Un tema común en las relaciones
es el de la confianza. Exigimos, para poder brindar nuestra confianza, un nivel
de transparencia que no estamos dispuestos a ofrecer, dado que hay reservas del
ser que no queremos y no debemos compartir con nadie. Lo paradójico, no
obstante, es que cuando la otra parte no muestra la transparencia que exigimos,
le retiramos nuestra confianza sin detenernos a pensar en lo que hacemos
nosotros.
La transparencia que pedimos,
pero que no ofrecemos ni poseemos es la disolución entre el dentro y el fuera,
la correspondencia entre lo que se es y se aparenta. Lo que pedimos pues, para
brindar nuestra confianza, es la desnudez del ser. Que el otro se muestre tal
como es, sin ambages y sin dobles caras. La realidad, no obstante, es que los
únicos que en estricto sentido muestran la desnudez de su ser son: los niños en
cuanto a inocentes y los enfermos mentales.
Nuestro exterior es el envoltorio
de nuestro caos interior.
En la Abstracción participa un
cofrade que constantemente nos conmina a que clarifiquemos nuestras
afirmaciones con el fin de que todos entendamos lo mismo. Comento eso debido a
que tal vez sería prudente que definiéramos que es exactamente lo que exigimos de
la otra parte para que sea meritoria de nuestra confianza, ya que es posible que,
sin estar del todo consciente, lo que realmente estemos buscando es colonizar su
privacidad (conocer el todo del otro). Una privacidad que tanto la otra parte
como nosotros tenemos derecho a guardar.
Es menester analizarlo a profundidad, ya que lo más probable es que usted
llegue a creer, lo que no va a hacer. Creer que está dispuesto a exponer la
desnudez de su ser en aras de crear una relación en la que también pueda exigir
lo mismo. Lo cierto, no obstante, es que el que usted lo haga no obliga a la
otra parte a hacer lo mismo. Pregúntese si eso que ofrece es lo que la otra parte
quiere y necesita, porque de no ser así, no se dará la correspondencia que
busca.
La cortesía es el disfraz
elegante de la mentira.
Como usted bien sabe, una vida
sin mentiras es mentira. Y prueba de ello es lo mucho que nos mentimos a nosotros
mismos, sobre todo cuando justificamos nuestro accionar o el de los nuestros (las
cosas se explican, no se justifican). Cuando la realidad es que si fuéramos tan
trasparentes como exigimos, no nos sería menester justificar nada. Las cosas
las llamaríamos por su nombre y lo haríamos sin descalificarlas o demeritarlas,
ya que entenderíamos y comprenderíamos que las cosas son. Así de simple.
El derecho a la privacidad.
La otra parte posee el mismo
derecho que tiene usted de salvaguardar parte de sus pensamientos y actos. Amén
de que nadie posee la fuerza mental y la madurez psicológica para recibir la cruda
verdad del otro o de los otros. Ni para decir lo que realmente pensamos o
sentimos de las otras personas en determinadas situaciones. Para eso inventamos
la cortesía, para mentirnos a nosotros y a los otros con un nivel de elegancia
que no nos haga sentir mal, y mucho menos, mentirosos.
La confianza en la relación de
pareja.
Recién tuve la oportunidad de
comer con una gran amiga. Esta me comento que había tenido una diferencia con
su pareja. Él le oculto que se había reunido con unos amigos para ir a un
evento. Me explico que, al descubrirlo y hablar con él al respecto, le pregunto
la razón por la cual le había ocultado algo tan inocuo. A lo que este contesto
que porque no quería pleitos ni dramas. Ella le pidió que le dijera las cosas
como son. Que prefiere conocer y lidiar con la realidad como es, que
descubrirla y especular sobre las razones de la ocultación.
Me preguntó que por qué los
hombres tendemos a esconder las cosas. Las razones, le dije, son múltiples. Lo
primero que debes comprender es que las diferencias entre hombres y mujeres son
inexorables, debido a que nada agrede más al hombre que el tener que dar
razón de la totalidad de sus actos. Y nada desea más la mujer que tener
conocimiento de todas las razones de estos. La mujer siente, cuando no tiene el
todo de las razones de su pareja, que la relación no está bien, ya que lo que
intrínsecamente busca y necesita es tener colonizado todo su ser.
Cierto es que el afán de colonización es inversamente proporcional a la
seguridad de la persona. Entre más insegura es una persona (hombre o mujer), mayor será
la necesidad de saber el todo del otro. No obstante, el afán de colonizar es
más constante en la mujer que en el hombre. Esta en su estructura antropológica.
La segunda razón por la que el hombre oculta las cosas es el drama. Para
explicar esta parte le pregunté si con anterioridad le había hecho drama o si
había recurrido a la persuasión emotiva (chantaje emocional) ante algo en lo
que se hubiese sentido excluida o no tomada en cuenta. Me contesto que no, que
solo le había dicho gracias por incluirme en algo que no la había incluido.
Le hice ver que si hay algo con
lo que el hombre no puede, es con el drama. Lo que menos desea es tener
problemas con la mujer que duerme. Amén, claro está, y aquí entramos a la
tercera razón, es que una de las cosas que más teme el hombre de su mujer es, su
portentosa memoria (espacio en el que las cosas ocurren más de una vez).
La mujer, dada su naturaleza, necesita hablar muchas veces de lo que siente,
aun cuando ese sentir allá pasado hace mucho (en su memoria vuelve pasar una y
otra vez). Es por lo que siente una ingente necesidad de hablar las cosas. Un
hablar que, huelga decirlo, él entendió desde la primera vez, pero que ella
necesita expresar una multiplicidad de veces para poder procesarla en su
interior. Y espera que él, en ese proceso, la escuche con atención real, no
figurada, aun cuando sea la décima ocasión que le expone el tema.
La pregunta es: ¿Quisiera ella
saber lo que piensa él de eso o preferiría la diplomática cortesía que oculta
la verdad? La pregunta es válida en todos los ámbitos de las relaciones
humanas. ¿Realmente queremos saber lo que nuestra pareja, hijos, familiares,
socios y amigos opinan de nosotros en determinados momentos? ¿Poseemos la fortaleza
de mente para aceptar la realidad tal como es, sin que ello implique que descalifiquemos
al otro o demeritemos lo que nos dice? ¿No será preferible ignorar
intencionalmente algunas cosas que, si pasan, no pasa nada?
El peso de la idealización.
Es posible que una mujer que este
profundamente enamorada de su novio, llegue a contemplar el suicidio ante la
pérdida de una relación en la que había cifrado todas sus esperanzas, no
obstante, es poco factible que una esposa contemple dicha posibilidad ante la
pérdida de su esposo. Ya que una cosa es la irrealidad magnificada de lo soñado
y otra la realidad de lo vivido. Lo vivido nos ayuda a conocer, aceptar y
digerir los límites del otro. Limites que lo hacen tan humano como nosotros.
Antes de hablar de confianza definamos hasta donde estamos dispuestos a invadir
o salvaguardar la privacidad de la otra parte para brindarle nuestra confianza y hasta donde esté dispuesta la otra parte a compartir esos rincones de su ser
que desea preservar para sí, ya que, de no hacerlo, nuestras relaciones van a
ser, en todos los ámbitos del ser humano, difíciles y conflictivas.
Y la segunda cosa que debemos hacer es preguntarnos que buscamos: ¿Compartir
parte de nuestra vida con el otro o colonizarlo? Me queda claro que hay
personas que son como el desierto… Por mucho que caminemos con ellas no vamos a
llegar a la tierra prometida. Son desierto. Pero hay otras que valen la pena y que,
en nuestro afán de colonizarlos, podemos, sin darnos cuenta, incentivar su independencia.
Si algo nos ha enseñado la
historia es que todos los seres humanos, al ser colonizados, se independizan.
Unos antes, otros después, pero se independizan…
No vaya a ser que por nuestro afán de colonizar perdamos eso, que en teoría, tanto amamos.
Nos leemos en el siguiente artículo.