo social es perverso (aquello que se hace con conocimiento e intención), por ello es que se nos da muy bien la maledicencia, porque preferimos renunciar a nuestro drama personal para ocuparnos del drama de los demás, el cual siempre es más interesante.

Es falso que haya gente que se limita a recibir un chisme y trasmitirlo… Hay quienes lo mejoran. La realidad es que nos encanta hablar de los demás. Saber si Pedro éste se acostando con fulana o zutana (siempre hay algo de envidia en ese saber), siempre será más interesante que no saberlo, aun cuando no tengamos nada que ver con ellos más que la simple coincidencia social.

El cotilleo o chismorreo esta en nuestra esencia, con lo bueno y lo malo que tiene. Lo bueno es que nos ha permitido avanzar como especie, ya que nos comunicamos, informamos y avisamos; lo malo es que hablamos innecesariamente de los demás y no particularmente bien (es muy aburrido). Gracias a nuestro cerebro social que tiene una enorme necesidad de meterse en la vida de los demás, es que las redes sociales tienen tanto éxito, aun cuando en ellas no hay nada más que basura en lo general y cosas extraordinarias en lo particular.

Los límites del lenguaje son los límites de nuestra mente.
Otra particularidad de nuestra especie es el lenguaje. Las otras especies también se comunican, no obstante a diferencia de ellas nuestro lenguaje es doblemente articulado. No emplea un único signo para una única referencia. Podemos vocalizar y emitir, con signos muy limitados, sentencias cuasi infinitas, que si bien es cierto que nos hacen incurrir en mil y un ambigüedades como las que enunciamos en el artículo intitulado: “Que nos lleva a decir lo que decimos”, también lo es que nos permiten crear con el habla lo que no existe, que es lo que particularmente distingue a nuestra especie; la capacidad de crear cosas que no existen para habitarlas y sustentarlas.

Tenemos una enorme capacidad de imaginar escenarios ficticios, los cuales los empezamos   crear desde la primera infancia, ya sea a través de amigos imaginarios, superhéroes, duendes, hadas, ángeles, dioses y demás entes de la mente que no tienen existencia real. 

Lo paradójico es que precisamente eso, la capacidad de imaginar y crear escenarios ficticios y expresarlos a través del lenguaje, es lo que nos hace humanos. Tanto así que si no piensas en héroes y cosas inexistentes cuando eres pequeño, mal vas funcionar cuando seas mayor. Serás una persona tan lineal y uniforme que lo único que no tendrás es la capacidad de imaginar, crear y recrear tu entono, mostrándote como una persona poco interesante en lo social y poco requerida en lo profesional.

Los límites de la mente.
El referente humano es la vida humana. Entendemos lo próximo a nuestra edad: diez, veinte, cuarenta, ochenta años, sin embargo lo lejano: cientos, miles o millones de años nos suenan en cuanto a lenguaje pero no en cuanto a referencia.

Un infante de diez años puede entender y asimilar lo que es referente a su edad: cinco años, pero no lo remoto: diez, veinte o más años. Cuando se le habla de algo que excede su nivel de referencia, entenderá el lenguaje pero no el significado de lo que se le dice. Usted podrá decirle: cuando seas mayor… y hasta ahí llego el oído de él… Él, en su nivel de referencia, ya es mayor, por lo que no podrá entender el significado último de lo que usted le quiere decir.

En una ocasión estaba entrevistando a una joven que estaba en sus primeros veintes. Cuando le pregunté que como se veía en cinco, diez, veinte, treinta y demás años, me contesto las primeras dos, pero ya no pudo contestar las últimas. De hecho su respuesta fue: Ah no, yo no me veo de esa edad. Esto, más allá de la vanidad que sin lugar a dudas tuvo su parte, obedece a que la pregunta estaba fuera de su marco de referencia. Ella tenía veintiún años   

Lo invito a que haga el siguiente ejercicio.
Por favor dígale a una persona que esté dispuesta a colaborar con usted, que le va a hacer cuatro preguntas. Que tiene un minuto para contestar cada una de ellas. Es importante que le haga saber que son preguntas sencillas y que no tienen que ver con el nivel de conocimiento de la persona.

Pregúntele a una persona que haría con 100 dólares.
Ya una vez que esta le responda, pregúntele que haría con mil dólares.
Cuando termine de decirle lo que haría, pregúntele que haría con un millón de dólares;
Y al último pregúntele que haría con mil millones de dólares.

Lo más probable es que más allá de su preparación financiera, responda las dos primeras en menos de un minuto; la tercera se le complique un poco contestarla en ese tiempo y la última requiera de más tiempo (si es que la puede contestar), ya que la pregunta se sale del nivel de referencia humana, por lo que le será muy difícil no solo contestar, sino conceptualizar esa cantidad en su mente, ya que es, cognitivamente hablando, intransitable para su cerebro. Es algo que se sale de su nivel de referencia y todo lo que esta fuera de ella es inimaginable.  

Solo aquel que conoce y domina las causas, produce los efectos.
Otro de los grandes distingos de nuestra especie es el conocimiento. Los seres humanos dejamos al homínido atrás cuando empezamos a estudiar la naturaleza. Cosa que hicimos lenta y gradualmente, atribuyendo a los dioses todo aquello que aún no descubríamos y sabíamos, al tiempo que explicábamos y sustentábamos en base a las leyes de la naturaleza, todo aquello que ya habíamos descubierto y que por ende era ajeno a los míticos e inexistente dioses que habíamos creado para explicar las cosas.

Con el paso de las generaciones y la transmisión del conocimiento, los seres humanos supimos de que iba la naturaleza y empezamos a modificarla sin tomar en cuenta que esta modificación seria a un mismo tiempo salvación y condena, ya que entre más tierra pongas a producir, más gente se reproduce, lo cual a su vez requerirá más tierra y así subsecuentemente.

A partir del tercer cuartil del siglo XX se dieron dos factores que están cambiando la faz del planeta. El primero de ellos es que las mujeres empezaron a lograr el bachillerato superior como norma, lo que inevitablemente trajo como consecuencia una drástica caída de la natalidad. En los lugares donde la mujer alcanza niveles superiores de educación, la natalidad cae en la misma proporción en la que aumenta la productividad. En síntesis, en la medida en que las mujeres alcanzan un nivel superior de estudios, se genera un mayor nivel de riqueza y un menor nivel de natalidad.

El otro factor es la riqueza. A partir del tercer cuartil del siglo XX se descubrió que el anticonceptivo más eficaz ha sido el de la riqueza. Estadísticamente los que más ganan son los que menos se reproducen y los que menos ganan y menos posibilidades tienen de educar y formar a sus hijos, son los que más se reproducen, convirtiéndose, la gran mayoría de ellos, en eso que los políticos han llamado sector social, el cual no genera un centavo de riqueza pero si la consume. El sector social a nivel mundial consume el 50% de los impuestos en dádivas y beneficencias. No olvidemos que este sector genera votos, no riqueza.

Retomemos el curso. El conocimiento nos permitió dejar el orden natural a un lado y crear los escenarios artificiales que nos han permitido vivir en lugares homínidamente poco vivibles, lo que inevitablemente nos llevó a poblar casi todos los rincones del planeta, gestando con ello una diversidad de culturas (formas de ser y hacer) obsecuentes a la geografía de cada lugar y con ellas una identidad simbólica que nos hace ser miembros de una nación (nació-en) y no de otra.

Culturalmente hablando, el ser miembro de una nación y no de otra es algo que lenta, muy lentamente se ha ido modificando, al grado de que en tres generaciones más serán no más de cinco culturas las que imperen en todo el planeta. Culturas que competirán entre sí y que muy probablemente se ataquen, no para destruirse (ya que son necesarias como mercado), pero si para debilitarlas y lograr que sean solo mercado, pero nada más. Quedando al final tres culturas o formas de ser como rectoras del planeta.

Estas culturas van a seguir transformando el planeta e incidiendo en la naturaleza y en los gustos y tendencias humanas. El secreto estará en conocer las causas para poder producir los efectos, cosas en las que, nos es menester reconocer, cada día avanzamos más.    

Hay propósito en el despropósito.
Líneas arriba decíamos que la naturaleza no va a ninguna parte. Esta opera bajo el modelo de prueba- error y nosotros somos una más de las muchas pruebas que ha hecho y hará. Esto quiere decir que no somos la especie elegida, somos la especie que gracias a mil y un circunstancias en las que no tuvimos nada que ver, desarrollamos un cerebro que nos permitió posicionarnos sobre las demás, pero la especie en si no tiene más propósito que el de persistir como especie.

Somos nosotros los que tenemos que encontrarle un propósito a todo lo que hacemos. Algunos se lo encuentran en la religión (realidad imaginada), otros en el amor (realidad imaginada), en la familia (realidad imaginada), en el trabajo (otra más) y así subsecuentemente.

Mucho de lo que hacemos muere con nosotros, no obstante somos nosotros los que podemos lograr que nuestro hacer se convierta en un camino para los demás. Cierto que esto es algo que muy pocos han logrado, y sin embargo, esta es una de las cosas que nos hace humanos, muy humanos.

Nos leemos en el siguiente artículo.