lunes, 21 de septiembre de 2026

Confianza o colonización.

Un tema común en las relaciones es el de la confianza. Exigimos, para poder brindar nuestra confianza, un nivel de transparencia que no estamos dispuestos a ofrecer, dado que hay reservas del ser que no queremos y no debemos compartir con nadie. Lo paradójico, no obstante, es que cuando la otra parte no muestra la transparencia que exigimos, le retiramos nuestra confianza sin detenernos a pensar en lo que hacemos nosotros.  

La transparencia que pedimos, pero que no ofrecemos ni poseemos es la disolución entre el dentro y el fuera, la correspondencia entre lo que se es y se aparenta. Lo que pedimos pues, para brindar nuestra confianza, es la desnudez del ser. Que el otro se muestre tal como es, sin ambages y sin dobles caras. La realidad, no obstante, es que los únicos que en estricto sentido muestran la desnudez de su ser son: los niños en cuanto a inocentes y los enfermos mentales. 

Nuestro exterior es el envoltorio de nuestro caos interior.
En la Abstracción participa un cofrade que constantemente nos conmina a que clarifiquemos nuestras afirmaciones con el fin de que todos entendamos lo mismo. Comento eso debido a que tal vez sería prudente que definiéramos que es exactamente lo que exigimos de la otra parte para que sea meritoria de nuestra confianza, ya que es posible que, sin estar del todo consciente, lo que realmente estemos buscando es colonizar su privacidad (conocer el todo del otro). Una privacidad que tanto la otra parte como nosotros tenemos derecho a guardar. 

Es menester analizarlo a profundidad, ya que lo más probable es que usted llegue a creer, lo que no va a hacer. Creer que está dispuesto a exponer la desnudez de su ser en aras de crear una relación en la que también pueda exigir lo mismo. Lo cierto, no obstante, es que el que usted lo haga no obliga a la otra parte a hacer lo mismo. Pregúntese si eso que ofrece es lo que la otra parte quiere y necesita, porque de no ser así, no se dará la correspondencia que busca.

La cortesía es el disfraz elegante de la mentira.
Como usted bien sabe, una vida sin mentiras es mentira. Y prueba de ello es lo mucho que nos mentimos a nosotros mismos, sobre todo cuando justificamos nuestro accionar o el de los nuestros (las cosas se explican, no se justifican). Cuando la realidad es que si fuéramos tan trasparentes como exigimos, no nos sería menester justificar nada. Las cosas las llamaríamos por su nombre y lo haríamos sin descalificarlas o demeritarlas, ya que entenderíamos y comprenderíamos que las cosas son. Así de simple.  

El derecho a la privacidad.
La otra parte posee el mismo derecho que tiene usted de salvaguardar parte de sus pensamientos y actos. Amén de que nadie posee la fuerza mental y la madurez psicológica para recibir la cruda verdad del otro o de los otros. Ni para decir lo que realmente pensamos o sentimos de las otras personas en determinadas situaciones. Para eso inventamos la cortesía, para mentirnos a nosotros y a los otros con un nivel de elegancia que no nos haga sentir mal, y mucho menos, mentirosos.

La confianza en la relación de pareja.
Recién tuve la oportunidad de comer con una gran amiga. Esta me comento que había tenido una diferencia con su pareja. Él le oculto que se había reunido con unos amigos para ir a un evento. Me explico que, al descubrirlo y hablar con él al respecto, le pregunto la razón por la cual le había ocultado algo tan inocuo. A lo que este contesto que porque no quería pleitos ni dramas. Ella le pidió que le dijera las cosas como son. Que prefiere conocer y lidiar con la realidad como es, que descubrirla y especular sobre las razones de la ocultación.

Me preguntó que por qué los hombres tendemos a esconder las cosas. Las razones, le dije, son múltiples. Lo primero que debes comprender es que las diferencias entre hombres y mujeres son inexorables, debido a que nada agrede más al hombre que el tener que dar razón de la totalidad de sus actos. Y nada desea más la mujer que tener conocimiento de todas las razones de estos. La mujer siente, cuando no tiene el todo de las razones de su pareja, que la relación no está bien, ya que lo que intrínsecamente busca y necesita es tener colonizado todo su ser.

Cierto es que el afán de colonización es inversamente proporcional a la seguridad de la persona. Entre más insegura es una persona (hombre o mujer), mayor será la necesidad de saber el todo del otro. No obstante, el afán de colonizar es más constante en la mujer que en el hombre. Esta en su estructura antropológica.

La segunda razón por la que el hombre oculta las cosas es el drama. Para explicar esta parte le pregunté si con anterioridad le había hecho drama o si había recurrido a la persuasión emotiva (chantaje emocional) ante algo en lo que se hubiese sentido excluida o no tomada en cuenta. Me contesto que no, que solo le había dicho gracias por incluirme en algo que no la había incluido.

Le hice ver que si hay algo con lo que el hombre no puede, es con el drama. Lo que menos desea es tener problemas con la mujer que duerme. Amén, claro está, y aquí entramos a la tercera razón, es que una de las cosas que más teme el hombre de su mujer es, su portentosa memoria (espacio en el que las cosas ocurren más de una vez).

La mujer, dada su naturaleza, necesita hablar muchas veces de lo que siente, aun cuando ese sentir allá pasado hace mucho (en su memoria vuelve pasar una y otra vez). Es por lo que siente una ingente necesidad de hablar las cosas. Un hablar que, huelga decirlo, él entendió desde la primera vez, pero que ella necesita expresar una multiplicidad de veces para poder procesarla en su interior. Y espera que él, en ese proceso, la escuche con atención real, no figurada, aun cuando sea la décima ocasión que le expone el tema.

La pregunta es: ¿Quisiera ella saber lo que piensa él de eso o preferiría la diplomática cortesía que oculta la verdad? La pregunta es válida en todos los ámbitos de las relaciones humanas. ¿Realmente queremos saber lo que nuestra pareja, hijos, familiares, socios y amigos opinan de nosotros en determinados momentos? ¿Poseemos la fortaleza de mente para aceptar la realidad tal como es, sin que ello implique que descalifiquemos al otro o demeritemos lo que nos dice? ¿No será preferible ignorar intencionalmente algunas cosas que, si pasan, no pasa nada?

El peso de la idealización.
Es posible que una mujer que este profundamente enamorada de su novio, llegue a contemplar el suicidio ante la pérdida de una relación en la que había cifrado todas sus esperanzas, no obstante, es poco factible que una esposa contemple dicha posibilidad ante la pérdida de su esposo. Ya que una cosa es la irrealidad magnificada de lo soñado y otra la realidad de lo vivido. Lo vivido nos ayuda a conocer, aceptar y digerir los límites del otro. Limites que lo hacen tan humano como nosotros.

Antes de hablar de confianza definamos hasta donde estamos dispuestos a invadir o salvaguardar la privacidad de la otra parte para brindarle nuestra confianza y hasta donde esté dispuesta la otra parte a compartir esos rincones de su ser que desea preservar para sí, ya que, de no hacerlo, nuestras relaciones van a ser, en todos los ámbitos del ser humano, difíciles y conflictivas.

Y la segunda cosa que debemos hacer es preguntarnos que buscamos: ¿Compartir parte de nuestra vida con el otro o colonizarlo? Me queda claro que hay personas que son como el desierto… Por mucho que caminemos con ellas no vamos a llegar a la tierra prometida. Son desierto. Pero hay otras que valen la pena y que, en nuestro afán de colonizarlos, podemos, sin darnos cuenta, incentivar su independencia.

Si algo nos ha enseñado la historia es que todos los seres humanos, al ser colonizados, se independizan. Unos antes, otros después, pero se independizan…
 

No vaya a ser que por nuestro afán de colonizar perdamos eso, que en teoría, tanto amamos.

Nos leemos en el siguiente artículo.

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