sábado, 3 de febrero de 2018

Las verdades a medias.

En artículos anteriores explicábamos que una vida sin mentiras es mentira. Mentimos todos los días, todo el día. Nos mentimos a nosotros mismos, a los nuestros y a los demás. Algunas de las mentiras las decimos conscientemente (con la intención de mentir), otras ni siquiera nos damos cuenta de ellas ya que son mentiras que pertenecen al combés de lo social.

Las mentiras sociales, las más frecuentes de todas, son las que tienen que ver con la cortesía (disfraz elegante de la mentira), y la razón por la cual no nos sentimos mal con estas mentiras es debido a que la cortesía es una mentira socialmente aceptada. La cortesía es la que nos lleva a preguntarle por su salud y bienestar a ese no nos importa en absoluto: ¿cómo estás? ¿Cómo te ha ido? Qué sorpresa. Qué gusto verte… Y así como estas, un sinfín de cosas más.  

En la gran mayoría de los casos el otro nos es totalmente ajeno, si le pasa o le deja de pasar, a nosotros nos tiene sin cuidado ya que no tenemos con él más vínculo que la azarosa casualidad de haber coincidido con él en alguna fugaz y efímera circunstancia social, laboral o del tipo que sea. Cierto que ocasiones algunas de esas circunstancias llegan a algo más, pero ahí si hay interés, en las otras no.

Existe, no obstante, otra modalidad de mentira que la sociedad y la moral dicen sancionar -lo cual no es cierto, ya que si algo se tiene que decir, es porque no es. Esta otra modalidad de mentira, común en nuestra cultura, sociedad y quehacer biográfico es la de las verdades a medias. Las verdades a medias son de uso frecuente y se encuentran en todos los ámbitos del ser, empezando, como no, por la religión.

La religión hace uso de la metáfora (traslación del correcto significado de una cosa a otra figurada) para explicar lo que dios nos quiere decir. Por supuesto que cabe preguntarnos como le hacen los burócratas de ultratumba para hablar con dios, sin embargo el tema de este artículo es el de las verdades a medias, por lo que dejaremos los canales de comunicación de esos iluminados para postrer ocasión.  

La metáfora es una herramienta que tiene como fin brindarle un poco de sosiego a ese que no tiene en sí mismo las herramientas para enfrentar la realidad, ya sea porque no las ha desarrollado o porque genéticamente carece de ellas. Esto último, en estricto sentido, es poco probable.

La realidad es un instrumento modificador que perfecciona al hombre que no rehúsa vivirla. La realidad siempre rebasa todo que hemos aprendido y negarse a ella es negarse a sí mismo. Lo paradójico es que siendo esta inevitable, poco nos educan para lidiar con ella. Al contrario, nos enseñan a ignorarla, privándonos con ello del derecho de adquirir con dolor, las herramientas que se requieren para digerir y dirigir la realidad.

A nuestros padres se les olvido, y a nosotros de adultos también, que la paz difícilmente llega sin descender a los abismos que nos fructifican. Si para algo sirve la inteligencia es para entender que el orden de la acción es el orden de la transformación, y en esto siempre hay sufrimiento.

Debido a este enorme miedo que tenemos a la realidad y al dolor que está en ocasiones suele regalarnos, es que hacemos uso de la metáfora para mitigarla, sin darnos cuenta de que lo que estamos haciendo es deformar nuestra mente y la mente del otro, lo que ineluctablemente nos llevará a deformar la realidad. La metáfora forma mentes infantiles. Mentes, que sin importar la edad que tengan, aprenden a vivir esperando lo inesperable.

Gracias al constante uso de la metáfora en la des-educación de las personas, es que los juegos de azar, loterías, casinos y demás menesteres como las sociedades anónimas (sean o no de capital variable), tienen tanto mercado, aun cuando un mínimo de lógica dicte lo contrario.

La metáfora es una verdad a medias que muestra y recrea solo una parte de la realidad. No obstante la metáfora, cuando se usa y explica bien, no solo le ayuda al otro a entender la realidad tal como es, sino que además le permitirá digerirla y dirigirla. Sirva como ejemplo la siguiente metáfora: Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?

La metáfora, así como esta, sin explicarla, sin complementarla, es una verdad a medias que se circunscribe a mostrar una muy acotada parte de la realidad, lo que inevitablemente formará en la mente de aquel que la acepte como está escrita, una realidad que lo llevará al engaño. Cierto que usted podrá pensar que nadie en su sano juicio puede vivir esperando lo inesperable, sin embargo la realidad es que la gran mayoría vive así… Esperando lo inesperable: ya cambiará; dale tiempo; si dios quiere; todo va a salir bien y una suma de etcéteras más.

Lo correcto, si usted es creyente, sería explicarle a los suyos el objetivo de la metáfora, pero sin dejar de complementarla con la otra parte de la realidad, pues si bien es cierto que las aves no siembran, ni siegan ni recogen en graneros, también lo es que estas se juegan la vida día a día para recoger el alimento que necesitan, y a estas nadie les dice que habrá un padre celestial que va a ver por ellas para que no sean víctimas de esa otra ave de presa o rapaz que no está haciendo nada más que proveerse del alimento que necesita ella y los suyos.

La metáfora, bien entendida, tiene como objetivo lograr que el oyente haga conciencia del valor real de las cosas y que nos las sobredimensione. Que si bien es cierto que tiene que trabajar para lograr las cosas, también lo es el hecho de que hay cosas que por obvias las deja de pensar y aquilatar, pues son esas cosas que al ser tan común en nosotros, se valoran solo cuando no están: como por ejemplo la salud, la vida, la visión y muchas cosas más.

La metáfora, cuando se aplica y explica bien, deja de ser una verdad a medias. Una verdad que en ningún momento pretende que el otro deje de trabajar o que se dedique solo a pedir y esperar los sobornos de dios, de la sociedad o de la sociedad anónima en la que supuestamente trabaja, esperando que ese fabuloso Sinaí le provea a él y a los suyos de todo lo que necesita.

No obstante el hombre Masa, ese que imagina pero no piensa, al recibir la metáfora sin la debida explicación y complementación de la verdad, se tranquilizará pensando que dios de alguna manera proveerá lo de él y los suyos eximiéndolo de su genuina responsabilidad. La metáfora, en este caso, lleva al no pesante a  la inacción, haciendo de él un parásito social que siente (y está convencido de ello) que los otros (dios, sociedad anónima y sociedad en general) son responsables de él. 

Desafortunadamente las metáforas son muy socorridas en el cristianismo/catolicismo y por ende en occidente. Hay un mayor uso de ellas en la cultura latina que en la sajona. El Protestantismo, aun cuando hace uso de ellas, las complementa y explica. Y si bien es cierto que no las clarifica del todo, también lo es que el daño no es de la magnitud que se da en el catolicismo, ya que el protestantismo le da un muy alto valor al trabajo duro y al ahorro, cosa que en nuestra latinidad no existe, por lo menos no al nivel del protestantismo.

Las verdades a medias de la sociedad.
En otro artículo explicábamos que la verdad es un conjunto de mentiras repetidas hasta el infinito por un infinito de generaciones, hasta que poco a poco va surgiendo otro conjunto de mentiras que se repetirá hasta el infinito a un infinito de generaciones y así sucesivamente…

Pues con las verdades a medias pasa lo mismo. A cada generación le venden un conjunto de verdades a medias que no tienen otro fin más que el de distorsionarles la realidad, al tiempo que les venden un cúmulo de utopías que les hacen creer que la sociedad evoluciona y avanza. Lo cual es cierto. Cada generación vive, en cuanto a herramientas y servicios, mejor que la anterior, pero eso no quiere decir que la sociedad, formada por un ligado de individuos con una misma cultura, sea mejor que la precedente. Al contrario, cada generación es más débil que la anterior.

Un ejemplo de estas verdades a medias es el de la discriminación…
Recién asistí a una cena en la que el hijo de uno de los contertulios me preguntó que si le podía ayudar con una investigación que tenía que hacer sobre la discriminación, debido a que tenía que presentar un ensayo al respecto. Le comenté, en mis cinco minutos de cinismo (habrá quien diga que son meses enteros), que entendía a la perfección el objetivo de lo que le habían pedido en la universidad, pero que me era menester confesarle que poco podía ayudarle en ese tema y que lo poco que le podía ayudar, no le iba a servir de mucho, ya que yo estaba a favor de la discriminación.

La polémica no se hizo esperar, tanto él como los tertulianos que estaban a mí alrededor, reaccionaron de inmediato. No obstante lo que más llamó mi atención es que dentro del grupo había un buen número de coetáneos que se sintieron tan indignados como el joven en cuestión.

Uno pensaría que es normal que los jóvenes de ese estrato socioeconómico, que no conocen otra realidad más que la idílica realidad que sus padres les han brindado, se sintieran ofendidos con mi respuesta, ya que la burbuja de verdades a medias en la que están inmersos no les permite ver el mundo real. Sin embargo, el que los adultos, que en más de una ocasión la vida les ha dado algunos toques de realidad, se indignen por mi comentario, es inconcebible, ya que todos, sin excepción, practicamos la discriminación.

La selección es el disfraz elegante de la discriminación.
Todos, sin importar la cultura en la que hayamos crecido, somos selectivos. Y toda selección es una discriminación, por lo que en estricto sentido no habría porque incomodarse. El hecho es que como no nos gusta llamar a las cosas por su nombre, nos incomoda el que alguien lo haga, pero eso no quiere decir que no profesemos lo que decimos repudiar.

En un artículo que escribí sobre liderazgo, decía que el líder debe tener la capacidad de reprobar en público lo que profesa en privado. Pues en el ámbito social pasa lo mismo. Debemos, de cara a la sociedad, repudiar genuinamente las insultantes manifestaciones de discriminación que en esta se dan, ya que no es menester insultar al otro para sepáranos de él. El insulto habla de miedo. De un miedo enorme de que ese otro sea y pueda más que nosotros, sino no lo atacaríamos.  

La gente solo ataca y destruye aquello que admira y necesita y no puede tener…
Algo del otro, ya sea su coraje, su poder adaptación, su cinismo (he aquí mi proyección), su cercanía o distancia social… Algo en especial es lo que nos hace atacarlo y lo atacamos porque tememos ese algo que no queremos llevar a la razón. Si lo lleváramos a la razón, lo aceptaríamos tal como es, ya que de inmediato nos daríamos cuenta de que eso que tiene él y no tengo yo, se completa y complementa con lo que tengo yo y no tiene él.

Así pues, todos ejercemos la discriminación, aun cuando socialmente lo neguemos, pero una cosa es ser selectivo y discriminar de nosotros a aquellos que no nos gustan, y otra muy distinta insultar al otro. Estoy en contra del insulto, pero no en contra de la discriminación. Esta no tiene por qué ser ofensiva. Es natural. Alejémonos con decoro de aquellos que no nos gustan, y reconozcamos el derecho que tienen de alejarse de nosotros aquellos a los que nos les gustamos.  

El amor: una verdad a medias.
El amor no es como las novelas y películas de amor. Todo lo que se ve o se lee en ellas no es más que una verdad a medias. Estas lo único que hacen es presentarnos una realidad distorsionada, la cual inevitablemente terminará afectando la relación que tenemos con nuestra pareja, sobre todo si somos de esos románticos empedernidos que poco / nada nos asomamos a la realidad.

La relación de pareja no es otra cosa más que la cohabitación de dos sistemas nerviosos y de dos biografías disímbolas. Cierto que el instinto ayuda, pero ya una vez satisfecho el instinto, lo que sigue es realidad.

En otros artículos he explicado que la primera premisa antropológica que nos debieran enseñar y explicar a detalle es que en la vida nadie quiere lo que tú quieres y el que quiere lo que tú quieres, no lo quiere como tú lo quieres… Y si en algún lugar se vive esto día a día es en la relación de dos y más si estos dos son pareja.    

Me queda claro que eso de engañarnos a nosotros mismos es tan natural como respirar, amén, claro está, que es de las primeras cosas que nos enseñan nuestros amadísimos padres. Por supuesto que estos se escudan en la inocencia de la infancia para crearnos distorsiones de la realidad que, según ellos, nos van a hacer un bien: santa claus,  los reyes magos, las hadas, y cuantos dioses y divinidades nos regalan, hasta que poco a poco nos va alcanzado la realidad.

Por supuesto que en ese inter vamos aprendiendo algo que ni ellos ni nosotros hemos llevado a la razón: a esperar lo inesperable…, lidiando al mismo tiempo con la exigencia de nuestros padres, tutores, socios y patrones para que logremos los resultados que se esperan de nosotros.

Es así, gracias a estas verdades a medias con las que crecemos, que lentamente y casi sin darnos cuenta, vamos aprendiendo a mostrarnos no como realmente somos, sino como creemos que los demás desean que seamos, o, en el mejor de los casos, como nos gustaría ser.

Esto, a la postre, es lo que ha hecho de nosotros unos seres difusos, profusos y confusos. Especialmente en lo que concerniente al logro de nuestros objetivos.

Por favor analícese a usted mismo. Descubrirá que muy rara vez va directo a sus objetivos. La realidad es que lo que hace es dar mil y un rodeos antes de llegar al objetivo. Se acerca y se aleja constantemente de él, hasta que un día, como por error, como no queriendo la cosa, llega a él… Y todo gracias a que nos mentimos y mentimos tanto como respiramos y vivimos.

En este juego de verdades a medias, preferimos una mentira que nos haga feliz que una verdad que nos amargue la vida.

Regresemos, para ilustrar lo anterior, al tema de las parejas.
Infinidad de relaciones en las que el único motor que los llevo a estar como pareja fue el sexual, pero como no está bien visto que ese sea el motor ni tampoco que te le acerques a una persona para decirle que te agrada y que deseas estar sexualmente con ella, disfrazas el acercamiento de enamoramiento o amor, hasta que eso que te llevo a esa persona termina convirtiéndose en una relación de pareja a ojos de uno mismo y de los demás.

A estas parejas no les queda otra más que hablarse con la verdad o decirse todos los días verdades a medias que les permitan seguir funcionando como pareja, aun cuando en el fondo ambos saben que se están mintiendo, diciéndose verdades a medias que encubren la realidad que no quieren ver.

Cierto que es difícil mostrarnos tal como somos ya que siempre hay alguna cosa que debemos ocultar para poder estar con los demás, como nuestro temperamento o nuestras verdaderas intenciones, sin embargo la realidad es que la realidad, nos mostremos o no como somos, nos va a alcanzar.

Veamos otro ejemplo: el de la ropa.
Otro ejemplo de una verdad a medias es la ropa que usamos. Nos vestimos de acuerdo al personaje que hemos creado de nosotros mismos, personaje que, obviamente, no obedece a lo que somos sino a lo queremos que los otros crean que somos.

En las ciudades, lugares donde la gente vive fuera de su casa y no dentro de ella, nos vestimos para aparentar lo que no somos, para vestir al personaje que nos hemos inventado y que pensamos que es el más útil para lograr lo que superficialmente queremos, porque lo del fondo, es decir, lo que realmente queremos, ni siquiera nos atrevemos a verbalizarlo.

La ropa es una herramienta que usamos para proyectar una idea distorsionada de nosotros mismos. Esto es más notorio en los adolescentes y en los corporativos de negocios. A todos nos han dicho la frase de que como te ven te tratan… Lo cual es una verdad a medias. Lo ideal sería que le explicáramos a la gente que sí: como te ven te tratan…, pero solo al principio, ya una vez que abres la boca, te tratan en función de lo que salga de ella.

Así en la cultura judeocristiana en la que crecimos los latinos, las verdades a medias son parte inherente de nuestra forma de ser, sin darnos cuenta de que estas, al no analizarlas y explicarlas correctamente, nos han deformado la realidad y con ella nuestra oblicua forma de ser, decir y hacer las cosas.

Pudiéramos empezar por analizar nuestras verdades a medias para direccionar nuestro quehacer biográfico e inmediatamente después el de los demás. Esos demás que sin nuestros demás: padres, pareja, hijos y demás etcéteras de nuestros acontecer biográfico.


Nos leemos en el siguiente artículo. 

domingo, 7 de enero de 2018

Los actos inútiles.

Los seres humanos estamos llenos de actos inútiles. La gran mayoría de ellos inconscientes, pero algunos de ellos, los más dolosos, conscientes. La realidad de las cosas es que todos nosotros hacemos un sinfín de cosas que sabemos que no debemos hacer y sin embargo no regodeamos haciéndolas. Estas cosas son, a todas luces, actos inútiles.

Recién me preguntaba un empresario que está próximo a la sucesión dinástica: ¿cómo le hago para que mis hijos entiendan que la gran mayoría de las cosas que hace son actos inútiles? Mi respuesta fue tacita: educación, tiempo y constancia.

El empresario arriba mencionado se encuentra en la grave disyuntiva de elegir a su sucesor…
Y como todos sabemos, en una sucesión, si te equivocas de elección, equivocas todo.

En el caso que nos compete la disyuntiva esta entre dos de sus hijos y un tercero, razón por la cual acudió a mí en busca de consejo. No obstante tiene tiempo, ya que la sucesión se dará en un intervalo no mayor a dos años y en dos años pueden acaecer muchas cosas.

La sucesión dinástica.
Es importante entender que cuando se está en la recta final del camino, resulta muy amargo descubrir que no hemos llevado de la mano a nadie que pueda continuar lo que iniciamos años atrás. El instinto de reproducción no se centra exclusivamente en la ingente necesidad de inmortalizar nuestro potencial genético, sino también en la de perpetuar nuestro punto de vista intelectual. De hecho, en un ser pensante, este pesa más que el anterior.

La realidad es que cuando estamos en la recta final sentimos una enorme necesidad de trasmitir -por ese sentido de inmortalidad que llamamos trascendencia-, los conocimientos que hemos ido acumulando en el devenir de nuestra vida. Y en ningún acto de nuestra vida es más palpable esto que en la sucesión dinástica. Es por ello que en ésta nos son mucho más importantes las neuronas que los genes. Siempre será preferible suceder lo hecho a una persona inteligente, aun cuando no sea de nuestra sangre, que a un hijo incapaz que heredo en la lotería genética los genes del cuñado idiota.

Me es menester hacer un paréntesis para explicarme ante los puristas y moralistas. Todos tenemos un cuñado idiota. Es ese al que le preguntas cuanto es dos más dos y requiere más datos. Observe a sus hermanos. Es probable que alguno de ellos sea el futuro cuñado idiota de alguien, así que por favor ya no se enoje con él. Al contrario. Sea tolerante y comprensivo ya que él será su postrer aportación a la sociedad… Va a ser el cuñado idiota de alguien. Cierro paréntesis.

En el caso que nos compete, al empresario en cuestión desea decantarse por uno de sus hijos que tiene una especialización en finanzas, al tiempo que su asesor financiero, a la que coloquialmente llama esposa, desea que la sucesión decaiga en otro de los hijos, precisamente en el que se parece al cuñado idiota.

Sirva esto para demostrar que más allá de las capacidades, son los genes los que nos hacen agotar al máximo las posibilidades de suceder lo hecho en nuestros hijos, sin embargo, es aquí, en la sucesión, donde nos damos cuenta que lo que hicimos con nuestros hijos fue instruirlos o capacitarlos, pero no educarlos, no en la misma medida en la que se les instruyo o capacitó.

Lo paradójico de esto es que por lo general educamos más a los ajenos que los propios. A los propios los toleramos, a los ajenos les exigimos. Amén de que nuestros hijos tienen el don de deformarnos la mirada. Les atribuimos capacidades y virtudes que no poseen y le minimizamos defectos que si tienen.

Educar tiene que ver con formar. Con esculpir el cerebro, alma y carácter de la persona y eso no se logra con conocimientos. Se puede saber mucho de algo y no ser ese algo.

El objetivo del adiestramiento es, como su nombre lo indica, hacer más diestra a la persona. El adiestramiento desarrolla un hacer mecánico (memoria muscular) que mejora la eficiencia pero no la eficacia de las personas. Hacer más no significa hacer lo correcto. Cuando la persona centra todo su desarrollo en el adiestramiento, los actos inútiles serán en él una constante, no por demerito de la persona o del adiestramiento, sino porque esta no buscará ampliar sus horizontes hacia nuevas y mejores latitudes del ser.

El objetivo de la capacitación es lograr que la persona que la recibe, obtenga un saber específico que le permita saber más de ese algo en el que se está especializando, ya sea a través de una serie de cursos, una carrera profesional, maestría o doctorado. No obstante la realidad es que saber mucho de algo no nos convierte en ese algo. Amén de que el especialista cada día sabe más de menos. Más de lo suyo y menos de todo lo demás. Lo cual no está mal. Así es como los necesitamos y queremos.

No obstante estos, al saber mucho de algo pueden, consciente e inconscientemente, estar más sujetos a actos inútiles que cualquier otra persona, ya que su saber será su principal enemigo. Su saber les pone unas mirillas en los ojos que limita su campo de visión y entendimiento. La razón principal de esto es que estas personas confunden conocimiento con inteligencia, motivo por el cual los actos inútiles se dan en ellos en mucha mayor medida  y con mucho mayor dolo que en el grupo anterior.

El objetivo de la educación es extraer lo mejor de la persona. Para ello es menester ayudarle primero, y enseñarle después, a trabajar consigo mismo para educar su cerebro, su alma y su carácter.

Educar consiste en enseñar a nuestro cerebro a pensar, a nuestro carácter a contener y a nuestra alma a sentir. No obstante todo empieza en el cerebro. Este debe aprender a pensar para poder estructurar las redes neuronales de eso que hemos llamado mente.

La mente de una persona (tejido de redes neuronales que se forma o deforma día a día) es lo que le hace ver e interpretar su entorno desde un cristal que le hará pensar, sentir y actuar de una manera particular y distinta a la de los demás. Es por ello que cuando dos personas hacen la misma cosa, ya no es la misma cosa. Así pues, es la mente la que nos hace incurrir en los más grandes yerros o lograr los más grandes aciertos.

La mente le puede hacer sentir al alma, lo que esta jamás se imaginó.
Ese tejido de redes neuronales que formamos o deformamos día a día y al cual hemos llamado mente, nos puede hacer sentir lo que el alma jamás se imaginó.

No me crea a mí… Créales a los grandes seductores, vendedores o promotores de ideas. Y si no les quiere creer a ellos, créelas a ellas.

Las mujeres entienden esto mejor que nadie. A una mujer se le enamora por el oído. Un hombre puede ser el más feo del mundo, pero si ha educado su mente, esta forjara en él…, en su hablar…, en su porte…, en su ser…, una personalidad asaz atractiva a ojos de la mujer, debido, claro está, a que este hombre sabe que son los oídos los que hacen que los ojos vean lo que la lengua quiere.

Un hombre elegante (ente que sabe elegir) es aquel que día a día educa su mente brindándole a su alma una sensibilidad que le distingue de los demás, formando una personalidad que imana a propios y terceros. Recuerde que lo único que nadie le da, nadie le quita y que desaparece con usted al morir, es la personalidad, y es lo único que nunca trabaja.

Así pues, instruir y capacitar no es lo mismo que educar. Educar es algo que está más allá del simple saber. Educar tiene que ver con el ser y el ser se forma o deforma día a día.

La educación nos ayuda, amén de lo ya mencionado, a hacer conscientes los actos inútiles. Hay, no obstante, algunos que se nos van, pero la gran mayoría de ellos los detectamos antes de hacerlos, ya que la conciencia nos avisa que estamos a punto de hacer un acto inútil. A mayor nivel de educación (cerebro, carácter y alma), menor nivel de actos inútiles.

Uno es suficiente, dos, bastante, tres, multitud.
Uno es suficiente, dos bastante, tres multitud. Esta frase describe muy bien a esas personas que no tienen problemas con la soledad. Son individuos que siempre están acompañados de sí mismos. Nunca se aburren, siempre tienen algo que pensar, leer, escribir o hacer. Distinguen muy bien entre el sonido y el ruido. El sonido es natural, el ruido artificial. Por lo general les gusta estar en silencio, acompañados de los sonidos de la naturaleza, pero no de los ruidos de los hombres.

Son personas a las si nos les alcanza el tiempo para estar consigo mismos, mucho menos para estar con los demás. Sin embargo la realidad es que más allá de los apasionantes que sean sus retos y disquisiciones intelectuales o empresariales, estos seres retraídos, amantes del silencio y la soledad, suelen ser los que más reservas de amor no utilizado atesoran, así como los que más necesitados se sienten de entregarlo.

Ya una vez que encuentran a la persona indicada (o equivocada), se vuelcan a ella como si no hubiera nadie más. Su personalidad se transforma. Se tornan parlanchines, sonrientes, hablan hasta los codos. Se entregan y confían en esa persona más que en ninguna otra, lo cual está perfecto cuando la elección es la correcta, sin embargo, cuando se equivocan, es tal su necesidad de entrega que no ven lo que los otros ven, hasta que la cruda realidad les alcanza.

Estas personas suelen cometer actos inútiles crasos en el combés de lo filial, en cualquiera de sus expresiones. Los cometen en mucha menor cantidad y frecuencia que los gregarios, pero con mayores consecuencias para sí mismos y los otros. El mayor daño siempre se lo hacen a sí mismos, y lo peor del caso es que se dan cuenta de que se lo están haciendo. El Idiota Interior les avisa que lo que están próximos a hacer no es lo más sensato e inteligente, pero es tal su orfandad y reserva afectiva, que se entregan, por lo general, sin reserva ni recato.    

Los actos inútiles.
En más de una ocasión se ha preguntado: ¿Por qué hice esto?
Esto se lo pregunta ya una vez que la emoción le dio paso a la razón. No obstante hay muchos actos en los que ni siquiera se pregunta porque hace lo que hace y esto se debe a que esos actos repetidos se han convertido en hábito, el hábito en costumbre y la costumbre en naturaleza.

Estos actos ya son parte de usted. Y lo son a tal grado que ni siquiera se da cuenta de que son actos inútiles.

Los actos inútiles son aquellos que carecen de intención de futuro. El único fin que tienen es el del poblar un presente inmediato y circunstancial. Son actos a los que se le da cabida solo cuando no se tiene nada que hacer. Son actos que encuentran resonancia en nuestro ser solo cuando estamos desocupados. Cuando usted tiene algo que hacer, no le da cabida al acto. No en el instante en que se presenta, sino hasta que termina lo que tiene que hacer.

Veamos un ejemplo: la comida. Observe su ingesta. Los días de asueto o descanso son los que más come. ¿Se ha preguntado por qué? Simple. Porque no tiene nada que hacer. Si usted estuviese realmente atareado, en lo único que no pensaría es en comer. Pero como en esos días suele estar en un experimento científico de expansión celular, se sienta frente al televisor a ver todo aquello que sabe que no puede hacer, y como usted está hecho para hacer algo, lo que hace es comer. Así, el ejercicio mandibular del fin de semana ayuda a que se le expandan las células de la cintura, piernas y demás áreas grasas. Experimento cumplido.

Regresando a la pregunta que me hizo el empresario: éste me preguntaba que cómo le podía hacer para que sus hijos se dieran cuenta de que la gran mayoría de las cosas que hacen son actos inútiles.

Lo primero que le hice ver es que la diferencia de personalidades es importante. El empresario en cuestión es un hombre dado al silencio y la soledad, mientras que sus hijos están en las antípodas. Son gregarios por excelencia. Los actos inútiles de ellos y de él son diametralmente opuestos e incompatibles, por lo que le es menester entender que lo que él ve como actos inútiles de sus hijos, no lo son para ellos.

No obstante y más allá de si a sus hijos les parecen o no actos inútiles los que su padre les enuncia, éste debe dedicarse intensamente a prepararlos para la sucesión, sin dejar de contemplar la posibilidad de nominar a un tercero, dejando, si así fuera necesario, a los hijos como accionistas y príncipes herederos, pero no al frente del negocio.

El problema de los seres humanos si es la ignorancia, pero lo es más, mucho más, la conciencia. Líneas arriba decía que nosotros hacemos una gran cantidad de cosas que sabemos que no debemos hacer y nos regodeamos haciéndolas. En esos casos el problema no es la ignorancia, es la conciencia y la conciencia es individual, no grupal. Más claro, nuestra conciencia es la que define eso que para cada uno de nosotros es el bien o el mal.

Si para una persona está bien llenarse de actos inútiles, va a ser muy difícil cambiarle la visión de los mismos. Para lograr esto va a ser menester un arduo trabajo de información, formación y transformación del cerebro, carácter y alma de la persona, es decir, de su conciencia.

En el caso que nos compete, le comente que son dos las cosas que debiera hacer:
La primera de ellas es tener a los hijos bajo su tutela por dos años, para que el contagio vaya haciendo lo suyo.
La segunda, observar detenidamente los actos de sus vástagos. De tal forma que cuando sea testigo de un acto inútil, reaccione de una manera contraria a como lo ha venido haciendo. Más claro, que en lugar de enojarse, les cree el entorno que necesitan para sentarte a platicar y preguntar el porqué de dicho acto.

Preguntar no para juzgar, tampoco para entender, sino para que ellos se escuchen y lleven lo escuchado a ese tejido de redes neuronales llamado mente, que es la responsable de hacernos des-cubrir lo que siempre estuvo ahí. El individuo aprende lo que descubre, no lo que se le dice. Y solo cuando su mente le lleva a des-cubrir, es decir a quitar el velo que no le deja ver lo que está haciendo, es cuando los datos se convierten en información, la información en formación y la formación en transformación.

Para esto es menester que él les haga preguntas inteligentes. Preguntas que les lleven a descubrir la utilidad o inutilidad del acto, amén de que con este proceso, se irá dando, sin que estén del todo conscientes, un proceso de selección natural que hará que la decisión no solo sea lógica y evidente, sino que además será más amable para todos.


Nos leemos en el siguiente artículo.

martes, 26 de diciembre de 2017

Cambio generacional.

Hace muchos años, cuando recién incursione en las finanzas internacionales, un financiero que radicaba en Japón me sugirió no trabajar con México. Me comentó que la cultura financiera de México estaba muy por debajo de los países del tercer mundo.

Su consejo fue el siguiente: No trates de hacer negocios en México. Es un país que vive auto saboteándose. La energía de su gente no está enfocada en lograr que las cosas sucedan. Lo más interesante del caso es que no se dan cuenta. Para los mexicanos son más importantes las formas y los procesos que las soluciones. Para el mexicano es más importante la forma que el fondo, por lo que siempre te van a poner cuanto obstáculo puedan para demostrar que ellos tienen la razón. En México, me dijo, lo importante no es lograr que las cosas sucedan. Lo importante es tener la razón.

Debo confesar que en su momento le puse más atención a la acritud del comentario que a la sustancia, en otras palabras, le di más valor a la forma que al fondo. Deje pasar el comentario el cual atribuí a un desconocimiento de la cultura de México.

Como buen mexicano enfoque mi energía a ayudar a mi país. Vicente Fox (el alto vacío) recién llegaba a la presidencia y pensé que la coyuntura era favorable para todo lo que mi empresa le podría ofrecer a México. Me desgaste todo el sexenio sin poder concretar nada. Recibí, debo reconocer la paradoja, todas las razones posibles por las cuales eso que nosotros ofrecíamos era justo lo que México necesitaba…, pero no podía hacer.

Llego el siguiente Presidente. Me buscaron. Presente el portafolio de productos. Me citaron una y mil veces. Por seis años se mostraron atentos, amables y dispuestos pero jamás pudimos concretar una sola operación.

Me retiré del sector público y enfoque el cien de mi tiempo al sector privado, dado que este, así lo creí en su momento, era un sector enfocado al negocio. El resultado fue el mismo. El interés era mayúsculo y el miedo también. Más de uno conocía a un par extranjero que había invertido en este tipo de operaciones (compra venta de instrumentos financieros), las cuales les parecían, no obstante el exitoso resultado de sus pares, altamente riesgosas, ya que eran operaciones que no entendían del todo.

Así, el desconocimiento del producto y la legítima posición de los inversionistas de no participar en un negocio que no entendían, hizo que enfocara mis miras más allá de las fronteras, dejando a mi país solo como residencia intermitente, mudando mi casa y oficina a Austin, Texas.

Al mismo tiempo que corrí el proceso en México, busque clientes fuera de él. En los poco más de tres lustros, la totalidad de las operaciones que he concretado han sido con Inversionistas extranjeros, ningún mexicano, ningún latinoamericano.

Pasó el tiempo y poco a poco cambio el paisaje y el paisanaje de México pero no su sustancia. Entendí que hay ocasiones en que hay que dar lecciones y recibir otras. En donde el secreto no está en las lecciones que se dan o se reciben, sino en comprender los roles de unos y otros y estar conscientes de ellos. De no ser así, el maestro no enseña y el alumno no aprende.  

Moral es lo que funciona. Si algo no funciona, por muy ético que sea, no es moral, y en México las cosas funcionan con una moral orientada a la medianía.

En el exterior se dice que México tiene una economía de corral. Que lo que ya entro a caja ya no se toca. Se guarda y si es menester hacer negocios, se hacen a través de créditos bancarios pero no con el dinero de la caja.

De todos es sabido que los negocios se hacen con el dinero de otros. No obstante los mejores negocios son aquellos en los que inviertes a la par de tus pares para poder hacer dinero con el dinero de otros. Sin embargo esto demanda compartir la propiedad y la gestión, cosa que el inversionista tradicional, ese que creció con las premisas de antaño, no está del todo dispuesto a hacer.

No obstante lo anterior es menester reconocer que las cosas están cambiando, aún no en la sustancia, pero si en los accidentes. Lenta y gradualmente están llegando al escenario jóvenes emprendedores que están incidiendo en el paisaje y paisanaje de América Latina. Jóvenes que encuentran poco eco en los inversionistas de antaño, pero que no tienen problema para sentarse a platicar con inversionistas extranjeros y explorar nuevas y mejores formas de financiamiento.

Las nuevas generaciones están modificando el rostro de Latinoamérica. Son jóvenes que han crecido en una dinámica de cambio que los sitúa en las antípodas de sus padres, y ni que decir de sus abuelos. Son jóvenes que no se detienen por dinero. Lo que les detiene son las ideas, las oportunidades de negocio. Ya una vez que las detectan se abocan a buscar la forma de capitalizarlas, ya sea buscando inversionistas para la cogestión o vendiendo el total de la idea al inversionista que así lo requiera.

Recién se comunicó conmigo un empresario con el que llevo una relación de años. Es un hombre que está en sus primeros cuarenta y que por muchos años fue un exacerbado amante de los fierros. Su empresa fue hasta hace algunos años, líder en colocación de grúas. No había obra en construcción donde no estuviera él. Se distinguía por ser un hombre bragado, agreste, instalado a tal grado en la objetividad de la materia, que en más de una ocasión su falta de tacto incomodó a propios y extraños.

Nuestros negocios nos llevaron por rumbos diferentes, por lo que sin perder el contacto social, perdimos un poco el acontecer de nuestros negocios. Dos años después me llamo para decirme que iba a estar en Houston, que si no tenía inconveniente, me invitaba a comer para ponernos al día y evaluar algunos proyectos que traía en su portafolio.

Mi estupor cuando lo vi fue mayúsculo. Era el mismo hombre, pero cambiado. Frente a mí estaba una persona diferente en todos los aspectos. Su geografía corporal había cambiado, así como su lenguaje, forma de vestir y arquitectura del rostro.

Le pregunté que qué había pasado. Que qué mujer había sido la autora de dicho cambio. Se sonrió y me contestó que no, que no había tal. Que el cambio obedecía a las necesidades específicas de su empresa y no a una feminidad encarnada. Me comentó que vendió la empresa de grúas y que ahora estaba de lleno en el mundo de las aplicaciones. Su negocio era detectar oportunidades y diseñar aplicaciones, amén de identificar a otros desarrolladores, explorar lo que estos estaban haciendo y firmar con ellos un acuerdo comercial para asociarse, financiar, comprar y/o vender sus aplicaciones.

Me presentó varias de ellas, algunas más sorprendentes y viables que otras pero todas interesantes al fin. No obstante lo más impactante fue el cambio que se dio en él. Paso de ser un hombre brusco, frontal y en ocasiones hiriente y sarcástico, a un elegante, diplomático con un sarcasmo de terciopelo que lo que busca es vender y convencer.

De Tepito a las Lomas.
Algo similar me aconteció con un joven de 29 años que recién acudió a mí en busca de financiamiento. Este joven, al que llamaré Jorge, nació y creció en Tepito, uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad de México. Es un barrio bravo en donde la lucha por la supervivencia es atroz.

Para él lo normal era trabajar, estudiar y luchar por llegar sano y salvo a casa para entregar las pocas o muchas monedas que había ganado. Decidió que no quería vivir como los demás. Estudio, gano una beca y se graduó en el Tecnológico de Monterrey. Hoy es propietario de una empresa de logística amén de tener varias casas de empeño.

Lo impactante del caso es que nos es dueño de un solo camión. Diseño un sistema de logística que le permite brindar un servicio diferenciado que le ha permitido lograr contratos impensables para cualquier otro joven de Tepito.

Acudió a mi debido a que recién había negociado varios contratos en México y Centro América, amén de que esta por incursionar al sector de bienes y raíces, edificando casas las cuales va a vender bajo un modelo de renta / venta al sector de escasos recursos.

Exploramos las alternativas de financiamiento. Le explique la forma en que operan las mesas de intercambio y lo que tenía que hacer para participar en ellas. Lo que más llamó mi atención fue el hecho de que él ya sea había documentado ampliamente ante de llegar a mí. Cerramos el trato y empezamos de inmediato.  

Así como estos casos, me he venido topando en este último lustro, con jóvenes latinoamericanos que me buscan de México, Panamá, Ecuador, Montevideo y otros lugares, para buscar fuentes de financiamiento que estén más allá de las acostumbradas por sus padres. Jóvenes audaces y arrojados que buscan un padrino que crea en ellos y los acompañe en el proceso.

¿Qué es lo que ha cambiado?
Hoy estamos inmersos en una economía donde el cerebro de hora es el que marca la pauta de los negocios. Lo importante ya no es ser dueño de los activos, sino de las ideas. Estos jóvenes buscan nuevas opciones de negocio, de financiamiento y de vida.

Ninguno de ellos sueña con una oficina de primer nivel. Sueñan con su libertad y con poder moverse de un lado a otro sin atadura alguna (lo cual obviamente va a incidir en el concepto que tenemos de relación de pareja/matrimonio).

Tanto mi cofrade el de las grúas, como el joven de Tepito y mucho más que llegan a mi buscando financiamiento, llegan con una mochila al hombro, sacan su IPad, hacen su presentación, negocian términos, llegan a acuerdos y se van. Su oficina se circunscribe, más allá de su cerebro, a una mochila, un IPad y un auto, aunque la gran mayoría de ellos llegan en Uber.

No es México el que está cambiando. Es el mundo el que está cambiando y lo importante es estar en la dinámica del cambio. Todos aquellos que no quieran o no logren entender el cambio se van a ir quedando fuera del negocio. Estas personas cobijaran sus miedos bajo el paraguas de sus creencias más no de la verdad. La verdad es inobjetable. Ahí esta y no necesita de creencias.

Para estas personas lo que sigue es una acusada arterioesclerosis del poder, la cual, sin prisa pero sin pausa, los llevará a una total obsolescencia.

Unir sin confundir, separar sin distinguir.
Es importante no confundir el hacer maniático con el hacer metódico. Son primos hermanos y muy cercanos, pero en el método no hay manía. Hay una clara comprensión de la realidad, lo que hace que en el método haya orden, lógica y sistema.

En la arterioesclerosis del poder lo importante no es el real acontecer del mundo, sino la realidad imaginada en la que vive la persona. Lo que hace que su hacer sea un hacer maniático, disparatado, carente de sentido común, lógica y orden.

Este tipo de personas viven de fracaso en fracaso. Cierto es que tuvieron sus éxitos, no obstante son los éxitos de ayer los que les impiden leer y entender el hoy. Viven en mundo que ya no es. Un mundo que está en su mente pero no en el diario acontecer.

Recordemos, no obstante, que el hombre se acondiciona a sí mismo. No hay nadie que no pueda adaptarse a las circunstancias. Si no se adapta es porque no quiere, no porque no pueda.

¿Quién es dueño de mis ilusiones?
Lo único que el ser humano puede hacer para no perder la realidad y adaptarse a las circunstancias, es el no hacerse ilusiones. La realidad es. No necesita de atributos, de expectativas o ilusiones. Simplemente es. Aceptar las cosas como son, por muy crudas o ajenas a nuestro querer, siempre será mejor que negar la realidad.

Cada quien es dueño de sus ilusiones. Somos nosotros los que creamos expectativas donde no las hay. La realidad no necesita de atributos o adjetivos calificativos para ser, simplemente es. Somos nosotros los que confundimos posibilidad con probabilidad. El mundo de lo plausible es infinito y depende de la historia de cada quien. El mundo de lo probable es finito y no depende de la persona sino de la realidad.

Las nuevas generaciones son las que con su entendimiento, apertura y propuestas, están empujando a los miembros de las generaciones precedentes a adaptarse al cambio, no a todos, pero si a un buen número de ellos.

Cada vez son más los coetáneos y mayores que llegan a mí buscando nuevas opciones de financiamiento y de negocio. Personas que cinco o diez años atrás, jamás hubiesen pensado declinarse por estas opciones.

El común denominador de estos coetáneos o mayores, es que todos llegan acompañados de un joven visionario que les vendió una idea o concepto de negocio diametralmente diferente a las que ellos estaban acostumbrados. El joven de Tepito llego con un inversionista de 80 años. Un hombre lucido, inteligente y dispuesto a invertir en negocios que están muy lejos de los fierros con los que creció…

Bienvenido el cambio.  


Nos leemos en el siguiente artículo. 

jueves, 26 de octubre de 2017

Fe de erratas.

En el artículo titulado, El amor y las macetas, hable de la resonancia de todo lo vivo y su relación con todo lo vivo. En especial en el combés del amor.

Por supuesto que cuando uno escribe se describe. Así, al escribir plasmamos en letras no solo lo que pensamos sino que también lo que somos. Por otro lado nos es menester reconocer que la vanidad (el motor más grande de los seres humanos) nos engaña respecto a los demás y a nosotros mismos. De tal suerte que cuando uno analiza o disecciona una realidad, lo hace desde su más íntima vanidad, lo cual nos puede llevar al error sin estar conscientes de ello. Por eso es que a este artículo lo intitule: Fe de Erratas.

Orgullo, vanidad y humildad.
Nos es común confundir orgullo con vanidad, sin embargo la realidad es que el orgullo siempre es intrínseco, tiene que ver con la imagen que tenemos de nosotros mismos sobre tal o cual virtud o cualidad. La vanidad, por el contrario, es extrínseca, tiene que ver con la imagen que queremos que los demás tengan de nosotros. Cosa que pocas veces logramos, ya que una cosa es lo queremos proyectar y otra muy distinta la que proyectamos.

La humildad por el contrario, invita a la desconfianza. No hay nada más engañoso que la humildad. La cual a menudo no es más que una máscara que esconde una carencia de opinión y, en muchas ocasiones, una vanidad que está más allá de los méritos que la persona desea que los demás vean en él.

Recién estuvimos en una comida de negocios. Mi socia, una mujer que acompaña su inteligencia con una belleza sin igual, hizo que los otros comensales quedarán arrobados por su belleza, su porte y su elegante pero frontal forma de decir las cosas.

Uno de ellos, obediente a su vanidad, hizo todo lo posible por causar en ella una muy buena impresión. De tal suerte que todo su hacer y decir en dicha comida, fue, desde la muy lineal mente masculina, lo que hizo que quedara muy mal a ojos de ella.

Cierto estoy que él salió de dicha junta convencido de que había causado una impresión sin parangón. Y no estaba equivocado. Ya que la infortunada impresión que ella se llevó de él, está muy lejos de la impresión que él cree que causo en ella.

Así, una es la imagen que queremos proyectar y otra la que proyectamos, ya que no solo ignoramos la mente del otro cuando queremos lograr algo, sino que además nuestra vanidad nos engaña respecto a nosotros mismos y los demás.

Lo mismo me pasó a mí, ya que, obsecuente a mi vanidad, escribí el artículo del “Amor y las macetas” desde mi estructura antropológica pero no desde la estructura de sus actores. En ese artículo, como en todos los demás, plasme mi orgullo y vanidad, sin embargo justo es reconocer que es algo que no podemos evitar, por lo menos no del todo. La vanidad es el motor más importante de los seres humanos. Está implícita en todo lo que hacemos, sin importar la edad y la madurez que tengamos.  

Me toco, por azares del destino, estar muy cerca de los actores mencionados en dicho artículo. Tuve la oportunidad de escucharlos, de ver su devenir. La forma en que uno y otro vivieron su proceso. Su decaimiento. Su ingente necesidad de salir adelante, así como las herramientas que usaron para tal efecto.  

Ambos, de una forma u otra, se consumieron. No solo perdieron peso, sino que además perdieron esa alegría que contagiaban y transmitían a los demás. Cada uno estaba cierto de que había tenido la razón y cada uno estaba cierto de que no era la forma en que querían vivir. La resonancia de uno y otro, en apariencia, no comulgaban.

Ella desconfiaba de él y veía infidelidades donde él no las veía. Él se sentía abrumado por ella y por su obsesión de ver infidelidades donde no las había. Para ella la infidelidad tenía que ver con el todo: la mente, el cuerpo y el alma. Para él la infidelidad tenía que ver con el cuerpo.

Así, cuando él mantenía comunicación constante con alguna mujer que no fuera ella. Ella de inmediato pensaba lo peor. No por el hecho de que él tuviera intimidad física con esa mujer, sino por el hecho de que el estar cercano a otra mujer, es el principio de una posible infidelidad.

Así, la divergencia de criterios y filosofías hizo que la resonancia de uno no comulgara con la del otro, lo que ineluctablemente les llevo al fin.

Cada uno vivió su proceso de forma diferente. Ella, mujer al fin, se desahogó con sus íntimos, esgrimiendo sus razones con el inconsciente fin de buscar una afirmación de su decisión. Cosa que hacemos todos.

Él se aisló y solo le comento a los suyos que se habían dado un tiempo. Él no vertió opinión al respecto, pero se aisló para vivir su proceso en silencio y soledad. Cada uno, en su forma, encontró el medio que necesitaban para vivir su proceso.

Obviamente lo importante aquí no es el análisis de los medios que usaron, sino el resultado logrado. Hay tantos medios como personas hay. Lo importante es llegar al objetivo.

Hace algunos años, un joven ejecutivo de la empresa que en ese entonces trabajaba en el área de mejora continua, vivió una situación similar. Estaba próximo a casarse cuando la relación termino. Él encontró que la mejor forma de resolver su problema era la de probar la calidad de la cosecha de cebada de su entorno, por el método de bebérsela ya una vez destilada. Tal vez la gente de su entorno no estuviera de acuerdo con el método, pero al final, sin saber qué cantidad fue la que se bebió, le funcionó.

Lo importante es que todos, los arriba mencionados y el que certifico la calidad de la cosecha de cebada, resolvieron sus problemas y terminaron regresando con sus respectivas parejas. Así, el método de uno y otro puede ser distinto, sin embargo lo que en realidad importa nos importa en este artículo no es el método, sino el resultado final.

Retomemos el curso del tema.
Siempre resulta incómodo identificarse con alguien que uno imagino de coordenadas distintas a las nuestras. Menciono esto debido a que cuando diseccione el tema del Amor y las macetas, uno de mis dilectos lectores, con el que yo pensaba que no afinaba en nada, me obsequio una reflexión que me hizo replantear todo el tema.

Cierto es que los seres humanos lo único que podemos hacer es teorizar sobre la realidad, sin embargo nos es menester reconocer que la realidad está mucho más allá de nuestras vanidades, teorías y percepciones. De tal suerte que por mucho que nos esforcemos, lo único que podemos hacer es explicar una parcela muy reducida de la realidad.

Viví de cerca el proceso de los actores del Amor y las macetas. Los vi en la caída y en la aparente recuperación. Observe la mutación de su rostro conforme evolucionaba su proceso. En las reuniones que tenía con cada uno de ellos, la sonrisa y el trato era social. Decentes, amables, centrados en el negocio que discutíamos, pero sin la sonrisa cardinal que les distinguía.

Finiquitado lo que teníamos que tratar, navegue hacia otras latitudes y personas, hasta que coincidí por separado con cada uno de ellos. Lo que más me llamo la atención fue que a ambos se les leí en el rostro esa chispa de vida que les caracterizaba. Debo confesar que jamás pensé que habían regresado. Todo lo contrario, pensé que ya lo habían superado.

No podía estar más equivocado. La luminosidad que proyectaban en sus rostros es debido a que más allá de las teorías, de los decires de la gente o de las letras de un servidor, ellos se encontraron y se soldaron en una unidad.

Esas macetas que en apariencia eran incompatibles en sus resonancias, se ven hoy mejor que nunca. Incluso, mejor que antes. ¿Qué fue entonces lo que paso?

Semanas después hablé con cada uno de ellos por cuestiones de negocio. La realidad es que no tuve que preguntar nada, era tal su alegría y contento que cada uno de ellos me compartió un poco de su felicidad.

Ella sigue convencida de que él le fue infiel con la mente. Sus miedos siguen ahí, pero la necesidad de estar con él está por arriba de sus miedos. Él está convencido de que no lo fue, sin embargo él me comento que en la tregua se dio cuenta que la causa del problema, por lo menos en él, fue que se centró en defender los accidentes y no la sustancia.  

Me comentó que cuando terminaron fue porque él le estaba dando más peso a la forma que al fondo (cosa muy común en el género masculino).

Los hombres, ya una vez que hacemos propias las formas, les damos un valor que no poseen, haciendo de la forma. Olvidándonos que lo importante no es el accidente sino la sustancia. 

En otras palabras, él se dio cuenta que al terminar con ella conservo sus formas, pero no a ella, y que lo que realmente le importaba era ella, no las formas.

Cuando se dio cuenta la buscó, habló con ella, le explicó lo que descubrió. Ella, sin necesidad de teorizar, escribir o diseñar modelos del comportamiento humano, reafirmo una una vez más que la resonancia de él es la que ella necesita para ser mejor y que la resonancia de ella es la que él necesita para ser mejor.

Hoy se lee en el rostro de ambos un amor y una luz que no se les leía antes.

Todos somos los demás de los demás.
La cultura de las personas como de las naciones, tiene que ver más con las emociones que con las razones. Son las emociones y conductas de una persona y de una nación, lo que determina la cultura de uno y otro. La razón, paradójicamente, explica las cosas, pero no las crea.

Las emociones crean conductas y las conductas, actos. 
Explico esto debido a que lo más seguro es que en el entorno de ellos vaya a ver resistencia al reencuentro de ellos como pareja, ya que esos demás que son sus demás (familia, iglesia, amigos y gente que de una forma u otra depende de ellos), se sentirán agraviados ante la presencia de una influencia ajena en la vida de esa persona que es parte de su vida, ya que esa otra persona va a incidir en la forma de vida de todos. Directamente en la persona elegida, indirectamente en la de los demás.

Esa forma de vida que no es otra cosa que eso llamamos cultura, se va a ver trastocada por el reencuentro de ellos, no obstante si ellos entienden que los demás van a hacer todo lo posible para incidir con su decir y hacer para que eso no funcione... Entonces va a funcionar. Porque las cosas cuando se entienden, se dirigen. 

No obstante y más allá de la resistencia de los demás, lo que ellos deben entender es que nadie es una isla. 

John Donne decía que “ningún hombre es una isla; todos formamos parte del todo”. Y si en algún lugar esto se palpa de manera inmediata, es en la pareja.  

Nada de lo que le acaece a uno, puede ser ajeno al otro. Todos los actos de él y de ella van inferir, para bien o para mal en la relación… Y justo ahí es donde ambos se deben preguntar: ¿Qué es más importante, la forma o el fondo?

Las formas son cambiantes, el fondo es permanente. Así, esas macetas que el que esto escribe comento que eran incompatibles en su resonancia, son hoy un par de macetas como pocas he visto en la vida…

Bien por ellos…

Bien por mí. 

Nos leemos en el siguiente artículo.

lunes, 23 de octubre de 2017

El amor por la novedad.

El gregarismo es consustancial a la vida. Lo vemos en todo lo vivo. Específicamente en el reino animal, vegetal y celular. El gregarismo tiene que ver con la ingente necesidad de agruparse, de ser parte de algo como estrategia de supervivencia y cada especie o reino lo manifiesta de una manera particular, similar en cuanto a la agrupación, diferente en cuanto a la actuación.  

En este artículo vamos a hablar del gregarismo humano, más específicamente de aquel que tiene que ver con el constante amor por la novedad. Este se da tanto en hombres como en mujeres. En ellas, objetivamente. En ellos, subjetivamente.

Cuando el sujeto necesita del objeto para ser sujeto.
Todos los seres humanos somos gregarios, no obstante hay quienes padecen un gregarismo por arriba de lo normal. Estas personas necesitan vivir de sorpresa en sorpresa. Viven con una constante necesidad de lo nuevo. Tan pronto se abre una tienda de marca, restaurante o se da el lanzamiento de un producto nuevo, acudirán, sin importar las circunstancias, a hacer filas interminables o a pasar la noche en vela frente a la tienda, para ser los primeros en adquirir o consumir aquellos que por un instante los reposiciona como sujetos.

Por supuesto que es una sensación efímera, la vacuidad interior no se puede solucionar con objetos, estos son una herramienta, no una solución. Amén de que en muy poco tiempo, días o semanas, una gran parte de su entorno poseerá y hablará de lo mismo que ellos, acabando así la breve y estulta diferenciación que pretendían lograr al adquirir dicho objeto.

Esto mismo es lo que hace que la cacería de novedades sea en ellos una forma de vida. Su ausencia de identidad es tal, que se ven en la necesidad de derrochar el poco o mucho dinero que tienen en cosas fatuas e inútiles, ya que estas personas compran identidad (marca), no función.

La naturaleza se mueve violentamente hacia su lugar, lentamente en su lugar.
Las personas que padecen de gregarismo (amor por la novedad) suelen tener, en el combés de la relación sentimental, entre tres o cinco amores de vida. No se relacionan sentimentalmente con cualquier persona. Necesitan que el otro posea una inteligencia y visión del mundo diferente a la de los demás, lo que hace que la cohabitación sea de suyo interesante. Amén de una filosofía de vida de la cual puedan absorber eso que, en ese tránsito de su vida, están buscando.

Es importante recalcar la palabra tránsito, ya que eso es: un tránsito.
El intervalo por el que están pasando los lleva a buscar, más inconsciente que conscientemente, eso que su yo interno les va a reafirmar cuando lo encuentren Poco les va a importar el atractivo del otro, lo que les va a significar es que ese otro tiene, en apariencia, las respuestas que ellos creen necesitar.

No obstante la realidad es que por mucho que haya que descubrir en una persona, llegará un momento en que hasta la sorpresa se convierta en cotidianidad, dado que la persona que las genera es la misma.

Es algo así como cuando lees muchos libros del mismo autor. Cada libro te sorprenderá en cuanto ha contenido y continente, pero el estilo será siempre el mismo: a esto se le llama cotidianidad. Un ejemplo de lo anterior son los libros de ese gran semiólogo que fue Umberto Eco.

Cada uno de sus libros es un deleite al intelecto y a los sentidos, no obstante encontramos que en ellos, el secreto, el complot, la paradoja y el carácter en cierto modo interminable e indeterminable de la interpretación, son el común denominador de todos ellos.

Para una persona que padece de gregarismo (amor por lo nuevo), no hay nada peor que la cotidianidad. El otro podrá ser una caja infinita de sorpresas, pero llegará un momento en que su estilo se convertirá en cotidianidad, lo qué hará que se desencante de aquel que antaño le encantó.

Por supuesto que no es fácil detectar a las personas que padecen de gregarismo, ya que estas personas son encantadoras y saben halagar elegantemente la vanidad del otro. Son, sobre todo para aquellos que padecen alguna anomalía intelectual, una audiencia cautivadora. Siempre dispuesta a escuchar y a aprender, por lo menos hasta que la cotidianidad los alcance.

En el momento en que la cotidianidad los alcanza, inician, más inconsciente que conscientemente, un nuevo proceso su proceso de búsqueda, lo que inevitablemente les llevara a buscar a ese otro que, según los nuevos conocimientos que creen poseer, les ofrece un arcón de sorpresas mejor que el que tenían, para encontrar, al paso de pocos meses, que no posee aquello a lo que sin saber, se habían acostumbrado a ver como normal.

Líneas arriba decíamos que todos somos gregarios, pero que ese gregarismo que nos impele a la búsqueda de lo nuevo, lo padecen objetivamente las mujeres y subjetivamente los hombres. El hombre suele padecer un grado de gargarismo mucho más alto que el de la mujer. Ese gregarismo es lo que lo lleva a la búsqueda intermitente de mujeres, placeres y saberes.

La mujer, por el contrario, padece un gregarismo que la lleva a la búsqueda de nuevas cosas, lugares, ropa, restaurantes, actividades y una suma de etcéteras que por mucho excede a la linealidad de los hombres.

Para muestra un botón… Entre usted a un centro comercial. Lo más probable es que no le cause estupor constatar que el 90% de las tiendas son para mujeres. Tiendas que muestran una gran variedades de estilos, colores y formas. Ahora entre usted a tiendas exclusivamente de caballeros. Se azorará al descubrir que estas poseen una linealidad monocromática que se repite en estilo y forma. El hombre ya una vez que encuentra un par de zapatos con los que se sienta cómodo, comprará el mismo modelo hasta que llegue una mujer que le cambie el estilo.

Así pues, ambos, de una forma u otra, poseen un gregarismo que los impele a lo nuevo, no obstante hay casos, tanto en hombres y mujeres, en que su gregarismo va más allá de la media social. Poseen un gregarismo que se exacerba en cuanto llegan a la cotidianidad… lo cual es inevitable. Va a llegar.

Líneas arriba decíamos que la naturaleza se mueve violentamente hacia su lugar y lentamente en su lugar, no obstante el problema de estas personas es que no tienen lugar. Esto es lo que les lleva constátenme a migar de una pareja a otra y de un país a otro. Se les olvida que cuando uno cambia de país, cambia de clima, pero no de carácter.  

Me queda claro que es un pecado no conocer la cárcel en la que vivimos, no obstante hay personas que necesitan estar constantemente viajando. No pueden estar en un lugar más de seis o doce meses. Se empiezan a sentir incomodas, irritables y frustradas. Estas personas necesitan viajar para conocer el planeta que nos contiene, pero principalmente para escapar de la cotidianidad de su vida, es decir, de esa falta de sentido que tiene su vida.

Lo mismo pasa en el combés de las relaciones sentimentales. Estas personas necesitan migrar cada cierto tiempo de una de una geografía espiritual a otra. Cierto que el amor, cuando es amor, se suelda en la cotidianidad. Cosa, que para el gregario extremo, es difícil de entender.

La cotidianidad es la que nos permite fortalecer la relación. La continuidad está en la cotidianidad, no en el gregarismo.

Los gregarios extremos, por este constante afán de estar en la búsqueda de lo nuevo, terminan descubriendo al final de su vida, que sus sueños de juventud se convirtieron en las pesadillas de su vejez.

Por supuesto que esto es algo que nos pasa a todos en mayor o menor medida, pero entre más continuidad le demos a lo que hagamos: pareja, proyecto y vida en sí, menos pesadillas serán las que tengamos en la vejez.

Nos leemos en el siguiente artículo.