miércoles, 19 de octubre de 2016

La Crisis de Mediodía.

Frecuentemente me topo con el hecho de que la gente le da más valor a las intenciones que a los hechos. Todos conocemos el adagio que dice: “la intención es lo que cuenta”. Nada más lejos de la realidad. Lo que cuenta son los hechos. Las intenciones son de carácter moral y por ende cualificables y cuestionables. Los hechos no tienen moral. Los hechos nada más son.

En escritos anteriores hemos explicado que para que el mal se considerado como tal, debe tener: conocimiento e intención. En aquella ocasión ejemplifique lo anterior con una historia personal.

Comentaba que como diletante del arte tuve la oportunidad de comprar un cuadro del siglo XVIII. Lo lleve a casa y le pedí a la madre de mis hijos que por favor se coordinara con el instalador para colgar el cuadro. Salí de viaje y a mi regreso me encuentro con un drama mayúsculo. Mis hijos regañados y el cuadro atravesado de lado a lado con un balón de futbol.

Supe que mis hijos festejaron el gol por lo que de inmediato me sume a su festejo, aun cuando el gol se había consumado días atrás.

Mis hijos no tenían conocimiento de que era una obra de arte del siglo XVIII, ni edad para entender el valor del mismo. Fuimos nosotros los que dejamos el cuadro en un lugar impropio. Ellos solo estaban siendo niños y lo demás fue un resultado natural. En el acto no había conocimiento ni intención.

No obstante el hecho es que el cuadro sufrió un daño sustancial y con ello una sensible pérdida de valor. Supongamos, para explicar la sustancia de lo que quiero enunciar, que mis hijos hubiesen tenido conocimiento e intención… ¿Cambiaría esto el hecho? La respuesta es No. Podría, es cierto, sancionar el acto, sin embargo al final el cuadro seguiría estando igual. Lo que importa es el hecho, no la intención.

La intención nos sirve para calificar, reconocer o sancionar el acto, lo cual de suyo es recomendable, ya que el reconocimiento estimula la repetición, mientras que la sanción, así nos han dicho, evita la repetición. Claro que esto es solo en teoría ya que en la realidad la sanción solo sirve para que el afectado se sienta un poco mejor, pues si algo nos ha demostrado la vida es que la reincidencia de los actores es mayúscula, tanto aquí como en cualquier parte del mundo.

Lo importante es el hecho, no la intención.
Abraham Lincoln nos dice en sus memorias que a él no le interesaba abolir la esclavitud. Esta fue un producto de la oblicuidad. Lo que él realmente quería era sacar en calidad de libertos a todos los negros del país y llevarlos a Liberia.

Recordemos que en 1822 la American Colonization Society definió una zona geográfica al oeste de África, limitada por Sierra Leona, Costa de Marfil y Guinea del norte. Zona donde se iban a llevar a todos los libertos de Estados Unidos. Esto fue lo que hizo que a ese país se bautizara con el nombre que lo conocemos hoy: Liberia.

El objetivo de Lincoln era darle la libertad a todos los negros y sacarlos del país para que no se mezclaran con la raza blanca. Fueron las circunstancias las que lo llevaron a abolir la esclavitud con la finalidad de debilitar la rica economía del sur y con ello ganar la guerra de Secesión.

La realidad es que lo que menos les preocupo y ocupo a los negros es si las intenciones de Lincoln eran loables o no. Lo importante para ellos es el hecho de que se abolió la esclavitud. Las razones y las causas les tenían sin cuidado. Lo más probable es que todos hubiesen estado de acuerdo con la polémica frase que acuño el viejo Sófocles (496 A.C. / 406 A.C.), de que “el fin justifica los medios”. Lo importante para ellos fueron los resultados, no los medios ni las causas.

Recién sostuve una plática con una socia de negocios que lleva poco más de cinco lustros de casada. Su marido es el clásico hombre Masa. Para él lo importante es la familia. La propia en primer lugar, la extensa en segundo lugar. Entendiendo por extensa la de su esposa e hijos. Es un hombre que hace más por su cordón umbilical que por su dinastía. Como todo buen operador, hace mucho y logra poco, de tal suerte que ella ha sido y es el sostén de la casa en un cien por cien, ya que lo poco que él genera es para ayudar a sus padres y hermanos, amén, claro está, de sus divertimentos personales.

Ella ha sido el sostén en todo lo que llevan de casados y lo ha hecho sin aspavientos, reclamos o malas caras. Cierto que en más de una ocasión conmino a su cónyuge para que lo poco que este pudiera aportar entrará a las arcas de la casa y no de terceros (cosa que nunca paso). Ellos tienen tres hijos en situación especial, por lo que los gastos de la casa son bastante onerosos.

Sin importar la renuencia del marido a participar con los gastos de la casa, ella ha hecho todo lo necesario para sacar a los hijos adelante y por ende a él… No obstante de unos meses para acá he sido testigo de las mutaciones que Victoria ha sufrido en todos los aconteceres de la vida. Mutaciones que ineluctablemente han generado nuevas formas de expresión del ser y hacer de su persona, por lo que los encuentros y desencuentros que ha tenido con él, con nosotros y con los demás entes sociales que le rodean (a excepción de los hijos), no se han hecho esperar.

Estadios antropológicos.
Los seres humanos migramos por varias etapas en el tránsito de la vida:

La inmediatez inconsciente (de los 3 a los11 años);
Presente inmediato (de los 12 a los 18 años);
Presente consciente (de los 19 a los 38 años);
Crisis de mediodía (de los 39 a los 50 años);
Futuro inmediato (de los 51 a los 65);
Futuro declinante (de los 66 a los 75 años);
Inmediatez consciente (de los 76 en adelante).

Todas las etapas o estadios tienen sus características, retos e intereses, no obstante la que a nosotros nos compete es la correspondiente a la Crisis de Mediodía.

La Crisis de Mediodía (de los 39 a los 50 años).
La razón de estas mutaciones se debe a que mi socia, como casi todos sus coetáneos y coetáneas, entro de lleno a su Crisis de Mediodía.

La Crisis de Mediodía es un intervalo biográfico en el que se suscitan las disyuntivas más importantes de la vida…, Encrucijadas que terminaran definiendo el devenir de la persona por lo que le resta de vida, ya sea para continuar por el mismo sendero o para emprender nuevos derroteros.

En este intervalo es donde los seres humanos nos cuestionamos todo: la pareja, el tipo de matrimonio que tenemos, la forma en que educamos a los hijos, el trabajo, la vida que llevamos y un sinfín de etcéteras más que tienen que ver con nuestro acontecer biográfico y lo que queremos para él. Es un estadio en el que se dan rompimientos fuertes o consolidaciones drásticas.

Todos los seres humanos estamos condenados a padecerla, ya sea en mayor o menor medida, pero nadie se salva de ella. La intensidad de la misma está subordinada al nivel de conciencia que tenga el individuo.

En otros artículos hemos explicado que la Conciencia es Identificación.
Consciente es aquella persona que tiene la capacidad de llamar a las cosas por su nombre.

Una persona que sea amante de los eufemismos tenderá a tergiversar el significado de las palabras para no llamar a las cosas por su nombre, ya que esto es muy mal visto en la sociedad. Una persona consciente llamara a las cosas por su nombre sin importar si al otro le parece o no.

Paradójicamente las personas conscientes son las que tienden a tener las peores Crisis de Mediodía, ya que estas siempre reman a contracorriente. De tal suerte que cuando llegan a la Crisis de Mediodía, que se caracteriza por enorme cantidad de renuncias, es inevitable que las personas no se pregunten si quieren seguir remando a contracorriente, tratando de mantener a flote lo que hace mucho debieron dejar hundir.

Por el contrario, las Crisis de Mediodía de las personas que viven inmersos en la psicología del autoengaño (inconscientes), son insustanciales.

Estas personas viven en la superficie de las cosas. Lo que les apura es la inmediatez de la moda (modus: manera, medida) en todos los aconteceres de su vida. Sus crisis tienen que ver con el constante parangón que hacen con su entorno inmediato, ya que ellos, a diferencia de su entorno, no pueden vivir con la aparente holgura o despreocupación que viven los demás.

Mi socia entro hace poco más de seis meses a su crisis de Mediodía. De ese entonces a ahora, no ha dejado de cuestionarse todo lo que hace…

Sus preguntas y conversación han mantenido el siguiente tenor:
-Yo me case convencida de que el matrimonio es para toda la vida, no obstante de un tiempo a acá no hay día que no me pregunté si debo seguir viviendo con Carlos. Cada día me es más difícil y cada día me incordia más su presencia. Pero lo que me confunde es el hecho de que a principios de año pensaba que iba a vivir con él toda mi vida. ¿Qué me está pasando y porqué?

-Otro tema que me apura es el del negocio. En alguna ocasión te escuche decir que el esclavo a fuerza de servir se convierte en amo y el amo en esclavo. Cosa que no entendí del todo en su momento, pero hoy que descubro que soy esclava del negocio me pregunto si esto vale la pena. Tengo menos libertad que cualquiera de mis colaboradores. Y si el tiempo tuviera un valor económico, entonces yo terminaría ganando menos que ellos. Llego al negocio a las 7:00 horas y salgo de él a las 20 horas. Me pregunto si esto realmente vale la pena. A mi educaron con la idea de que había que trabajar mucho para ganar dinero y tú siempre dices que lo que debemos hacer es trabajar inteligentemente más que intensamente.

En la reunión que tuvimos hace poco te escuche decirle a una persona que no se preocupe por no poder realizar sus sueños, ya que siempre habrá alguien que lo contrate para realizar los suyos.
La frase me cimbro y no he dejado de pensar en ella, al grado que estoy pensando vender mi parte del negocio y dedicarme a invertir, pero todo el mundo me dice que no lo haga, empezando por mi marido.

-Y de todos los temas que tengo en la cabeza, el que más me preocupa es el de mi persona. Recién tomo consciencia de que en estos 25 años he tenido tiempo para todos menos para mí. Mis hijos crecieron y me perdí muchas cosas que no me hubiese gustado perder pero que me vi en la necesidad de hacer para sacarlos adelante.

Mis hijos están a punto de emprender su propio camino y quiero ser testigo de sus aconteceres, amén de que quiero tener tiempo para mí. Pero la pregunta es; ¿Por qué hoy, que estoy en mis tempranos cuarentas, me preocupan estas cosas que no me ocupaban antes?

Le explique que estaba inmersa en su Crisis de Mediodía, las características de la misma y las razones antropológicas por las cual se da entre los 39 y 50 años de edad, y que lo mejor que puede hacer es vivirla intensamente. Afrontar cada una de las encrucijadas y tomar decisiones basada en el querer-querer y en los hechos.  

Le recomendé ignorar el querer-desear de la gente, ya que este tiene que ver con las intenciones y estas están basadas en deseos, no en querencias.

Conclusiones.
El querer-querer está centrado en los hechos.
La realidad es que en la vida solo logramos coronar aquello que hemos querido-querer…, y añorar aquello que hemos querido desear.

Revise los hechos de una persona. En ellos están sus más íntimas y profundas querencias, aun cuando no las lleve al consciente. Luego, si sus más íntimas y profundas querencias le han llevado a hacer lo que hace, qué le hace creer a usted que esas mismas querencias le llevarán a hacer algo diferente o mejor.

Es importante entender que no hay fondo. Las personas siempre podemos ir más abajo. Nadie toca fondo ya que no existe tal. La única razón por la cual la persona cambiaria es por lo profundo y doloroso de su Crisis de Mediodía.

Cuando las personas le hacen frente a su Crisis de Mediodía, se ven en la no grata necesidad de pagar el precio de la renuncia, lo cual es doloroso tanto para la persona en sí como para los que la rodean.
Cuando la persona opta por ignorar sus crisis, descubrirá que poco a poco se ira aferrando más al pasado que al presente, exigiendo de si y de los demás que las cosas sean como siempre han sido.

Este tipo de personas son las que suelen decir que todo tiempo pasado fue mejor, lo cual, obviamente, es una aberración.

Cuando nada cambia es tiempo de que cambiemos nosotros.

jueves, 6 de octubre de 2016

Por amor o por negocio.

Recién fui testigo de una plática en el que el resultado de la misma puso a la palestra el estatus o cualificación moral de nuestros mal llamados valores.

En artículos anteriores hemos explicado que los valores antropológicos son tres. Todos lo demás, llámesele como se le llame, no son más que usos sociales. Y estos tienen un mayor o menor nivel de apreciación en función de la geografía, época y cultura de la persona que los defiende.

Los usos sociales son hijos de las circunstancias (tiempo y espacio), pero de ninguna manera deben ser considerados como valores.

Un valor, para ser considerado como tal, debe ser válido para todos los seres humanos sin importar época, idioma, religión o color. Los valores que no pasan este filtro son usos sociales, más no valores.

Los valores antropológicos son tres:
La reproducción de la especie;
La conservación de la especie;
La mejora de la especie.

Por supuesto que la honestidad (intelectual), la honradez (material), el respeto y demás atributos que tanto apreciamos, son de vital importancia para las relaciones humanas, sin embargo estos están sujetos a los matices de la época, de la geografía, cultura y religión de cada quien.

El tema, aunque interesante, no es el que nos compete en este momento. En otros artículos hemos hecho un análisis exhaustivo de los valores, por lo que en este nos circunscribiremos a la tergiversación que hemos hecho de los mismos, nominando con la palabra “valores” a los usos sociales, lo que ineluctablemente nos lleva a cometer un sinfín de errores de juicio.

A las cosas hay que llamarlas por su nombre, sin embargo, como nada nos aterra más que la realidad, tergiversamos el uso de las palabras para poder expiar nuestra conciencia. Sirva para ilustrar lo anterior el siguiente ejemplo:

Le llamamos Educación a la Instrucción Pública.
La educación corresponde a los padres y la instrucción pública a los maestros. Los maestros no educan, instruyen. De tal suerte que terminamos teniendo gente con carrera, maestría y doctorado, pero sin un gramo de educación, lo que ineluctablemente los condena al fracaso.

Ejemplos del cómo hemos tergiversado las palabras hay muchos, sin embargo le pido a mis dos o tres lectores que en esta ocasión me permitan abordar el tema en otro artículo para regresar al núcleo de este.

Por amor o por negocio.
En una cena integrada por un grupo heterogéneo de hombres y mujeres, grupo en el cual había dos parejas formales, tres neo-parejas y los demás separados, solteros o divorciados. En este cenáculo se dio un intercambio dialógico con el más joven del grupo (Ricardo), el cual ha permanecido soltero y sin pareja en curso.

Un ejemplo de cómo van cambiando los usos sociales es el hecho de que hace tres décadas a este hombre que está cerca de los cuarenta, la sociedad femenina lo hubiese tipificado como apestado y la masculina hubiese dudado de su masculinidad. Sin embargo hoy que las circunstancias han cambiado y que lo normal es retrasar la edad en que se da una unión formal, ya sea a través del matrimonio o de lo que hoy se nomina como neo-pareja, un hombre de su edad es visto con un atractivo potencial por parte de las mujeres y con algo de enviada por parte de los hombres…

Qué cambio: la época y con ella sus formas. En otras palabras, los valores siguen siendo los mismos, pero los usos sociales cambiaron

A Ricardo le hemos conocido varios intentos de pareja, no obstante la realidad es que ninguna de ellas ha logrado retenerlo o a ninguna de ellas ha logrado retener.

El problema, según Ricardo, es que ninguna de las candidatas potenciales ha reunido los requisitos que se necesitan para formalizar una unión, lo cual obviamente es falso, ya que él es el que consciente o inconscientemente las escoge con esa carencia de atributos que a la postre le sirven para justificar su soltería. 

En la cena el intercambio dialógico se centró en él, debido a que en reuniones anteriores estuvo acompañado de una muchacha hermosa a más no poder. Bello rostro, bella figura y una sonrisa encantadora, amén de una plática interesante, divertida e inteligente.  

Por obvias razones las damas del grupo lo cuestionaron por no haberla llevado a la cena (mujeres al fin). Ricardo vertió mil y un pretextos del porque no. Ninguno de ellos lógico y plausible. Cierto es que pudo haber dicho que no le interesa la dama y no dar más explicaciones, sin embargo la forma en que se excusó dejo ver un tras fondo diferente al que sus palabras enunciaban.

Esta dicotomía no pasó desapercibida para nadie, no obstante ellos hicieron mutis mientras que ellas se le fueron a la yugular (al fin mujeres). Al final fueron tan erráticas sus respuestas y tanto el acoso de ellas que no le quedó otra opción más que decir la verdad del porque ya no andaba con ella.

Su respuesta causo estupor en unas e interés en otros (al fin hombres). No obstante lo que más impacto causo fue un comentario postrer que hizo una de las señoras que nos acompañaban, tanto porque es madre de dos hijas como por el hecho de que nadie se esperaba esa respuesta.

La respuesta franca de Ricardo es que había dejado de andar con ella porque se enteró que la susodicha trabajaba como dama de compañía. Y se enteró por casualidad, ya que un conocido de él la había contratado para que lo acompañara a un viaje de negocios a Europa. Al regreso se reunió con Ricardo a sabiendas de que éste tenía que viajar próximamente, por lo que la recomendó ampliamente.

Ricardo llama a la dama en cuestión y cuando esta le contesta reconoce la voz. Comentó que el estupor y azoro fue tal que se quedó mudo y termino la llamada. Dejo pasar unos días para investigar y tomar las cosas con calma. Días en que ella le llama a su teléfono personal, sin que este tome una sola de las llamadas. Al final la busca y la confronta. Esta reconoce que su trabajo es ese y que en ocasiones su trabajo contempla algo más que una simple asistencia o compañía.

La información causo revuelo entre ellas y sumo interés en ellos (al fin hombres). No obstante hubo un comentario que fue el que más polémica causo.

La comensal arriba mencionada (madre de dos hijas) le dijo a Ricardo lo siguiente:
No seas idiota. Por lo menos esta cobra. Las demás lo hacemos gratis.
Nos enamoramos… Si corremos con suerte nos casamos pero al final nunca cobramos.
Por lo menos ella tiene sentido de negocio.
Cosa que ninguna de las que estamos aquí posee. 

La polémica estallo. El más feliz era Ricardo, ya que a partir de ese momento se le dejo de interpelar. Se mantuvo callado, expectante y atento al devenir del tema.

Contra lo que mis escasos lectores puedan suponer, el comentario causo indignación entre los hombres y azoro entre las mujeres. Cierto que hubo tres de ellas que se incordiaron ante el comentario, no obstante fueron ellos los que más agredidos se sintieron y por ende los que respondieron con más acritud.

La situación hizo que me acordara del filósofo Augusto Comte (1798 – 1857), padre del Positivismo. Este, al caminar por las calles de París, coincide con una mujer que camina en sentido contrario al de él por la misma acera, y tan pronto la ve siente un irrefrenable impulso de gravitar hacia ella. Se acerca, se presenta, le pregunta su nombre y le pide autorización para acompañarla a donde vaya.

Esta se ríe, le cae en gracia la transparencia e ingenuidad del filósofo y le da juego. Comte empieza a frecuentarla y a hacerse acompañar a todos lados con ella. En ese andar con Caroline por las calles de la Ciudad Luz, le ven sus cofrades y amigos, los cuales prestos y solícitos deciden separarlo de ella.

Uno de ellos investiga sobre ella, los lugares que frecuenta y el lugar donde trabaja. De inmediato se hace acompañar por Comte. Llegan al Palais Royal, lugar donde ella ejercía de prostituta, le muestra a Caroline en pleno ejercicio del oficio y le dice: Vela ahí. Es una prostituta… A lo que Comte responde: Tú vez una prostituta. Yo veo un ángel.

Lo demás es historia, se casa con Caroline, duran casados 18 años. Se separan y Comte ve por ella el resto de su vida. Al Final Caroline termina teniendo una tienda de libros y se dedica a vender y promover los libros de Comte y de otros positivistas y filósofos en general.

Los falsos valores.
Por supuesto que Ricardo está muy lejos de Auguste Comte, amén de que las circunstancias de Caroline son distintas a la de Emily. No obstante la situación que nos presentó Ricardo, así como la respuesta que nuestra compañera le dio a éste, dieron tema para el debate y la reflexión.

Según cuenta Ricardo, Emily termino diciéndole que estaba enamorada de él y que quería casarse con él.
Él respondió que no tenía dinero suficiente para hacerlo, a lo que ella respondió que ella pondría el dinero y él todo lo demás.
El contesto que no y menos si el dinero provenía de su trabajo, a lo que ella reacciono preguntándole que qué es lo realmente importante para él: ella o el origen del dinero.
Ricardo no contesto y ella lo interpelo diciéndole que él no estaba enamorado de ella y que el tema de su trabajo era un pretexto racional para no comprometerse y sentirse bien consigo mismo.

Me queda claro que Ricardo debió limitarse a decir sí o no a la propuesta de matrimonio, pero no argumentar la ausencia de dinero (lo cual no es cierto), ni tampoco cuestionar el origen del mismo, ya que al final del día no se quería casar con ella.

No vamos a hablar de que si debería casarse o no. El tema no es ese. El núcleo del asunto es el cómo los falsos valores nos enturbian la mirada y el criterio.

Antes de que Ricardo se reuniera con su amigo, se le vía en todos lados con Emily y se le veía muy bien. Tanto que a más de uno de nosotros nos hizo saber que ahora si estaba cierto de lo que iba a hacer.  

Por otro lado está el hecho de que Ricardo se tiene que mudar del sur al norte de Texas, por lo que la posibilidad de que el pasado de Emily saliera a la palestra era muy baja, si es que esto fuera un óbice para él.

Qué pasaría si Ricardo y Emily hubiesen formalizado su unión, y al tiempo él se enterara de su pasado. ¿Es razón para dejarla atrás? ¿Es más importante eso que lo que ella representa?

Ahora bien, si lo que realmente le importa es ella, porque su pasado debe ser un óbice.
¿Qué es lo que nos lleva a descalificar al otro de una manera tal que al condenarlo nos condenamos? ¿Por qué somos tan obtusos?

Coprofiloneuronal.
La gran mayoría de nosotros tenemos un problema coprofiloneuronal (excremento cerebral). Problema que vamos incrementando en el devenir del tiempo, debido, principalmente, a que hacemos poco nada de limpieza cerebral.

Recibimos en el decurso de la vida un cúmulo de conceptos que por deformación (así nos enseñaron), o por confort (pereza intelectual) o por simple claudicación (miedo a cambiar), decidimos no cuestionar y jamás pensar.

Estos rigen todo nuestro devenir aun cuando no estemos conscientes de ello. Lo que debiéramos hacer es estar en un constante ejercicio de higiene mental. Cuestionándonos porque creemos lo que creemos. A donde nos lleva ese creer. Que debemos cambiar y cómo lo debemos cambiar.

Recordemos que nosotros creemos las cosas no porque sean ciertas, sino porque tenemos una enorme necesidad de que lo sean… Ya sea por confort, por claudicación o por evasión de la realidad.

Vivir en una constante higiene mental nos ayudaría a ser mejores personas y a tomar mejores decisiones. 

viernes, 30 de septiembre de 2016

Observarse a sí mismo.

Duro oficio el del Rey el de vomitarse sobre sí mismo.
Lo que el adagio significa es que es muy difícil desdecirse, y mucho más, observarse.

Poco / nada nos observamos.
Lo común es observar a los demás, pero no observarnos a nosotros mismos. No obstante se nos olvida que somos a un mismo tiempo público y escenario. Así como nosotros observamos a los demás, los demás nos observan a nosotros. Somos los demás de los demás.

El que esto escribe es un observador de la naturaleza humana. Me es común quedarme estático observando las expresiones del ser de ese Otro que atrapa mi atención. Observo, escucho y analizo todas las expresiones de su ser, ya que estas me hacen evidente lo que el Otro es, aún cuando él no este consciente de ello.

Esto (observar) no tiene nada de extraño, por lo menos no para mí, sin embargo el Otro (el observado) y los Otros (los que me observan) me ven (y con justa razón) como un animal raro (que si lo soy), ya que es de muy mala educación hacer lo que hago. Y si bien es cierto que mi intención no es incordiar el alma del otro, también lo es el hecho de que al otro no le importan las intenciones, sino los hechos y resultados.

Este natural observar al otro es algo propio y común de los infantes, no de los adultos. Los infantes, antes de que sus padres les enseñen a no observar, absorben el mundo a través de los ojos. Es por ello que observan acuciosamente a los adultos y a cuanta persona les llame la atención.

Este observar al otro es algo muy natural, no obstante al paso del tiempo es algo que dejamos de hacer debido a que es muy mal visto por la sociedad. Perdiendo así una enorme fuente del conocimiento y del saber.

En lo que a mí respecta mi observar no tienen otro afán más que el de aprender y entender. Observo para entender, no para juzgar. La realidad es que nadie está facultado para juzgar. Para juzgar al otro es menester hacerlo desde su piel, desde su biografía, y esto es algo que nadie ha podido hacer ni podrá hacer.

Porqué observar.
Como todos sabemos, los dos mejores libros del mundo son: El otro (mi semejante) y Lo otro (el mundo). Y estos son libros que demandan de mucha observación, análisis, reflexión, abstracción e introyección.

De hecho todos los libros que se han escrito y publicado en el mundo, son para explicar estos dos: El otro y Lo otro.

La realidad es que la gran mayoría de nosotros nos observamos poco o nada a nosotros mismos, y cuando alguien nos hace patente nuestro extraño accionar, respondemos con una explicación que no solo justifica nuestro errático hacer, sino que además nos sirve de pretexto para no cambiar.

Una de las razones por la cual no cambiamos nuestro accionar, es debido a lo pueril de nuestra formación. Esta ha sido pobre e insuficiente. Tenemos mucha instrucción, poca formación.

La instrucción es exógena (de la piel hacia afuera). La instrucción es un constante recibir información académica, científica, empresarial o de cualquier tipo. No obstante la instrucción es solo eso… instrucción.

La instrucción es un falso saber que nos sirve para hacer, pero no para ser.
Saber mucho de algo no nos convierte en ese algo. Nos convierte en repetidores de repetidores, pero no en mejores hombres. 

La formación tiene que ver con lo que su nombre dice: dar forma. Y esta solo se adquiere a través de dos vías: Vía la educación (Educere: extraer lo mejor de) o vía el auto-descubrimiento.

La primera vía del saber es la educación.
La educación nos es más que la constante repetición de actos. Actos que a fuerza de repetición se convertirán en hábitos y estos en costumbre.

Bien dice el adagio… Siembra actos y cosecharas hábitos. Siembra hábitos y cosecharas costumbres… Y, como todos sabemos, la costumbre es una segunda naturaleza.

La educación nos es más que la inteligente y racional construcción de una segunda naturaleza. Naturaleza que se sobrepondrá a la primera, ya sea para atenuar su oscuridad o para magnificar su luz.

La segunda vía del saber es el auto-descubrimiento.
Solo se sabe lo que se descubre. Es por ello que la palabra saber y sabor (sapere: degustar, recibir, llevar al interior) poseen la misma raíz.

Solo se sabe lo que se degusta, lo que se lleva al interior. Lo demás se conoce, pero no se sabe. El saber es endógeno (autobiográfico), mientras que el conocimiento es exógeno (bibliográfico). La diferencia entre una y otra es abisal.

La palabra aprender deriva de aprehender (asir con la mente), y solo logramos aprehender aquello que nos genera una impresión tal, que no nos es posible mantenernos ajenos a ella. La impresión puede ser negativa (para evitar) o positiva (para repetir), pero solo asiremos con la mente para llevar a nuestro interior y hacerlo propio, aquello que nos haya causado ese nivel de impresión.

Revise por favor su biografía. Observe que esas cosas que le generaron un más o un menos de impresión, son las únicas que recuerda. Las únicas que ha hecho propias, es decir, que ha llevado al interior. Lo demás lo conoce, pero no lo sabe.  

Los seres humanos aprehendemos lo que descubrimos, no lo que se nos dice.
Nosotros somos los demás de los demás. Observarse a sí mismo nos lleva a ver eso de nosotros que ven los demás, pero no nosotros.

Es importante entender que no podemos cambiar lo que no conocemos. Y si no nos conocemos a nosotros mismos, cómo entonces vamos a cambiar.  

Cierto es que hay ocasiones en que estamos abiertos y dispuestos a escuchar lo que nos dicen, pero más cierto es que esto sucede por excepción. Lo ideal sería aprender a observarnos.  A estar conscientes de nuestros gestos, palabras, actos y acciones. Solo así podremos re-edificar nuestra personalidad.

Observarnos nos llevaría a cometer menos errores. Errores en los que la gran mayoría de las veces no tenemos la intención de cometerlos. Hay, claro está, errores que cometemos voluntariamente, pero estos no nos sorprenden. Sabemos que lo que estamos haciendo está mal, y aun así lo hacemos. Es el idiota interior el que nos lleva a disfrutarlos y por ende a hacerlos.

Sin embargo el tema que nos compete no es el del idiota interior, sino ese otro que anida en nosotros y que nunca se observa.

Observarse no es fácil. Tenemos que aprender a hacerlo. A estar consciente de lo que hacemos en todo momento. Lo que decimos y dejamos de decir. La forma en que vemos, hablamos, pensamos y actuamos.

Observarse es un ejercicio de construcción y des-construcción constante, pero solo así podremos edificar, rescatando de nosotros mismos, de nuestro interior, eso que ya tenemos y que nos llevaría a ser una mejor persona en todos los aspectos.  


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Entre la ficción y la realidad.

Mi oficio me lleva a conocer un sinfín de personas y personajes. Unos dentro del mundo de los negocios, otros fuera de él. Algunos de ellos instalados intermitentemente en la realidad, y otros, la gran mayoría, en la fantasía.

Lo cierto es que esto que de suyo se antoja poco plausible, no tiene nada de extraño. La realidad es que todos nos movemos entre la ficción y la realidad. Nadie quiere y puede vivir permanentemente en la realidad. La realidad desquicia, deprime y mata. Se requiere estar mal de la cabeza para vivir única y exclusivamente en la realidad.

Siempre le añadimos un poco de ficción a la realidad.
Una ficción elegida (religión, amor, familia, ética, moral  y demás etcéteras de lo irreal) es aquella que sabes que no es cierta. Es aquella que la eliges racionalmente. La eliges a sabiendas de que no es real. De que tiene posibilidad, más no probabilidad. Y gracias a esto es que la puedes usar como lo que es: una catarsis (liberación) que te permite escapar intermitentemente de la realidad. 

El problema en si no es la ficción. A todos nos educan desde la cuna a vivir en ella. El problema es creer que se vive en la realidad, cuando se vive en la fantasía. Este no querer llevar a la conciencia que mucho de lo que hacemos es irreal (la realidad no se subordina a los deseos humanos), es la causa de muchos de nuestros descalabros.

Ya comentamos que nadie quiere ni puede vivir permanentemente en la realidad. Por eso es que se dice, y se dice bien, que la verdad es para los idiotas. Solo estos la pueden recibir tal cual es, sin que ella les represente un problema mayor… Ya están Idiotas.

Condicionantes de la verdad.
Como ya hemos mencionado en escritos anteriores, la verdad debe ser dicha solo a aquellas personas que reúnen dos condiciones:

Primera:
La verdad solo debe ser dicha a aquellas personas que tengan la capacidad de recibirla, digerirla y dirigirla, de lo contrario estas personas causarían un problema mucho mayor que el que se buscó subsanar. Es por ello que la verdad no es para todos.

La verdad se le debe decir solo aquellas personas que les compete y que tienen la madurez para recibirla, digerirla y dirigirla.

Segunda:
La verdad solo debe ser dicha a aquellas personas que tengan la capacidad de hacer del instante un instante y no una constante. De lo contrario estas personas estarían constantemente trayendo al presente un pasado que ya no es, que ya no existe.

No olvidemos que la muerte de los muertos es la vida. Lo que ya paso, ya paso. Hay que aprender de ello, enterrarlo y no sacarlo más.

Si el otro no tiene la capacidad de enterrar a sus muertos, lo mejor sería no decirle nada, ya que de lo contrario se va a pasar la vida desenterrando cadáveres que ya no tiene razón de ser.

La realidad no es para todos.
Entramos y salimos de la realidad a través de las ficciones que consciente o inconscientemente escogemos para tal efecto.

Las ficciones son de suma importancia para nuestra salud mental, no obstante es importante escoger nuestras ficciones y escogerlas a sabiendas de que son eso: ficciones. Las ficciones son una válvula o catarsis que nos permite escapar intermitentemente de la realidad. Cuidando, por supuesto, que esa intermitencia no se convierta en permanencia, como le sucede a muchos.

La primera responsabilidad que tenemos para con nosotros mismos es escoger y dirigir racionalmente nuestras ficciones. De lo contrario ellas serán las que nos dirijan a nosotros. Cuando no escoges tus ficciones, ellas te escogen a ti, de tal suerte que lo que no existe, lo que pertenece cien por cien al mundo de la fantasía, lo que solo es un ente de razón porque existe en nuestra mente pero no en el mundo real, es lo que terminara gobernando a lo que sí existe... A ti.  

¿Está mal creer en las ficciones? No. Lo que está mal es que estas nos gobiernen a nosotros. Lo cierto es que esto que de suyo se antoja poco inteligente, es el común denominador del día a día.

En el devenir del acontecer nos es frecuente encontrar gente que no solo está instalada en la ficción como motor y centro de vida, sino que además es notorio que estas (las ficciones) terminan gobernando a la persona en lugar de que la persona las gobierne a ellas, haciendo de la ilusión de su mentira, una realidad verosímil pero falsa.

Ficciones sobrevaloradas.

El amor. 
El amor es la más bella ficción que tenemos los seres humanos, pero ficción al fin…

En la antropología hay una premisa que rige todos los ámbitos del ser quehacer humano. Premisa que debiéramos tener siempre presente, pero que frecuentemente olvidamos o hacemos a un lado, y en ningún lugar es más notorio este olvido que en el combes del amor.

Premisa antropológica: En la vida nadie quiere lo que tú quieres y el que quiere lo que tú quieres, no lo quiere como tú lo quieres.

Analicémosla desde el combés del amor.
Cierto es que ambos quieren cosas comunes, pero más cierto es que ambos quieren cosas del otro que el otro no puede (no está en su naturaleza); que no quiere (no está en su voluntad) y que no está dispuesto a dar (no está en su deseo). Y si no tenemos la capacidad de reconocer y aceptar que el otro es autónomo (tiene y ejerce sus propias normas), autómata (posee su propio motor), autócrata (tiene y ejerce su propio poder) y auto determinado (se determina –define- a si mismo), entonces la decepción será mayúscula, ya que una cosa es la idealización que hemos hecho del amor y otra muy distinta el amor en sí.

Obviamente que cuando la realidad se sobrepone al ideal, lo cual tarde o temprano va a suceder, el desencanto de los amantes será mayúsculo.

Nos es común escuchar que la gente dice: es que el otro cambio. No obstante la realidad es que el otro no cambio. En esencia sigue siendo el mismo, ya que no puede ser lo que no es. Por lo tanto no es cierto que haya cambiado.  Nadie puede cambiar. Lo que hacemos es modificar temporalmente nuestra conducta en función de las circunstancias… Cambian las circunstancias, cambia la conducta.

En síntesis, lo que los seres humanos hacemos es adecuar transitoriamente nuestra conducta con el fin de lograr un objetivo, que como la circunstancia, es transitorio, pero al final lo que primará es nuestra esencia. Ya que la genética se puede administrar (adecuación de conducta), pero no cambiar.

Amar es amar lo que el otro es, no lo que queremos que sea.

El matrimonio debiera empezar por el divorcio.
Muchas parejas desconocen al otro en el divorcio.
Ese energúmeno o energúmena que los acosa jurídica y económicamente. Que les quita o restringe los hijos, el patrimonio, la estabilidad emocional, mental y demás etcéteras de una separación, está muy lejos, en apariencia, de ese o esa con la que se casaron. Sin embargo la realidad es que no es así. El otro siempre fue así: esquizoide, cuenta chiles (avaro), neurótico, mentiroso, mitómano, controlador y demás etcéteras que suelen salir en estos procesos.  

¿Por qué entonces no nos dimos cuenta desde el principio?
Porque decidimos hacer a un lado la realidad y estacionarnos en la ficción. Por eso dicen que el amor es ciego pero los vecinos no.

Todos se dan cuenta de lo que él o ella es, los únicos que deciden no darse cuenta son los dos involucrados, ya sea por la ficción de que el amor todo lo cambia, lo cual es una verdad medias (ya que modificas tu conducta en función del otro, pero no cambias tú ni cambia el otro) o por la ficción de que la familia es el núcleo de la sociedad, cuando la realidad es que el individuo es el núcleo de la sociedad. Sin individuo, no hay familia, ni sociedad.

En otras palabras, el mito de la familia es un motor de adecuación de la conducta, pero solo para aquel que está instalado en esa ficción. Para que el que no esté instalado en dicha ficción, será el individuo y su desarrollo o motivaciones personales, los que regirán el cien por cien de sus acciones. 

Dinero llama dinero.
Otra ficción común en el combes de los negocios es de que el dinero llama dinero.

En este ámbito también se cree que para hacer un negocio se necesita dinero. Ambas cosas están muy lejos de la realidad.

El dinero no llama al dinero. El dinero para lo único que sirve es para enmarcar que tan fina o vulgar es una persona. Una persona fina no necesita dinero para demostrar que es fina, así como el vulgar tampoco necesita del dinero para hacer patente su vulgaridad, no obstante, un vulgar con dinero es mucho más notorio que un fino con dinero.

Una persona lista (no inteligente) no va a hacer negocios con el vulgar, le va a invitar a hacer negocios en los que él sea el que ponga el dinero y corra el riesgo, a cambio de crearle una falsa imagen de hombre de negocios que no tiene. Al final el vulgar descubrirá que no fue más que un peón en el tablero de ajedrez de otro jugador.

Por el contrario, un inteligente  si se puede asociar con una persona que no tenga dinero, siempre y cuando esta tenga una idea, un plan y un programa del negocio en sí. Ya que los negocios se hacen con la cabeza, no con el dinero.

El dinero no nos hace más inteligentes, solo hace más evidente la poca o mucha inteligencia que tenemos.


Así pues, para poner un negocio no se necesita dinero, se necesita tener una idea que valga la pena, un plan para lograrla y un programa para ejecutarla.

Ya una vez que se tenga esto, se tendrá que hacer un largo recorrido de presentaciones con un sin fin de inversionistas, hasta que dé con aquel al que no le gusta trabajar, pero si invertir. Ese será su socio ideal.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Con lavarse los dientes es suficiente.

Recién viví de cerca una experiencia que no solo pone en evidencia las abisales diferencias entre hombres y mujeres, más específicamente en lo referente a los alcances, sino que además hizo patente la educación, sensibilidad y caballerosidad de uno de los protagonistas de lo que a continuación voy a relatar.

Inicia el año escolar y con ello los alumnos de sexto año de primaria. Esto no tiene nada de anormal, solo que ellos están en la transición de infantes a adolescentes. Por un lado hay mucho de infantil en ellos (hombres y mujeres), pero por el otro inician el azaroso camino de la adolescencia. Etapa de la vida que, como su nombre lo dice, adolecen de esencia, es decir, adolecen de identidad. En unas cosas son niños y en otras adolescentes.

Las madres de familia de los alumnos de sexto año, siempre adelantadas a lo que va a pasar, organizaron una serie de reuniones para que hombres y mujeres empiecen a convivir bajo la atenta mirada de sus progenitoras. Claro que a estas reuniones no van todas las mamas, pero si un grupo representativo de ellas, que son las que se encargan de informarle a las demás del devenir de sus vástagos.

Las reuniones previas eran fiestas de cumpleaños y obedecían a género… Solo niñas o solo niños, pero jamás mixto. No obstante la llegada al sexto año de primaria pone a los dicentes en el umbral de algo que entre las nuevas generaciones, siempre parcas en letras, recibe el nombre de “Reu”.

Una “Reu” es una reunión de niños y niñas, perdón, de señoritas y jovencitos, en la que conviven unos y otros con la intención de ir aprendiendo los primeros devaneos de la relación hombre mujer.

Las madres de familia, anticipándose al proceso (cosa que nunca harían los papás), organizaron por su cuenta las primeras Reus.  

El entusiasmo de los jóvenes (hombres y mujeres) fue mayúsculo. Ya ninguno de ellos pensaba en piñatas, fiestas o albercadas de niños o niñas. Lo que sigue para ellos son las Reu. No habían terminado la primera semana de clases y ya tenían las mamas dos Reus organizadas. 

En estas iba a ver (y hubo) una pista de baile, un disc jockey, comida y demás menesteres del ambiente, a excepción del alcohol y del tabaco (faltaba menos).

Las niñas, viví de cerca el proceso de tres de ellas, estaban muy emocionadas. Lo que ocupaba su mente no era el baile en sí, este lo daban por obvio. Lo que les preocupaba era lo que se iban a poner, la forma en que se iban a peinar, el maquillaje, zapatos y demás etcéteras que las lectoras han de entender muy bien. 

Hubo, además de los menesteres ya mencionados, un dato que todas consideraron  y que me causo mucha gracia. El dato en cuestión fue el que todas se preocuparon por llevar zapato bajo, ya que casi todos sus compañeros son de estatura baja (aun no dan el estirón), cosa que a ninguno de ellos le preocupo.

En ningún momento las escuche preocupadas sobre que iban a decir o hacer si uno u otro las sacaba a bailar, ni la forma en que tendrían que bailar o comportarse con ellos. El baile lo daban por hecho, no era algo que les quitara el sueño. Les preocupaba más saber quién o quienes iban a ir, cómo iban a ir vestidas y con quien o quienes se iban a  juntar.

Ellos, por el contrario, lo que les preocupaba era el baile en sí. Era la primera vez que iban a tocar la geografía corporal de una mujer ajena al grupo familiar. Todos, creo yo, habían tenido algo de experiencia bailando con primas y hermanas, pero era la primera vez que la persona en cuestión no solo no era de la familia, sino que además, muy probablemente, fuera alguien que les gustará.

Ellos, a diferencia de ellas, estaban muy nerviosos. En ningún momento se ocuparon de pensar en quienes iban a ir o con quien o quienes se iban a juntar. Lo que les quitaba el sueño era el cómo tenían que comportarse. Como sacarlas a bailar. Que decirles, cómo tocarlas, en que momento tenían que dejar de bailar y un sinfín de cosas más.

Uno de ellos incluso hizo anotaciones en su libreta al respecto. Anotaciones que no tenían otro fin más que el decirse así mismo lo que tenía hacer y la forma en que se tenía que comportar.

En sus notas se lee una educación, sensibilidad, elegancia y caballerosidad ajena a muchos hombres en la actualidad. Notaciones que me permití mostrar a un grupo limitado de hombres y mujeres con el ánimo de ver y estudiar sus reacciones. 

Las reacciones y respuestas de uno y otro género fueron obsecuentes al mismo y al nivel de cultura y sensibilidad de cada uno.

Ellas, huelga decirlo, se lo comían vivo. Las expresiones fueron dulces y favorables. 
Ellos, en la gran mayoría de los casos, mostraron una indiferencia atroz, otros no entendían por qué se los mostraba y solo dos de ellos se rieron con ternura…Con una ternura más próxima a la pena que les inspiraba el autor de las notaciones que al reconocimiento del autor.

Me voy a permitir transcribir las frases que este joven discente escribió para si mismo: 
Ella te va a decir si ya quiere terminar de bailar.
Siempre hay que llegar sonriente para sacarla a bailar. 
Bailar como este cómoda. 
No fingir ni exagerar. 
No forzarla a bailar. 
Con lavarte los dientes es suficiente. 
No ponerse mucha loción. 
Buen look.

Como bien pueden ver, el joven en cuestión escribió lo anterior para decirse así mismo lo que tenía que hacer y la forma en que lo tenía que hacer.

En sus notas se lee una atención a las posibles necesidades de ella, que ya quisieran muchas mujeres que sus amigos, compañeros y parejas tuvieran con ellas.

Las frases hablan por sí solas, pues estas ponen en evidencia la mente y actitud del autor. El joven discente de doce años de edad es un caballero en ciernes digno de toda admiración.

Nos leemos después con otro tema de carácter antropológico.