Las contradicciones, por definición, no existen. No es posible ser y no ser al mismo tiempo, no obstante, nos es menester reconocer que la contradicción es coesencial a la naturaleza humana, debido a que nuestra estructura es Hile-Mórfica (Hyle -materia; Morphé -espíritu). La materia nos conduce hacia los apetitos y afectos sensibles (en ese orden), y el espíritu, al vector contrario. Y es en este constante conflicto entre razón y entrañas que vivimos el día a día.
Si algo nos ha enseñado la antropología es que las entrañas siempre ganan. Y si bien es cierto que una mente educada las puede dirigir y contener, también lo es el que no las puede desaparecer. De tal suerte que éstas, listas y atentas a cualquier oportunidad del entorno, aprovecharán cualquier flaqueza de la mente para salir a flote y llevar a su huésped a la acción. Ya vendrá después el arrepentimiento, que puede ser temporal o de palabra. El primero nos llevará a la intermitente reiteración y el segundo a la constante consumación.
Usted me podrá decir que es ilógica esta afirmación, y tiene razón, lo es, pero los seres humanos somos incongruentes y alógicos. Y si no me cree, pregúntese cuantas cosas hace a sabiendas de que no las debe de hacer y cuantas las hace regodeándose en ellas. Le puedo asegurar que son muchas. Y no es que usted no sepa que no las debe hacer. Lo sabe, pero las entrañas lo llevan a ellas en la primera oportunidad o flaqueza de su mente y de su voluntad.
La explicación no justifica la acción.
Los seres humanos somos, pues, contradicción
hecha carne. Esto, huelga decir, no nos excusa para dejarnos llevar por los apetitos de la materia, pero si nos hace patente que el
conflicto entre entrañas y razón es, además de intenso, constante. Y que aún a
sabiendas de que nuestro andar es a contrasentido, debemos hacer todo lo
posible por gobernar lo que somos para que lo que somos no nos gobierne a
nosotros. Tarea que, no se preocupe, dura toda la vida.
El tema obedece a que en las últimas sesiones de la Abstracción hemos discutido
abiertamente este punto (razón – entrañas), debido a que un miembro de ella
puso sobre la palestra un tema personal para análisis y debate. Lo puso no con
el ánimo de hacer público lo privado (cosa que la gente hace en las redes
sociales), sino para nutrirse del análisis reflexivo de sus cofrades. Y lo hizo
a sabiendas de que la reflexión constante de aquello que demandan las entrañas
es lo que más ayuda a contenerlas, sobre todo cuando esta se hace con una
lógica contundente.
Un día sin ayer.
En la vida de los seres humanos
solo puede haber dos días sin ayer: El día que nace (literal) y el día que
conoce a su otredad (figurativo). Como el lector ya puede educir, el caso gira
en torno su pretendida otredad. O, por lo menos, a la mujer que él considera o consideraba su
otredad. El caso, para no entrar en detalles, giro en torno a la viabilidad o
inviabilidad de la relación. No por la ausencia de ganas de las partes (entrañas), sino por las diferencias psicosociales de estas (mente).
Ella pone como condición una casa que está, a juicio de él, más allá de las necesidades materiales de ambos (pareja sin hijos en casa). Una casa de cuatro o cinco habitaciones, doble sala y demás menesteres propios de una intensa vida social. Ella, fiel a sus necesidades sociales, le hizo saber que no se podría ir a vivir a una casa que este, en tamaño y espacio, por abajo de la que ya tiene.
No se trata de juzgar si la razón está del lado de ella o de él, ya que cada uno tiene diferentes ambiciones y necesidades. Él, eremita con una vida social que no va más allá de los círculos intelectuales con los que interacciona, propone un hábitat propio a su oficio y edad. Ella, aunque coetánea, necesita más. Uno demanda solitud, el otro, aparador.
De aquellos polvos, estos lodos.
Gabriel García Márquez era
indigente en Paris. Pedía limosna afuera del Metro y de vez en vez se subía a
los vagones del Metro a cantar para recolectar algunas monedas. Vivió, como la
gran mayoría de los escritores y de la gente de cualquier oficio, días de penurias
extremas, no obstante, nunca dejo de escribir. Y si bien es cierto que sus
novelas no le daban para vivir ni para pagar la renta, también lo es que su
esposa siempre estuvo ahí, invirtiendo con su tiempo, comprensión y apoyo. Lo
demás es historia. Cien años de soledad fue y es un éxito mundial y le genero
dinero a raudales.
Ella y él llegaron a la relación como inversores, no como cobradores. Tan es así que cuando llego el dinero, él siempre estuvo ahí para disfrutar con ella y sus hijos el trabajo de los dos. En conclusión, no todas las parejas son parejas. Unas llegan para invertir y otras para cobrar.
Encontrar tu otredad es encontrar
tu segundo día sin ayer. Es encontrar a ese otro u otra con la que sientes que
tu historia empieza de cero. Historia que construyen juntos para formar un
nuevo amanecer. Estas parejas alcanzan tal plenitud en su relación que cuando
una de las partes llega a faltar, la otra se disminuye sensiblemente.
En las parejas en donde el motor de una o de ambas partes es cobrar, el
deterioro se deja notar: una parte se envejece y la otra se frustra. Y cuando llega
a faltar una de ellas (sin importar cuál de las dos), la otra no solo se
rejuvenece, sino que, además, se revitaliza y vuelve a sonreír.
El otro nunca te miente, te
mientes respecto al otro.
De nuevo, el tema no es definir quién
tiene la razón (cada parte defiende lo que le es esencial), sino entender que lo
que nos engaña es la piel. Las entrañas te dicen que ahí es. Y la razón te dice que
lo es en lo físico, pero no en lo psíquico. El otro no te está engañando, tus
entrañas te están engañando respecto al otro.
Si partimos de la premisa de que el secreto de todo está en el origen, pregúntese:
cual es la razón primera y última que me lleva a esa relación. Si es la piel,
va a terminar por fenecer (el instinto se satisface al consumarse). Si es la
razón, también. Debe haber un sano equilibrio entre piel y razón. Ya que si
bien es cierto que el amor que no se escribe en la piel es poesía, también lo
es que cuando solo hay piel, la razón se desespera y huye.
¿Llegas a esa relación para invertir con tiempo, apoyo y comprensión en lo que
él otro es? ¿Llega ese otro como inversor o como cobrador? Ambos
roles salen a flote muy rápido. A uno le corresponde decidir si deja llevar por
las entrañas o si se da el tiempo para buscar o coincidir con ese otro u otra
que además de piel y razón, es Inversor.
Es importante donde vas a vivir. Lo es más, el con quien vas a vivir.
Nos leemos en el siguiente artículo.