martes, 23 de mayo de 2017

Preparando el adiós...

El cerebro siempre decide antes de que nos demos cuenta de la decisión que este tomo. Al paso del tiempo nos va haciendo evidentes las señales -que siempre proyectamos en los otros y- que justifican nuestra decisión. Cierto es que podríamos darnos cuenta de las mismas mucho antes de que estas sean evidentes a otros, no obstante es tan poca nuestra capacidad de observación de nosotros mismos, que lo más probable es que sean los otros los que nos hagan patente lo que está a punto de acontecer.

Obsérvese a sí mismo. Observara que su comportamiento empieza a cambiar justo cuando su cerebro tomo una decisión de la que usted aún no está consciente. Descubrirá que cada vez le molestan más cosas de la persona o del objeto centro de su decisión. Las dudas se acrecentarán al tiempo que le dará más oídos al decir de terceras personas o, peor aún, pedirá opiniones de aquello que antes ni siquiera lo hubiese concebido.

Como observador es muy fácil darse cuenta de que la persona esta lenta y gradualmente tomando una decisión, aun cuando no está consciente de ella.

Veamos algunos ejemplos.
Usted quiere cambiar carro, aun cuando el que tiene esta en excelentes condiciones. El carro le es útil en lo funcional, más ya no en lo psicológico. Como automóvil, sirve, como imagen y marca, ya no. No obstante para poder deshacerse de él y justificar ante usted mismo la razón del cambio, será menester que se convenza de esas razones que usted se está dando a sí mismo, para no quedar después como un tonto ante usted mismo.

Para esto le será menester identificar y notar, ante usted y ante los demás, los defectos del carro en cuestión. Ya sea la línea, el costo del mantenimiento, el consumo de combustible y mil y un etcéteras más que antes no veía o no importaban, pero que ahora se tornan sustanciales para poder justificar el cambio. Así, poco a poco y casi como sin darse cuenta, ira demeritando los atributos del carro hasta que logre convencerse a sí mismo de que lo mejor es cambiar de auto.

Lo más probable es que las personas allegadas a usted sean las primeras en hacerle notar que se está preparando para cambiar de carro. Por supuesto que no le van a hacer ver que está usted tomando medidas para cambiar de carro, no tienen esa percepción de la realidad que se esconde atrás de cada uno de nuestros actos. Lo que le van a sugerir es que cambie carro o que se espere un poco más. No obstante en la sugerencia va el aviso de que lo usted está haciendo, aun cuando no se dé cuenta de ello.  

Veamos ahora un ejemplo subjetivo.
Una persona muy allegada a mí está inmersa en una relación que rompe con su código de valores, creencias y dogmas. Ella dice estar muy enamorada de él (y lo está), no obstante de un tiempo acá he visto en ella los típicos cambios de comportamiento que se dan en una persona que está viviendo el proceso de decisión.

Su cerebro, huelga decirlo, ya tomo una decisión, aun cuando ella no esté consciente de la misma.

Me es menester hacer una pequeña disgregación antes de explicar el tormentoso acontecer de mi amiga, por lo que le pido a los dos o tres lectores que tengo, un poco de paciencia.

El problema – problema.
El problema entre los seres humanos no son las creencias ni las diferencias de valores. Los problemas tienen que ver más con los ritmos y con las ideas que cada uno de nosotros hemos construido en nuestra mente para explicar y vivir la realidad.

Puede haber diferencias sustanciales en el combes de las creencias. Incluso puede ser que si el ritmo de uno y otro no son tan diferentes (velocidad de respuesta y acción), exista entre la pareja un punto de unión.

Por supuesto que la parte biológica es de suma importancia, no obstante cuando la relación se sustenta solo en esto, muere tan rápido como empezó, ya que el instinto se consume al satisfacerlo. Así pues, el problema no es el instinto, son las ideas.

La vida es perfecta, no ideal.
Perfecto viene de perfectum (agotado en sí mismo -que sirve para lo que se diseñó). Un vaso es perfecto si sirve para lo que se diseñó -retener líquidos. No es ideal, ya que no mantiene la temperatura como nosotros quisiéramos, pero es perfecto.

Un lápiz es perfecto. Sirve para lo que diseño. No es ideal, ya que no escribe solo, pero es perfecto.

En artículos anteriores comentaba que la hija de unos amigos está por terminar el noveno grado. La graduación esta próxima y aun cuando la muchacha en cuestión posee una egregia figura y una belleza sin igual, es de las pocas que aún no tiene compañero para el baile de graduación.

Esto no se debe a la falta de invitaciones, sino al hecho de que estas no obedecen a la idea que ella se forjo en su mente. Ya que para ella la invitación debe ser lo más próximo a una pedida de mano, y ninguna de las invitaciones que ha recibido han cumplido con esa idea. Por lo que lo más probable es que la muchacha más bella de la generación asista sin pareja a su baile de graduación.

¿Esta ella consciente de esto? No. Claro que no. Hace algunas semanas tuve la oportunidad de reunirme con su familia, en plena reunión me comento de su graduación y de que aún no tenía pareja para el baile. Cuando le pregunte las razones de la carencia, me argumento una serie de causas, todas razonables y plausibles, pero no del todo ciertas.

Cuando hable con sus papas y les comenté que lo que ella pedía era irreal. Estos me dieron, tal como lo hizo ella, razones que no iban dirigidas a mí, sino a ellos mismos. Ambos, padres e hija, habían construido razones de la razón para justificar su acción. No entrare en detalles de lo que hicieron, solo diré que la muchacha asistirá sola su baile de graduación.

Su objetivo, claro está, no era ir sola. Era otro. Otro que era más importante que ir acompañada de una pareja. El resultado fue el esperado por ella. Logro lo que quería. La graduación será un instante más en su devenir biográfico, pero su objetivo no. Este le acompañara el resto de su vida.

¿Podía ella lograr su objetivo sin tanto drama y sin tanta angustia? La respuesta es sí. Solo que no estamos acostumbrados a llamar a las cosas por su nombre. Razón por la cual creamos, en un ejercicio de invención para la desviación, las razones de la razón que nos permitan esconder el objetivo real en aras del aparente.

Es de suma importancia aprender a llamar a las cosas por su nombre. Cierto que no nos han educado para ello, amén de que no nos gusta hacerlo ni la gente que lo hace. De tal suerte que cuando coincidimos con alguien que llama a las cosas por su nombre, nos alejamos de esa persona para no volver a ella más que por ocasión.

Veamos un ejemplo común que lo que esto significa.
Los padres de familia a la instrucción pública le llaman educación. Nada más lejos de la verdad. La instrucción pública es exógena, la educación, endógena. La instrucción tiene que ver con el combes del hacer. La educación, con el combes del ser. Y siempre será más importante la forma de ser que la forma de hacer. La forma de hacer ser aprende, la de ser, se es.

Si los padres de familia llamaran a la instrucción pública por su nombre, tomarían conciencia de lo que esta es, dejando de exigirle a esta lo que esta no tiene. La instrucción pública instruye, pero no forma.

La educación es la que forma. Es la que extrae lo mejor del individuo, y la única que le puede brindar al educando el horizonte cultural y el carácter que se requiere para acometer y resistir la vida. Ninguna escuela nos puede dar eso. No obstante los padres de familia se conforman con brindarles a los hijos la mejor instrucción pública que sus ingresos permiten, para descubrir, cuando estos son adultos, que lo único que le entregaron a la sociedad es uno más de los muchos que ya hay.  

Cuando aprendemos a llamar a las cosas por su nombre, la vida se nos hará más simple, fácil y llana. Tendremos, eso sí, menos acompañantes en el camino, pero batallaremos menos en todo. Para empezar ya no nos será menester construirle razones a la razón para justificar una acción.

Retomemos el curso de la historia.
Decía líneas arriba que he sido testigo de los cambios de comportamiento de mi amiga. Mi amiga, sin estar consciente de ello, se está preparándose para el adiós. Probablemente él sea el mejor o el peor de los hombres. La realidad es que eso no importa, ya que el tema no es él, sino el proceso de ella.

Ella, de un tiempo acá, ha estado viviendo encuentros y desencuentros con su pareja. Todos, hasta donde he podido ver yo, sin el fundamento y peso que ella les otorga. ¿Está mal? No. Es legítimo y valido que ella les otorgue un fundamento y un valor que, en honor a la verdad, no les otorgaba meses atrás.

¿Por qué ahora se los otorga? Porque se está preparando para el adiós. Está creando en su mente las razones que justifiquen su adiós. Un adiós que sea para ella una liberación y no una carga. Me queda claro que difícilmente encontrará una pareja con la que se empate tan bien como lo hace con él, no obstante es menester reconocer que él no se acerca, ni por mucho, a la idea que ella tiene de lo que debe ser el hombre ideal.

La madre de mis hijos me decía que ella quería tener un hijo que fuera osado y sarcástico. Poseedor de una inteligencia que hiciera que los demás no puedan con él… El segundo de mis hijos cumple a cabalidad con todos esos atributos, no obstante ella se queja de él, un día sí y otro también. Cuando le hago ver que ese es el hijo que ella quería, me contesta que sí… Que así lo quiere, pero no con ella, sino con los demás.

Lo mismo pasa con mi amiga. Quiere que él sea atento, cortes, educado y caballeroso, pero solo con ella, no con las demás. Quiere que la fuerza del instinto le tenga junto a ella, pero que este no le haga voltear a ver a ninguna otra mujer, aun cuando ese mirar carezca de amor, deseo o algo más.

Quiere que sea un hombre diferente a los demás en el ser y en el hacer, pero que esa diferencia no haga de él un hombre atractivo a las demás… Que sea un hombre interesante en el ser y en el decir, pero solo para ella y de ninguna manera para alguien más.

Las contradicciones no existen. Acudimos a ellas cuando hay algo que no queremos o no podemos reconocer, ya sea porque aún no lo tenemos consciente o porque nos da un miedo atroz.

Mi amiga, sin importar la suma de causas que justifican un accionar que ayer no tenía, se está preparando el adiós. Ella aún no lo sabe, pero esta próxima a terminar con él.

Va a ser una terminación justificada, razonable y plausible. Una terminación que al paso de los años no tendrá razón, pero que en el momento le va a ayudar a terminar con un bajo nivel de dolor.

¿Qué sigue para ella? Nada en especial. Terminará. Se sentirá liberada, justificada y feliz… Al paso del tiempo descubrirá que regreso a la vida que tenía. Una vida que ya dominaba y que no le representaba nada más que una continuación de lo mismo… Él será historia y de vez en vez pensará que tuvo razón.

Así es como los seres humanos nos preparamos para el adiós, creándonos razones que no solo nos salven de llamar a las cosas por su nombre, sino que además nos permitan justificar nuestro errático accionar.

Nos leemos en el siguiente artículo.  

lunes, 22 de mayo de 2017

Entre la realidad y la fantasía.

En la vida todo está hecho a imagen y semejanza, y la literatura, la más importante creación del hombre después de la invención de la escritura, no es la excepción. Esta es, como el hombre, fantástica. No por maravillosa, que si lo es, sino porque toda ella, desde sus orígenes hasta la actualidad, obedece a la fantasía.

La literatura es un conjunto de saberes relacionados con el arte de la gramática, la retórica y la poética (poesis –hacer, fabricar, materializar pensamientos), de tal suerte que la literatura no es solo saber escribir. Es algo que está mucho más allá de saber escribir. La vida es reflexión, acción, pasión y movimiento. La literatura, en cuanto tal, te debe llevar a la reflexión para que esta sea el impulso de la acción, de la pasión y del movimiento.  

La literatura, en sus primeras manifestaciones, se dio de manera oral. Las narraciones, y con ellas el conocimiento de la época, se transmitía verbalmente de generación en generación, hasta que al paso de los siglos se empezó a hacer de manera escrita, naciendo con ello la historia y las demás ramas del saber.

Uno de los primeros textos literarios del que se tiene registro escrito, es el Poema de Gilgamesh -narración de origen sumerio que dio origen a casi todas las religiones. El poema de Gilgamesh está escrito en escritura cuneiforme y grabado en arcilla, gracias a ello es que duro hasta nuestros días. Es el texto más antiguo del que se tiene registro objetivo. La primera versión de ese se remonta al año 2000 A.C.

Como dato anecdótico es importante considerar que la literatura china (posterior a la sumeria) es la que más registros escritos tiene, lo cual explica mucho del actual acontecer de esa nación.

Como contraparte esta la literatura en español. Esta se remonta al siglo X, con las “Glosas Emilianenses”, texto escrito en formas románicas pero que no cuenta con carácter literario, ya que la intención del copista no era hacer literatura, sino explicar el significado de algunos de los pasajes del códice Emilianense, el cual estaba escrito en latín.

No obstante se considera que el texto fundacional de la literatura en español es el Cantar del mío Cid, el cual narra las hazañas de Rodrigo Días de Vivar, el primer mercenario de la historia, ya que este lucho a favor y contra de sus patrones (Mostain II, Sancho Ramírez y Pedro I de Aragón), en función de quien le contrataba y pagaba.

Cuando le cierras la puerta a la realidad, le abres paso a la fantasía.
Dejemos a un lado esta inútil disgregación para regresar al curso de nuestro tema… La literatura ha sido, es y será fantástica, ya que obedece al hombre. Y el hombre, lo sabemos bien, es fantástico. Vive cerrándole la puerta a la realidad, para poder darle paso a la fantasía. Los ejemplos más claros del imperio de esta en la vida de los hombres, está en los libros sacros.

Todos los libros sacros son una entelequia. Los son el Antiguo y el Nuevo testamento, el Avesta, el Bhagavad-gita, los Vedas, el Corán y toda esa suma de narraciones fantásticas a las que les hemos dado un valor que a todas luces no pasan el filtro de la razón. Cierto es que el objetivo de estos libros no es la lógica, ni la coherencia, ni la razón, sino transmitir un mensaje y brindar una guía moral aquellos que no la pueden encontrar por sí mismos.

La razón de ser de la literatura fantástica es la fantasía, el divertimento, el escape, el mensaje y la enseñanza y en ningún lado queda tan claro esto como en los libros sacros. Estos le permiten al hombre echar a volar su imaginación y hacer de la fantasía una realidad.

Así pues, la literatura fantástica se distingue por construir una realidad que no existe, al tiempo que hace de eso que no existe, una realidad… Mental, claro está, pero realidad al fin. Los temas recurrentes de la literatura fantástica son los demonios, duendes, hadas, dioses, monstruos, diablos, prodigios y milagros. ¿Inexistentes, ilógicos e improbables? Sí, pero ricos en posibilidades y deseos, que es lo que más necesita y busca la mente humana.

Creer lo increíble. Esperar lo improbable.
Los políticos están en deuda con lo que los libros sacros han hecho en nuestra mente, ya que estos, como vivos ejemplos de la literatura fantástica, nos han enseñado a creer lo increíble y esperar lo improbable. Gracias a ellos es que hoy le hacemos caso al mesías de turno. Es decir, a ese o a esos actores políticos que con su discurso nos llevan a recorrer los diferentes géneros de la literatura fantástica: de ciencia ficción durante la campaña, ya que pretende ser verosímil; de fantasía ya una vez terminada la campaña y de terror en el poder.

Otro ejemplo de la literatura fantástica es la historia. La historia la escribe el vencedor, y cuando ha sido escrita por el vencido se torna en elegía, lo que en ambos casos la hace subjetiva. La realidad es que no podemos reconstruir la historia. No estuvimos ahí, y aunque hubiésemos estado nos sería imposible reconstruirla objetivamente, ya que nuestra humana subjetividad nos haría idealizar a unos y vituperar a otros.

Nos es menester reconocer que nos imposible no tergiversar la realidad. Si lo hacemos siendo testigos presenciales de los hechos, que nos hace creer que no lo haremos cuando reconstruimos las cosas de oídas, que es lo que hace la historia. Todo lo que hacemos es falso. Es un artificio, una ficción. Una fantasía que nos alimenta pero que no obedece a la realidad.

Todo nuestro hacer está subordinado a la fantasía. Cierto que cómo en todo hay grados. Ni todo debe ser fantasía, ni todo, realidad. Tenemos que lograr un equilibrio que nos permita mantener una mente sana. Una mente en la que la fantasía salpique a la realidad pero no la envuelva.

El problema es que no tenemos y no queremos darnos idea de la realidad. Yo vivo inmerso en el mundo de los negocios, más específicamente en el de las finanzas internacionales. Las transacciones en las que me veo envuelto ascienden a montos que obligan a que los actores se sujeten cien por cien a la realidad, sin embargo no sucede así... Siempre hay un espacio para la subjetividad, para la interpretación y el deseo, lo que termina haciendo más difíciles y lentas las operaciones.

Igual nos pasa en todos los ámbitos del ser, en el Amor de pareja, en los hijos, familia y amigos. Nos pasa en el trabajo, en el deporte y en todo lo que hacemos. Nada de lo que hacemos es cien por cien real. Voluntaria y objetivamente no queremos vivir en la realidad.

Todo lo interpretamos en función de nuestra historia, entorno, cultura, formas, estilos y sentimientos. Nadie besa igual a nadie... Nadie es igual a nadie... Todos somos parecidos pero diferentes, y es ahí, en esa minúscula diferencia, donde anida nuestra recreación de la realidad, haciendo que todo lo que hacemos sea único y especial para cada uno de nosotros en función de nuestra muy particular dosis de fantasía.


Nos leemos en el siguiente artículo.

lunes, 15 de mayo de 2017

El coleccionista.

El que esto escribe es un diletante del arte y las letras. Mi pinacoteca se compone de muchos más cuadros de los que puedo colgar, lo cual a todas luces es una estulticia. En ella hay algunos artistas del Renacimiento y otros que transitan en el decurso de los siglos hasta llegar al actual.

Las rubricas van desde Rembrandt, Da Vinci, Miguel Ángel Buenorroti, Jacques Louis David y muchos más. Por supuesto que no pueden faltar los Picasso, los Degas, Dalí (muchos de ellos expropiados por mis hijos) y otros igual de buenos pero sin el renombre de los anteriores.

También están los nacionales como Rufino Tamayo, Frida Kahlo, Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Remedios Varo (española exiliada en México), Leonora Carrington, José Luis Cuevas, así como otros ilustres pintores del decimonónico y del XX que distinguieron a nuestro país en el mundo de las artes.

En lo referente a la bibliofilia las cosas no están mejor. En mi colección hay incunables, primeras ediciones, libros que están en índice (Index librorum prohibitorum), otros firmados por sus autores, otros de colección y muchos más de filosofía, historia y teología.

Mis colecciones tienen que ver con mis debilidades… No con mi inteligencia (que es poca), ni tampoco con la razón (que es más poca), ni con el acertado uso del dinero (que esta de lo peor), sino única y exclusivamente con mis debilidades.

No me gustan los carros, las motos, yates y ninguna de esas trivialidades que son del gusto común. Razón por la cual no gasto en marcas sino en transporte, pudiéndome mover en un auto de lujo o en un utilitario. Lo que me interesa es que me transporte. Lo demás me es insustancial.

Uno de mis hijos me preguntó qué si no me gustaban los carros deportivos (pregunta proyectiva ya que él desea que le regale uno). Le respondí que si… Que si me gustaban y mucho, pero que me dolía en el alma, y más en la cartera, gastar tanto dinero en algo que voy a traer rodando.

Le comenté que en una de esas razones que le construimos a la razón para justificar nuestros actos, me propuse ahorrar hasta reunir diez el valor del deportivo que quería, en la inteligencia de que si llegaba a tener diez veces el valor del auto, no me iba a doler gastar esa cantidad en esa trivialidad… Y que tres veces ahorre diez veces el valor del carro y las tres veces termine comprándome un utilitario cuatro puertas, anónimo, cómodo y funcional.  

Hay tres razones por las cuales una persona colecciona o retiene cosas que no tienen valor más que para él mismo: 1) La utopía de su valor; 2) La falsa imagen del estatus o valor social; 3) El valor sentimental que la persona le da al objeto y la forma en que este compensa al sujeto. 

La más importante de ellas es la tercera, la psicológica. Las otras dos: la utopía del valor y la del estatus, son una estulticia. Un engaño de la conciencia. Son razones que le damos a nuestra razón para justificarnos a nosotros mismos del porque hacer ese gasto, y lo hacemos porque estamos bien ciertos de que es un capricho, no una inversión, no obstante son razones que ya una vez que las compramos como válidas, se las vendemos a los nuestros para justificarnos y subirlos a nuestra fantasía.

Yo viví en Monterrey, un estado del norte de México en el que se desato una ola de violencia que hizo que muchos que estaban en posibilidad de hacerlo, se mudaran a nuevas latitudes. Yo termine mudándome pero lo hice por negocios, por lo que me toco toda esa ola de violencia de la que no fui ajeno.

Después de mi incidente me vi en la necesidad de cambiar mi estilo de vida para migrar a otro de completo anonimato. Así fue como llegue a un sector de la ciudad en el que el estrato socioeconómico en el que difícilmente me volvería a pasar algo así.

Puse mi estudio en ese lugar y lo sature de obras de arte y de libros. Es una galería museo a la que llego a refugiarme cuando estoy en Monterrey, y si bien es cierto que tengo casa en Monterrey, también lo es el que solo la uso para pernoctar, ya que cuando estoy ahí me paso todo el tiempo en mi estudio rodeado de mis cuadros, libros y esculturas.

Tengo, justo al lado de mi estudio, un vecino que también es coleccionista. Él es director de un área del banco en el que trabaja. Tiene, en su calidad de director, acceso a créditos blandos que le hacen la vida más agradable. Los intereses que le cobran son tan bajos que le es muy fácil hacerse de un patrimonio para el futuro, gracias a eso es que pudo adquirir la casa contigua a mí, así como esas otras cosas que conforman su colección.

La casa de mi vecino es del mismo tamaño que mi estudio. En la casa de él habitan cuatro personas y dos mascotas, en mi estudio estoy yo y ocasionalmente alguno de mis hijos.

Hasta aquí todo bien, no obstante lo que me llama la atención son las colecciones de mi vecino. Por supuesto que el buen juez por su casa empieza, cosa que no estoy haciendo ya que no estoy ajeno a lo que voy a enunciar. En lo personal las colecciones de mi vecino me causan un azoro similar al que seguramente le causan las mías. 

Mi vecino posee una colección de automóviles y motocicletas de muy buen nivel. Su colección de carros excede las veinte unidades y sus motocicletas, aunque pocas, son vistosas y costosas. Tiene carros que por sí solos exceden el valor de su morada y probablemente una o dos de sus motos estén por arriba de lo que vale su casa.

Me queda claro que su estilo de vida hace que descarte dos de las posibles causas para justificar su colección, ya que no invierte en ello pensando en que el valor de las mismas se incremente, como tampoco por estatus o prestigio social, ya que siempre se mueve en un carro convencional y anónimo que le permite pasar desapercibido.

Así, él como yo y muchos otros, colecciona cosas por el valor sentimental que le atañe a estas y por lo que estas le compensan a él. Cierto es que en la psicología del autoengaño uno se dice a sí mismo que la preservación del objeto es de vital importancia, ya que se corre el riesgo de que si uno no lo compra y conserva para sí, se corre el riesgo de que este pase a manos de alguien que no lo sepa valorar y termine deshaciéndose de él o tirándolo a la basura.

Primero es menester reconocer que toda colección es ilógica. Es una inversión que atenta contra el principio de valor. Cierto es que una obra de arte puede llegar a valer mucho más de lo se pagó por ella, pero es algo que difícilmente vera el comprador… Tal vez sus nietos, pero no él. Algo similar pasa con los carros, motocicletas, libros y demás objetos de una colección.

Un cliente que falleció hace poco más de un año, dejo una colección de relojes de oro sin parangón. En ella había desde las marcas convencionales (Rolex, Longines, Baume Mercier y otras), así como las no convencionales (Louis Moinet, Chopard, Piaget, Patek Pilliphe y muchas más). Lo paradójico del asuntos es él siempre uso un Timex o algo de bajo valor que le permitiera pasar desapercibido. Compraba los relojes porque le gustaban y se solazaba en ellos. Jamás pensó en ellos como costo o inversión, simplemente le gustaban y los compraba.   

Al morir lego la colección a sus nietos. Ninguno de ellos pensó en venderlos, amén de que estaban ciertos de que nadie pagaría su valor. Estos los conservaron para sí y los usan como reloj de diario. Para ellos no son más que un simple reloj, el cual, obviamente, no tiene ni de cerca el valor sentimental que les otorgaba su abuelo.

Ejemplos de estos hay muchos, no obstante todos me llevan a la misma pregunta: ¿Qué hace que una persona coleccione determinado objeto, aun a sabiendas de que este no tiene valor más que para él mismo?

Psiquiátricamente se ha demostrado que las personas no se deshacen de los objetos que conforman su colección, debido a que le han transferido a estos algo de sí mismos. Deshacerse de los objetos de su colección equivale a deshacerse de una parte de sí, lo cual, obviamente, genera dolor. La historia está llena de escritores que al perder su biblioteca se han dejado morir debido a que ya no encuentran aquello en lo se solazaban y hallaban.

La colección, sin importar el o los objetos coleccionables, obedece a una necesidad psicológica del coleccionista. Todos coleccionamos algo. Algunos coleccionan amores, otros coleccionan dioses, amigos, enfermedades, dramas, basura, piedras, sellos postales y todos los etcéteras que usted se pueda imaginar.

No obstante la realidad es que el objeto, ya sea material o insustancial -como la religión y todo lo que emana de ella, completa y complementa al sujeto más allá de lo que él pudiera llegar a imaginarse o a pensar.

El coleccionista, por el solo hecho de encontrarse en aquello que colecciona, le dedica más tiempo a su colección que el que le dedica a los suyos. Por supuesto que no está consciente de ello, pero lo hace. Una amiga me decía que para ella primero esta dios y luego todo lo demás. Le pregunté que sí lo mismo aplicaba a su hijos y pareja y me respondió que sí.

Al paso del tiempo tuve oportunidad de conocer a sus hijos y pareja, y pude constatar que así era. Ellos se sabían y sentían en un segundo o tercer plano en la vida de ella. No sentían, ni en hechos ni en expresiones, que ocuparan un lugar igual o mayor al que ocupaba dios en la mente de ella, ya que para su mamá lo más importante en hechos, expresión y emoción, era dios.

Por supuesto que cuando se lo hice ver no me creyó. Lo negó rotundamente, amén de que atribuyo mi comentario a la enorme cantidad de azufre que según ella corre por mis venas, lo cual metafóricamente entiendo, no obstante eso no resta el hecho de que sus hijos están en un nivel inferior al que ocupa el concepto de dios en ella.

Lo más interesante del caso es que ella no entiende el como si siempre ha predicado con el ejemplo, sus hijos y pareja le tengan aversión al concepto de dios. Le hice ver que cuando no gobiernas tu colección, es ella la que te gobierna a ti, por lo que es muy difícil entender que el que está mal es uno mismo y no los otros.

 ¿Por qué entonces se pierde el coleccionista en su colección al grado de no poder ver la realidad? Esto es debido a que los objetos o ideas que conforman su colección, lo relajan y lo salvan de sí mismo y del mundo, amén de que son la vía a través de la cual rompen con el tedio y monotonía de la vida.  

La colección se convierte en un refugio de paz. En lo personal conozco a varios amigos que poseen o van a un lugar ajeno a su familia en el que están sus objetos preciados. Por lo general el lugar en si no se distingue por sus características arquitectónicas o de confort,  sino por su contenido. Lo curioso es que más de uno (incluido el que esto escribe) le dicen a ese lugar: “El Refugio”.

La colección es, cuando uno la maneja a ella, un espacio en el que el sujeto se encuentra consigo mismo. Cada una de las cosas que la conforman le habla de sí, de sus miedos, carencias, ambiciones, sueños y fantasías. Le habla de esas cosas que difícilmente le dirá a los demás, incluidos los suyos. Su colección se torna un refugio. Un lugar para guarecerse del mundo y para encontrase a sí mismo en la cordura o en la locura, pero a sí mismo.

Unos se refugian en sus libros, los huelen, acarician y leen como si en ellos estuviese la verdad revelada. Otros se pasan los días de asueto lavando sus carros, acariciándolos, haciéndoles el amor, deteniéndose en cada detalle como si en ello les fuera la vida.

No obstante lo importante es que más allá de si es un libro, un carro o algo tan etéreo como dios, el coleccionista, al terminar su rutina de adoración, se sentirá como nuevo…

Listo y pronto para volver a ese mundo corrupto y malévolo donde nada es lo que parece, donde hay que competir contra todo y contra todos, a sabiendas de que al final podrá regresar a ese sacrosanto lugar que es su colección, para salvarse de sí mismo y del mundo.

Nos leemos en el siguiente artículo.

miércoles, 3 de mayo de 2017

¿Por nosotros o por los otros?

Cierto estoy de que todos cuando infantes escuchamos en casa sentencias de chantaje o manipulación que lograban hacernos sentir mal, aun cuando no hubiera razón para ello. Frases que al paso del tiempo volvemos a escuchar en nuestra relación de pareja, en el trabajo o con los socios, jefes o asociados.

Lo peor de todo es que son locuciones o sentencias que repetimos y decimos a los nuestros con igual o mayor carga de persuasión emotiva que la que nos aplicaron a nosotros. Todas estas frases o dichos tienen como objetivo exacerbar el sentido de culpa o de compromiso de aquel o aquella a la que van dirigidas.

No obstante la realidad es que estas locuciones son estériles e inútiles. No hablan bien de nosotros. Al contrario, dicen mucho de nuestras inseguridades e incapacidades, ya que solo usamos la persuasión emotiva cuando estamos ciertos de que no podemos convencer con la razón.

¿Por quién hacemos las cosas: por nosotros o por los otros?
Las cosas las hacemos por nosotros, poniendo de pretexto a los otros. Nadie hace nada por nadie. Las cosas las hacemos porque nosotros queremos hacerlas, ya sea para lograr el reconocimiento del otro, su compromiso o su sentido de culpa o responsabilidad, pero no es el otro el motor de nuestras acciones.

El otro es un pretexto, una justificación que nos decimos a nosotros mismos y a ellos, pero el motor real no son ellos, somos nosotros.

Un ejemplo de esto son los padres de familia. Estos hacen las cosas buscando su satisfacción personal, su vanidad, su prestigio, su calificación moral, social y demás intereses. No quiere decir que no tengan un interés real en los hijos, lo tienen y basto, pero lo que hacen es por ellos mismos, no por los hijos. Estos son los beneficiarios colaterales de un beneficio no buscado por ellos, sino por sus padres.

Es frecuente escuchar a los padres decirles a sus hijos frases como estas:
·         Cómo me respondes así, después de todo lo que hecho por ti;
·         Todo lo que hago lo hago por ti;
·         Ni idea tienes de todo lo que me privo para poder darte lo que doy…
Y así como estas muchas más, todas falsas y estúpidas, pero reales y comunes en nuestro diario acontecer.

Si los hijos tuvieran la capacidad de escoger, seguramente escogerían tener menos de lo se les da y más de esas otras cosas cualitativas y sustanciales que poco les damos y ofrecemos. Lo mismo aplica con la pareja, amigos, socios y demás personas con las que interactuamos.

Vida pública, privada e íntima.
Nos es menester entender que una cosa es la vida pública -la social; otra muy distinta la vida privada -la familiar; y una totalmente diferente la vida íntima -la pareja.

La vida pública.
La vida pública es la social. Es una vida de máscaras y apariencias. De tránsito, no de permanencias. En esta vida es inusual el uso de frases o sentencias como las arribas mencionadas. No se usan debido a que el otro nos es transitorio, insustancial.

Es probable que el otro sea alguien importante en nuestra vida, pero lo es en un tránsito determinado. La realidad es que fuera de ese tránsito, poco o nada es lo que pensamos en esa persona. Poco nos importa, poco nos ocupa, razón por la cual nos es inútil usar este tipo de sentencias… El otro no es tan transitorio como nosotros lo somos en él.

La vida privada.
La vida privada es la que tiene ver con esos demás que si son nuestros demás, la familia.
La vida privada es estacional. La conforman todas esas personas que ocupan un espacio en nuestra vida de suma importancia, no obstante son personas que en un momento dado nos será menester dejar atrás para hacer una vida ajena a ellos, tal vez cerca de ellos, pero ya no como parte esencial de nuestra vida.

En esta vida están nuestros padres, hermanos y amigos de vida. Todos importantes y tal vez determinantes, pero al final ellos y nosotros nos veremos en la necesidad de hacer una vida lateral… Una vida que va a tener que ver más con los nuestros (pareja e hijos) que con ellos.  

Es común que en la vida privada se escuchen este tipo de frases, sin embargo la realidad es que son innecesarias, ya que por mucho que nosotros deseemos incidir en alma del otro, éste, este o no consciente de ello, terminara haciendo lo que desea hacer, ya que el deseo, en cuanto tal, siempre termina ganando.

El deseo siempre gana. Es inevitable. Tal vez a la persona en cuestión le tome más o menos tiempo que a los demás, y con un mayor o menor sentido de culpa, pero terminara haciendo lo que en realidad desea. Un ejemplo de ello con los carros deportivos. Estos los compran los Juniors (porque se los compran sus papas) o los viejos rabo verdes que ya tienen el dinero para hacerlo.

Otro ejemplo son las motocicletas Harley Davidson. Observe usted quien las compra y a quien va dirigida la publicidad de estas. En las mujeres, por mencionar algunos ejemplos, está la cirugía de busto, las joyas, viajes y muchas cosas más. Pero al final ellas y ellos terminaran haciendo aquello que en realidad desean hacer, con o sin fases manipuladoras de por medio.  

La razón por la cual el deseo siempre gana es debido a que los motores antropológicos más fuertes que posee el ser humano son: el confort y la satisfacción. Observe usted que es lo que hacen los suyos el fin de semana o los días de asueto… Todo lo que hacen tiene  que ver con el confort y con la satisfacción.

Así pues, el deseo siempre termina abriéndose camino en el cerebro. Construye, a veces lenta y a veces rápidamente, las razones de la razón para que este se convenza a si mismo del porque debe hacer las cosas, ya que nada nos satisface más que el logro de nuestros deseos.

Antropológicamente lo que el ser humano busca son satisfactores. Cierto es que no todas las cosas nos satisfacen igual, no obstante hay sujetos y objetos que nos generan un nivel de satisfacción tal, que no hay poder humano que pueda con él. Razón por la cual el otro terminará haciendo lo que desea, sin importar lo mucho que hagamos para manipularle o chantajearle.

La vida íntima.
Por ultimo esta la vida íntima. La real. Esa que solo conoce aquel o aquella con la que hacemos la vida. Cierto que siempre hay cosas que el otro no conoce, pero también lo es el que esa persona conoce mucho más de nosotros que cualquier otra persona. Aquí, en la vida íntima, es donde más frecuentemente echamos en cara nos echan en cara las sentencias arriba mencionadas:  
-          Todo lo que hago lo hago por ti;
-          Ni idea tienes de todo lo que me privo para darte lo que te doy;
-          Ni idea tienes de todo lo que dejo de hacer para darte gusto y cosas así…  

La realidad es que es falso. El otro no hace nada por nosotros, así como nosotros no hacemos nada por él o por ella. Hacemos las cosas porque así las queremos, y si estas benefician al otro, pues que bien. Es un beneficio colateral. Pero el motor no es el otro, somos nosotros.

Las hacemos por vanidad, por nuestra propia satisfacción. Porque nos hace sentir muy bien la felicidad que le causamos al otro con nuestras acciones… Pero no nos confundamos. El otro no es un fin, es un medio.

El fin a lograr es nuestra propia satisfacción, lo cual no está mal. Lo que está mal es que creamos que hacemos las cosas por los otros y no por nosotros. Eso no existe. Es antinatural. Antihumano.  

Nadie hace nada por los demás, ni por los hijos, ni por la pareja, padres, hermanos o alguien más… Aquel que este cierto y seguro de que él si hace las cosas por los demás, o está loco o idiota, ya que las cosas las hacemos única y exclusivamente por y para nuestra propia satisfacción.  

Por favor no se irrite. Obsérvese y analícese a usted mismo. Cierto que hace las cosas esperando lograr una reacción, la cual, si todo sale bien, le va a proporcionar el satisfactor que busca. No obstante si es sincero con usted mismo se va a dar cuenta que las cosas las hace por y para usted, no por el otro. Esto no quiere decir que el otro no le interesa. Le interesa y mucho, pero nunca como se interesa usted por usted mismo.

Lo ideal es reconocer que hacemos las cosas por nosotros mismos y no por los otros. Entre más aceptemos esto, más fácil nos será dejar de usar el chantaje o persuasión emotiva con aquellos que amamos para establecer una relación de responsabilidad donde cada uno es dueño y responsable de sus actos.

La relación será más satisfactoria y los hijos crecerán con un sentido de responsabilidad de sí mismos que jamás tendrán aquellos que crecen engañando o manipulando al otro.


Nos leemos en el siguiente artículo. 

miércoles, 26 de abril de 2017

Magia, hechicería y brujería.

Nuestra especie vive un constante ir y venir entre la ficción y la realidad. Pareciera ser que no queremos o no podemos estar en una sola de ellas. La realidad es tan cruda y cruenta que nos es menester tener breves e intermitentes escapes a la ficción, no obstante nos es obligado reconocer que la gran mayoría de nosotros pasamos más tiempo en la ficción que en la realidad.   

En artículos anteriores hemos explicado que una de las características que distingue a nuestra especie -la séptima que puebla este planeta-, es el hecho de que la nuestra esta parada sobre dos pilares fundamentales: la ficción (realidad imaginada) y el relato (chisme, historia, rumor).

Nuestra especie (Homo Sapiens Sapiens) se distingue de las que nos precedieron en que esta tiene la capacidad de creer lo increíble y hacer de todo lo que no existe un relato creíble, aun cuando este carezca de lógica y sentido común, y un ejemplo de ello es lo que recién me aconteció en mi reciente viaje a Monterrey

En estos días de asueto viaje a Monterrey para pasarme unos días con mis hijos. Estos, ya con novias y amigos, tenían compromisos preestablecidos por lo que me fue dable disponer de algo de tiempo para estar con mis libros y mis letras. En uno de esos intervalos recibí una llamada de una amiga muy querida y me fui a tomar un café con ella.

Ella es una empresaria de éxito. Centrada en los negocios y madre de tres hijos. Es una mujer que además de ser muy bella y tener una egregia figura, posee una elegancia y una cultura que hace que sea un deleite el estar con ella. La plática verso sobre sus andares empresariales y personales. No obstante hubo un tema en el combés de lo personal que fue lo que me llevo a escribir este artículo.

Me comento que recién se había ido de viaje con su hermana, la cual es empresaria por herencia y no por mérito propio, y si bien es cierto que ha hecho un buen papel con lo que heredo, también lo es el que está lejos de logrado por mi amiga.

Expreso esta distinción no por resaltar que una sea mejor que la otra, sino para hacer patente que ambas han tenido que usar el cerebro desde diferente plataforma.

El incidente.
Mi amiga me comentó que su hermana fue a que le leyeran las cartas (lo cual de si ya dice mucho de ella), y que en ese devenir tuvo la ocurrencia de preguntar por la pareja de mi amiga. La señora que le estaba leyendo o interpretando el resultado de las cartas, le hizo saber a la hermana de mi amiga, que esta corría un gran peligro con ese hombre.

La hermana le pidió más información a la médium y esta le dio, desde la óptica de la hermana, elementos sólidos que fundamentaban su decir. La hermana de mi amiga busco de inmediato a esta y le hizo saber todo lo que le dijeron. Tanto que la plática entre ellas se llevó varias horas.

Mi amiga, huelga decirlo, se distingue en el combes de lo personal por sus perennes e ingentes dudas, tantas que no es necesario la intervención de una médium o pitonisa para que esta se cuestione sus cosas personales. Lo hace por definición. Es su personalidad.

Este constante dudar de sí misma más las dudas que tiene sobre el futuro de su relación, hizo que el decir de la pitonisa encontrar eco en ella. Me queda claro que si mi amiga no tuviese dudas de su relación, jamás le hubiese dado cabida al irracional e ilógico decir de una persona que no la conoce a ella, ni al hombre en cuestión. No obstante las tenía, y gracias a ellas es que decidió buscarme para ver si estaba en la ciudad e invitarme a degustar un café para platicar de sus cuitas y canguelos.

Cuando una persona busca a otra para escuchar otra opinión, es porque no está cierta de sí misma, ya que cuando uno está cierto de sí mismo, lo único que no pide son segundas opiniones.

Acudí al café consciente de lo anterior, amén de que lo hice encantado –ella es un bombón-. Al arribar al lugar tuve la oportunidad de leer su rostro antes de llegar a su mesa, lo que me permitió ver que tenía el cerebro poblado de una ingente cantidad de fantasmas y contadas realidades. Me tocaba a mí ver identificar las etéreas y las reales. No le dije nada al respecto, me limite a llegar, saludar y sentarme a platicar como si no me hubiese dado cuenta de nada.

La plática social duro unos 15 - 20 minutos, y ya una vez que me puso al tanto de su acontecer biográfico, entramos al tema que le inquietaba.

Me dijo que me había invitado un café porque necesitaba un consejo por una serie de dudas y temores que la estaban abrumando. Primero me comentó lo que había acontecido con su hermana y lo que la supuesta pitonisa le había dicho, lo cual, sumado a las dudas que ya tenía, hizo que su problema tomase una dimensión especial.

Su hermana le hizo un gran énfasis en lo comentado por la pitonisa, recomendándole que tuviera mucho cuidado con ese hombre, ya que la médium le había dicho que este lo único que quería era su fortuna (siempre y cuando a su capital se le pueda llamar fortuna).

Obviamente que no hice ningún comentario. Me limite a escuchar. No obstante me es menester reconocer que lo que más llamó mi atención es el que le haya dado oídos a su hermana, y más cuando ella misma reconoce que su hermana es el epitome de la nonada.

Yo he tenido oportunidad de platicar un par de veces con su hermana. Es una persona agradable, simpática y ocurrente, pero con una credulidad ciega en la numerología, cartas, horóscopos y demás estulticias del ramo, por lo que me extraño en demasía que mi amiga se centrara en lo dicho por su hermana cuando el problema era otro.

Mi amiga conoce mi postura ante esas estulticias. Sabe que me llama poderosamente la atención el hecho de que la Masa pueda creer que unos pedazos de cartón impresos pueden tener la capacidad de poseer atributos más allá de lo que en esencia son: celulosa y tinta… Y mucho menos que a estos pedazos inanimados de cartón y tinta se les atribuya el poder de predecir situaciones y devenires de la persona que barajo las cartas.

El tarot.
El tarot, como todas las cartas, fue creado como un divertimento social. Poco a poco fue cambiando su uso al grado de que hoy solo se usa como medio de adivinación. Fue en plena revolución francesa cuando un vividor que se dedicaba a predecir el futuro de la gente, detecto la oportunidad que le brindaba el momento para capitalizar la incertidumbre de la gente con la salida al mercado de una baraja que era diferente a las otras.

Todas las cartas guardaban el mismo patrón: 52 cartas - 52 semanas; cuatro palos - cuatro estaciones; dos comodines - uno por el bisiesto de cada cuatro años y el otro por el ajuste que se hace cada cien años.

El tarot, por el contrario, tenía 78 cartas en donde todos los dibujos obedecían a los arquetipos de nuestra especie (el loco, el diablo, el ahorcado y muchos más) y del momento en que salieron al mercado. Hoy, por ejemplo, ya no hay ahorcados, por lo que si el tarot hubiese salido en este tiempo sus arquetipos serian similares en algunos casos (el loco, el diablo, el enamorado…) y diferentes en otros (el Hacker, el Trader y algunos más propios de la época).

Así, el tarot, con sus 78 cartas y con la arbitraria interpretación que sus aparentes expertos hacían de ellas, fueron abriéndose un espacio en la amojonada mente de aquellos que ingenuamente buscaban en unos pedazos de cartón impresos, respuestas que solo ellos podían tener.

Las personas que se dedican a echar las cartas desarrollan una extraordinaria habilidad para leer en el rostro de sus clientes las respuestas que estos desean escuchar. Están ciertos de que la gente acude a ellos no para encontrar respuestas, sino para confirmarlas. No tienen el más mínimo interés en la gente ni tampoco en la sarta de estulticias que les van a decir para engatusarlos… Lo que les importa es el dinero que van a cobrar.

Por otro lado están los que acuden a estos artificios. Estos lo hacen porque están convencidos que esos pedazos de cartón poseen un poder que ellos no tienen: el de predecir el futuro en función de la supuesta energía que ellos les transmiten al barajar las cartas.

Las personas que solicitan esos servicios salen de ahí con la confirmación de sus dudas, lo que hace que experimenten un sentimiento de certeza sin igual.

No se detienen a pensar en lo ilógico e irracional que es todo eso, ya que si los adivinos fueran lo que dicen ser, ninguno de ellos estaría pobre. Todos hubiesen comprado los boletos ganadores de mil y un sorteos, amén de participar en cuanto programa de concurso exista en los medios.

En este rubro hay charlatanes y crédulos. Los primeros son unos farsantes. Saben que están engañando al otro y lo hacen con señorío. Los segundos creen en lo que hacen y lo hacen tan convencidos que para ellos lo importante no es lo que van a cobrar, sino lo que ellos creen que leen en las cartas. No obstante la realidad es que ambos están equivocados.

Regresemos a la charla con mi amiga. Observe al poco tiempo de estarla escuchando (y de hacer que se escuchará), que en su rostro se estaban generando cambios importantes. Se estaba deshaciendo de la basura que su hermana le había entregado y de los fantasmas que había creado en su mente.

Por supuesto que ella ya había tomado una decisión y lo había hecho antes de verme, el problema es que aún no se daba cuenta de que ya la había tomado, por lo que me era menester ayudarle a tomar conciencia de la misma.

La razón por la cual no sabía que ya había tomado una decisión, es debido a que el cerebro siempre decide antes de que nosotros estemos conscientes de la decisión que este tomo. Luego, al paso de las horas, de los días o de las semanas, nos manda las señales que nos hacen creer que nosotros la tomamos, cuando la realidad es que las señales lo único que hacen es hacernos conscientes de la decisión.

Ya una vez que ella entendió que la razón por la cual no había hecho consciente la decisión, es porque sus creencias y miedos (normal en toda relación) le estaban entorpeciendo el proceso de clarificación. Ya una vez que entendió esto, dejo atrás el tema del tarot para centrarse en su estructura antropológica y en lo que tenía que hacer para consolidar su relación.

Aun cuando el tema de mi amiga termina aquí, aprovecharé para extenderme un poco más en el tema, ya que aun cuando usted no lo crea, mucha gente que se dice racional y pensante cree en ese tipo de estulticias.

Magia, hechicería y brujería.
La magia, la hechicería y la brujería son primas hermanas y todas están subordinadas a las creencias religiosas y a la cultura que emana de estas. No obstante es menester reconocer que más allá de la religión y de la cultura…, la magia, la hechicería y la brujería encuentran su caldo de cultivo y medio de expansión y propagación, en la intrínseca necesidad que tienen los seres humanos de superar sus frustraciones y de cumplir sus sueños, sin importar si estos son de índole económico, amoroso, vindicativo o de poder.

Es imposible separar la magia de la religión. Las religiones se apropiaron de las creencias mitológicas, de sus ritos y artes y las hicieron religión, no obstante hoy por hoy hay diferencias entre una y otra: la religión se ocupa de lo trascendente, la magia, de lo inmediato. 

Así pues, la religión, que no es otra cosa más que la magia institucionalizada, trata de dar solución a dos enigmas: el de la vida y de la muerte; mientras que la magia no institucionalizada, intenta solucionar problemas concretos que no tienen nada que ver con lo trascendente, sino con lo inmediato.

La hechicería, en cambio, se limita a la utilización de conjuros, brebajes y pócimas. Todo esto sin tener que hacer un pacto con aquello que ingenuamente llamamos “el mal”. Este nace después.

La brujería es posterior al nacimiento del mal. Entendiendo por “mal”, todo aquello que las religiones han calificado como tal. No en balde son estas las que crearon el concepto del Diablo y todo lo que tiene que ver con él. Gracias al concepto Diablo, es que las brujas y la brujería fueron vistas como satánicas, persiguiéndolas hasta la extinción.  

La magia, la hechicería y la brujería son productos de la mitificación, la ignorancia y el fanatismo. Las tres tienen un especial arraigo en las religiones monoteístas y con el polarizado concepto que estas tienen del bien y del mal. Tanto que en la historia de las tres podemos encontrar el hecho de que se han centrado más en combatir a las personas (magos, brujas y hechiceras) que a las ideas que estas sustentan.

A nada teme más el hombre que a la mujer.
La mujer, lo sabemos bien ha sido sobre la que han recaído todas nuestras inseguridades y temores. La realidad es que en la vida solo atacas aquello que admiras y necesitas y que sabes no puedes tener. Y a nadie admira y teme más el hombre que a la mujer, razón por la cual la ha atacado y la ataca de todas las formas posibles.

Tanto que en la biblia dice que perdimos el Paraíso por culpa de Eva. No obstante la pregunta es: Quién es más bruto. Eva que fue engañada por el maestro del engaño o Adán que fue engañado por una aficionada, ya que era la primera vez de Eva.

A partir de ahí la hemos culpado de todo, y, como no, de brujería también. La mujer desempeñó un papel muy importante en el desarrollo económico, social, político y religioso de las primeras civilizaciones.

Ella era quien se relacionaba con la naturaleza. Quien observaba, desentrañaba y manejaba (por así decirlo) sus misterios. No en balde la agricultura es un invento de la mujer. Así, lo normal, es que ella fuera la maga, sacerdotisa, sanadora y canal de comunicación con las fuerzas de la naturaleza.

La magia y las sacerdotisas surgieron antes de que las religiones institucionalizadas salieran al mercado con sus conceptos del alma, de dios y del diablo. Ya una vez que la magia se institucionalizo vía la religión, persiguió con denuedo a las sacerdotisas y magas primigenias, las cuales dejaron de ser lo que eran para convertirse en aquello que las religiones llamaron hechiceras, brujas o hijas de Satanás, terminando así con el imperio de la mujer.

A partir de la institucionalización de la magia, se dictamino que lo que esas personas hacían era establecer un pacto con un ser superior en aras de obtener un beneficio personal. No obstante es menester reconocer que lo que nunca dijeron es que la oración religiosa es lo mismo: un pacto con un ser superior en aras de obtener un beneficio personal.

La oración religiosa tiene su origen en el conjuro mágico, no obstante la diferencia entre una y otra es abisal. En el conjuro solo hay una solicitación, mientras que en la oración hay, además de la solicitación, el requisito indispensable de la sumisión.

El conjuro es una súplica a una fuerza superior sin someterse a ella. Lo único que hay que hacer es pagarle vía un sacrificio que iguale la deuda, ya sea a través de una ofrenda material o la vida de un animal, mientras que en la oración el pago es total. No acepta ofrendas menores. Exige la entrega del alma, de la identidad y de la vida toda. Exige un vasallaje que está más allá de toda dignidad.

La magia no es un sistema de creencias, ni un sistema filosófico, moral o social. Es más bien un oficio, una dedicación o una especie de arte… Y como tal ha tenido diferentes formas de expresión en función de la época y de las circunstancias religiosas, políticas y económicas de cada época.

En la Edad Media la religión era la que determinaba la política y la economía El mundo era teocéntrico (dios, los demás, yo). Todo giraba en torno a dios y sus burócratas. La magia tenía que ver con lo espiritual (amor, hijos, dioses y demás etcéteras), no con lo material.

En el Renacimiento (renacer del hombre) las cosas cambiaron. No fue un cambio abrupto. Fue gradual, pero poco a poco la religión se vio en la necesidad de tener que compartir el poder.

Los reyes necesitaban al papa para ser coronados, pero ya una vez en el trono desconocían al papa, llegando incluso a nombrar dos papas al mismo tiempo, así como la creación de nuevas interpretaciones de la palabra de dios: Lutero, Calvino, Enrique VIII y otros más.

El poder de los reyes era lo que determinaba la economía y los alcances y límites de la religión, por lo que la magia se centró en el poder. La gente acudía a esta buscado un medio que les permitirá entrar a la corte o ascender en ella.

En el modernismo las cosas dan un giro de 180 grados. La economía es la que determina a la política y circunscribe a la religión al ámbito de lo personal, de lo individual, sin capacidad alguna para incidir en el comportamiento de la economía. Esta mutación hizo que la magia se centrara en el dinero, en el afán de riqueza, en el estatus y en los símbolos de poder (las apariencias).

Con la globalización se están dando cambios en la estructura…
En Occidente la economía sigue siendo la que determina a la política y a la religión, no obstante en los países regidos por el Corán, la economía determina la política, pero ambas quedan subordinadas a la religión. Esta es el árbitro moral que dicta el hasta donde de la economía y de la política, lo cual explica su retroceso en el ámbito del saber y del hacer humano.

La magia en Occidente está centrada en el dinero y en el poder. Cierto que la Masa acude por cosas subjetivas como el amor, el romance, el matrimonio, la infidelidad, la venganza y demás etcéteras de las emociones humanas, pero lo hacen como un ejercicio de poder.

La hermana de mi amiga no fue con esta a aconsejarla, fue a decirle que tenía información clave e incuestionable. Acudió a ella como si tuviera la verdad absoluta. Fue un desplante de poder, no de amor.   

Lo que la Masa busca al acudir a esos lugares es una confirmación objetiva de su subjetividad. Si el motor fuera espiritual, pedirían cosas que tienen que ver con la psique humana (amor, familia, hijos, salud…)

Las personas que acuden a esos servicios lo hacen buscando la intervención de un demiurgo mayor o menor que los solace y les de paz. Lo hacen sin estar conscientes de que los médiums que se dedican a eso son dignos representantes de las artes escénicas… Nigromantes que nos les pueden ofrecer nada más que la breve catarsis del momento.

Si esas personas fueran dignas de confianza por su saber y hacer, se dedicarían otras cosas y no a lo que se dedican.

Así que quien está más loco, el loco o el que sigue al loco.

Nos leemos en el siguiente artículo.