sábado, 26 de mayo de 2018

Un nuevo amor.


El que esto escribe está en sus últimos cincuentas, por lo que mis cofrades y asociados suelen ser personas de mi segmento etario. Convivo también con otros que están lejos de él, pero son los menos. Ya que ellos interaccionan en otros estratos etarios, no obstante me buscan con alguna asiduidad para ver temas de negocios y ocasionalmente para discurrir temas personales.

Recién departí una tarde de café con uno que está en sus primeros cuarentas. El tema a discutir era una propuesta de negocios, la cual ya una vez definida nos permitió navegar por otros derroteros que mi interlocutor necesitaba purgar. El tema salió a flote como no queriendo la cosa. Había terminado una relación asaz accidentada y presto a iniciar otra.

Su exposición fue lacónica. Termino una relación de poco más de cuatro años, lo cual no dejo de llamarme la atención ya que tres semanas atrás había coincidido con ellos en un evento y se veían superficialmente bien. Le pregunte que hace cuánto tiempo había terminado y me contesto que días después de dicho evento. Me comentó que había sido un proceso doloroso pero que al paso de los días no solo se sentía mejor, sino que además se sentía liberado.

Yo tuve la oportunidad de departir varias veces con ellos, y si bien es cierto que es una de las jóvenes más bellas que conozco, también lo es que es una de las más complejas y difíciles de tratar. Sus problemas coprofiloneuronales son de tal índole que dificulta en mucho la interacción con ella, incluso la interacción social, esa en la que se habla sin decir nada.

Sus problemas coprofiloneuronales le hacían (y hacen) ver todo desde una óptica en la que todo está mal, menos lo que hace ella. Ella es, desde su muy respetable punto de vista, la poseedora de la verdad absoluta, por lo que se erigía (y erige) en juez de todo y de todos. Así, en aras de salvarlo a él de él mismo y de los demás, ejercía sobre él un coto que incomodaba a propios y extraños, ya que para verle a él era menester contar con la aprobación de ella.

La relación, pues, estaba condenada al fracaso. Por uno y otro lado. Ella no es lo que él necesita y él no es lo que ella demanda. Las posibilidades de éxito eran nulas. No obstante lo que llamo mi atención no es el hecho de que hubieran terminado, ya que su relación era la crónica de una muerte anunciada, sino el hecho de que él estuviera próximo a iniciar otra relación.

Le recomendé prudencia. Que se diera tiempo y que no se precipitara. Le hice ver que el transito del amor es similar al tránsito de las naciones. Unas y otras pasan por el mismo proceso: Descubrimiento; Conquista; Colonia e Independencia.

Pocas relaciones y naciones son las que lo transitan de manera diferente, por lo que era menester que hiciera un alto en el camino y revisara el tránsito de la relación que recién término para que la siguiente no fuera igual.

Descubrimiento (el azoro, el éxtasis).
Primero te descubren. Y por lo general te descubren sin que tú te des cuenta, por lo que discurres por ahí sin saber que eres estrictamente observado, cosa que siempre sucede (el que te observen), ya que todos somos a un tiempo escenario y espectador. Este olvidar que eres observado, y en este caso... particularmente observado, es lo que le permite al otro verte en todas tus mascaras: la diaria, la motivacional y la oculta.

El ejercicio de observación lleva tiempo, y más allá de si el observador requiere de mucho o poco tiempo, la realidad es que la observación le sirve para lo mismo: observar sin ser observado. Investigar, preguntar, acopiar información y decidir… Y así sigue el proceso hasta que te echan al olvido o te lo hacen evidente.

Si se da la casualidad de que la persona que te ha descubierto te llena el ojo, la piel, el alma y las neuronas, tu azoro y éxtasis será mayúsculo. Las endorfinas de tu sistema se mantendrán de continuo exacerbadas, haciéndote sentir de lo mejor.

En este estadio la impronta del otro poblara gran parte de tu cerebro, por lo que tu boca no hará otra cosa más que hablar de la persona en cuestión. En el descubrimiento todo está bien. Las cosas tal vez se compliquen en los otros avatares de la vida, pero te sientes tan bien en el descubrimiento, que sientes que no hay nada que no puedas resolver.

En el descubrimiento todo es novedad, azoro y éxtasis. La mirada se oblicua y obnubila a un grado mayúsculo, por lo que tiendes a ver al otro muy por arriba de lo que es, atribuyéndole virtudes y cualidades que no posee al tiempo que le minimizan defectos que si tiene.

Nadie es como él o como ella. Tal vez los demás, familiares, amigos e íntimos, vean a tu descubridor o descubridora como una persona fea o mal hecha, pero siempre sabrás que eso se debe a una miopía mal atendida, por lo que pasarás por alto sus comentarios.

Lo importante es que tú lo ves como lo quieres ver: como la más sublime expresión de la belleza; aun cuando a ojos de los demás no sea más que el gemelo monocigótico de cuasimodo. No obstante en este estadio todo es felicidad y lo será así hasta que poco a poco se vayan desvelando esas capas del ser que ineluctablemente nos llevarán al siempre álgido proceso de la conquista.

Conquista (el ajuste, la subordinación).
En este intervalo la pareja se va a ajustando, se van limado las aristas de uno y otro. Ambos se dan cuenta de que hay un buen número de cosas que le desagradan de ese ser otrora perfecto. Algunas triviales, otras trascendentales, sin embargo el esfuerzo de ambos para minimizarlas es encomiable, por lo menos al principio de la conquista, tanto que tal vez el otro necesite más datos para poder sumar dos más dos, sin embargo esto se minimizará debido a sus otras cualidades, aun cuando haya que ayudarle a sumar.

La conquista va desvelando los claroscuros de la personalidad y si bien es cierto que no en su más profunda realidad, si en esas aristas que te van dejando ver eso que mañana aborrecerás. Por supuesto que los abismos de la personalidad requieren más tiempo para conocerlos, pero no se preocupe, ya los conocerá. Es solo cuestión de tiempo. Por supuesto que será menester que se aplique a ellos, de lo contrario estos los sorprenderán...

Es por eso que se dice que lo ideal es que el matrimonio empiece por el divorcio, porque ahí es donde en verdad conoces al otro.

Regresemos a la conquista. En este estadio se van haciendo ajustes. Uno y otro hacen concesiones de forma, no de fondo… Estas vendrán después y se dan en la colonia, no en la conquista.

Si las concesiones se dan bien, es decir con el genuino convencimiento de las partes, en especial del que debe conceder, la conquista será entonces una combinación de miel y hiel. Miel por los beneficios a obtener (la permanencia del otro) y hiel por la renuncia a sí mismo.

Si las concesiones no son genuinas, es decir, si no son obsecuentes a nuestro más profundo querer, entonces la conquista será más hiel que miel… Habrá concesiones que nos incordiarán en demasía, sobre todo aquellas que tienen que ver con la no expresión del ser, pero también habrá cosas que no estamos ciertos de querer perder: el amor del otro.

En la conquista todo es freno y acelerador. Pero es tanta la necesidad que se siente del otro y tanto el temor a perderlo que frenamos donde no debemos de frenar y aceleramos donde no debemos acelerar, y así, poco a poco, vamos entrando a esa difícil paradoja en la que buscamos conciliar lo inconciliable, lo que ineluctablemente nos llevará a la colonia.

Colonia (la aceptación, la confrontación).
En este intervalo las cosas se empiezan a endurecer. El otro sigue siendo el que queremos y es, pero hay cosas de él y de nosotros que no marchan bien. Los ajustes son de fondo y algunos o muchos de ellos de difícil realización.

Muchos de estos ajustes necesitan voluntad, sin embargo hay muchos otros que están más allá de la voluntad, ya que son inherentes a nuestra personalidad. Renunciar a estos es renunciar a sí mismo, lo cual poco a poco nos lleva a convertirnos en una caricatura de nosotros mismos, dejando de ser ese que en el descubrimiento encanto y enamoró al otro.

En este estadio el otro buscará poblar todo tu ser, tu mente, tus espacios, tu hábitat, tus cosas y cuantos etcéteras pueda usted imaginar. Esto lo hace por instinto, sobre todo si este le dice que la colonización va a ser difícil de coronar.

Su objetivo será poblar la totalidad del ser amado, con el fin de asegurarse que no quepa en nosotros nada más que su esencia y presencia. Y así seguirá hasta que un día, vivan o no juntos, descubres que eres inquilino en tu propia casa. El otro fue poblando los espacios, los rincones y todo lo que hay en ella, para que no haya forma de que tu hábitat no te hable de él o de ella.

En la colonia el objetivo es poblar la totalidad del otro, cosa de suyo imposible, no obstante cuando no se entiende que el otro es por sí mismo con o sin nosotros, se buscará poblarlo de tal forma que no haya en él ninguna de las expresiones de su ser que no sean obsecuentes a nosotros.  

Así, en la colonia, la pareja oscila entre el poblar y el invadir. Pueblas al otro cuando las cosas están bien. Cuando el otro es lo que quieres y necesitas y cuando tú eres lo que el otro quiere y necesita. Sin embargo cuando el otro es lo que quieres pero no lo que necesitas, el acto de poblar se transmuta en invasión.

El poblar al otro es natural. Lo que no es natural es invadirlo. Cuando el otro es lo que quieres y necesitas, el acto de poblar será natural, ya que ambos son en esencia símiles y compatibles. Sin embargo, cuando para poder estar con el otro es menester que renuncies a ti, entonces el otro, por mucho que quieras estar con él, no es tu otro.

En la colonia el querer y el ser viven en perenne conflicto. Aceptas o confrontas. No obstante si los empates son mayores que los diferendos, la colonia se prolongará por años o por la vida entera, al grado que la pareja llega a mimetizarse y a crearse entre ellos una simbiosis que hará que cuando uno falte, el otro se deprima o, en el peor de los casos, se vaya con él a los pocos meses.

Cuando el otro es disímbolo a mí, la aceptación de lo que el otro comanda de nosotros se torna imposible e improbable de lograr. El rechazo ira en aumento y con ello el esfuerzo del otro por consolidar la colonia, de tal suerte que en la pareja habrá más conflicto que acuerdo, lo que inevitablemente nos llevara a la independencia.

Independencia (el dolor, la libertad, la alegría).
La independencia llega siempre de manera abrupta. La más de las veces es un pequeño acto el que la dispara, en la inteligencia de que no es el acto en sí, sino la suma de los actos y las frustraciones que estos acarrearon a uno y a otro.

La independencia es dolorosa y liberadora para ambas partes. Primero se piensa que se va a estar mejor, al principio no lo es, sin embargo ya una vez que pasa la etapa de dolor, descubrirá que se siente mucho mejor que cuando estaba con la pareja. 

En la independencia lo primero que se da es un descanso del alma, la cual se aboca de inmediato a recuperarse a sí misma. La persona recupera su sonrisa, espontaneidad y expresión. Todo vuelve a ser lo de antes y mejor. La persona sonríe pero su sonrisa ya no es social, es cardinal, amén de que contagia y transmite las ganas de vivir.

En este estadio, como en el del descubrimiento, puede que los otros avatares de la vida se compliquen a más no poder, y sin embargo la persona se sentirá plena y confiada en salir airosa de ellos, ya que tendrá lo más valioso de todo… Se tendrá a sí mismo. 

Es tal la alegría de vivir que siente y manifiesta ya una vez pasada la etapa de dolor, que es muy posible que en este intervalo sea descubierto por otra persona, sin embargo lo prudente es no involucrarse con nadie más. Darle tiempo al alma para que se encuentre a sí misma, para que se sane, se recupere y vuelva a ser lo que es.

Hasta que eso no suceda, lo ideal es que se dé un tiempo de gracia. Pueden ser años o meses, no hay prisa, pero primero recupérese antes de empezar otra relación, la cual es muy probable que no empiece ni termine bien. 

Un nuevo amor.
Al inicio de este artículo comenté que la persona arriba mencionada estaba saliendo de una relación tormentosa. Su alegría, optimismo y ganas de vivir eran tales que no tardo en descubrirlo otra mujer.

Una mujer que, huelga decirlo, ya le había echado el ojo, por lo que se limitó a esperar a que la independencia se diera para poderse acercar.

Ella, me dice él, es la antítesis de la anterior. Es alegre, espontánea y con una mente abierta a nuevas y mejores posibilidades (lo que muy probablemente pensó al inicio de su anterior relación). 

Era tal su contento que organizo un viaje con ella a las playas del caribe, argumentando para sí, es decir para las razones de su razón, que no hay mejor forma de conocer a alguien que viajando con él.

Le pregunté si tenía en su móvil fotografías de ella, a lo cual me contesto que no solo tenía fotografías sino que además tenía algunos vídeos que ella le había mandado haciendo actividades diversas. 

Me mostro ambos, fotografías y videos, por lo que me fue dable no solo leer su geografía corporal, sino la arquitectura del rostro y los decibelios de su voz. Me quedo claro que la mujer en cuestión tenía el mismo veneno y la misma medicina que la anterior, pero como él está en la etapa del descubrimiento, donde todo es azoro y éxtasis, no lo puede ver.

Le hice ver que si sentía tan bien con ella es porque muy probablemente posea la misma medicina y veneno que la anterior. Y no se lo dije en forma peyorativa o despectiva. Todo lo contrario. La realidad es que todos somos elixir y veneno. Vida para unos y muerte para otros. Por lo que nos es menester aprender del pasado y darnos cuenta de que con la vista obnubilada nos va a ser muy difícil darnos cuenta de si el otro es lo quiero y necesito.

Lo felicite por lo bella que es y lo conmine a disfrutar su momento, no obstante le sugerí que se diera tiempo. Que no hiciera el viaje y que si lo tenía que hacer lo hiciera solo. Que lo más importante en esta etapa, posterior a la independencia, es la de encontrarse a sí mismo.

Lo conmine a darse tiempo y a dejar que las cosas graviten de manera natural.
Los objetos como los sujetos, tienen su tiempo y su momento, y en este momento no era ni el tiempo ni el momento de iniciar otra relación.

La idea no le gusto, no obstante se mostró cortes y me dijo que lo iba a considerar.

Nos leemos en el siguiente artículo.

miércoles, 16 de mayo de 2018

La mujer como motor o freno.


La mujer es el motor del mundo. Un motor que nos puede llevar al éxito o al fracaso. Oscar Wilde decía que las mujeres nos inspiran a realizar grandes proyectos y luego nos impiden llevarlos a cabo.

El amor que nos inspira la mujer es el motor que nos impele a buscar grandes proyectos. Proyectos que ella no necesita, pero que nosotros, que estamos centrados en el hacer, creemos necesitar para poder hacer que este con nosotros. Nada más lejos de la realidad. Tan no lo es que al enfocarnos en el proyecto descuidamos lo que ella necesita y nos descuidamos a nosotros mismos, tanto que llega un momento en que el proyecto puede llegar a ser igual o más importante que la mujer, aun cuando no estemos conscientes de ello.

Es justo en ese momento en el que el proyecto empieza a ser igual o más importante que ella, que empezamos a darnos cuenta de que ella ha cambiado… 

Ya no es la misma de antes. Ha perdido el humor y la sonrisa que nos alimentaba. Y si no la ha perdido, ha disminuido la frecuencia e intensidad de la misma. En este momento la mujer empieza centrarse más en los hijos y en las amigas que en nosotros, cosa que hace por instinto y por supervivencia. Ya que necesita aferrarse a algo para poder seguir adelante.

No quiere decir que nos ha dejado de amar, sino que el amor ha tomado otra cara. Una cara que poco a poco se aleja de aquello que nos enamoró, para migrar a una relación de afectuoso compromiso, en donde los hijos son lo más importante de la pareja (mal síntoma).

Cierto es que la Mujer necesita que proveamos de todo aquello que se necesita para crear una familia, amén de la plataforma cultural y patrimonial que le permita a los hijos empezar de un cero sensiblemente mejor que el nuestro. 

No obstante lo que ella requiere de nosotros es atención. Saber que ella es el centro de nuestro universo, lo cual se manifiesta al cien en los dos primeros años de la relación (la trágica curva del amor), para irse apagando conforme los intereses de la pareja migran a otras latitudes; ellas a los hijos, ellos al proyecto... Hasta que llega un momento en el que ella se vuelve a ser el centro de nuestro universo.

Ese momento es la vejez. El retiro. Justo en el inicio de este intervalo es que nos damos cuenta de que ya no somos importantes para el proyecto ni para los hijos, por lo menos no como necesitamos y deseamos. En ese momento volteamos a ver a la mujer y a demandar de ella todo lo que ya no tenemos… Y lo hacemos cuando ella ya aprendió a vivir sin nosotros.

Gracias a esto deformación que ya aprendimos a ver y aceptar como natural, es que los matrimonios se repiten una y otra vez. Lo que ha hecho que las nuevas generaciones ya no contemplen el matrimonio como una opción, por lo menos no como la vimos nosotros al principio de nuestra relación.

Observe usted que cada vez son más los jóvenes que piensan vivir solos sus veintes y sus treintas. Algunos con una que otro intermitencia, pero sin casarse y sin reproducirse, ya que los hijos atan.

Esto es, amén de la dinámica de los tiempos, una resultante de lo que hicimos nosotros, no obstante el tema que nos ocupa es otro, el de la mujer como motor o freno. En la relación de pareja ambos pueden ser motor o freno, sin embargo son pocos los hombres que en sí mismos son motor, por lo que nos centraremos en la mujer.

El hombre, género masculino, es un animal que produce mil células reproductivas por segundo. Esta abundancia fisiológica de la cual no tiene mérito alguno, le hace ver y contemplar la vida desde otra óptica. Todo se le hace fácil. Si se equivoca lo puede intentar una y otra vez. Es tan abundante su producción que la osadía se torna natural en él. Osadía que se va moderando conforme aprende y descubre la realidad, si es que eso llega a pasar un día.

La mujer produce una célula reproductiva al mes, lo que le impele a ser prudente, evaluativa, elegante. La mujer es audaz, el hombre, osado. La diferencia entre uno y otro es abisal. El audaz mide riesgos y teme lo que debe. El osado no teme ni lo que debe.

El hacer del hombre es intempestivo. No mide riesgos. Planea para lo mejor y espera lo mejor. Y si las cosas no resultan como las planeo (dado que el mundo es oblicuo y no lineal), vuelve a intentarlo una y otra vez hasta que el resultado se aproxime a lo que planeo.

Si en ese devenir va dejando al margen a los suyos, es algo de lo que ni cuenta se da. Ya que en su interior llega a convencerse de que todo lo hace por los suyos, aun cuando los suyos necesitan cosas muy distintas a las que él está haciendo.

La mujer como motor.
La mujer es el motor de la humanidad. Explora, avanza y nunca se queda quieta. Es por ello que la migración dentro de los países es femenina, no masculina. Ellos migran a otros países. Ellas dentro de su país. Ya que en él tienen mejores posibilidades y opciones, amén de un pleno entendimiento de la cultura y del entorno, cosa que rara vez acaece en otro país.

 La mujer siempre aspira a más y mejores cosas, mientras que el hombre aspira a la rutina y al confort. Ya una vez que él encontró los zapatos que le gustan, se repetirá por el resto de los años sin problema alguno. Lo mismo pasa con su ropa y sus cosas. El hombre se repetirá día a día. Se repetirá en moda, color, estilo y forma… Cosa que jamás verá en una mujer.

La mujer, no obstante su infinita aspiración a más y mejores cosas, centra la relación como lo más importante en ella. La relación con su pareja, con sus hijos, con su familia (padres, hermanos, primos) y con sus amigas.

La relación con su pareja ocupa el primer lugar. Cuando la relación con la pareja no está bien, tenderá a centrarse en sus hijos, familiares y amigas. Las hermanas y amigas son cruciales en su estructura, ya que en ellas encuentra la audiencia que no juzga, que no dicta. Que escucha y entiende. Es por esto que la mujer prefiere a las amigas que al marido cuando las cosas no están bien. Con ellas se puede desahogar, con él no.

Cuando la relación con su pareja está bien, es decir cuando él la escucha y toma en cuenta su parecer, esta le ayudará a consolidar lo hecho al tiempo que lo impulsará a lograr algo más. Un más que ya consolidado le servirá de plataforma para impulsar al marido a un nuevo más y así sucesivamente.

La mujer, permítaseme el paralelismo, es como la leona en el renio animal.
La leona va…, observa, estudia el entorno, elige la presa y va por él holgazán de su marido para que este haga lo que debe de hacer. 

Con nosotros pasa lo mismo. La mujer observa, estudia el entorno, mide riesgos y posibilidades. Ya una vez hecha su elección, le siembra al marido con lenta e inteligente paciencia, las ideas y objetivos que al paso del tiempo le hagan sentir y creer que la idea es de él… Es por ello que se dice que detrás de todo hombre solo con éxito, hay una mujer sorprendida.

La mujer jamás está satisfecha. Tiene una ingente necesidad de conocer más cosas, lugares, comidas, personas y cuantas etcéteras se pueda usted imaginar. El hombre, por el contrario, es un animal de rutina. Visita los mismos lugares, viaja a las mismas partes, come en los mismos restaurantes y hace las mismas cosas. Poco explora, poco se aventura… Y entre más edad tenga, más sedentario y rutinario se hace (ouch).

Las aventuras masculinas, esas que están más allá de la infidelidad y de las fantasías de su mente, están en el futbol, en el bar, en las carnes asadas o en los cafés… Y por supuesto que son siempre las mismas, con la misma gente, los mismos bares, cafés, restaurantes y amigos. El hombre, género masculino, es poco dado a la variabilidad. Ésta está en las mujeres, no en los hombres.

Entre usted a una tienda de ropa de hombres. La tienda será plana, lineal y monocromática. Ahora entre usted a una tienda de ropa de mujeres. Esta tendrá toda la gama de colores, incluso aquellos que usted ni siquiera sabía que existían, amén de una basta variedad de modelos, diseños, cosméticos, accesorios y demás menesteres. 

La mujer busca el cambio, la novedad, la variabilidad. El hombre la tranquilidad, la rutina, la monotonía, la certidumbre.  

Por supuesto que la mujer acusa al hombre de inestable. Y lo es, pero lo es en el combés de lo sentimental, de lo emocional. Poco sabe lidiar el hombre con sus emociones. No se le enseño a lidiar con ellas. De hecho crece con el estigma de que mostrar sus emociones es signo de debilidad. Las calla. Las procesa en silencio con la capacidad y claridad que posea y luego las echa al olvido. Obviamente que estas no desaparecen. Se quedan ahí, en estado latente, esperando la primera oportunidad para salir y hacerle hacer cosas que no debe de hacer.

Este hacer lo que no debe hacer es lo que hace que la Mujer lo acuse de inestable. No obstante el hombre en las cosas del hacer, es más estable que la mujer. 

El hombre, como buen animal de rutina, es poco dado a explorar nuevas formas y horizontes. La mujer es la que lo tiene que sacar de su zona de confort, llevándolo a nuevos entornos, formas y culturas. Lo hace obsecuente a su esencia y por el bien de los hijos. Su interés es que estos vean cuanta cosa sea posible para que tengan un marco de referencia mayor al que tuvieron ellos.

La mujer puede cambiar a los hijos de escuela si así lo considera necesario. El hombre no. Lo hará solo en caso de extrema necesidad o porque así lo decida la mujer (lo cual es lo mismo). Ella es la que mueve a la familia, empezando por él. Cuando él no se deja, se centra en los hijos. Les abre horizontes y los expone a nuevas formas y culturas.

El objetivo a lograr con él o los hijos es exponerlos a nuevas y mejores cosas, en la inteligencia de que siempre logra más el que aspira más. No obstante este mover a los suyos debe subordinarse a lo que ellos son, no a lo que ella desea que sean. De lo contario su impulso será estéril. Estará empeñada en lograr una quimera, pero no una realidad.

Una pareja muy cercana a mí se disolvió por el desmedido afán de ella de hacer que su pareja fuera todo lo que ella pensaba que él debería de ser, aun cuando ese ser estaba muy lejos de lo que él es y en una latitud antípoda a él. El resultado fue el esperado, solo era cuestión de tiempo.

Ella, no obstante el acusado éxito y prestigio de él, deseaba que él trabajará en el desarrollo de los ideales que ella había concebido para él, ideales que no obedecían a la esencia de él sino a las necesidades de ella. Este no entender la naturaleza del otro hizo que ella, en lugar de ser motor, fuera freno.

La mujer como freno.
Existen mujeres que cuando uno las conoce, no puede dejar de pensar que hubiese sido genial que Adán muriera con todas sus costillas. 

Claro que de los hombres se puede decir mucho más. Una amiga que se distingue de las demás por poseer una inteligencia aguda y mordaz, dice que no se explica cómo si han podido poner un hombre en la luna, no ponen a todos los demás. Mucho es lo que se puede decir de uno y otro género, no obstante este artículo está circunscrito a la mujer. Ya sea como motor o como freno.

Hay mujeres a las que les gustan los hombres desesperados, les gustan tanto que cuando nos los encuentran, los hacen. La mujer freno tiene una enorme capacidad de hacer hombres desesperados. Es por ello que se dice que en la vida de cualquier hombre, aunque sea calvo, hay una Dalila. 

La mujer freno esta tan casada con el dogmático deber ser de su mente, que no solo no puede aceptar la esencia de los suyos, sino que trabaja con denuedo para cambiarla, lo cual de suyo es es una contradicción. Jamás lo podrá lograr.

Cierto que hay dos cosas que un hombre jamás admitirá que no hace bien: conducir un coche y hacer el amor. No obstante y más allá de lo muy mal que haga ambas cosas, la mujer freno no solo no le permitirá conducir su propio carro si ella va en él, sino que además decidirá que carro es el que él debe de comprar, no en función no de sus necesidades sino de su conducción.

La mujer freno, consciente de que dios creo Adán como pudo (era su primera vez), se pasará toda la vida corrigiéndole la plana al Creador. No solo en el amor y en la conducción de los autos, sino en todos los ámbitos del ser y hacer de su pareja. Ella le dirá con quién se puede reunir y con quién no. Que si puede y qué no puede hacer. Y así como estas mil y un cosas más en las que ella le definirá los limites irrestrictos de su ser y hacer.

La mujer freno no duda de que el hombre sea inteligente, no obstante esta cierta de que no existe mujer que se haya casado con un hombre estúpido solamente porque tenía un bonito par de piernas, por lo que toma como tarea personal el dirigir la inteligencia de su hombre para que este no cometa un error igual al de su inteligencia.

La mujer freno, convencida de que su hombre piensa también con la piel y que esta puede llegar a pesar más que las neuronas, vigilará con denuedo todos los actos y contactos de éste, limitando en mucho la expresión de su ser y hacer.

Me queda claro que el rol de la mujer es acotar, no obstante la mujer freno acota a tal grado a su hombre, que este terminara siendo un hombre bonsái o un fugitivo de su amor.

Recién me comentaba un empresario del ramo de autoservicios, que había estado en una relación carcelaria (fue la palabra que uso) que le dejo muy mal sabor de boca y muy poca confianza en sí mismo. Me comenta que ella era una gran mujer, pero que sus inseguridades hicieron de la relación un infierno, tanto para él como para ella.

No es que ella no lo dejará hacer nada, sino que todo lo que hacía terminaba en conflicto, ya sea porque él había ido a un restaurante o café donde seguramente había mujeres o porque se reunía con esa escoria a la que llamaba amigos. Los conflictos eran tantos y tan constantes que termino alejándose de sus amigos para no tener problemas con ella.

Cuando termino la relación se sintió liberado y poco a poco se fue rescatando a sí mismo. Al preguntarle sobre su nueva relación, me contesto: la primera vez que compras una casa, la compras porque te gusta. La segunda vez, revisas los cimientos.

La mujer freno es, como diría Margot Asquith, la clase de mujer de la que hasta ella misma huiría.

El cordón umbilical.
Hay personas que nunca logran romper el cordón umbilical con sus progenitores. Esto es algo que le sucede a ambos géneros, no es específico de ellos o ellas. Las personas que no logran romper el cordón umbilical, es decir que no logran separarse emocionalmente de sus padres o de alguno de ellos, crean una dependencia emocional enfermiza que les impide desarrollar relaciones sanas con su entorno.

Estas personas crean en su mente una idea de sus progenitores que no responde a la realidad. Sus progenitores dejan de ser humanos para ser algo que está más allá de lo terreno. Los idealizan y mitifican a tal grado, que no hay persona en su entorno que pueda estar a su altura, ya que a todos los comparan con ese marco de referencia que no existe más que en su mente.

Para ellos el otro: pareja, hijo, socio o individuo, es importante solo en la medida en que éste se aproxima o cumple con lo que su progenitor esperaría de sus relaciones. Si el progenitor está vivo o muerto es lo de menos. Este vive en ellos y es más importante en ellos el ideal de su progenitor, que la pareja o cualquier otra persona.

Veamos algunos ejemplos.
Carmen idealizo a su papá por sobre todas las cosas. A ella le toco estar a su lado en el momento de su muerte y las últimas palabras de este fueron para ella como hija prodiga. Se casó antes de que su padre muriera y se casó con el hombre que él le escogió. Si ella lo amaba o no, era lo de menos. Lo importante es que era el hombre que su padre quería para ella.

Su matrimonio ha sido bueno, con los acuerdos y desacuerdos propios de toda relación. Él es un hombre que la ama por sobre todas las cosas y si bien es cierto que ella le ha hecho la vida no del todo grata, también lo es que él la ha apoyado y respetado siempre. No obstante la relación entre ambos no ha sido fácil. Ella no ha terminado de enterrar a su padre y todo lo ve desde la óptica del papá, aun cuando este tiene poco más de tres lustros de haber fallecido.

Lo que ella espera y pretende es que su marido y sus hijos varones (dos) sean lo más parecido a su padre, lo cual de suyo es difícil de lograr, ya que cada uno es una esencia en sí y se manifiesta en función de ella y no de las necesidades de Carmen. 

Me queda claro que en el hacer de ella no hay intención de dañar, tan no lo hay que esta cierta de que todo lo que hace y exige es por el bien de ellos, aun cuando esta exigencia no sea obsecuente a ellos ni a sus ambiciones y deseos de vida.

Sandra es una empresaria de éxito casada con un hombre de pasados mejores. Con él procreo tres hijos, dos hombres y una mujer. Sandra idealizo tanto a su padre, que este no solo no obedece a lo que fue, sino que además no se parece en nada al padre que tuvieron los hermanos de esta. 

Su padre fue, huelga decirlo, un gran hombre. 
Un hombre que salió delante de la nada y que construyo un imperio para sí y para sus hijos. Un hombre que como todos los demás, tenía sus yerros y aciertos, no obstante Sandra minimizo sus yerros al tiempo que magnifico los aciertos.
El padre de Sandra murió hace un par de años, tal vez tres, pero no en ella. En ella esta tan vivo como antes y tal vez más, ya que este vive en la mente de Sandra como una presencia constante que norma y dicta todo su hacer y quehacer.

Este no cortar con el cordón umbilical de su padre, ha causado algunos trastornos en la relación de esta con su pareja, socios e hijos, ya que estos, desde la óptica de ella, debieran regirse bajo el código de conducta de su difunto padre. Ningún hombre de su entorno es digno de ella y no lo es debido a que ninguno de ellos se aproxima a lo que su padre fue, lo cual termina dejándola más sola de lo que quiere y desea.

Las personas que no logran cortar el cordón umbilical o dependencia emocional de sus padres, crean una relación mítica en donde nada obedece a la realidad, razón por la cual se muestran dogmáticas, cerradas y obtusas en sus relaciones y en el entendimiento de la realidad.

La relación con estas personas suele ser áspera y difícil, amén de que ellas están ciertas de que están en lo correcto. Estas personas, más allá de su género, se convierten freno para todos aquellos que están juntos a ellos.

La frase que las define es…: “Si la realidad no se adecua a mí, peor para la realidad”.

El equivocado es el mundo, no ellas.

Nos leemos en el siguiente artículo.

domingo, 6 de mayo de 2018

Una religión de supermercado


En escritos anteriores hemos explicado que no existen personas que no crean en algo, más claro, no existe el ateo en cuanto tal. Cierto que mucha gente no cree en los dioses que promueven las religiones institucionales, pero eso no los hace ateos, ya que estos creen en otros dioses que han acuñado para sí mismos y que les hacen tanto bien o tanto mal como los institucionales.

Las religiones institucionales le ofrecen a sus seguidores: mito, dogma, culto y rito; elementos por los cuales la feligresía canaliza la angustia de vivir. La realidad es que una religión institucional sin mito, sin dogma, sin culto y sin rito es una entelequia pero no una religión. La diferencia entre las religiones institucionales y las que no lo son, es que la institucional es una sociología concebida para explicar todas las cosas desde un punto de vista físico, metafísico y moral. Que la explicación tenga o no fundamento es irrelevante, ya que sus feligreses encuentran en ellas el sustento que necesitan.

Las religiones no institucionales, es decir, esas que como resultado de un sincretismo particular la persona acuña para sí misma, no ofrecen el mito, dogma, culto y rito de las institucionales, pero ofrecen a sus seguidores otras alternativas de salida para la angustia de vivir. Estas alternativas o guiños de las religiones no oficiales, son diseñadas individualmente por cada uno de sus seguidores y son delineadas para sí y no para los demás. Y si bien es cierto que cada uno de sus devotos es un convencido proselitista de su propia religión, también lo es el que esta, en caso de ser asumida por alguna otra persona, será similar pero diferente a la original. 

Todas las religiones, ya sean institucionales o no, son el resultado de un sincretismo que busca capitalizar la experiencia del pasado. La diferencia estriba en que las institucionales, ya una vez definidas por sus respectivas iglesias, les ofrecen a todos los amantes de la invariabilidad, la repetición, predictibilidad, orden y estabilidad que estos buscan y necesitan. La religión es para ellos un consuelo, un guiño de paz, un abrigo congregacional que difícilmente podrán encontrar en las no oficiales.  

En las antípodas de estas están las religiones de cuño individual. Las que cada feligrés delinea para sí. Estas son tan flexibles, dinámicas y cambiantes como sus feligreses. Los devotos de estas religiones son más aire que tierra, lo que hace que los ritos o expresiones de estas cambien en función de las necesidades del feligrés y de las circunstancias que lo envuelven. En ellas hay todo menos uniformidad, repetición o monotonía, cosa que no acaece en las institucionales. En estas el feligrés debe guardar el canon que le exige su religión, ya que de lo contrario será alejado de la congregación.

Los feligreses de las institucionales no son individualistas, son gregarios, por lo que les es menester la congregación y todo lo que esta encierra. Esta no solo les permite ser parte de una colectividad en la que unos a otros se auxilian en una confirmación tácita de sus creencias, sino que además la interacción y comunión apológica de la comunidad les ratifica y refuerza la identidad.

Los fieles de las no oficiales son individualistas. Son personas que se sienten mejor trabajando en el uno a uno que en las multitudes. Estos no quieren ni gustan de la masa. Se sienten y desenvuelven mejor en lo individual que en lo grupal.   

También están las otras religiones, esas que no tienen que ver con el combés de lo espiritual pero que hemos hecho de ellas una religión. Todos, de una manera u otra, hemos hecho de nuestro hacer una religión que nos define, explica y justifica.

Para explicar esto me es menester hacer una pequeña disgregación…
Las peores decisiones de la vida las tomamos bajo dos circunstancias: cuando no tenemos nada que hacer y cuando nada debemos hacer.

Por lo general cuando no tenemos nada que hacer, ocupamos nuestro tiempo en cosas que ni remotamente haríamos si tuviéramos algo que hacer. Cuando estamos desocupados, nuestro hacer se torna vacuo, inútil, errático y molesto a los demás. Nuestro hacer en estos casos es un hacer que lo único que busca es poblar el tiempo.

Por ejemplo, los días en que usted come más, son los días en que no tiene nada que hacer. En los días de descanso hace del comer un hacer. Este comer es más un satisfactor psíquico que fisiológico. No come por hambre, sino por la ingente necesidad de hacer algo. Así, sin darse cuenta de ello, se somete a un ejercicio de expansión celular (gordura), ya sea sentado frente al televisor viendo a 22 idiotas tras un kilo de cuero (futbol), una película, serie o algún otro Valium visual que distraiga su mente para que esta no se cuenta de que no está haciendo nada.

Los gregarios por excelencia se inventan carnes asadas y demás estulticias que les permitan, en nombre de la convivencia social (esa en la que se habla sin decir nada), poblar un tiempo que no saben cómo usar. Por otro lado están los que no comen en el ocio pero que tampoco saben qué hacer. Estos, por regla general, se dedican a incordiar a los demás, en especial a esos que tienen junto a sí. Es, para ellos, una forma de existir.

El otro hacer, y más peligroso que el anterior, es ese hacer que hacemos cuando nada debemos hacer. Cuando la incertidumbre y la espera nos apremian, tendemos a tomar decisiones que aceleren los procesos, olvidando que los objetos como los sujetos, tienen su tiempo y su momento. En estos momentos el único hacer recomendable es no hacer nada, entendiendo que la mejor decisión cuando nada debemos hacer, es hacer de nuestro hacer un inteligente periodo de espera.

El hacer, pues, es inherente a nosotros. Tendemos a él aun en esos momentos en los que no tenemos nada que hacer. Esta ingente necesidad de hacer algo es lo que nos ha llevado a hacer del hacer una religión.

La bailarina de Ballet encuentra el sentido de su vida a través del ballet, este no solo la define, completa y complementa, sino que aparte le explica y justifica ante sí y ante los demás. Lo mismo acaece con el futbolista, el boxeador, el ciclista, gimnasta y demás actividades deportivas. En los oficios sucede lo mismo. El empresario, el político, financiero, abogado, médico, youtuber y demás oficios, hacen de su hacer una religión que los explica y justifica.  

Usted no sale a la calle a decirle a todo el mundo que es cristiano, wiccano, católico, anglicano, musulmán o budista, usted sale y le dice al otro su oficio sin importar si es empresario, artista, político o futbolista Su oficio lo explica y justifica ante sí y los demás. Así, pues, el hacer no solo es un medio de subsistencia, es también un credo a través del cual expresamos la identidad.
No obstante lo ya explicado, nos es menester dejar las religiones del hacer al margen para abocarnos a las del ámbito teológico espiritual.

Líneas arriba decíamos que todas las religiones, indistintamente de su origen, son resultado de un sincretismo que capitaliza el pasado y que tienen como objetivo brindarle al devoto un consuelo ante la angustia de vivir.

Cuando una mujer esta aburrida con el hombre y con su conversación, se consolara a sí misma jugando con su pelo. Enredara su pelo entre sus dedos como si se estuviese haciendo caireles. Por supuesto que el hombre masa, ese pariente próximo del orangután que no ve más allá de sus narices, pensará que lo está seduciendo cuando la realidad es que ella se está consolando a sí misma diciéndose algo así como: no te preocupes… Esto ya está por terminar.

Con la religión pasa lo mismo. Esta es un guiño o consuelo que el devoto se hace a sí mismo para poder enfrentar los avatares de la vida… Y como lo que angustia a uno no es lo mismo que angustia al otro, cada quien, este o no consciente de ello, individualizará su forma de creer y de comunicarse con su deidad para consolarse a sí mismo.

En ambos tipos de religión (institucionales o de cuño personal), la comunicación que el devoto establecerá con su dios, demiurgo o taumaturgo personal, será una comunicación unidireccional. Las únicas ocasiones en que se da un intercambio en ambas direcciones es cuando el devoto padece un cierto grado de esquizofrenia que le permite ver y escuchar personas y voces donde no las hay.

No estoy denigrando o criticando religión alguna. Todo lo contrario. Estas son de suma utilidad para el humano común (empezando por mí). No obstante lo que deseo enunciar con este artículo es el hecho de que cada quien personaliza su religión sin importar si esta es institucional o de cuño personal.

Por razones de mi oficio convivo con personas que se ven en la necesidad de realizar transacciones económicas de alto espectro en una gran diversidad de proyectos, por lo que el nivel de incertidumbre que manejan es dramáticamente mayor que el que maneja una persona común, no por la inversión en sí, ya que la incertidumbre es la misma para el gran o pequeño inversor, sino por el número de veces que se exponen al proceso de inversión.

El hijo adolescente de un conocido estuvo ahorrando para invertir en un negocio en el cual la compra venta de determinados productos le asegura un alta probabilidad de éxito, dado que los mismos son muy demandados dentro del recinto universitario en el que está estudiando. Así, pues, invirtió todo su capital en dicho proyecto, lo cual le genero un nivel de estrés exactamente igual al del gran inversor, ya que lo hace la diferencia entre uno y otro no es el nivel de la apuesta, sino la frecuencia de la misma.

El joven en cuestión arriesgo una vez mientras que el potentado arriesga muchas veces. Lo que cambia entre uno y otro no es la inversión, por lo menos no en estrés. Lo que cambia es el número de veces que se someten a un proceso de inversión… Y es precisamente ahí, en la incertidumbre y en la angustia de la decisión, donde entra en juego la religión.

Las religiones nos separan más de lo que nos unen.
Hay tres cosas que nos separan de las demás especies: la imaginación, el lenguaje y el conocimiento.

La imaginación nos permitió inventar unas cuevas en forma de casas cuando las cuevas se acabaron; inventar las religiones que nos han servido desde el principio de los tiempos como un catalizador ante las angustias de la vida; la agricultura como fuente de sustento, las armas como defensa y ataque y muchas cosas más que no existen en la naturaleza pero que nosotros hemos creado.

El lenguaje nos permitió venderles a otros lo que nuestra imaginación concebía con el fin de lograr que estos se sumaran a nuestro proyecto en aras de un objetivo común. Este hacer individual y conjunto nos permitió instrumentar diferentes formas de hacer las cosas, las cuales vía prueba/error nos permitieron aprender y trasmitir lo aprendido para que otros partieran de esa base. No olvidemos que experiencia es aquello que obtenemos cuando hacemos algo que nunca habíamos hecho antes.

Las otras especies tienen que vivir la experiencia día a día. Nosotros no. Gracias a la imaginación, lenguaje y conocimiento, tomamos la experiencia de los que nos antecedieron para hacer de ella nuestro cero y empezar de ahí. Cada generación empieza del máximo construido por otros, lo cual a su vez, es el cero de ellos.

Esto crea una diferencia enorme respecto a las demás especies, ya que ellas todos los días empiezan de un cero absoluto, mientras que la nuestra empieza de un cero que fue el cien de los que nos precedieron.

Esto, que tanto nos ha ayudado, es al mismo tiempo lo que nos separa. La imaginación, lenguaje y conocimiento ha tomado matices particulares en función de la geografía que habitamos, lo que hace que tengamos diferencias insalvables con aquellas culturas opuestas a la nuestra, ya que nuestras distintas realidades imaginadas (católico, cristiano, judío, musulmán, vegano, carnívoro y demás religiones del hombre), nos separan mucho más allá de lo que nos pudiera unir.  

La razón es muy simple. Hemos hecho de cada una de las realidades imaginadas una religión. Religión que le da sentido a nuestra vida y que nos dificulta en mucho la convivencia con los demás. Unirnos a alguien que profesa otra religión, es renunciar a la nuestra y con ella a la vida que inventamos para nosotros mismos.

La gente no nace destrozada.
Todos, gracias a la inocencia que brinda el desconocimiento de la realidad, empezamos con pasión y anhelo nuestro tránsito por la vida… Hasta que la realidad nos va sacando poco a poco del error. Y es ahí, en ese áspero descubrimiento de la realidad donde descubrimos y aquilatamos el guiño de la religión, la cual nos cura y salva de la realidad.

Esta es la razón por la cual cada uno de nosotros indivisa y adecua su religión para que esta pueda ser lo que es: una catarsis a nuestra muy particular angustia de vivir. Esto hace que todos, de una forma u otra, construyamos, conscientes o no de ello, una religión de supermercado.

Los feligreses de las institucionales, tomaran del dogma lo que necesitan adecuando este a sus necesidades pero sin salirse demasiado de la norma, ya que el precio es la exclusión. No obstante recrearán el dogma y sus creencias para sí, de tal suerte que en la misma familia habrá diferentes interpretaciones de la norma, aun cuando en lo general haya un común denominador (los ritos) que les hacen creer y sentir que profesan la misma religión, no obstante la realidad es que cada uno de ellos tendrá su propia religión.

Los devotos de las no institucionales son tan o más fanáticos que los anteriores. No obstante en ellos es más notorio el hecho de que su religión es de supermercado. Toman de aquí y de allá fragmentos conceptuales que unen para crear un todo que responda a sus necesidades pero que no encaja con ninguna de las partes del todo que tomaron.

Habrá, por ejemplo, quien tome una parte de la mística de Gurdjíeff y a esta le agregue algo de los cuatro acuerdos de Miguel Ruiz, de astrología, de la Wicca, de los ángeles, energía y demás etcéteras del mundo esotérico. De tal suerte que la religión que esta persona creo para sí partiendo de la mística de Gurdjíeff, no se parecerá en casi a la que este acuño en el segundo cuartil del siglo XX.

Así todos, sin importar si la religión es institucional o no, le damos a nuestro culto un sello particular, no obstante los devotos de las religiones no oficiales, son los que más hacen de la suya una religión de supermercado. Toman de aquí y de allá lo que necesitan para paliar las angustias de la vida, cambiando lo que tomaron ayer en aras de lo que necesitan hoy.

Lo más interesante de esto es que entre más frecuente este expuesta la persona a la toma de decisiones trascendentales, más proclive será a crear una religión de supermercado que se adapte a sus necesidades.

Contra lo que usted pueda creer, esto se ve más entre los potentados que entre los atorrantes. Estos últimos suelen conformarse con lo que les ofrecen las religiones institucionales, sin embargo los emprendedores, los políticos, financieros (me excluyo) y dirigentes de conglomerados lícitos o ilícitos, son los que más crean y recrean una religión a su gusto y necesidad.

Lo mismo acaece en el combés de la instrucción. Entre más alto es el grado académico del sujeto (maestría, doctorado, postdoctorado) más alta será la creación y recreación de su culto.

Por supuesto que ninguno de ellos reniega del dios de las institucionales, es solo que el dios que estos tomaron de ellas y que modificaron para sí, se parece ya muy poco al original, no obstante ellos creen que siguen siendo fieles devotos de ese dios que en lo único que se parece al dios de los demás es en el nombre.

Estas personas, ya sea por el nivel de presión al que constantemente están expuestos, o por el nivel de conocimiento que tienen, crean un culto que en esencia es lo suficientemente amplio, flexible y cambiante para que se pueda adaptar a sus angustias y necesidades.

Esto es lo que hace que personas que jamás nos hubiésemos imaginado, consulten a astrólogos, chamanes, médiums y demás farsantes o creyentes de esas corrientes. Creen en dios. Un dios que complementan con brujería (limpias, polvos y demás estulticias), con el devenir de los astros, la lectura de la mano y mil cosas más.

Todos, pues, tenemos una religión de supermercado. Cierto estoy que muchos no lo podrán aceptar, ya que su religión está muy cerca de lo dicta el canon de las institucionales, no obstante la realidad es que ellos, como usted y como yo, al individualizar y/o complementar nuestro credo, hacemos de nuestra religión, una religión de supermercado.

La diferencia entre unos y otros son las fuentes que tomamos (esotéricas u ortodoxas), y sin embargo, más allá de si usted está de acuerdo o no, lo verdaderamente importante es que su religión sea ese refugio en el que se cura y salva.

Nos leemos en el siguiente artículo.

martes, 3 de abril de 2018

El síndrome del héroe vencedor.


Los pecados capitales son siete; cinco capitales y dos sensoriales. Los capitales son: la soberbia, envidia, avaricia, pereza e ira. Los sensoriales son: la gula y la lujuria. Los primeros cinco obedecen a las razones de la razón, mientras que los dos últimos obedecen al instinto y a los sentidos.

Los pecados, tal como los conocemos, son y fueron hijos de su época. Si estos hubiesen sido definidos en el siglo XXI, probablemente serían otros los nominados como pecados. Y en caso de que coincidieran con los arriba mencionados (cosa que dudo en mucho), estos estarían acompañados de otros que gramaticalmente los complementarían y sustancialmente los completarían, como son, por mencionar un solo ejemplo: la gula y la anorexia.

Este artículo no pretende hacer una disección de los mismos, sino enunciar que los pecados capitales son indispensables para vivir. Gracias a ellos es que hoy estamos como estamos y no viviendo en las cavernas. De ellos, uno en particular es el que ha hecho que la humanidad avance ininterrumpidamente: la soberbia.

Solo los humildes tienen derecho a ser humildes.
La soberbia (superbus = por encima de), bien entendida, es el motor que nos impele a la superación, a no ser conformistas y a buscar siempre lo mejor para nosotros. Hemos confundido al soberbio con el mal educado, con el pedante, con el prepotente, sin embargo la realidad es que uno puede ser soberbio -seguro de sí y de sus capacidades-, y tratar muy bien a los demás.

Más allá de la soberbia o de la humildad, nos es menester reconocer que hay gente muy mal educada a la que nadie acusa de soberbia. Los acusan de mal educados, pero no de soberbios. La soberbia no tiene que ver con la educación, tiene que ver con la seguridad en sí mismo y con el trabajo que la persona hace consigo misma para ser cada vez mejor.

La soberbia bien dirigida es la que nos hace querer brindarles una mejor educación y preparación a nuestros hijos. Es la que nos hace trabajar para crearles un entorno y una plataforma mejor que la que tuvimos. Lo que soberbiamente pretendemos con esto es que sean mejores que nosotros y mejores que aquellos con los que van a competir. Y si esto es ser soberbio, entonces nos será menester reconocer que todos por instinto somos soberbios, ya que éste nos impele a formar una dinastía que nos supere y que a su vez pueda formar y dejar una dinastía mejor que las que nos precedieron.

Decía Sir Winston Leonard Spencer Churchill que solo los humildes tienen derecho a ser humildes...

Si usted es bueno en algo demuéstrelo. Haga que su trabajo sirva para usted, los suyos y los demás. No lo esconda bajo el lastimero manto de la humildad. Véndalo y haga dinero. Pero hágalo consciente de que siempre habrá alguien o algo mejor que lo que usted ofrece, por lo que tiene la obligación de prepararse día a día para poder ofrecer un producto o servicio que compita y supere a los demás. 

Sea educado y atento, pero deje por favor a un lado máscara de la humildad. No le va a servir para nada, salvo para abaratar lo que hace. 

Infancia es destino.
La infancia, con todo lo que nos acaece en ella, definirá mucho de lo que seamos cuando adultos, hasta que insatisfechos con nuestra tendencia decidamos convertirnos en tránsfugas del origen para edificar un destino mejor que el que suponía nuestra infancia. 

Este cambiar el sino de nuestra infancia tiene que ver con la soberbia, es decir, con un no aceptar lo que la cuna nos depara para buscar un futuro mejor.

En este tránsito o mutación de destinos, elegimos modelos que nos sirvan de guía para llegar a donde queremos llegar. Muchos de esos modelos son de primera instancia inconscientes y definidos por el azar. Otros -familiares, próximos y cercanos-, son una elección consciente, no obstante son los primeros, los que obedecen al azar, los que más inciden en el quehacer biográfico de las personas.

Un cercano a mí que frisa los setentas, me comenta que cuando él tenía aproximadamente diez años, una persona a la que él admiraba mucho hizo un comentario sobre él que lo signo por mucho tiempo, hasta que en la crisis de mediodía rompió con el estigma y pudo, lenta y dolorosamente, ganarse un lugar consigo mismo y con los demás.

La persona en cuestión comento en calidad de halago, dadas las circunstancias en que hizo el comentario, que Juan sería un gran segundo... Es decir, una persona que haría grande a los grandes. Todos los presentes aplaudieron el comentario, el cual obedecía a la cultura del momento, sin embargo el problema es que ese comentario que se hizo con la mejor intención, signo desfavorablemente a Juan.

La primera mitad de su vida trabajo intensamente para lograr ser un gran segundo. Cuando por méritos y resultados llegaban las oportunidades, optaba por permanecer como secundus (atrás del trono), ayudando a otros a hacer lo que tenían que hacer, ganando con ello el reconocimiento y admiración de sus superiores.

Al principio todo iba bien. Sus superiores le aplaudían y confiaban en él, tanto que optaron por dejarlo siempre como un segundo en quien se podía confiar plenamente, promoviendo a otros a un puesto superior al de él, en la inteligencia de que el recién promovido tendría a su lado a un hombre que iba a hacer todo lo necesario para que el recién promovido cumpliera a satisfacción su encomienda.

Paso el tiempo y un día se preguntó, en lo más arduo de su crisis de mediodía, el por qué no había considerado esas oportunidades. Renuncio a la aparente estabilidad que tenía para analizar y encontrar la razón primera y última de sus decisiones. Así siguió un tiempo hasta que un día, buceando en las profundidades de su mente, desvelo la escena, palabras, gestos, olores, sonrisas y emociones de ese momento en el que su ídolo de antaño vertió tal comentario.  

En una de las sesiones en las que trabajamos con el tema, me comentó que fue muy revelador darse cuenta de ello. Justo en ese momento entendió por qué había tomado las decisiones que tomo y actuado actuó. Por supuesto que no culpa de ello al ídolo de antaño, ya que este no solo no tenía la intención de signarlo, como no la tenemos nosotros con aquellos a los que inconscientemente hemos signado.

La culpa es la más inútil de las emociones humanas. Encontrar un culpable nos ayuda a evadir responsabilidades, no a resolver problemas. Lo que él necesitaba era encontrar las causas, no las culpas. Y en este encontrar las causas lo que más le llamó la atención fue el descubrir que hay palabras, comentarios y eventos en apariencia nimios, que pueden signar la vida de una persona más allá de lo imaginable.

El problema más difícil es el que no conoces. Ya una vez que conoces el problema, tienes la mitad resuelta. La otra mitad requiere inteligencia y voluntad.

Juan, ya una vez que identifico y clarifico su problema, trabajo arduamente en la re-programación de su cerebro, lo cual le está permitiendo definir y construir una identidad obsecuente a su destino. La identidad no la crea el pasado. La crea el futuro. Y lo que Juan ha estado haciendo es re-definir su identidad en función del futuro que eligió. 

Así pues, infancia si es destino, por lo menos hasta que decides cambiar las consecuencias de los acaeceres de la infancia.

Todos somos el secreto de alguien.
Con frecuencia escucho a la gente lamentarse de algo, y la verdad es que siempre hay en el lamento una visión muy limitada de las cosas.   

El porvenir no distingue buenos de malos, santos de pecadores, inteligentes de estúpidos, generosos de egoístas. Lo que diferencia a unos de los otros no son sus cualidades, sino la forma en que estos enfrentan y resuelven los acaeceres de la vida.

Por lo general los que más fácil salen adelante de los avatares de la vida, son aquellos que tienen la capacidad de capitalizar lo bueno de lo malo. El acaecer, por muy desventurado que sea o haya sido, siempre tiene un lado bueno que ofrecernos (experiencia, fortaleza, templanza), amén del ineluctable cambio de visión que emana de todo redescubrimiento de la realidad. Sirva como ejemplo de lo anterior el hecho de que en la adversidad es donde se definen los amigos.

La adversidad siempre nos muestra un lado de la realidad que no habíamos contemplado, ya sea porque no la habíamos visto o no la habíamos querido ver, pero siempre, después de un infortunio, nuestra comprensión de la realidad y de nosotros mismos es mucho mejor que la que teníamos antes.  

Nosotros ya no somos los mismos después de una situación antagónica. Nuestra fortaleza (capacidad para acometer) y templanza (capacidad para resistir) se maximiza. El carácter se forja en la carencia. En la bonanza no hay nada que resistir.

Es por ello que antropológicamente decimos que lo peor que le puede pasar a una persona es que le vaya bien, porque cuando le va bien, se sienta. Necesitamos de la crisis para avanzar, amén de desarrollar el hábito de crearnos crisis. Crisis inteligentes que nos hagan salir de nuestra zona de confort y que nos lleven a buscar nuevas y mejores formas.

Recién platicaba con un amigo de tiempos pasados. Le comentaba que estaba redefiniendo mis retos para los próximos diez años. Al interrogarme sobre los mismos, le conteste que estos no tenían nada de extraordinario. Simplemente me fije objetivos que fueran contra mi inercia, que es el reto más grande al que se enfrenta un ser humano.

Es aquí, en la adversidad y en los retos que nos creamos, donde se forja el carácter y la personalidad. Y es precisamente esa dupla (carácter y personalidad) la que hace que aun cuando no estemos conscientes de ellos, seamos el secreto de alguien.

El síndrome del héroe vencedor.
Todos, de una forma u otra, aspiramos a trascender. Sabemos que vamos a morir, no obstante lo que nos preocupa no es morir, sino desaparecer. Es por ello que nos pasamos la vida tratando de hacer cosas que nos hagan existir más allá de nosotros mismos.

Para existir más allá de nosotros mismos nos es menester existir en la mente de los demás. Desaparecemos justo en el momento en el que dejamos de existir en la mente de los otros. Por supuesto que hay quienes dejan de existir en vida, no obstante la gran mayoría dejamos de existir en muerte.

Este querer existir en la mente de los demás, no es otra cosa más que la soberbia llevándonos en esa dirección. Gracias a esta es que existimos y persistimos. O acaso un padre que busca dejar una huella indeleble en el acontecer biográfico de los suyos, no lo hace, además del instinto, por un dejo de soberbia.

La soberbia es el motor que subyace en el ser y quehacer del filósofo, del intelectual, del pintor, escritor, científico, político, estadista, empresario y demás agentes de cambio del mundo.

Que acaso no fue la soberbia lo que llevo a Napoleón a la cima más alta y la sima más profunda. Lo mismo se puede decir de todos esos grandes hombres y mujeres que viven en nuestra memoria. En la vida lo mismo que nos lleva al éxito, nos lleva al fracaso. Lo que cambia es la dosis y la dirección, y en este caso el motor fue el mismo: la soberbia.

La soberbia fue y ha sido el motor de todos esos gigantes del ayer y del hoy que han construido y están construyendo el mundo en el que vivimos.

El síndrome del héroe vencedor no es otra cosa más que ese inconsciente afán que tenemos de trascender y la forma en que pudiéndolo hacer, lo echamos a la basura para buscar trascender de manera equivocada con la gente equivocada.

Cada uno de nosotros, en calidad de héroe vencedor, nos centramos tanto en nuestros objetivos que no nos damos cuenta de todos aquellos que nos han elegido como modelo de éxito en alguna parcela del quehacer humano. 

Son personas, que si reparáramos en ellas, podríamos influir y trascender más allá de lo imaginable. Al no reparar en ellas es que dirigimos la mirada y la energía a esos otros que nos ven como un individuo más, pero no como un modelo. Lo que hará que el desgate sea mayúsculo, ya que el esfuerzo por trascender e influir será dramáticamente mayor que el necesitaríamos con los primeros.

Retomemos el caso de Juan.
Si la persona que incidió en Juan, hubiese entendido la forma en que trabaja el síndrome del héroe vencedor, es muy probable que este hubiese podido lograr en él algo mucho mejor que lo que logró. 

Por supuesto que no todos estamos conscientes del modelo, amén de que no podemos saber cómo van a terminar incidiendo nuestras palabras y actos en la biografía del otro, pero lo que sí sabemos es que al tener en mente el modelo, seremos muy cuidadosos de lo que decimos y hacemos enfrente de aquellos que nos han escogido como tal.

Imagine por un momento todo lo que puede influir y trascender en la biografía de aquellos que le han escogido como modelo. Estos estarán mucho más receptivos que cualquier otra persona, amén de que todo el bien que usted haga en ellos, trascenderá en aquellos que a su vez les escogerán a ellos como modelo.

La única responsabilidad social que tenemos como persona es formar gente de bien, empezando por los propios (hijos, hermanos, socios, empelados) para extendernos con los ajenos (aquellos que nos han escogido como modelo). 

Así pues, podemos, si nos empeñamos en ello, centrar nuestra energía en los que nos han escogido como modelo. Para ello nos será menester el constante intercambio dialógico para conocerles y saber de qué forma podemos sugerir para incidir, justo en aquello que ellos necesitan para ser mejores personas.

Trascendiendo en ellos, trascenderemos en los demás.  

Nos leemos en el siguiente artículo.