lunes, 20 de abril de 2026

La belleza de Quasimodo.

Recién me reuní con una joven ejecutiva que tenía fuertes inquietudes respecto a la forma en que el conflicto en Irán impactaría en el mercado de valores. Es una joven que desde hace años se fijó la inamovible política de ahorrar el 30% de sus ingresos, invirtiendo 25% en el mercado accionario y el 5% en instrumentos de liquidez inmediata.

Me comentó que su ejecutivo de Bolsa le ha estado insistiendo desde que empezó el conflicto, en que venda parte del portafolio accionario de ella y de su familia para disponer de un fondo líquido que le permita capitalizar las oportunidades que brinda la volatilidad del mercado. Lo cual, aunado al catastrófico apocalipsis que profetizan y venden los medios y expertos, le hizo dudar sobre el mejor proceder al respecto.

Después de analizar los fundamentos económicos y militares de los contendientes, el comportamiento de ambos portafolios y el mercado de futuros, dejo la injustificada incertidumbre atrás, para compartirme algunas cuitas personales.  

La ejecutiva en cuestión es, amén de intelectualmente atractiva, un persona de trato dulce y amigable. No obstante, se duele de que su gruesa figura le ha dificultado el proceso de emparejamiento, dado que los hombres, en palabras de ella, le dan más valor a la apariencia física que a cualquier otra variable, como si el físico no fuera a sufrir el ineluctable deterioro que se da a través del tiempo.

Era tal su desasosiego que me aseguro de que podría, dado el caso, llegar a considerar a un Quasimodo si sus modos fueran del tal relevancia que el físico dejase de ser importante, pero el problema, me decía, es que todos los hombres, incluidos los Quasimodo, se perciben a sí mismos con una belleza que están lejos de poseer. Lo que a la postre les hace descuidar el desarrollo de otros atributos que pesan más en la relación (inteligencia y educación) que el atractivo físico.

El ojo quiere su parte.
Lo primero que le comenté es que la pasión ha sido, es y será, después del instinto de supervivencia, el elemento antropológico que más incide en la conducta del ser humano. Las pasiones no solo desatan elecciones, sino que también crean el marco de referencia sobre el que justificamos acciones y decisiones.

Esto es de suma importancia, ya que los problemas que resuelve la inteligencia humana son más prácticos que teóricos. Y si bien es cierto que en ellos interviene el conocimiento, también lo es que este no garantiza nada. Tan es así que todos hacemos un sinfín de cosas que sabemos que no debemos hacer…, y nos regodeamos haciéndolas. Y es justo ahí, en ese hacer que no debemos hacer, donde entra en juego la pasión.

Lo normal es que el ojo quiera su parte, pero no todo se circunscribe al ojo: La piel atrae la mirada, pero no la retiene. Lo que te quiero decir con esto, le comenté, es que todos somos atractivos para dos o tres personas y Quasimodo para todos los demás. Y es gracias a que tenemos una imagen de nosotros mismos que no corresponde con la realidad, que salimos a la calle.

En otras palabras, no es el físico (la belleza está en la mirada de la persona que la contempla). Algo has de estar haciendo en tu primer hablar y segundo actuar, que dispara en los otros el instinto de supervivencia psíquica (huida).

Así pues, antes de ver a los otros como frívolos o superficiales, dale una revisada a tu no consciente proceder. Una de las cosas que nos enseñó la historia es que en el pronaos del Templo de Apolo en Delfos esta escrita la frase: Conócete a ti mismo. Frase con la que los responsables del templo les pedían a los consultantes que antes de recurrir a los dioses, deberían buscar en su interior la respuesta que solicitaban.  

Lo que nunca se escribió en el oráculo de Delfos es que, si quieres conocerte a ti mismo, te tienes que conocer a través de tus pasiones: Eres lo que tus pasiones son.

Has un análisis honesto de tus pasiones, así como de las elecciones y decisiones conscientes e inconscientes a las que estas te han llevado y descubrirás cuales son los resortes y motores de tu proceder. Ya una vez que logres establecer un dialogo intimo con tus pasiones, es que podrás dirigir a estas en lugar de que estas te dirijan a ti.

La otra cosa que debes considerar es que a la escuela no solo vas a aprender lo que la academia dicta. Vas a aprender que el otro existe y que tienes que lidiar con él, así como él lidia contigo. Y la tercera razón por la que tus padres te mandaron a la escuela es para que desarrolles el sentido de la responsabilidad.


El infante y el adolescente tiene una responsabilidad asignada. El adulto, asumida.
Lo que las calificaciones les muestran a los padres no es solo el nivel de aprendizaje de su hijo, sino el nivel de madurez que muestra en la asunción de la responsabilidad que le asignaron.

Un estudiante con malas notas indica un bajo nivel de madurez en la asunción de responsabilidades. De tal suerte que si en el devenir de su vida estudiantil, las malas notas fueron la constante, es posible que ya de adulto tenga problemas para asumir la responsabilidad de sus actos, lo que le impulsará a culpar a otros de las consecuencias de estos.

Así pues, mi recomendación es que trabajes en la identificación de tus pasiones. Que te conozcas a través de ellas y que realices un contrato mental contigo misma, para que seas tú la que dirija a tus pasiones y no estas a ti.

Esto no significa que vas a dejar de tener pasiones o que estas van a dejar de causarte más de un incordio. Quiere decir que estás van a aprovechar cualquier descuido de tu parte para tomar el control, lo que obstaculizara tu aparente fallido proceso de emparejamiento.

Es muy simple…, difícil pero simple: O gobiernas lo que eres o lo que eres te gobernara a ti…

Nos leemos en el siguiente artículo.