jueves, 8 de marzo de 2018

La mujer de mis sueños.


Este artículo es cien por cien masculino. No va dirigido a las mujeres, aun cuando tengo la ligera sospecha de que lo leerán, escrutarán y diseccionarán con el fino bisturí de la feminidad,  por lo que espero una pronta e inexorable crucifixión. El artículo habla de los motores de los hombres al elegir una mujer, por lo que espero que también me lea uno que otro varón perdido en la nube de mi muy reducido número de lectores.  

Lo que me llevo a escribir estas letras es lo que en íntima y cercana convivencia he vivido con conocidos y amigos, amén de que fui sujeto del asedio de un grupo de mujeres que me interrogaron sobre los pareceres de los hombres al decidir vivir con una mujer. Esto, más la aguda y critica intervención de las asistentes a una cena conferencia sobre matrimonios, me impulso a escribir estas letras para plasmar las razones masculinas, las cuales, pueden estar ciertos, son cien por cien contrarias a las que ellas se imaginan.

Antes de escribir esto lleve a cabo varios ejercicios con ellas y con ellos. En algunas ocasiones por separado, en otras de manera conjunta. En una de estas últimas me reuní con un grupo de inversionistas y sus esposas. El tema salió a la palestra, y ellas, prontas y decidas, nos compartieron sus puntos de vista. Ellos, prudentes o temerosos (usted elije) optaron por el mutismo inteligente, con alguno que otro movimiento de cabeza (afirmando o negando) pero callados al fin.

En dichas cenas escuche de todo, no obstante unas cosas fueron las que escuche en las cenas de ellas, otras las que enunciaron en las de ellos y otras muy distintas las de las cenas conjuntas. En las cenas de ellas se habló de: moral, castidad, decencia, valores, amor y demás conceptos propios de la edad (las de menor edad están en sus últimos cuarentas). Cierto estoy que las respuestas hubiesen sido otras si las mujeres estuvieran en sus últimos veintes o primeros treintas. En las de ellos se habló de plenitud sexual y lo que esto significaba para ellos (cabe aclarar que el espectro de edad ellos fluctuó entre los treintas y sesentas) 

En las cenas conjuntas se habló de algo muy similar a lo que enunciaron en las cenas de puras mujeres, pero agregando (ellas claro está) el concepto de que el hombre busca casarse con una mujer con la que pueda hacer una familia; al preguntar yo qué que significaba esto, me respondieron cien por cien seguras de que el hombre busca una mujer que ante todo pueda ser la madre de sus hijos y criarlos bien. Obviamente este fue un concepto femenino, no obstante uno que otro afirmo con la cabeza, mientras que los otros solo escucharon. Hubo uno solo que negó el concepto afirmando que esto lo pensó después y no antes de casarse.

Mantra-yoga.
El que esto escribe está en sus terceros veintes, con esto lo quiero decir es que el general de mis conocidos y amigos son coetáneos. Cierto es que por razones de trabajo convivo con personas de diversas edades, no obstante son más los que frisan y rebasan los sesenta que los que están debajo de esta caótica edad.

Uno de mis coetáneos, al preguntarle por sus negocios, me respondió que con eso de que su mujer se había especializado en Mantra-yoga, no le quedaba más remedio que gastar como si le sobrara y trabajar como si no tuviera ni un centavo. Al preguntarle que en qué consistía el Mantra-yoga, me respondió lo que le dice su esposa: “El Man trabaja y yo gasto”.

Más allá de la hilaridad que esto me causo, y que estoy cierto que más de una mujer estará de acuerdo con el Mantra-yoga, debo reconocer que esta premisa era la esperada en las generaciones pasadas, más no necesariamente en las actuales. Los hombres nos hemos hecho comodones y las mujeres, resolutivas. Cada vez son más los hogares donde el principal o único ingreso es el de la mujer.

En artículos anteriores he explicado que en el universo todo lo femenino es activo y todo lo masculino es pasivo. El hombre, género masculino, tiende al confort. La mujer, a la acción. El rol de la mujer es mover al hombre con o sin su voluntad, y sin embargo es algo que las mujeres han dejado de hacer. Las consecuencias de esto serán palpables en dos generaciones más.

El tema del artículo no son los roles de uno y otro en la relación, no obstante incurrí en esta pequeña disgregación, debido a que le mete un mayor grado de complejidad al tema que nos compete: ¿qué es lo que hace que un hombre se decante por una mujer? En muchos casos, aunque usted no lo crea, es el dinero.

Un joven ejecutivo que estaba en sus últimos treintas, me decía que tenía que cuidar mucho a su esposa, ya que esta tenía mucho potencial y estaba ganando mucho más que él, amén de que estaba cierto que con el tiempo iría a más. Tenía claro que no era la mujer de sus sueños, pero si era la que le podía proveer de todo lo que él buscaba.

Conocí, por mencionar otro ejemplo de los cada vez más frecuentes, a un hombre de pasados mejores que estaba en sus primeros cincuentas, al cual la esposa lo mantenía desde hace más de dos décadas. Tan cierto esta que no es la mujer de sus sueños, que él prefiere pasársela con sus padres, hermanos y amigos que en su casa, no obstante la cela y la cuida no por lo que ella es, sino por lo que ella representa.

Este fenómeno se está manifestando en todos los ámbitos sociales, al grado que el ingreso potencial de la mujer se ha convertido en un motor. Estos son los primeros indicios de muchos otros que constataremos dentro de dos generaciones. Repito, el rol de la mujer es empujar al hombre, y esto, por cansancio o hastió, lo ha dejado de hacer

El amor de una mujer.
El amor es una decisión que genera un sentimiento y no un sentimiento que genera una decisión. Cierto es que el instinto es el motor primario en toda relación, no obstante este se ve en la necesidad de muchas otras variables para mantenerse vivo, ya que cuando el motor se circunscribe única y exclusivamente en el instinto, éste se muere al subsanarlo, desapareciendo con él el interés en él otro, por lo menos hasta que la biología vuelva a hacer lo suyo.

El amor, pues, es ante todo una decisión. Asaz compleja y difícil de explicar. Tanto que muchas veces no sabes porque específicamente amas a una persona, sobre todo cuando la razón te dice que no hay lógica en tu amor… Y sin embargo, el amor es una decisión.

Explico esto por lo siguiente (y aquí empieza mi primera crucifixión)… Cuando una mujer decide amar a un hombre lo ama por sobre toda las cosas. No importa si el otro es un belitre adocenado o un pingajo de hombre, ella, sin importar lo que su razón y cercanos le digan, lo amara total y absolutamente y en contra de todo y de todos, porque así ama la mujer.

Así pues, ya una vez que una mujer decide amar a un hombre no hay poder humano sobre la tierra que le impida hacerlo (cosa que no pasa con los hombres). Ella le amará contra viento y marea y este amor será para ella más importante que la realidad. Si resulta que él es digno de su amor, bien por ella, pero si resulta que no lo es, ella estará ahí hasta que ella (y nadie más) decida dejar de hacerlo.

El amor en los hombres también es una decisión, sin embargo los motores de esta son asaz diferentes a los de la mujer. En el hombre el instinto pesa mucho. De hecho el instinto y la emoción pesan en el hombre más que la razón. Cierto es que la razón tiene un peso, pero esta se nutre de los insumos que le proporcionan el instinto y la emoción

Los hombres, por regla general, etiquetamos a la mujer como un ser emocional, y ni duda cabe que lo es, ya que ella, a diferencia de nosotros, vive hacia adentro. El hombre, en cambio, se etiqueta así mismo como un ser racional, y lo es, pero solo en que aquello que tiene que ver con el mundo del hacer. En el ser, es decir, en lo que tiene que ver con sus emociones y sentimientos, es más frágil y emocional que la mujer.

El equilibrio entre razón y emoción en la mujer es mucho mejor que el del hombre. El hombre es, en el combes del hacer, duro, frío, cruento y despiadado, sin embargo en el combes del ser es mucho más frágil y visceral que la mujer, para muestra un botón, vea usted los juicios de divorcio y pensión alimenticia. La irracionalidad de los hombres en estos temas es mayúscula, tanto que los hijos, sin dejar de quererlos, pasan a ser objeto en lugar de sujeto. El hombre pelea la pensión alimenticia con tal de darle a la mujer lo menos posible, ya que este considera que el dinero se lo va a gastar ella y no sus hijos.

Porque te casas con ella y no con otra.
En una cena de negocios, comentaba la esposa de uno de los comensales, que la educación que les brinda a sus hijas está centrada en lo que estas van a ser como madres de familia. Fue algo así como un viaje en el túnel del tiempo. No porque los preceptos estuviesen equivocados, sino porque los conceptos que vertió eran los propios de otras épocas.   

No obstante lo que llamo mi atención no fueron sus conceptos, sino uno de los fundamentos por ella vertidos. Ella aseguraba que los hombres no se casan con las mujeres con las que tienen relaciones sin estar casados. Tan es así, afirmo, que yo llegue casta al matrimonio (cosa que no teníamos porque saber). La plática siguió su curso pero mi mente ya estaba en otros derroteros. Nos despedimos y me fui con el tema rumiando en medio de mis dos parietales y preguntándome si las mujeres saben cuál es la razón que lleva a un hombre a casarse con ellas.

La premisa me atrapo de tal manera que entre de lleno a auscultar a mis cofrades y cercanos sobre la vigencia de la misma. Confieso que hice trampa, ya que a ninguno de los encuestados les explique el motivo de la misma. Tampoco les pregunté si habían tenido relaciones previas con su pareja, ya que eso es algo que pertenece al combes de lo particular, amén de que corría el riesgo de que con justa razón me mandaran a freír patatas.

Lo que les pregunté fue: ¿Qué te lleva a casarte con una mujer y no con otra? Las respuestas fueron variadas, no obstante en todas ellas impero un común denominador: la complementariedad sexual. En otras palabras, a ninguno tuve que preguntarle si habían tenido relaciones previas, todos, con la respuesta, contestaron que sí.

Lo que enunciaron en común denominador todos los encuestados, es que con ninguna otra mujer habían sentido lo que sintieron con su pareja. Que la razón por la cual se habían casado con ella y no con otra es porque ninguna otra supo hacerles el amor.

Viene la segunda crucifixión... El hombre pues, se casa, entre otras cosas, con esa mujer que sabe cómo hacerle el amor.

Este es un dato importante, porque este saber no tiene que ver con la experiencia, sino con la persona. De hecho uno de ellos me comento que cuando conoció íntimamente a la que hoy es su mujer, que lo primero que pensó es que ella había nacido para hacer el amor, lo paradójico del tema es que ella no había tenido relaciones previas.

Así pues, este saber no tiene que ver con las experiencias previas de la persona, tan no tiene que ver que si fuera así, las mujeres con poca o nula experiencia se verían incapacitadas para lograr tal plenitud, y si algo nos he demostrado la realidad es que no es así, la plenitud la logran tanto las expertas como las noveles, ya que esta tiene que ver con el ser y no con la experiencia.

El sexo, la piel y el algo más.
Retomemos el camino… La respuesta en común denominador de ellos fue: la complementariedad sexual, lo cual no dejo de azorarme, no por la respuesta en sí, sino porque esta no me decía nada, por lo pase al siguiente paso: escudriñar qué querían decir con complementariedad sexual ¿Cómo se da esta? ¿Qué variables inciden en ella?

A todos nos queda claro que si el sexo fuera una mera cuestión de placer, solo nos masturbaríamos. Sin embargo el sexo se alimenta de algo más que el sexo. En el intercambio erótico entran muchas variables y son estas las que inciden en el sexo y no el sexo en ellas.

Conozco hombres muy atractivos, con una personalidad avasalladora, inteligentes, con sentido del humor y trato social, y sin embargo son hombres que tienen como pareja a una mujer poco agraciada. Al platicar con ellos y auscultar la razón de su elección, todos, indudablemente, contestaron lo mismo: es la mujer con la que mayor plenitud sexual he sentido en mi vida.

A algunos de ellos les pregunté con la familiaridad que brinda la confianza, si estaban ciertos de que con sus atributos podrían aspirar a las mujeres más bellas de su entorno. Y todos contestaron que sí. Que estaban ciertos de que su mujer no es necesariamente la más agraciada, pero si es con la que mejor se sienten en todos los sentidos… y con esta respuesta entramos al meollo del asunto.

El erotismo (eros-amor; ismo-sistema, respuesta) es ante todo una respuesta.
El erotismo, contra lo que el vulgo pueda imaginar, está en las antípodas de la pornografía. El erotismo habla de elegancia; la pornografía de vulgaridad. El erotismo tiene que ver con el instinto, emoción y razón. La pornografía con la parte más primitiva del instinto.

De hecho, entre más pornografía ve una persona, menos erótica (atractiva) es. No solo eso, sino que entre más pornografía ve una persona, menos va a sentir y disfrutar el acto sexual, ya que este está deformado en su mente, imposibilitándolo para encontrar afuera lo que construyo en su mente, ya que eso que construyo, no existe.

En el erotismo la psique juega un papel preponderante. El erotismo se nutre de la piel, olor, alma y mente del otro. Lo que hace que no todas las pieles sean tu piel. Hay una piel que te habla, que te dice con el solo tacto lo que la palabra omite. La piel envuelve, acoge, salva. Estar con la persona que es, es estar en casa. Así, cuando el otro es, se vuelve casa, hogar, refugio, y todo esto está más allá de su geografía corporal o de la arquitectura de su rostro.

Cierto que el ojo quiere su parte, sin embargo la realidad es que el ojo ve lo que la lengua quiere. El ser y hacer del otro nos llega a través del habla. Esta, su habla, entra por el oído y el oído le dice al ojo lo que este debe de ver. Es por ello que solemos ver a personas que nos parecen muy atractivas con otras no tanto. Nos sería menester conocerles y saberles para entender que es lo que hace que estén con ellas y no con otras.

¿Qué es lo que hace que una piel sea mi piel?    
Un cofrade, muy cercano a mí, está enamorado de una mujer que es dos décadas más joven que él. Lo paradójico del tema es que ha hablado con ella en contadas ocasiones y si bien es cierto que la conoce de muchos años, también lo es que en todos esos años nunca pudo o supo cómo acercarse a ella. Ella creció y con el paso del tiempo los horizontes se fueron emparejando, al grado que llego el momento en que la comunicación empezó a fluir entre ellos logrando establecer un canal de comunicación abierto y franco.

Él le hizo saber que tenía interés en ella. Ella, escéptica pero atenta, le hizo saber que tenía interés en su mente y en su muy particular forma de ver las cosas. Le comentó que era la persona más rara que había conocido en su vida y que era precisamente eso, su rareza, lo que le hacía tener interés en él.

Cuando platique con él le pregunté que cómo sabía que ella era la indicada, si a lo más habían platicado en persona cinco o seis veces y al teléfono otras tantas. Me comentó que cuando la vio supo que era ella, pero ella estaba casada en ese entonces y no era lo propio incomodarla con sus avances, amén de que ella lo veía a él como un señor. Ella, supongo yo, lo ha de seguir viendo como un señor, no obstante en el horizonte de edad, ya hay más cosas en común que antes.

Regreso a él. Le pregunte respecto a la química. Le hice ver que muchas veces vemos a una persona que nos atrae y sin embargo cuando nos acercamos a ella, su olor y su piel nos repele tanto como la nuestra a ella. Me comentó lo esperado. Que si bien es cierto que no habían intimado de ninguna forma, si habían platicado cara a cara tanto como para saber que su olor y piel son afines a las de él, por lo menos desde la óptica de él.

Así como él, tuve la oportunidad de platicar con muchos otros con circunstancias diversas, pero con la misma pregunta: ¿cómo sabes que es ella?

La Mujer de mis sueños.
Cabe aclarar que el prototipo de mujer que habita nuestros sueños, mora en nuestro interior desde hace mucho. No la llevamos a la razón porque no queremos y no debemos (todo lo que llevas a la razón se muere), sin embargo ella está ahí..., flotando en el etéreo mundo de lo ideal, distorsionada o magnificada pero está ahí.

¿Por qué no la llevamos a la razón? Porque no nos interesa. Sabemos que en cuanto la veamos (reconozcamos) distorsionaremos la realidad para que esta se ajuste a la que habita nuestra mente. ¿Es ilógico? Sí, pero los seres humanos somos así: lógicamente ilógicos. Y son precisamente estas decisiones lógicamente ilógicas las que nos definen a ojos de los demás.

Regreso al tema. La mujer que puebla nuestros sueños es algo más que piel. Puede ser que sea su sonrisa, su impronta toda, su forma de mirar, su hablar, su forma de pronunciar nuestros nombre o alguna de las mil y un cosas que inexplicablemente nos enamoran, las que hacen que sea ella y no otra. Y ya una vez que la reconocemos y que nos reconocemos en ella, entonces y solo entonces, se dará la plenitud de la que todos los entrevistados hablan.

La plenitud no tiene que ver con el acto sexual, tiene que ver con el erotismo (correspondencia entre los amantes). El acto sexual per se, siempre es el mismo, lo que cambia es el erotismo y este, como ya vimos, está mucho más allá del acto sexual.

El erotismo en la mujer.
Va mi tercera crucifixión. La diferencia en el sexo entre hombres y mujeres es abisal. La mujer siente el sexo; el hombre, piensa el sexo. Y hay una gran diferencia entre sentir y pensar. El sentimiento es permanente, el pensamiento, intermitente.

El hombre piensa en el sexo; piensa un día sí y otro también, pero no permanentemente, sino intermitentemente. Piensa en el sexo cada que se da un estímulo que lo lleve a ello, ya sea ver a la persona amada o una mujer que le estimule el instinto, pero fuera de eso, jamás piensa en el sexo, salvo que la biología lo apremie a ello y esta no es permanente, sino intermitente. Esto quiere decir que cuando el hombre satisface el instinto, en ese momento deja de pensar en el sexo hasta que este se vuelve a manifestar.  

La mujer, por el contrario, siente el sexo. Esto no quiere decir que la mujer está permanentemente en ello, sino que ella siente y está consciente de su cuerpo y de su piel todo el tiempo, todos los días, todas las horas. Es por ello que se cuida, se pone cremas, compra esencias para el baño y cuanto cuidado del cuerpo haya.

El hombre, salvo raras excepciones, pocas veces cuida su cuerpo y su piel. Es común ver a un hombre con las manos descuidadas, rasposas como lijas (como las del que esto escribe) y con las uñas hechas pedazos. Difícilmente vera usted a una mujer con las manos así. Esta, por mucho ejercicio o trabajo manual que haga, cuidara sus manos, rostro, piel y cuerpo con esmero. Esto se debe a que la mujer se siente las 24 horas; el hombre solo en contadas ocasiones.

Esto es de suma importancia entenderlo, ya que el erotismo en la mujer es un arte, un poema, un proceso de seducción. La mujer no tiene el botón de encendido y apagado que tenemos los hombres. La mujer demanda seducción, elegancia, tacto y juego erótico. No es como el hombre que obedece a un impulso. En la mujer obedece a la seducción. Necesita que la pareja haga del acto sexual, un acto de amor.

Para la mujer el erotismo es un termómetro. Es una forma de constatar que todo está bien en la relación. De inmediato percibe si las cosas están mal o si hay algún problema. Para el hombre, en cambio, tendría que ser sumamente evidente. El hombre pueda estar con su mujer y no darse cuenta de nada.  

El hombre puede ser cortes, atender a su mujer y sin embargo no buscarla, no seducirla, no estar con ella..., y ese será un indicativo de que algo está mal. La mujer, por el contrario, puede intimar con su esposo y dejar de atenderlo en otras cosas, y ese dejar de atenderlo en las otras cosas son lo que le hacen ver a él que algo está mal. Ellas están el ser; ellos en el hacer.

Cuarta y última crucifixión. Les recomiendo a mis exiguos lectores masculinos que se pregunten porque el libro y la película del mismo nombre: “Cincuenta sombras de grey”, tuvo tanto éxito. Tal vez encuentren respuestas sobre cómo tratar a su mujer.

La misma pregunta para ellas. Tal vez encuentren respuestas de porque un hombre escoge a una mujer.

Nos leemos en el siguiente artículo.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Qué nos lleva a decir lo que decimos….


El lenguaje, por común, nos es, hasta cierto punto, poco significante. Con esto no quiero decir que no sea importante. Lo es y mucho. Más bien lo que quiero decir es que este, por ser algo que usamos en el día a día, hemos dejado de verlo como lo que es, algo extraordinario; para verlo como lo que no es: algo ordinario.

La lengua es un habitáculo.
La lengua es un habitáculo… Ya una vez que nos instalamos en nuestra forma de hablar, poco reparamos en ella. Este no reparar en nuestra forma de hablar hace que al hablar nos traicionemos, porque al hablar nos transparentamos. No nos damos cuenta de ello, pero nuestra forma de hablar dice mucho de nosotros, no solo hace evidente nuestra motivación (lo que se oye), sino que también deja ver nuestra intención (lo que no se oye).

Cuando hablamos con el otro, lo que hacemos normalmente es centrar la escucha en el otro y no en nosotros mismos, que es por donde debiéramos empezar.

Lo invito a realizar el siguiente ejercicio.
Grabase al hablar con los otros. Cierto estoy que no podrá creer que ese que escucha sea usted. Su azoro ante los decibelios, tonos, palabras, ritmos y cadencias que usa, le hará preguntarse si ese que escucha es usted. Claro que es su voz, no obstante le sorprenderá en mucho su lengua, tanto que se preguntará si su forma de hablar es la causante de todos esos yerros que no se explica pero suceden.  

Le comparto una experiencia personal.
Recién estuve como invitado a una audición de teatro donde se elegiría el reparto de la obra. Al terminar la misma el Productor de la obra pidió mi opinión sobre un tema… Opinión que emití en el tono más atento, cortes y amable, consciente de la aguda sensibilidad que distingue a los actores. No obstante las reacciones que observe en sus rostros fueron de incordio. Al preguntarle al Productor qué es lo que había dicho que incordiara de tal forma a los actores, me contestó con la confianza que brinda la familiaridad, que mi tono, palabras y gestos fueron impositivos e imperativos… Nada había que decir. Las cosas se explican solas y el malestar que se leía en el rostro de los actores no dejaba lugar a dudas. Mi exposición había sido impropia.

Lo que más azoro me causo es que yo pensé que mi argumentación y exposición había sido la correcta. Cuide el tono, las palabras, los gestos y el tacto, pero como bien me mostró la realidad (esa herramienta que todo lo devora y destruye), una cosa es lo que yo estructure y otra la que ellos percibieron. Es muy probable que algo similar le suceda a usted cuando se escuche hablar, y peor aún si además de grabar el audio le toman vídeo.

Las palabras son los ecos del pensamiento y los signos del alma.
Las palabras no son entes que se articulen solos. Si usted abre la boca no sale nada. Tiene que expulsar las palabras para que el otro las escuche. No obstante el secreto está en que esas palabras que usted expele de su boca ya estaban en su mente (ecos del pensamiento), sino no podría expedirlas, y ya una vez expulsadas, están salen de su boca en un tono, orden y significado que hacen evidente los signos de su alma (valores y creencias).

Es imposible que usted use palabras que no son de usted. Podrá escuchar una palabra nueva en boca de un tercero o leerla en un libro, pero esa palabra no la pronunciara cotidianamente hasta que la haya hecho suya. Ya una vez que usted haga suyo un vocablo, se podrá deducir lo que este significa para usted en función del uso que haga del mismo.

Las palabras siempre son biográficas.
Lineas arriba decíamos que usted no puede tener en su vocabulario palabras que no obedezcan a su historia. Todas y cada una de ellas fueron adquiridas en un momento dado de su vida, signando, algunas más que otras, cada etapa de su acontecer biográfico. Así, partiendo de esta inexorable realidad es que podemos, con la simple escucha y análisis de las palabras del emisor, asomarnos al pasado, presente y futuro de la persona que está hablando, poniendo atención no solo a lo que dice, sino las palabras que usa para decir lo que dice.

Cada una de ellas nos dejará ver la cuna en la que creció, el entorno social que habita y la proyección de futuro que tiene. Por supuesto que la persona no estará consciente de ello, sin embargo gracias al análisis que usted haga de las palabras que usa el emisor para decir lo que dice, sabrá de él mucho más de lo que él mismo desea que sepa de él.

Recién hace dos años conocí a una joven simpática, ocurrente, ingeniosa y alegre. La joven en cuestión realizo todos sus estudios en colegios privados. Incluida la maestría. Creció y se desenvolvió en un entorno socio económico alto, no obstante en sus hablar había palabras como: Bato y Órale; palabras usadas comúnmente en un entorno social diferente al que creció, lo que a todas luces dejaba ver una discrepancia entre su nivel económico y su cuna cultural.

Ahondando más en ella me comentó que su abuelo era líder sindical. Que inició como obrero en el movimiento sindical hasta llegar a ser el líder de su estado. Y que esto, más los negocios en los que el abuelo había incurrido y su paso por la política, le había permitido acceder a escuelas y entornos que de otra forma no hubiese podido tener.

Ella había logrado crecer en una cuna económica diferente a la de su abuelo y a la de su padre, pero con raíces culturales que aún no lograba dejar atrás, amén de que seguía conservando a su servicio a gente que trabajo con su familia desde que ella era pequeña. Al poco tiempo coincidí con ella, su marido y sus tres hijos en un obra de teatro, lo que me permitió explorar un poco más el acervo de palabras de ella, y el para mi nuevo de ellos (esposo e hijos). 

Él, a diferencia de ella, viene de otras raíces culturales, lo que a la postre le ha permitido educar a sus hijos con un vocabulario diferente, no mejor, no peor, solo diferente. Pero la forma de hablar de uno y otro es diametralmente opuesta. En el hablar de ella se nota una cuna cultural más llana, simple. Un hablar orientado a la gente y con pocas máscaras. En el hablar de su marido se denota una cuna clase mediera en la que el grado académico, las máscaras y las apariencias tienen un valor.

En ella, aun cuando está más preparada que él, no se escucha la academia. Se escucha el dinero, el negocio y los viajes como una parte inherente a su crecimiento; en él, como algo que está en proceso de construcción. El motor de ella es él; el motor de él es todo lo que le rodea a ella. Ninguno de los dos esta consciente de esto, pero cierto estoy que en unos años lo van a estar. 

Así, la lengua de cada uno de ellos nos permite atisbar la superficie de su devenir biográfico, abriéndonos un canal de comunicación donde la empatía, si logramos dejar atrás nuestra lengua, sería la constante.

El tema da para mucho, no obstante el núcleo de lo que nos ocupa hoy no es en sí misma la lengua y lo que hacemos con ella, sino aquellas palabras que usamos inconsciente y coloquialmente, que llevan un mensaje diferente al que deseamos transmitir.

Que esta atrás de cuando usamos la palabra: Gente.
La palabra gente la usamos todos los días, ya sea en expresiones triviales o formales: la gente aplaude hoy al que condenará mañana; la mayor parte de la gente confunde la instrucción con la educación; seamos discretos, no preguntemos a la gente si vive…

No obstante el uso que hagamos del término (trivial o formal), atrás de la palabra gente va implícita una exclusión: nosotros no somos la gente… Por lo menos, no esa gente.

Gente son los demás..., personas, las que piensan como nosotros.
Gente es una palabra que usamos para separarnos de los demás, de esa multitud anónima y carente de personalidad que nos disgusta y atrae. Nos disgusta porque nos incordia que nos comparen con ellos, al tiempo que sentimos una ingente necesidad de entrar y salir, permanente o intermitentemente, a esa multitud que nos confirma como miembros de la misma especie.

Así pues, usamos el vocablo gente cuando queremos decirle a los demás: que nosotros no somos ellos; que nos reconocemos como miembros de la misma especie pero con un cierto grado de diferenciación,

Usamos el término gente para excluirnos de los demás.

¿Por qué y en qué circunstancias usamos la palabra: Creo?
La palabra creo la usamos solo cuando no estamos ciertos de algo. Cuando nos asalta la duda y nos vemos en la necesidad de afirmar algo sin que ello nos comprometa: yo creo si puedo hacer lo que me pides; creo que fue Fulano el que dijo eso; creo que el proyecto va a estar listo para tal fecha; creo que si pase el examen.

Cuando usted está cierto de algo lo afirma.
Usted no le dice a la persona amada: creo que te amo; Y si se lo dice es que porque tiene serias dudas de la relación. Imagínese por un momento que esta con su pareja en un convite y uno de los comensales le pregunta a bocajarro si se va usted a casar con ella, y usted responda a bote pronto: creo que sí
¿Qué mensaje piensa usted que está recibiendo su pareja: de seguridad o de duda?

Así como este ejemplo hay muchos más. Lo único que tiene que hacer es escucharse y escuchar a los demás. Cuando se escuche a sí mismo usando la palabra creo, pregúntese porque usa esa palabra. Descubrirá que la está usando porque no está cierto de lo que dice o porque no se quiere comprometer con lo que dice. Es una palabra que usa para dejar un espacio abierto por el cual se pueda evadir cuando las cosas no resulten como dijo.

Cuando en un intercambio dialógico escuche que el otro le dice que él cree que si va a pasar tal o cual cosa, deténgase ahí y pregúntele de la manera más atenta si cree o esta cierto de que va pasar y explíquele que solo usamos el creo cuando no estamos ciertos de algo.

El resultado va a ser benéfico para ambos, ya que ambos partirán de una realidad y no de una esperanzadora posibilidad.

Que está atrás de inútil uso de la palabra: Defender.
 Es importante entender que solo lo que esta caduco requiere defensa. Lo vivo, lo vigente, no requiere defensa, se defiende solo. Solo lo arcaico, lo que no tiene una intrínseca vigencia en el ser y hacer del individuo es lo que requiere defensa.

Veamos un ejemplo…
Cuando usted dice: hay que defender nuestros valores, lo que está diciendo es que estos están caducos, muertos. Ni usted cree en ellos, tan no cree que los tiene que defender. Si usted creyera en ellos jamás pensaría en defenderlos. Se limitaría a vivirlos, y esa es la mejor defensa.

Recién estuve en México y pase por una escuela que tenía un letrero que decía lo siguiente: Escuela comprometida con el desarrollo de lectores competentes.

La pregunta es, que acaso no es lo menos que se espera de cualquier escuela… ¿Por qué lo tienen que enunciar? La única razón por la cual lo tienen que enunciar es porque no lo hacen, si lo hicieran ni siquiera tendrían necesidad de enunciarlo.

Cada que usted entra en defensa de… Deténgase un momento y pregúntese: ¿Por qué tiene que defender lo que defiende? Recuerde que eso que usted quiere defender, debiera poder defenderse solo.

Cierto estoy que no hay nadie que diga: defendamos el uso de la telefonía celular, de la computadora, del Internet… Y no lo dicen porque sería ilógico. Son cosas que se defienden solas.

Imagínese una empresa papelera. Esta se ve en la ingente necesidad de reinventar cuanto uso posible haya para el papel, debido a que es un producto tan maduro que su venta está subordinada a la explosión demográfica y a los nuevos usos que se le puedan dar.

Cada vez son más las personas que usan el libro electrónico. El libro de papel va a menos y no hay forma de revertir esa tendencia. Por supuesto que hay los empeñados en defender el uso del libro de papel, sin embargo es una batalla perdida. Estoy seguro de que usted no ha visto a un ingente grupo de personas que estén inmersas en la defensa del libro electrónico. Este se defiende solo.

Veamos otro ejemplo.
Recién me decía una amiga que mi premisa estaba equivocada. Que ella defiende a diestra y siniestra a su marido del decir de los demás, lo cual de suyo ya está mal. Los demás tienen todo el derecho de decir lo que quieran de él. Podrán o no tener razón, pero la mejor defensa que ella pueda hacer es quedarse callada y entender que lo que el otro dice obedece más a la esencia del emisor que a la de su marido. Y si alguien le pregunta qué opina sobre el decir de los demás, debiera considerar la posibilidad de decir: es la opinión de esa persona y si estoy de acuerdo o no con ella es lo de menos. lo importante es que es su opinión y la respeto.

Si ella siente la imperiosa necesidad de defender a su marido del decir de los demás, es porque ella misma está de acuerdo con el decir de los otros. Tal vez no al cien por cien, pero lo está. Y ese estar de acuerdo es lo que la lleva a defender a su marido. Si ella estuviese cien por cien de acuerdo con lo que él es, no lo defendería. Dejaría que el otro se desgaste diciendo, dejando que la energía se le salga por la boca, consciente de que si este no encuentra resonancia, se verá en la penosa necesidad de dejar de hablar de él.

Atrás de la palabra defensa esta el reconocimiento de algo caduco, de algo que usted ya no cree del todo, razón por la cual se ve en la necesidad de defender para aclarase a si mismo su continuidad u olvido.    

Qué esta atrás de una Promesa….
Una promesa es una mentira sujeta a confirmación.
Lo que se va a hacer no requiere de promesa. Ni tampoco requiere de avisar que se va a hacer: te prometo que ahora si le voy a echar todas las ganas; te prometo que ya no voy a fumar; prometo ya no ser infiel; prometo ponerme a dieta… Toda promesa es una mentira sujeta a confirmación. Lo que se va a hacer se dice haciéndolo, no prometiéndolo.

Si usted está con alguien y ese alguien le promete algo, piense por favor que es lo que lleva a esa persona a prometer algo que esta cierto que no va a hacer. Si esa persona siente la inconsciente necesidad de elaborar una promesa, es porque algo no está bien.

Cuando usted va a hacer algo, no lo promete, lo hace.
Los seres humanos recurrimos inconscientemente a la promesa, solo ante esas cosas que intrínsecamente sentimos que no podemos hacer. Esto es lo que nos lleva a elaborar una promesa.

Cuando usted le hace una promesa no pedida a alguien, ese alguien recibe la promesa sin saber que en realidad usted se está haciendo la promesa a sí mismo. Esto lo hace para darse ánimos, ya que si bien es cierto que es algo que le gustaría hacer, también lo es el que usted siente que eso que promete, le es muy difícil de lograr.

¿Por qué entonces le damos cabida a la promesa? Porque queremos creerla.
Recuerde que nadie se deja convencer de aquello que no crea de antemano. El otro no nos está mintiendo. Somos nosotros los que nos estamos mintiendo respecto al otro. El otro es tan transparente que hasta nos hace una promesa, lo cual de suyo ya debiera ser indicativo de que le va a ser muy difícil cumplir.

Así pues, el otro no es un cantamañanas (persona que vende un futuro sustentado en irrealidades), tan no lo es que hasta nos hace una promesa, somos nosotros los que decidimos ignorar la realidad para quedarnos en el mundo de la posibilidad aun cuando este no tenga probabilidad.

Atrás de una promesa esta algo muy difícil de lograr.

¿Que esta atrás del muy socorrido por Mientras?
En la vida, lo transitorio es permanente.
La gran mayoría de la gente (me estoy excluyendo) está inmersa en un sinfín de mientras: voy a tomar este trabajo mientras me hablan del otro; voy a poner esto aquí mientras le busco lugar; voy a seguir aquí mientras se resuelve lo de allá; voy a seguir con él mientras decido que hacer.

Ante nuestra clara incapacidad de no saber cómo manejar la incertidumbre (espacio de tiempo en el que no pasa nada), y ante nuestro no saber qué hacer cuando nada debemos hacer, optamos por el mientras (la transitoriedad) en aras de la permanencia: mientras llega, mientras pasa, mientras puedo, mientras término y demás etcéteras que le lleguen a la mente.

Usamos el mientras, mientras resolvemos que hacer cuando no sabemos qué hacer.

Cuando alguien le dice que está haciendo algo mientras… O que va a poner algo mientras… O que va a esperar mientras… Lo que realmente le está diciendo es que no sabe qué decisión tomar o, peor aún, la sabe pero no la quiere ejecutar por miedo a enfrentar una situación antagónica.

En estos casos lo más recomendable es ayudar a la persona. No necesariamente haciéndole ver que no sabe o no quiere tomar y ejecutar la decisión. Lo único que va a lograr con esto es que la persona se defienda (signo de que no sabe o no quiere). No se detenga en la defensa, más bien ayúdele a clarificar sus ideas, ya sea usando ejemplos que le hagan descubrir opciones o ideas que generen una solución.

Cuando una persona está instalada en el mientras, por trivial que este sea, agradecerá en mucho la ayuda que reciba.

Muchas veces lo único que les hace falta es ver la situación desde otra perspectiva y de inmediato vera usted en sus ojos que esta ya clarifico sus ideas y con ellas la acción.   

Atrás del mientras, siempre hay un no saber que hacer. 

¿Qué esta atrás del uso de la palabra: Perdón?
Es importante entender que el perdón siempre es para nosotros, no para el que nos ofende. En la gran mayoría de los casos, el que nos ofende duerme igual con o sin nuestro perdón. Somos nosotros los que necesitamos perdonar, para liberar, para dejar atrás eso que nos incordia y molesta.

La palabra perdón viene de: per-donare (para donar). El perdón, en estricto sentido, es una donación que nos hacemos a nosotros mismos. Es un acto de liberación personal que muy pocas veces llevamos a la razón, y este no aceptar que el que necesita del perdón es uno y no el otro, es lo que nos hace hacer un mal uso del perdón.

Si dios perdona todo, porque no perdono a Satán.
Seguramente usted se ha topado con esa persona que es “tan buena”, que constantemente le está diciendo que perdono a la pareja, hijos, amigos y demás figuras de su entorno.

La realidad es que el que perdona no dice nada, solo actúa con el perdón a cuestas. Ese que siente la ingente necesidad de decirle a quien esté dispuesto a escucharle que perdono a los suyos, es una persona que está usando la persuasión emotiva (chantaje emocional) para venderse con los demás.

Lo que en realidad le está diciendo esta persona es que está en proceso de perdonar y que aún no lo logra, razón por la cual tiene que estar hablando de ello.

Lo que necesita  es alguien que le escuche pero sin darle juego a su emoción. Necesitan de una audiencia que ya una vez que esta haya terminado su exposición de santidad, le haga ver que lo bueno del perdón es este no necesita del otro, sino de uno mismo. Ya el perdón siempre es para nosotros, no para los demás.

Lo que esta atrás de la palabra perdón, es una venta de sí mismo.

Nos leemos en el siguiente artículo.

lunes, 19 de febrero de 2018

La persona y el personaje.


Una es la persona y otra el personaje que esta ha creado para sí misma y para los demás. Esto, que primera instancia pareciera aberrante, es lo más común del mundo., Usted nunca se muestra tal como es, salvo contadas ocasiones y cuando lo hace lo hace sin darse cuenta, por lo menos no hasta que se lo hacen evidente. Por lo general muestra una faceta de su personaje, tanto con la pareja, como con los hijos, amigos socios y colaboradores.

Por supuesto que el personaje lo usamos tanto en lo público como lo privado, no obstante el privado va perdiendo vigencia con el tiempo, ya que la familiaridad sorprende o reafirma, pero desmitifica. Los suyos (pareja e hijos) poco a poco van ignorando al personaje para centrarse en la persona. Esa persona que tal vez usted ya olvido y que ha sido el principal obstáculo de su desarrollo.

Me obligo a trabajar para parecerme a lo que de mí dijeron.
Imagine por un momento que su cabeza es un triángulo perfecto, con sus tres caras visibles y mutables en función de las circunstancias y de sus necesidades. Usted, consciente o no de ello, usa cada una de esas caras en función de la circunstancia, ya sea para el diario vivir, para le venta de usted mismo o para ocultar lo que es.

La Máscara Diaria.
Una cara del triángulo corresponde a su máscara diaria.
Esta está conformada por todas aquellas cosas de su personalidad que usted ha aprendido al paso del tiempo, que si sale a la calle con ellas no pasa nada, ya que son conductas socialmente aceptadas.

Esta mascara la usa desde que abre los ojos hasta que los cierra y la dosifica en función de las circunstancias y del entorno. La Máscara diaria no solo es la que más usa, sino que es la única que le enseñaron a usar. Esta mascara contiene algunos aspectos de su personalidad, específicamente los que tienen que ver con la interacción social. No obstante usted no es su máscara social, esta solo representa una pequeña parte de usted.

Cierto es que al paso del tiempo usted puede creer que es lo que la máscara representa, sin embargo no es así. Esta máscara se va construyendo poco a poco y si bien es cierto que conserva en esencia mucho de lo que le enseñaron en casa, también lo es que esta se va formando conforme usted avanza en edad y en exposición social.

Por supuesto que los demás se formaran una idea de usted en función de su máscara social, sin embargo usted no es ese que los demás ven, es tan solo una parte de lo que ven. Lo mismo pasa con usted. Cuando usted juzga se norma una opinión de otra persona, lo hace desde sus prejuicios y desde lo que ve en él, sin embargo es persona es más de que usted ve.

Dios no juega a los dados, pero la imagen que las personas tienen de sí mismas, si lo que hacen.
La segunda cara del triángulo es la máscara motivacional. La más peligrosa e irreal de todas, pero las más divertida y compleja.

La Máscara Motivacional.
Esta está conformada por todas aquellas cosas que al paso del tiempo ha aprendido que los demás compran de usted. Ya sea sus atributos, su sonrisa, ocurrencias, genialidad, arrojo, templanza, paciencia y cuantos etcéteras se le ocurran. Hay tantos atributos como personas hay.

Ya sea que usted aprendió que lo que más valoraban de usted era su destreza y capacidad física, lo que, sin estar consciente del todo, le llevará a hacer todo lo posible por destacar en todas aquellas actividades que demandan del correcto uso del cuerpo.

Puede ser que los demás valoraban en mucho su atención y cortesía, lo que ineluctablemente hará de usted una persona educada y siempre cortes y atenta a los demás.

Aquel que fue valorado por su arrojo, terminara siendo más osado que audaz. El que fue valorado por ser un niño quieto y bien portado, terminara mostrándose como una persona sedentaria, tranquila y predecible. Aquel que fue valorado por su ingenio, nunca dejará de sorprendernos con sus ocurrencias. El que fue valorado por su capacidad para hacernos reír, siempre tendrá algo jocoso que decir, pero en todos los casos, la persona no es lo que muestra, por lo menos no al grado en que lo muestra, ya que la Máscara Motivacional lo que hace es sobre enfatizar aquello que los demás compran.

La Máscara Motivacional es, por decirlo de alguna manera, la parte comercial de nuestra personalidad. Es la que usamos cuando nos estamos vendiendo, ya sea social, laboral o sentimentalmente (por eso digo que el matrimonio debiera empezar por el divorcio, ya que ahí se muestra la persona tal como es).

La Máscara Motivacional muestra lo que consideramos es la mejor parte de nosotros, o por lo menos lo que los demás nos han demostrado que valoran como nuestra mejor parte.

Esta máscara es que la usamos para crear el personaje de nosotros mismos. Es nuestra parte mítica, lo cual no está mal, lo que está mal es que se nos olvide que no somos ese que nos hemos inventado para vendernos en la sociedad. Olvidar esto nos va a llevar a desarrollar una personalidad esquizoide (des-asociación de la realidad), lo que nos impedirá potencializar al máximo nuestras posibilidades, en aras de potencializar las del personaje, aun cuando este no tenga un sustrato real.

A mi edad, con doce lustros encima, he visto a un sinfín de personajes que olvidaron lo que son como personas, y que sin poder lograr lo que el personaje pretende, se quedaron sin lograr lo que la persona es.

En alguna ocasión le comentaba a un grupo de inversionistas noveles que si no podían logran lo que querían, tenían que aprender a querer lo que lograban, ya que la dicotomía entre lo que quiero y puedo, es el principal causante de la irrealización personal.

Entre más grande sea la brecha entre la persona y el personaje, más difícil será la realización personal. Las fronteras, lo sabemos bien, son psicológicas no físicas. Por lo que una y otra se alejan generando un desarraigo en la persona y un arraigo en el personaje. El problema es que el personaje no es la persona, o por lo menos no si esta ha construido un personaje que no obedece a su realidad.

El pasado es otro país. Ahí todo se hace de modo distinto.
Un conocido que en este momento está en sus últimos sesentas, ocupó en el pasado diversos puestos de principal relevancia. Todos en el área de finanzas, tanto en la parte pública como en la privada. Me consta que le toco desempeñar puestos críticos en el ejercicio de gobierno, en donde su sapiencia fue clave para poder resolver asuntos de trascendencia nacional.

No obstante de ese momento a la fecha han pasado muchos lustros y las cosas han cambiado. Llegaron a la palestra nuevas personas, nuevas corrientes y nuevas circunstancias, en las cuales sus haberes instrumentales ya no eran requeridos. Él, no obstante, se quedó en el personaje. En ese que fue y que ya no es. No porque no tenga los haberes, los tiene y muy fundamentados, sino porque sus haberes ya no aplican el mundo de hoy.

Cambio el mundo y con él la forma de hacer negocios en el mundo. Hoy la dinámica financiera del mundo es tal, que lo vigente de ayer no es necesariamente lo que aplica hoy.

La persona en cuestión es, no obstante, una enciclopedia ambulante en muchos temas de orden económico, bancario, fiscal y aduanal. Es una persona de referencia obligada, sobre todo en aquellos negocios en los que uno no posee los saberes instrumentales de este señor. Sin embargo, aun cuando es una autoridad en finanzas, no ha podido concretar los negocios que lleva en curso. Pasan los meses, los años y sigue con la esperanza de concretar el negocio de la vida. Ese negocio que lo va a volver a posicionar en los niveles que tenía antaño.

¿Por qué un hombre con esa capacidad no puede lograr sus objetivos? La razón por la cual no los logra, por lo menos no hasta el cierre de este artículo, es porque los objetivos obedecen al personaje y no a la persona.

La autocrítica está muy bien, mientras no tenga que ver con uno mismo.
Si mi critican soy sordo, me decía la persona arriba mencionada. Esto lo decía cuando sus socios, amigos y familiares le recriminaban su dispersión y fantasía. Debo reconocer, no obstante, que los negocios que traen entre manos son reales y con alta probabilidad de lograrse, sin embargo son negocios tan complejos que estos se pueden tomar años en cerrar. Y la razón por la cual no toma otros de menor relevancia, es porque estos otros no obedecen a la idea que él tiene de sí mismo.

¿Es ilógico? Sí. Lo es, pero sucede más de lo que usted cree.

Tengo otro caso muy cercano a mí. Un amigo con el que me une una relación afectiva, más no necesariamente estrecha. Este amigo ocupo puestos de primer nivel en el sector privado, tanto en México como en Estados Unidos. Y en todos hizo muy buen papel. No obstante, como en todo, llegaron los nuevos tiempos y con ellos las nuevas formas de hacer negocios. Formas que no necesariamente encajaban con él, ya que en el pasado, lugar donde todo se hacía de forma distinta, era el hombre vértice que entendía mejor que nadie la dinámica del ayer, más no necesariamente la de hoy.

Hoy las cosas han cambiado. Las personas con las que se asocia en los distintos proyectos que trae, son personas a las que jamás hubiese considerado en el pasado, ya sea por su edad, por su falta de abolengo o por su visión de las cosas… Sin embargo, la necesidad crea el culto y hoy cultiva otras cosas.

Él, no obstante, lleva varios años sin poder coronar ninguno de sus objetivos. Ha logrado, es cierto, cerrar algunas operaciones que le han ayudado en lo cotidiano, pero son operaciones que toma por necesidad y no por gusto, ya que las operaciones que él desea cerrar son las que obedecen a la idea que tiene de sí mismos más no lo que él es como persona.

He sido testigo fiel de operaciones muy importantes que se le han ido de las manos porque estas no obedecían a los términos de cierre que él deseaba, aun cuando estas hubiesen sido la punta de lanza lo que lo hubiese catapultado a las esferas que desea. La razón por las cuales no las tomo, es porque estas no cumplían las necesidades del personaje.

Entre más grande es el abismo entre la persona y el personaje, más difícil es la realización de ambos.

Me toco conocer, en los casos arriba mencionados, a algunos de sus asociados o socios de negocios. Todos, curiosamente, con el mismo patrón.

Los socios eran personas que estaban viviendo la vida de su personaje y no la de su persona. Lo que ineluctablemente hacia que la fantasía de uno sirviera de base de cultivo para alimentar y potencializar la fantasía del otro, y así subsecuentemente hasta que todos los involucrados flotaban en una nube que no tenía un ápice de probabilidad, no porque la idea fuera mala, sino porque ninguno de ellos mantenía contacto estrecho con la persona que moraba dentro de ellos, todos eran el personaje pero no la persona.

Sonados son los casos en los que el personaje ha tomado tal posesión de la persona, que esta no puede hacer lo que debe, porque hacer eso iría contra el personaje. En estos casos el qué dirán pesa más que el qué comerán.

Más abundan los que me cuentan sus penas que los que quieren oír las mías.
La otra cara del triángulo es la de la Máscara Oculta. Esa que no solo no queremos reconocer sino que muchas veces cuando la vemos ante el espejo, nos asusta y disgusta.

La Máscara Real u Oculta.
Esta se conforma por una parte de la máscara diaria, otra parte de la motivacional y muy particularmente por una gran parte de la real. Esta máscara es habitada principalmente por ese monstruo que mora en nuestro interior y que pocas veces dejamos salir.

La Máscara real u Oculta son todas aquellas cosas de nuestra personalidad que hemos aprendido a ocultar, ya que si los demás las ven nos generan problemas con ellos y con nosotros mismos. Este no querer tener problemas con los demás nos lleva a atemperar todas esas cosas que sabemos que no son socialmente aceptadas y que el entorno castiga y aísla.

En esta mascara hacemos de la falta de autoestima la medición agresiva de los demás. No obstante es en esta máscara donde está el aprovechamiento crítico de lo que no queremos advertir de nosotros mismos pero que si aprendemos s identificar, aceptar y dirigir, nos puede abrir muchos horizontes hasta ahora poco o nada explorados.

La sobrevivencia mide la realidad cada veinticuatro horas.
Siempre será preferible ser lo que sé es que instalarnos en aquello que quisiéramos ser. Cierto es que todos construimos un personaje, de lo contrario nos sería muy difícil la interacción con los demás, no obstante el problema en si no es el personaje, sino la distancia que este tiene con la persona.  

Recuerdo esa anécdota de un gobernador panista que a ojos de todo el mundo se presentaba como un político culto (lo que de suyo es una contradicción) y ávido lector, sin embargo el personaje no obedecía a la persona, de tal suerte que cuando un reportero le pregunta que qué libro era el que estaba leyendo en ese momento, respondió que no estaba leyendo debido a que se había cambiado de casa y que esto le había hecho guardar todos sus libros en cajas. Al preguntarle el reportero que cuando se había cambiado de casa, contesto de inmediato: hace ocho años.

Si la sobrevivencia de esa persona dependiera del número de libros que lee, está por demás confirmar que esta sería endeble. El personaje en cuestión tiene en su haber un grupo de académicos que lo apoyan y soportan en campaña. Terminada esta, regresa a la persona para transar y gobernar. Ya que esta cierto de que su sobrevivencia no depende del personaje, sino de la persona. El personaje es un artículo de venta, no una instalación perenne.

Siempre están los convencidos de que la realidad más real es la suya.
El problema de instalarse permanentemente en el personaje es que se puede perder contacto con la realidad, aun cuando usted este convencido de que la realidad más real es la suya. Esto le llevará de descalabro en descalabro, perdiendo gradual pero lentamente la fe en sus capacidades, olvidando que esas capacidades no son del todo reales.

No es mi oficio inaugurar continentes de explicación antropológica; lo mío es mucho más modesto. Me limito a señalar un fragmento del ser que por obvio pasamos por alto. No obstante esto que a primera vista se antoja difícil de creer es más común de lo que uno piensa. Recuerdo a ese señor de avanzada edad (en sus primeros ochentas) que cuando iba por él para tomar un café y sacarlo de su aislacionismo, salía de casa, se paraba en la acera, volteaba a ver a ambos lado de la calle y me preguntaba: ¿será que todas estas casas son mías?

La historia también está hecha de derrotas.
Conforme se avanza en la vida se aprende que la historia también está hecha de derrotas y que a fuerza de errar acotamos el acierto. No obstante para lograr esto no es menester hacer una seria autocritica que nos ayude a dejar al margen al personaje para regresar a la persona. En la persona están todas esas cosas que no nos gustan y que nos llevaron a construir una imagen de nosotros que no obedece a nuestra realidad.

Es por ello que con frecuencia nos topamos con personas que de lo único que nos hablan es de lo que fueron, no de lo que son. Estas personas, no obstante, tienen futuro, y mucho, pero para construir ese futuro les va a ser menester renunciar al personaje para instalarse en la persona. Cierto estoy que va a ser una tarea asaz difícil, no obstante es una tarea que pueden hacer en silencio, sin decir nada y sin anunciarlo a los demás, ya bastante doloroso será el proceso como para tener que expiar públicamente el abandono de ese ser imaginario que les acompañó toda la vida.   

No se preocupe por los demás. Todos lo van aceptar de muy buen grado. Tal vez haya uno que otro imprudente que le haga ver lo positivo del cambio, pero los demás solo lo acatarán y le ayudarán en su proceso, ya que todos, al final del día, necesitan más de la realidad que de la fantasía para poder sobrevivir, pues como mencionamos líneas arriba, la sobrevivencia mide la realidad cada veinticuatro horas.
Nos leemos en el siguiente artículo.