Las cosas no saben que existimos y, sin embargo, nos
afianzamos a la vida a través de las cosas. Estas no solo nos brindan un
sentido de identidad que nos aproxima o aleja de los demás, sino que además nos
dan un sentido de propiedad que nos afirma en ellas y en el mundo.
Desde la infancia hasta la vejez, las cosas, que no saben
que existimos, toman un papel relevante en nuestra vida. En ellas se nos van
muchos de los recursos que tan difícilmente ganamos y mucha de la energía que
tenemos, aun cuando el intervalo que estas ocupan en nuestro espacio tiempo es,
la gran mayoría de las veces, limitado. No porque no sean importantes, sino
porque nuestro interés muta con la edad.
Lo paradójico de esto es que esas cosas que vamos dejando atrás fueron las mismas que ayer nos desvelaron y agotaron, ya sea para ganarlas o para conservarlas. Y, sin embargo, las hemos dejado atrás como mañana dejaremos las que hoy tenemos y nos tienen.
Lo que coleccionas, te
colecciona.
Los seres humanos nos parecemos a
los hábitos y a las cosas que tenemos. Estás nos imaginan y semejan. Nuestros
ancestros dirían: conoce la cueva del león y sabrás como es el león.
Nuestras cosas tienen valor solo para nosotros. No es que estas carezcan de valor en sí mismas, sino porque el valor que nosotros les damos está mucho más allá de su valor como cosa-objeto, y lo está debido a que cada una de estas nos retrotrae a algo. Y si algo nos enseña la vida en el devenir de esta es que los recuerdos arrastran recuerdos.
Cierto que muchos pudieran pensar que lo que sentimos hacia ellas es apego, y sin duda lo es, pero también lo es el que estas nos afirman y reafirman en la vida y en uno mismo.
El hábitat, cosa que nosotros creamos y que al final nos habita, no solo nos es sustancial, sino que cuando diseñas este pensando en que sea un lugar que te acoja y construya, se convertirá, la gran de las veces, en un lugar salvífico. Por lo que es de suma importancia meditar de que cosas nos vamos a rodear porque estas terminaran construyéndonos o destruyéndonos, aun cuando no estemos conscientes de ello.
Líneas arriba decíamos que los seres humanos nos parecemos a los hábitos y a las cosas que tenemos, esto debido no solo a que lo que coleccionamos nos colecciona, sino que también nos coloniza. Una persona que todo lo que le rodea tiene que ver con la comida, la bebida y la fiesta, va a ser más que imposible que la colonización que estas hayan hecho de su ser y hacer no se note en el mapa de su mente, en la arquitectura de su rostro y en la geografía de su cuerpo. Lo mismo acaece con el deporte, el arte, la literatura, los libros, el ajedrez y toda esa suma de etcéteras que habitamos y nos habitan.
En la vida, todo lo que no suma,
resta.
Si la colección y los hábitos no
nos construyen, nos destruyen, lo que hará más que notorio la perdida de la
verticalidad de la mirada que poseen aquellos que coleccionan cosas que retan y
nutren su cerebro.
El mapa de la mente, la arquitectura del rostro y la morfología del cuerpo de una persona nos deja ver el nivel de actividad física y psíquica de la persona que tenemos enfrente. La razón por la que en el devenir de la vida vemos a algunos adultos mayores con un anacronismo estético que les hace verse muy bien física y mentalmente es, precisamente, por la intensa actividad física y mental que caracteriza su diario vivir.
En las antípodas encontramos a esos otros en los que lo único que notamos es una acusada ausencia de ideas prácticas y una abundancia de actos e ideas erráticas que les terminan generando una temprana arterioesclerosis del poder. Arterioesclerosis que no solo no les permite usar adecuadamente los recursos que poseen, sino que además les impele a impedir el que otros los usen.
El entorno te forma o te deforma,
pero jamás te deja igual.
Las cosas, ya una vez que las
habitas y te habitan, no solo te acercan o separan de los demás, sino que
además te pueden construir o destruir. Así, pues, la pregunta es: las cosas y hábitos
que posees y te poseen: ¿te llevan a la lenta o acelerada destrucción..., o a la
lenta y progresiva construcción?
Sócrates, quien fue un hombre que en vida tuvo muy pocas cosas. Cuando lo condenaron a morir vía la ingesta de la cicuta, les pidió a sus discentes que le llevarán a su celda la flauta más barata del mercado. Este, ya una vez que sus alumnos regresaban a sus actividades cotidianas, se abocaba a practicar una melodía de difícil ejecución.
Su carcelero que, ya había tenido
la oportunidad de convivir con varios condenados a muerte, asombrado ante la
calma de Sócrates y el esfuerzo que este hacía en practicar una y otra vez la
melodía. Le preguntó qué porque se afanaba tanto si en cuestión de días iba a
morir. A lo que este contestó: para que cuando me muera, me muera sabiéndola.
La flauta era, como todas las cosas, una cosa objeto. Sin embargo, este pidió
que le llevaran una cosa objeto que jamás había utilizado, aprovechando los
últimos días de su vida para aprender a hacer algo que le agregará valor a su
hacer y ser…, no para la inmortalidad, sí para él.
La superación y construcción van más allá del
éxito económico. Es una travesía personal en la que nos vamos construyendo a
través de las cosas que nos allegamos y de los habitamos que sembramos. Es un viaje que termina justo cuando
terminamos nosotros, ya sea porque hemos dejado de aprender o porque dejamos de
existir…
Nos corresponde a nosotros decidir y hacer.
Nos leemos en el siguiente artículo.