viernes, 8 de abril de 2022

Antropología del deseo.

 Todo deseo es la manifestación de un vacío.

Los seres humanos aprendemos a desear de la misma forma en que aprendemos a hablar: por contagio. No obstante, poca o nula atención le ponemos a la adicción que tenemos a los deseos de los demás, que son, en la gran mayoría de los casos, origen de los nuestros.

Recién tuve la oportunidad de visitar un par de casas museo de principios del siglo XX, con un joven ejecutivo al que estoy preparando para asumir la dirección general de las empresas de su familia. Le pedí que viera, observara y analizara la arquitectura exterior e interior de ambas casas, entendiendo que la arquitectura es usada como símbolo del poder. Una de las casas era propia de la clase alta y la otra a la clase media. Ambas con un diseño y mobiliario acorde a la primera década del siglo pasado.

Lo primero que llamo su atención fue la diferencia en tamaño, espacios y mobiliario. Diferencia que se ha visto en todas las épocas. Los otros dos puntos en los que hizo hincapié es en que la gente de ese entonces tenía que trabajar mucho más de lo que se trabaja ahora (la tecnología ha hecho nuestra vida más amable); y segundo, que el espacio habitacional y de guardarropa era mínimo comparado con el de ahora. La diferencia, le comenté, es que la gente de ese entonces tenía justo lo que necesitaba. Sus indicadores de éxito eran diferentes a los nuestros. Para ellos el objetivo de la vida era hacer de su vida un éxito. Mientras que para nosotros el objetivo es alcanzar el éxito, sin importar si este hace de nuestra vida un éxito.

 En la actualidad medimos el éxito por nuestra capacidad de consumo e influencia. Un consumo y una influencia que a nadie le importan más que a nuestro imaginario. Un imaginario que no te da valor, ya que hipotecar el ser para hacer cosas que no te gustan y convivir con gente que no quieres en aras de cobrar los beneficios del tener, no refleja, desde ninguna óptica, una vida de éxito.

El nivel de consumo va de la mano de dos variables: la falta de identidad y el sentimiento de abandono. A menor identidad, mayor consumo. Observe a los adolescentes. Estos, como su nombre lo indica, adolecen de identidad, lo que los lleva a construir una a través de lo que compran. Lo mismo acaece con el abandono. Entre mayor sea el sentimiento de abandono de una persona, mayor será su nivel de consumo y gasto.

Una persona con una identidad bien definida difícilmente experimentará un sentimiento de abandono. Está tan acompañada de sí misma que sin problema alguno podrá acompañar a los demás. A unos demás que no necesita para ser. ¡Ya es!

El que no es, necesita de los demás para ser. Este subsana su falta de identidad y abandono por el número de gente que lo quiere y por el número de tiendas y restaurantes que lo reconocen y recuerdan. Olvidando que la negación del yo es lo que nos lleva al consumo de lo otro.

Los restaurantes y tiendas viven gracias a esa ingente cantidad de personas que carecen de un yo bien definido. Esta ausencia del yo es lo que nos ha llevado a migrar del consumo por necesidad de nuestros ancestros al consumo por placer de nuestros coetáneos.

El problema es, le decía al joven ejecutivo, que la gente se pasa la vida tratando de lograr la admiración de los otros, cuando lo que debemos buscar es hacer una vida que admiremos nosotros. El objetivo no es buscar eso que los demás llaman éxito...

¡El objetivo es hacer de nuestra vida un éxito!

1 comentario:

  1. CORRECTO...:"Para ellos el objetivo de la vida era hacer de su vida un éxito. Mientras que para nosotros el objetivo es alcanzar el éxito, sin importar si este hace de nuestra vida un éxito."

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