viernes, 30 de septiembre de 2016

Observarse a sí mismo.

Duro oficio el del Rey el de vomitarse sobre sí mismo.
Lo que el adagio significa es que es muy difícil desdecirse, y mucho más, observarse.

Poco / nada nos observamos.
Lo común es observar a los demás, pero no observarnos a nosotros mismos. No obstante se nos olvida que somos a un mismo tiempo público y escenario. Así como nosotros observamos a los demás, los demás nos observan a nosotros. Somos los demás de los demás.

El que esto escribe es un observador de la naturaleza humana. Me es común quedarme estático observando las expresiones del ser de ese Otro que atrapa mi atención. Observo, escucho y analizo todas las expresiones de su ser, ya que estas me hacen evidente lo que el Otro es, aún cuando él no este consciente de ello.

Esto (observar) no tiene nada de extraño, por lo menos no para mí, sin embargo el Otro (el observado) y los Otros (los que me observan) me ven (y con justa razón) como un animal raro (que si lo soy), ya que es de muy mala educación hacer lo que hago. Y si bien es cierto que mi intención no es incordiar el alma del otro, también lo es el hecho de que al otro no le importan las intenciones, sino los hechos y resultados.

Este natural observar al otro es algo propio y común de los infantes, no de los adultos. Los infantes, antes de que sus padres les enseñen a no observar, absorben el mundo a través de los ojos. Es por ello que observan acuciosamente a los adultos y a cuanta persona les llame la atención.

Este observar al otro es algo muy natural, no obstante al paso del tiempo es algo que dejamos de hacer debido a que es muy mal visto por la sociedad. Perdiendo así una enorme fuente del conocimiento y del saber.

En lo que a mí respecta mi observar no tienen otro afán más que el de aprender y entender. Observo para entender, no para juzgar. La realidad es que nadie está facultado para juzgar. Para juzgar al otro es menester hacerlo desde su piel, desde su biografía, y esto es algo que nadie ha podido hacer ni podrá hacer.

Porqué observar.
Como todos sabemos, los dos mejores libros del mundo son: El otro (mi semejante) y Lo otro (el mundo). Y estos son libros que demandan de mucha observación, análisis, reflexión, abstracción e introyección.

De hecho todos los libros que se han escrito y publicado en el mundo, son para explicar estos dos: El otro y Lo otro.

La realidad es que la gran mayoría de nosotros nos observamos poco o nada a nosotros mismos, y cuando alguien nos hace patente nuestro extraño accionar, respondemos con una explicación que no solo justifica nuestro errático hacer, sino que además nos sirve de pretexto para no cambiar.

Una de las razones por la cual no cambiamos nuestro accionar, es debido a lo pueril de nuestra formación. Esta ha sido pobre e insuficiente. Tenemos mucha instrucción, poca formación.

La instrucción es exógena (de la piel hacia afuera). La instrucción es un constante recibir información académica, científica, empresarial o de cualquier tipo. No obstante la instrucción es solo eso… instrucción.

La instrucción es un falso saber que nos sirve para hacer, pero no para ser.
Saber mucho de algo no nos convierte en ese algo. Nos convierte en repetidores de repetidores, pero no en mejores hombres. 

La formación tiene que ver con lo que su nombre dice: dar forma. Y esta solo se adquiere a través de dos vías: Vía la educación (Educere: extraer lo mejor de) o vía el auto-descubrimiento.

La primera vía del saber es la educación.
La educación nos es más que la constante repetición de actos. Actos que a fuerza de repetición se convertirán en hábitos y estos en costumbre.

Bien dice el adagio… Siembra actos y cosecharas hábitos. Siembra hábitos y cosecharas costumbres… Y, como todos sabemos, la costumbre es una segunda naturaleza.

La educación nos es más que la inteligente y racional construcción de una segunda naturaleza. Naturaleza que se sobrepondrá a la primera, ya sea para atenuar su oscuridad o para magnificar su luz.

La segunda vía del saber es el auto-descubrimiento.
Solo se sabe lo que se descubre. Es por ello que la palabra saber y sabor (sapere: degustar, recibir, llevar al interior) poseen la misma raíz.

Solo se sabe lo que se degusta, lo que se lleva al interior. Lo demás se conoce, pero no se sabe. El saber es endógeno (autobiográfico), mientras que el conocimiento es exógeno (bibliográfico). La diferencia entre una y otra es abisal.

La palabra aprender deriva de aprehender (asir con la mente), y solo logramos aprehender aquello que nos genera una impresión tal, que no nos es posible mantenernos ajenos a ella. La impresión puede ser negativa (para evitar) o positiva (para repetir), pero solo asiremos con la mente para llevar a nuestro interior y hacerlo propio, aquello que nos haya causado ese nivel de impresión.

Revise por favor su biografía. Observe que esas cosas que le generaron un más o un menos de impresión, son las únicas que recuerda. Las únicas que ha hecho propias, es decir, que ha llevado al interior. Lo demás lo conoce, pero no lo sabe.  

Los seres humanos aprehendemos lo que descubrimos, no lo que se nos dice.
Nosotros somos los demás de los demás. Observarse a sí mismo nos lleva a ver eso de nosotros que ven los demás, pero no nosotros.

Es importante entender que no podemos cambiar lo que no conocemos. Y si no nos conocemos a nosotros mismos, cómo entonces vamos a cambiar.  

Cierto es que hay ocasiones en que estamos abiertos y dispuestos a escuchar lo que nos dicen, pero más cierto es que esto sucede por excepción. Lo ideal sería aprender a observarnos.  A estar conscientes de nuestros gestos, palabras, actos y acciones. Solo así podremos re-edificar nuestra personalidad.

Observarnos nos llevaría a cometer menos errores. Errores en los que la gran mayoría de las veces no tenemos la intención de cometerlos. Hay, claro está, errores que cometemos voluntariamente, pero estos no nos sorprenden. Sabemos que lo que estamos haciendo está mal, y aun así lo hacemos. Es el idiota interior el que nos lleva a disfrutarlos y por ende a hacerlos.

Sin embargo el tema que nos compete no es el del idiota interior, sino ese otro que anida en nosotros y que nunca se observa.

Observarse no es fácil. Tenemos que aprender a hacerlo. A estar consciente de lo que hacemos en todo momento. Lo que decimos y dejamos de decir. La forma en que vemos, hablamos, pensamos y actuamos.

Observarse es un ejercicio de construcción y des-construcción constante, pero solo así podremos edificar, rescatando de nosotros mismos, de nuestro interior, eso que ya tenemos y que nos llevaría a ser una mejor persona en todos los aspectos.  


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Entre la ficción y la realidad.

Mi oficio me lleva a conocer un sinfín de personas y personajes. Unos dentro del mundo de los negocios, otros fuera de él. Algunos de ellos instalados intermitentemente en la realidad, y otros, la gran mayoría, en la fantasía.

Lo cierto es que esto que de suyo se antoja poco plausible, no tiene nada de extraño. La realidad es que todos nos movemos entre la ficción y la realidad. Nadie quiere y puede vivir permanentemente en la realidad. La realidad desquicia, deprime y mata. Se requiere estar mal de la cabeza para vivir única y exclusivamente en la realidad.

Siempre le añadimos un poco de ficción a la realidad.
Una ficción elegida (religión, amor, familia, ética, moral  y demás etcéteras de lo irreal) es aquella que sabes que no es cierta. Es aquella que la eliges racionalmente. La eliges a sabiendas de que no es real. De que tiene posibilidad, más no probabilidad. Y gracias a esto es que la puedes usar como lo que es: una catarsis (liberación) que te permite escapar intermitentemente de la realidad. 

El problema en si no es la ficción. A todos nos educan desde la cuna a vivir en ella. El problema es creer que se vive en la realidad, cuando se vive en la fantasía. Este no querer llevar a la conciencia que mucho de lo que hacemos es irreal (la realidad no se subordina a los deseos humanos), es la causa de muchos de nuestros descalabros.

Ya comentamos que nadie quiere ni puede vivir permanentemente en la realidad. Por eso es que se dice, y se dice bien, que la verdad es para los idiotas. Solo estos la pueden recibir tal cual es, sin que ella les represente un problema mayor… Ya están Idiotas.

Condicionantes de la verdad.
Como ya hemos mencionado en escritos anteriores, la verdad debe ser dicha solo a aquellas personas que reúnen dos condiciones:

Primera:
La verdad solo debe ser dicha a aquellas personas que tengan la capacidad de recibirla, digerirla y dirigirla, de lo contrario estas personas causarían un problema mucho mayor que el que se buscó subsanar. Es por ello que la verdad no es para todos.

La verdad se le debe decir solo aquellas personas que les compete y que tienen la madurez para recibirla, digerirla y dirigirla.

Segunda:
La verdad solo debe ser dicha a aquellas personas que tengan la capacidad de hacer del instante un instante y no una constante. De lo contrario estas personas estarían constantemente trayendo al presente un pasado que ya no es, que ya no existe.

No olvidemos que la muerte de los muertos es la vida. Lo que ya paso, ya paso. Hay que aprender de ello, enterrarlo y no sacarlo más.

Si el otro no tiene la capacidad de enterrar a sus muertos, lo mejor sería no decirle nada, ya que de lo contrario se va a pasar la vida desenterrando cadáveres que ya no tiene razón de ser.

La realidad no es para todos.
Entramos y salimos de la realidad a través de las ficciones que consciente o inconscientemente escogemos para tal efecto.

Las ficciones son de suma importancia para nuestra salud mental, no obstante es importante escoger nuestras ficciones y escogerlas a sabiendas de que son eso: ficciones. Las ficciones son una válvula o catarsis que nos permite escapar intermitentemente de la realidad. Cuidando, por supuesto, que esa intermitencia no se convierta en permanencia, como le sucede a muchos.

La primera responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos es escoger y dirigir racionalmente nuestras ficciones. De lo contrario ellas serán las que nos dirijan a nosotros. Cuando no escoges tus ficciones, ellas te escogen a ti, de tal suerte que lo que no existe, lo que pertenece cien por cien al mundo de la fantasía, lo que solo es un ente de razón porque existe en nuestra mente pero no en el mundo real, es lo que terminara gobernando a lo que sí existe... A ti.  

¿Está mal creer en las ficciones? No. Lo que está mal es que estas nos gobiernen a nosotros. Lo cierto es que esto que de suyo se antoja poco inteligente, es el común denominador del día a día.

En el devenir del acontecer nos es frecuente encontrar gente que no solo está instalada en la ficción como motor y centro de vida, sino que además es notorio que estas (las ficciones) terminan gobernando a la persona en lugar de que la persona las gobierne a ellas, haciendo de la ilusión de su mentira, una realidad verosímil pero falsa.

Ficciones sobrevaloradas.

El amor. 
El amor es la más bella ficción que tenemos los seres humanos, pero ficción al fin…

En la antropología hay una premisa que rige todos los ámbitos del ser quehacer humano. Premisa que debiéramos tener siempre presente, pero que frecuentemente olvidamos o hacemos a un lado, y en ningún lugar es más notorio este olvido que en el combes del amor.

Premisa antropológica: En la vida nadie quiere lo que tú quieres y el que quiere lo que tú quieres, no lo quiere como tú lo quieres.

Analicémosla desde el combés del amor.
Cierto es que ambos quieren cosas comunes, pero más cierto es que ambos quieren cosas del otro que el otro no puede (no está en su naturaleza); que no quiere (no está en su voluntad) y que no está dispuesto a dar (no está en su deseo). Y si no tenemos la capacidad de reconocer y aceptar que el otro es autónomo (tiene y ejerce sus propias normas), autómata (posee su propio motor), autócrata (tiene y ejerce su propio poder) y auto determinado (se determina –define- a si mismo), entonces la decepción será mayúscula, ya que una cosa es la idealización que hemos hecho del amor y otra muy distinta el amor en sí.

Obviamente que cuando la realidad se sobrepone al ideal, lo cual tarde o temprano va a suceder, el desencanto de los amantes será mayúsculo.

Nos es común escuchar que la gente dice: es que el otro cambio. No obstante la realidad es que el otro no cambio. En esencia sigue siendo el mismo, ya que no puede ser lo que no es. Por lo tanto no es cierto que haya cambiado.  Nadie puede cambiar. Lo que hacemos es modificar temporalmente nuestra conducta en función de las circunstancias… Cambian las circunstancias, cambia la conducta.

En síntesis, lo que los seres humanos hacemos es adecuar transitoriamente nuestra conducta con el fin de lograr un objetivo, que como la circunstancia, es transitorio, pero al final lo que primará es nuestra esencia. Ya que la genética se puede administrar (adecuación de conducta), pero no cambiar.

Amar es amar lo que el otro es, no lo que queremos que sea.

El matrimonio debiera empezar por el divorcio.
Muchas parejas desconocen al otro en el divorcio.
Ese energúmeno o energúmena que los acosa jurídica y económicamente. Que les quita o restringe los hijos, el patrimonio, la estabilidad emocional, mental y demás etcéteras de una separación, está muy lejos, en apariencia, de ese o esa con la que se casaron. Sin embargo la realidad es que no es así. El otro siempre fue así: esquizoide, cuenta chiles (avaro), neurótico, mentiroso, mitómano, controlador y demás etcéteras que suelen salir en estos procesos.  

¿Por qué entonces no nos dimos cuenta desde el principio?
Porque decidimos hacer a un lado la realidad y estacionarnos en la ficción. Por eso dicen que el amor es ciego pero los vecinos no.

Todos se dan cuenta de lo que él o ella es, los únicos que deciden no darse cuenta son los dos involucrados, ya sea por la ficción de que el amor todo lo cambia, lo cual es una verdad medias (ya que modificas tu conducta en función del otro, pero no cambias tú ni cambia el otro) o por la ficción de que la familia es el núcleo de la sociedad, cuando la realidad es que el individuo es el núcleo de la sociedad. Sin individuo, no hay familia, ni sociedad.

En otras palabras, el mito de la familia es un motor de adecuación de la conducta, pero solo para aquel que está instalado en esa ficción. Para que el que no esté instalado en dicha ficción, será el individuo y su desarrollo o motivaciones personales, los que regirán el cien por cien de sus acciones. 

Dinero llama dinero.
Otra ficción común en el combes de los negocios es de que el dinero llama dinero.

En este ámbito también se cree que para hacer un negocio se necesita dinero. Ambas cosas están muy lejos de la realidad.

El dinero no llama al dinero. El dinero para lo único que sirve es para enmarcar que tan fina o vulgar es una persona. Una persona fina no necesita dinero para demostrar que es fina, así como el vulgar tampoco necesita del dinero para hacer patente su vulgaridad, no obstante, un vulgar con dinero es mucho más notorio que un fino con dinero.

Una persona lista (no inteligente) no va a hacer negocios con el vulgar, le va a invitar a hacer negocios en los que él sea el que ponga el dinero y corra el riesgo, a cambio de crearle una falsa imagen de hombre de negocios que no tiene. Al final el vulgar descubrirá que no fue más que un peón en el tablero de ajedrez de otro jugador.

Por el contrario, un inteligente  si se puede asociar con una persona que no tenga dinero, siempre y cuando esta tenga una idea, un plan y un programa del negocio en sí. Ya que los negocios se hacen con la cabeza, no con el dinero.

El dinero no nos hace más inteligentes, solo hace más evidente la poca o mucha inteligencia que tenemos.


Así pues, para poner un negocio no se necesita dinero, se necesita tener una idea que valga la pena, un plan para lograrla y un programa para ejecutarla.

Ya una vez que se tenga esto, se tendrá que hacer un largo recorrido de presentaciones con un sin fin de inversionistas, hasta que dé con aquel al que no le gusta trabajar, pero si invertir. Ese será su socio ideal.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Con lavarse los dientes es suficiente.

Recién viví de cerca una experiencia que no solo pone en evidencia las abisales diferencias entre hombres y mujeres, más específicamente en lo referente a los alcances, sino que además hizo patente la educación, sensibilidad y caballerosidad de uno de los protagonistas de lo que a continuación voy a relatar.

Inicia el año escolar y con ello los alumnos de sexto año de primaria. Esto no tiene nada de anormal, solo que ellos están en la transición de infantes a adolescentes. Por un lado hay mucho de infantil en ellos (hombres y mujeres), pero por el otro inician el azaroso camino de la adolescencia. Etapa de la vida que, como su nombre lo dice, adolecen de esencia, es decir, adolecen de identidad. En unas cosas son niños y en otras adolescentes.

Las madres de familia de los alumnos de sexto año, siempre adelantadas a lo que va a pasar, organizaron una serie de reuniones para que hombres y mujeres empiecen a convivir bajo la atenta mirada de sus progenitoras. Claro que a estas reuniones no van todas las mamas, pero si un grupo representativo de ellas, que son las que se encargan de informarle a las demás del devenir de sus vástagos.

Las reuniones previas eran fiestas de cumpleaños y obedecían a género… Solo niñas o solo niños, pero jamás mixto. No obstante la llegada al sexto año de primaria pone a los dicentes en el umbral de algo que entre las nuevas generaciones, siempre parcas en letras, recibe el nombre de “Reu”.

Una “Reu” es una reunión de niños y niñas, perdón, de señoritas y jovencitos, en la que conviven unos y otros con la intención de ir aprendiendo los primeros devaneos de la relación hombre mujer.

Las madres de familia, anticipándose al proceso (cosa que nunca harían los papás), organizaron por su cuenta las primeras Reus.  

El entusiasmo de los jóvenes (hombres y mujeres) fue mayúsculo. Ya ninguno de ellos pensaba en piñatas, fiestas o albercadas de niños o niñas. Lo que sigue para ellos son las Reu. No habían terminado la primera semana de clases y ya tenían las mamas dos Reus organizadas. 

En estas iba a ver (y hubo) una pista de baile, un disc jockey, comida y demás menesteres del ambiente, a excepción del alcohol y del tabaco (faltaba menos).

Las niñas, viví de cerca el proceso de tres de ellas, estaban muy emocionadas. Lo que ocupaba su mente no era el baile en sí, este lo daban por obvio. Lo que les preocupaba era lo que se iban a poner, la forma en que se iban a peinar, el maquillaje, zapatos y demás etcéteras que las lectoras han de entender muy bien. 

Hubo, además de los menesteres ya mencionados, un dato que todas consideraron  y que me causo mucha gracia. El dato en cuestión fue el que todas se preocuparon por llevar zapato bajo, ya que casi todos sus compañeros son de estatura baja (aun no dan el estirón), cosa que a ninguno de ellos le preocupo.

En ningún momento las escuche preocupadas sobre que iban a decir o hacer si uno u otro las sacaba a bailar, ni la forma en que tendrían que bailar o comportarse con ellos. El baile lo daban por hecho, no era algo que les quitara el sueño. Les preocupaba más saber quién o quienes iban a ir, cómo iban a ir vestidas y con quien o quienes se iban a  juntar.

Ellos, por el contrario, lo que les preocupaba era el baile en sí. Era la primera vez que iban a tocar la geografía corporal de una mujer ajena al grupo familiar. Todos, creo yo, habían tenido algo de experiencia bailando con primas y hermanas, pero era la primera vez que la persona en cuestión no solo no era de la familia, sino que además, muy probablemente, fuera alguien que les gustará.

Ellos, a diferencia de ellas, estaban muy nerviosos. En ningún momento se ocuparon de pensar en quienes iban a ir o con quien o quienes se iban a juntar. Lo que les quitaba el sueño era el cómo tenían que comportarse. Como sacarlas a bailar. Que decirles, cómo tocarlas, en que momento tenían que dejar de bailar y un sinfín de cosas más.

Uno de ellos incluso hizo anotaciones en su libreta al respecto. Anotaciones que no tenían otro fin más que el decirse así mismo lo que tenía hacer y la forma en que se tenía que comportar.

En sus notas se lee una educación, sensibilidad, elegancia y caballerosidad ajena a muchos hombres en la actualidad. Notaciones que me permití mostrar a un grupo limitado de hombres y mujeres con el ánimo de ver y estudiar sus reacciones. 

Las reacciones y respuestas de uno y otro género fueron obsecuentes al mismo y al nivel de cultura y sensibilidad de cada uno.

Ellas, huelga decirlo, se lo comían vivo. Las expresiones fueron dulces y favorables. 
Ellos, en la gran mayoría de los casos, mostraron una indiferencia atroz, otros no entendían por qué se los mostraba y solo dos de ellos se rieron con ternura…Con una ternura más próxima a la pena que les inspiraba el autor de las notaciones que al reconocimiento del autor.

Me voy a permitir transcribir las frases que este joven discente escribió para si mismo: 
Ella te va a decir si ya quiere terminar de bailar.
Siempre hay que llegar sonriente para sacarla a bailar. 
Bailar como este cómoda. 
No fingir ni exagerar. 
No forzarla a bailar. 
Con lavarte los dientes es suficiente. 
No ponerse mucha loción. 
Buen look.

Como bien pueden ver, el joven en cuestión escribió lo anterior para decirse así mismo lo que tenía que hacer y la forma en que lo tenía que hacer.

En sus notas se lee una atención a las posibles necesidades de ella, que ya quisieran muchas mujeres que sus amigos, compañeros y parejas tuvieran con ellas.

Las frases hablan por sí solas, pues estas ponen en evidencia la mente y actitud del autor. El joven discente de doce años de edad es un caballero en ciernes digno de toda admiración.

Nos leemos después con otro tema de carácter antropológico.

jueves, 18 de agosto de 2016

Una familia de criminales.

Recién tuve oportunidad de coincidir con varios miembros de una familia de criminales en una operación internacional. En esta participaron dos hermanos y el hijo de uno de ellos, aun cuando más tarde supe que toda la familia (hermanos, tíos, primos, cuñados) estaba involucrada en el negocio.

La inteligencia, capacidad histriónica y manejo del escenario de los tres que conocí es extraordinaria. Al grado de que si yo no tuviese los conocimientos adecuados, me hubiese sido muy fácil creer en lo que estos tan magistralmente me presentaban.

En el decurso del montaje coincidimos en varios países y en tres continentes. El destino, siempre dirigido por ellos, era el responsable de que coincidiéramos en dichas ciudades, ya que ellos, como yo, tenían operaciones en curso en los mismos lugares.

El primero de ellos, un hombre con muchas habilidades, con una personalidad avasalladora y con un muy buen nivel de conocimiento sobre el mercado secundario y las finanzas internacionales, fue el responsable de abordarme y presentarme el esquema con la intención de que me subiera a su estafa.

Su actuación y exposición lograron transmitirme un sentimiento de certeza y realidad, aun cuando lo que me ofrecía atentaba a la más pura lógica financiera. Por supuesto que él ni idea tenia de que yo estaba cierto de la improbabilidad de la operación, no obstante pienso que aun cuando notara mi escepticismo, hubiese hecho una presentación magistral con el fin de lograr que me subiera a su estafa.

La persona me impacto, por lo que me dedique a estudiarlo sin perder detalle de los gestos, ademanes y palabras que emitía. Para ello fue menester que tuviera sumo cuidado en no dejar ver mis emociones ni mi incredulidad, pues lo que menos deseaba era alertarlo y con ello perderme la posibilidad de estudiar, analizar y desvelar la raíz de sus intenciones.

La realidad es que no me interesaba la operación en sí. Cualquiera que conozca bien de finanzas internacionales, en especial las de alto espectro, rechazaría de inmediato la propuesta. Lo que me interesaba desvelar es el por qué una persona tan inteligente enfoca sus baterías a algo así, pudiendo crear y ganar mucho dinero en el lado ortodoxo de los negocios.

La persona en cuestión me presento el proyecto, lo que yo tendría que invertir y las utilidades a obtener. Le comenté que si me interesaba el negocio, pero que dado que la inversión era bastante cuantiosa, me era menester analizar a detalle la operación y el instrumento para tomar una decisión correcta para ambos, ya que él, así me lo hizo saber, participaría con la mitad del dinero que se requería.

Le hice saber que tenía una serie de viajes programados, pero que lo vería a mi regreso. Se interesó (como cualquier persona educada) en mi itinerario, recomendándome hoteles y restaurantes en cada uno de los países que iba a visitar, haciendo énfasis en los detalles de los mismos (arquitectura, decoración, menús y demás etcéteras del lugar) y en las personas con las que comió o convivio en dichos lugares.

Su objetivo real no era la recomendación en sí, sino hacerme ver que conoce a la perfección lo que recomienda, así como el nivel de personas con las que se relaciona.

Salí encantado de la reunión y con una alta expectativa para la siguiente. Días después aborde mi avión para ir a mi primer destino, sin que en él coincidiera con persona alguna. En la siguiente fase de mi itinerario, mi compañero de asiento resulto ser un joven brillante que viajaba al mismo lugar que yo, ya que, así me lo hizo saber, tenía unas operaciones del mercado secundario en proceso de cierre.

Como quien no quiere la cosa me comentó de una excelente oportunidad de inversión en la que había participado y de lo bien que le había ido. Oportunidad que como ustedes bien suponen, es la que me habían presentado días atrás en Austin, Texas. Me interese en dicha oportunidad y le pedí cuanta información me pudiera dar, ya que él, a diferencia mía, ya había participado y la había concluido con éxito.

Este se volcó a darme detalles de la misma, centrándose en las ganancias, en la seguridad de la operación y en la institucionalidad del proceso. Demostré todo el interés en ella y le comenté que me estaban invitando a una similar en Estados Unidos. Me felicito y me deseo mucho éxito, conminándome a no dejarla pasar, ya que una oportunidad así no se presenta todos los días.

Le pregunté qué porque él no volvía a participar y me contesto que ya estaba preparando su siguiente participación. Le interrogue sobre la persona que lo había invitado y si me lo podía presentar para tener una segunda opción. Me contesto que sí y que le gustaría que en reciprocidad participara con él en su operación o que lo invitará a la operación que me habían ofrecido a mí, ya que esta, por el tamaño de la misma, necesitaba de dos o más inversionistas, en donde si los dos acordábamos participar, el tiempo de instrumentación se acortaría sustancialmente.

Llegamos a nuestro destino y quedamos de vernos en dos semanas en las oficinas centrales del Oficial Bancario responsable de su operación, las cuales estaban en el corazón financiero de Londres.

Aproveche el intervalo para atender mis operaciones y repasar lo platicado en el decurso del viaje, centrando mi análisis en las coincidencias de formas y vocablos (sintaxis y semántica) que usaron cada uno de ellos en sus respectivas exposiciones. Y si bien es cierto que había semejanzas, sobre todo en la expresión verbal y corporal, pensé que era mi natural paranoia la que me hacía atar cabos donde no los había.

Dos semanas después viaje a Londres para acudir a la cita que habíamos acordado. Me entreviste con el Oficial Bancario. Este me presento sus credenciales, licencias y todo lo pertinente del caso. Había entre ellos un aire de similitud genética más no de raza, amén de que el acento de uno y otro eran diametralmente opuestos.

El Oficial Bancario me explico el instrumento, me mostró los documentos bancarios, los formatos contractuales y me hablo de la garantía vivencial de mi compañero de viaje. Las oficinas estaban acordes al nivel del negocio y de las supuestas operaciones del Oficial Bancario.

Le agradecí la presentación y le comenté que ya me habían hecho una invitación en Estados Unidos, pero que no obstante iba a considerar la opción. Me despedí de ambos y seguí mi odisea.

Llame por teléfono a la persona de Estados Unidos y le pedí que le entregara toda la documentación a mis abogados para que empezaran a hacer el análisis pertinente.

Le hice saber que por un cambio de planes me era menester prolongar mi estancia un poco más, pero que al termino de diez días bancarios volaría a Estados Unidos para entrevistarme con él. Me pregunto qué en que hotel me hospedaba normalmente en Alemania y al darle el nombre me hizo algunas recomendaciones pertinentes sobre el personal y sus restaurantes.

Volé a Berlín, trabaje en lo mío y justo tres días antes de mi partida me presentaron a una persona que era muy reconocida en el ámbito de las finanzas en Berlín (yo nunca había escuchado de él). La persona en cuestión resulto ser un individuo agradable, de esos que te caen bien a la primera y con una muy buena capacidad para la interacción social.

Como quien no quiere la cosa me comento sobre unas operaciones muy rentables, las cuales eran, casualmente, las que me ofrecieron en Estados Unidos y las que me platico mi fortuito compañero de avión.

Le pedí sus datos y de regreso a Estados Unidos entregue la información al área de inteligencia para que procedieran a hacer una investigación exhaustiva de cada uno de ellos. En el intertanto yo le daba largas al contacto original, mostrando a un mismo tiempo interés y reflexión, pero nuca escepticismo, pues mi objetivo era obtener más información de ellos y de sus motores.

El área de inteligencia me presento su reporte y con ello la relación consanguínea de los involucrados. En el informe venían los nombres y fotografías de todos ellos, incluso de los que aún no conocía, así como la relación que existía entre ellos (padre / hijo /hermano /primo).

La organización es cien por cien familiar y vienen trabajando en estafas financieras desde hace tres generaciones. El papa de los hermanos es el que había empezado el negocio, adiestrando concienzudamente a sus hijos para que estos a su vez adiestraran a los suyos.

Lo que me impacto no fue la organización ni la estafa en sí. Lo que realmente llamo mi atención es la inteligencia de todos sus miembros, así como su extraordinaria creatividad, actuación y capacidad de exposición de cada uno de ellos.  

La pregunta obligada era: ¿Por qué no usan sus capacidades para crear negocios ortodoxos, institucionales y heredables?

La persona que me contacto en un inicio me busco unas semanas después de haber recibido la información del área de inteligencia. Me entreviste con él en mis oficinas centrales en la Ciudad de Austin y le comenté que no iba a participar en la operación, pero que todos ellos me parecían extraordinarios.

La persona en cuestión no movió un solo musculo. Lo único que hizo fue preguntarme con una cara de asombro, que a que me refería con todos ellos. Le dije que había conocido a su sobrino en el avión y a su hermano en Berlín. Su cara mostraba sorpresa e indignación, como si yo estuviese inventando todo con el fin de no participar en una oportunidad que a su juicio era única.

Para no hacer esto más largo de lo debido, me limitaré a decirles que la persona en cuestión se retiró de mi oficina manteniendo en todo momento una actitud de indignación por mi proceder, haciéndome ver que seguramente el éxito de mi empresa se debía a terceras personas pero no a mí.

Conclusión:
Estoy seguro que el motor primario de ellos no es el dinero, sino la satisfacción de haber engañado al otro. Cierto que la operación mínima ascendía a varias decenas de millones, sin embargo eso y más pudieran ganar si enfocaran sus talentos a la ortodoxia financiera, pues me consta que son muy brillantes y que es mucho lo que pudieran diseñar y lograr.

Los seres humanos tenemos seis motores primarios: el poder, la religión, el arte, el dinero, la gente y la academia.

Son estos motores los que gobiernan nuestro devenir biográfico. La combinación de estos motores son los que nos hacen actuar de una forma u otra, aun cuando no estemos conscientes de ello.

Por supuesto que tenemos una dosis de cada uno de ellos. No obstante hay uno o dos de ellos que priman sobre los demás y son los que rigen nuestro accionar.

Descubrir cuáles son nuestros motores es fundamental, ya que nos permitirá dirigirnos de una manera más inteligente y consciente. También es de suma importancia descubrir los motores del otro, ya que esto equivale a tener la llave del querer ajeno. Es como si tuvieras la capacidad de pulsar el botón interno que hace que el otro haga lo que desees, pensando que es él, el que está tomando la decisión.

Motores humanos.

Poder.
Los que poseen este motor como primario encontrarán que lo que los impulsa a la acción es la dirección, la persuasión, el incidir en los otros.
Cuando este motor esta combinado con un muy bajo nivel de presencia del motor Religión y del motor Social, actúan como el caso arriba mencionado, como una familia de criminales.
Estos, al poseer el Poder como motor primario y la Religión y lo Social como motores ínfimos, edifican de manera natural la manipulación, el engaño, el lograr que el otro actué conforme a sus planes y perjudicarlo.
En ambos casos el hombre de Poder busca tener hombres a su servicio, ya sea de ocasión, como el caso arriba explicado (una familia de criminales) o permanente como el caso de los políticos.

Religión.
Los que tienen la Religión como motor primario, les mueve el orden, el deber ser, la estructura, la norma, las reglas.
Su neurosis los lleva a ser obsesivos compulsivos en lo referente al orden, la limpieza y a todo aquello que anida en su mente como bien o mal.
Son moralistas y por ende están contra todo lo natural, es decir, contra el instinto.
Para ellos todos lo que obedezca al instinto está mal. Es pecado.
Suelen ser rígidos, suspicaces, paranoides, inflexibles y obtusos, tanto en el ser como en el hacer.

Arte.
Aquellos que tienen el Arte como motor primario, son unos estetas por excelencia.
 A estos los mueve lo estético, la elegancia en las formas, en el hablar, en el hacer.
Les agrede lo vulgar, lo prosaico.
Son elitistas y elegantes en el ser y en el hacer.
Su elegancia tiene que ver con las formas, con la educación, con el buen gusto.
Aprecian el arte, lo bello y lo bueno.
Tienden a crearse una imagen el otro en base a su apariencia y formas de expresión, al grado que el desencanto puede ser mayúsculo cuando el contenido les muestra lo contrario.
En ellos cabe el adagio de pobres pero ridículos. No tendrán para comer, pero se visten, viven y actúan como si tuvieran. 

Economía.
Los que tienen el dinero como motor primario, encontrarán que lo que les mueve a la acción es el dinero, las utilidades, el ganar un peso más que los demás.
Todo lo ven bajo la óptica del utilitarismo, ¿sirve, funciona, me conviene?
Esto lo extienden a todos ámbitos del ser: el amor, los hijos, la familia, los amigos, compadres, socios, o conocidos.
Para ellos todo debe tener una función y una utilidad. La pareja sirve o no. ¿Aporta? ¿Conviene?
No gastan dinero a lo tonto. No buscan lo mejor para sus hijos, por lo menos no en la forma en que lo buscan los demás.
Lo que hacen es preguntarse: ¿esto está bien invertido? Si el hijo no da para más, no invierten en él más que justo lo que éste puede dar.

Social.
A estos les mueve la gente. El qué dirán. Los respetos sociales.
Viven de la opinión pública y por ende terminan siendo esclavos de la misma.
Para ellos lo más importante es el otro. Lo que este piensa o siente. Así como la imagen que el otro pueda tener de él.
Se les distingue porque cuando al otro le pasa algo, por ínfimo que sea, su expresión verbal y corporal es de solidaridad: “Pobrecito, se le murió su perro”.
Estos son fácilmente manipulables e influenciables, ya que su motor es la gente en su más amplia expresión.  

Teoría.
A estos les mueve el conocimiento, la academia, el saber, ya sea un saber para sí o un saber para los demás.
En este motor es menester distinguir entre aquellos que desean saber para aplicar (el saber biográfico) o saber para decir (el saber bibliográfico).
Los primeros saben para sí. Estos buscan el conocimiento para aplicarlo a su diario vivir. Para saber, entender y dirigir mejor a los suyos, a sí mismos y a su entorno.
Los segundos, los que buscan saber para contar, son sabios de solapa, sabios de segunda mano. Casi todo lo que saben lo saben de oídas. Su saber es bibliográfico.
Lo que quieren es saber para contar, para que el otro que los escucha diga: cómo sabe esta persona.
Su saber es un falso saber.
Tienden a ser idealistas, románticos y soñadores. 

La combinación de estos motores son los que definen todo nuestro accionar…

Veamos un ejemplo. En el caso de la Familia de Criminales, estos tienen el Poder como motor primario, el Dinero como motor secundario, y la Religión y la Gente como motores últimos.  

Esta combinación: Poder y Dinero como motores altos y Religión y la Gente como motores bajos, es lo que les permite crear estafas donde el dinero sea el instrumento, sin que ello represente para ellos un sentimiento de culpa o un problema de conciencia.

Lo que en realidad les crea un problema de conciencia o sentimiento de frustración e incapacidad, es el no haber logrado engañar al otro. Esto es lo que les quita el sueño.
Por el contrario, cuando engañan, timan y desvalijan al otro, ganan el reconocimiento de los suyos y llegan a la cama satisfechos de su ser y hacer, lo que les permite dormir de maravilla.

Así pues, son los Motores Humanos los que dictan nuestros accionar y los que determinan nuestro concepto del Bien y el Mal.


¿Sabe usted cuáles son sus motores?

viernes, 12 de agosto de 2016

La envidia como síntoma de inferioridad.

Mi trabajo me lleva a viajar a diferentes latitudes y culturas.
En cada lugar que visito acudo a ejercitarme al gimnasio que me quede más cerca. Este ir al gimnasio es tanto por el ejercicio en sí como por la catarsis psíquica que este me genera, amén de que es muy divertido y antropológicamente ilustrativo.

El gimnasio es un laboratorio antropológico.
Es un lugar en el priman especímenes que encajarían muy bien en eso que Sir Robert Charles Darwin denomino como el “eslabón perdido”. Así, en el inter de que hago mi rutina, me dedico a observar a dichos especímenes, los cuales sin importar el idioma, la religión o el color, su comportamiento siempre es el mismo: alejarse de lo racional para instalarse en lo animal.

Sus palabras, actitudes, usos y costumbres varían muy poco de país a país y de continente a continente. La especie es la misa. Lo que cambia son los matices culturales y la expresión verbal y corporal, pero la esencia se mantiene. Y en nada es más obvia la estulticia de estos especímenes que en el combes de la relación hombre – mujer.

Recién fui testigo presencial del devenir de una de esas relaciones, aunque la descripción correcta sería: del intento de relación por parte de uno de esos especímenes.

El hombre en cuestión es un junior de la tercera edad. Es un hombre que frisa los sesenta años de edad pero que se comporta como si tuviera veinte.

Es el típico hombre espejo. Buena parte de su rutina la ocupa el espejo. Posa ante él e intercambia con su imagen miradas de admiración. Muestra sus bíceps, su trapecio y demás etcéteras del orangután.

No estoy cierto de lo que voy a enunciar a continuación, ya que poco he platicado con él, pero me imagino que cuando se observa en el espejo, se observa con la vista deforma, ya que lo que él ve es muy probable que no lo vea nadie más y mucho menos ellas.

No en balde los hombres, en ese poco / nulo entender a las mujeres, nos pasamos la vida construyéndonos para ellas, para encontrar que terminamos dándoles gusto a ellos, no a ellas. Veamos el caso de los gimnasios. Ellos quieren ser como Arnold Schwarzenegger, no obstante dudo que haya una sola mujer que quiera ser como Arnold o que se sienta fuertemente atraída por él. Ellas buscan cosas muy diferentes a las que nosotros trabajamos.

Es muy posible que el junior de la tercera edad del que habla este artículo no se vea a si mismo tal cual es, cosa muy común en el género masculino. Lo más probable es que él se vea a sí mismo tal como él cree es o como él cree que esta. Es decir, cuando se ve en el espejo, ve la idea que tiene de sí mismo, más no la realidad.

Es el clásico hombre que gesticula y emite sonidos guturales de altos decibeles con la intención de que las mujeres que están en el gimnasio lo volteen a ver, lo cual si hacen, pero no en la forma que él quisiera.

El orangután y la dama.
El junior de la tercera edad fijo su mirada en una mujer de cuatro décadas que va al gimnasio. La dama en cuestión lo saludaba como a cualquier otro, sin poner énfasis en el saludo y sin brindarle una atención especial.

Las pláticas y comentarios de esta siempre giran en torno a su familia (esposo e hijos) y a sus creencias y motivaciones. Pudiéramos decir, sin ánimo de ser irrespetuoso pero si para darles una idea de la dama en cuestión, que toda ella huele incienso, mirra y agua bendita.

Jamás ha dado motivo ni a él ni a persona alguna en el gimnasio para que su cortesía y educación social se  interprete como otra cosa. Saluda a todos por igual y si bien es cierto que plática más con sus coetáneas que con los hombres, también lo es que es muy amable y educada con ambos géneros.

Es una mujer muy bella y con una geografía corporal extraordinaria, lo cual ha hecho que un buen número de orangutanes oscilen y graviten alrededor de ella, no obstante ella, dama al fin, se muestra educada y amable con todos manteniendo limites muy definidos en lo concerniente a la convivencia e interacción social.

Mi ir y venir a este gimnasio es irregular,  ya que solo acudo a él cuando estoy en dicha ciudad. Sin embargo por razones de trabajo me tuve que quedar poco más de diez días bancarios en el lugar, lo que me permitió ser testigo presencial del desencuentro que se suscitó entre el orangután y la dama en cuestión.

En fechas recientes apareció en el escenario un hombre que está en sus últimos cincuentas o primeros sesentas. Es una persona educada, seria y poco dada a las palabras, no obstante lo poco que aporta al medio ha sido más que suficiente para que propios y extraños nos demos cuenta de su nivel cultural y de su educación.

No es un hombre que se distinga de manera sobresaliente por sus atributos físicos, sin embargo su trato y locución lo distingue y separa de los demás. En lo personal he tenido la oportunidad de intercambiar algunas palabras y temas con él. Ambos estamos en el mismo giro de negocios (finanzas internacionales) lo cual nos llevó a platicar un poco más que los demás.

En una ocasión la dama arriba mencionada le brindo un hasta mañana y este respondió con un Dios quiera. Esta, fiel a su fe y creencias, le pregunto sobre Dios y dio la casualidad de que ambos acudían a la misma congregación pero en diferente locación.

De ahí en adelante el devenir en el gimnasio entre ellos dos fue de un constante intercambio dialógico sobre conocidos comunes, los pastores de su iglesia y demás miembros de su congregación. El trato empezó a ser más familiar entre ellos, manteniendo una línea de respeto en su relación pero con un buen intercambio entre ambos. El tema siempre era el mismo: su fe.

El eslabón perdido del que hablo líneas arriba, observo el devenir del acercamiento entre ambos, así como el trato que se gestó entre ellos, lo cual a todas luces le incómodo. Empezó a hacer comentarios acres al respecto. Primero en son de burla hacia el recién llegado y después hacia ambos.
Todo iba a bien hasta que poco a poco fue siendo más hostil su trato y más despectivos sus comentarios. Y todo porque la dama de su interés le brindaba su atención a otro y no a él.

El tema en cuestión no es el hecho en sí, sino el comportamiento del espécimen y la envida como tema fundamental.

Como ya comentamos, un junior de la tercera edad es aquel hombre que se encuentra en sus terceros veintes y se comporta como si tuviera veinte. El ridículo es mayúsculo. Lo que se ve bien en un hombre de veinte, se ve muy mal en uno de sesenta.

Su inmadurez, su lenguaje, sus ambiciones y fantasías no corresponden a la edad. Sigue persiguiendo quimeras y actuando como si todas las mujeres del mundo suspiraran por él. En lugar de trabajar su personalidad, su cerebro, su mente, su lenguaje y su quehacer patrimonial y empresarial, se enfoca única y exclusivamente en su cuerpo, en sus conquistas y en el cumulo de mujeres que según él están detrás de él.

Es notorio a todos que en lo referente al desarrollo empresarial y patrimonial se siente menos que los demás. Nunca trae dinero. A todo el mundo le pide quinientos, mil o más dólares, solo para salir del apuro. Y no obstante que el otro es un hombre exitoso en lo suyo, éste ha vertido sobre él todo tipo de comentarios despectivos e hirientes.

La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.
Me voy a centrar en el tema de la envidia, ya que esto fue lo que más me llamo la atención.

Como ustedes saben la ventaja de ser inteligente es que uno puede fingir ser tonto, mientras que lo contrario es imposible.

El espécimen en cuestión, no conforme con su imbecilidad, la anuncia. En otras palabras, hizo público lo privado. Y lo cierto es que nada valoramos más que a un naco anónimo. No obstante él prefirió ser público, vertiendo sobre el otro un cúmulo de comentarios en los que el común denominador fue la envidia y su propia estupidez.

La envidia es una emoción propia de la gente pequeña.
La palabra envidia viene del latín: invidere – invidio: mirar mal a los otros. 

El envidioso es, por definición, el mayor de los ignorantes, porque vive bajo el engaño de no saber apreciar sus propias capacidades.

La envidia se alimenta del deseo hacia lo que el otro es o posee. Y solo puede sentir envidia hacia ese otro, aquel que en pleno desconocimiento de lo que es como persona, pretende ser o aproximarse a lo que el otro es o a lo que el otro posee.

En otras palabras, solo siente envidia aquel que no conforme con lo que es, se afana en ser una caricatura o una mala copia de aquel en el que centra sus afanes.

El Yo del envidioso se sitúa, sin fundamento alguno, por encima del Yo de los demás. Unos demás a los que infravalora y desprecia aun cuando las capacidades de estos sean significativamente notorias, sino para él (que no las quiere ver), sí para los demás.

No es extraño por ello que el que está verde de envidia ponga a los otros verdes, y no por cuestiones ecológicas sino porque sobre enfatiza lo que él hace para hacer notar su valía. Esta es una de las razones de sus gritos de esfuerzo que hace en el gimnasio para llamar la atención.

La otra cosa que hace el envidioso es desestimar lo que el otro hace con el fin de que lo suyo, sin importar su valor o contribución, se dimensione por arriba de su propia valía.

Esto lo lleva ineluctablemente a caer en un estulto juego de dobles comparaciones en las que el objetivo es exaltar lo suyo, despreciando o demeritando lo ajeno.

 Juego, en el que sin querer, termina perdiendo ante los ojos de la persona de su interés, ya que lo único que resulta de este doble juego, es que pone en evidencia sus carencias y temores, elementos, que si él no hace públicos, es muy posible que pasaran desapercibidos, mejorando con mucho sus posibilidades con la persona en cuestión y con los demás.

Si su objetivo es llamar la atención de la persona deseada, no es la envidia la mejor forma de lograrlo.