domingo, 18 de febrero de 2018

¿Y si las cosas fueran dinero?


El mundo de las finanzas me ha permitido acceder a diferentes formas de ver y vivir la vida, en especial en lo que tiene que ver con el combés de dinero. Una es la óptica de los que hacen dinero y otra, diametralmente opuesta, de los que no.

Los que están enfocados ganar dinero, son extraordinariamente tenaces y pacientes, sobre todo pacientes. Saben que el dinero no se gana de la noche a la mañana y que se tiene que trabajar mucho por él. Amén de que el trabajo que este demanda es más inteligente que operativo. La operación es importante, pero esta lo único que asegura es el correcto funcionamiento de las cosas (eficiencia), lo cual de suyo es muy bueno para las utilidades, sin embargo, las utilidades que marcan una diferenciación no están en la operación, sino en el diseño inteligente del negocio (eficacia).

Las personas que tienen como objetivo hacer dinero están ciertos de que nadie tiene prisa por deshacerse de su dinero, lo que hace que las transacciones de negocios sean mucha más lentas y complejas de lo que los académicos, idealistas e ignaros creen. Por lo general, estos últimos ven el dinero como un instrumento de gasto y no de inversión, por lo que tienden a mostrar una prisa propia de todos aquellos que nunca han hecho nada, lo cual de suyo ya es de suma importancia para no realizar con ellos ningún tipo de transacción.

La paciencia (ciencia de la paz) es algo que no tienen ni tendrán los académicos, idealistas e ignaros. Su nivel de exigencia es tal, que lo único que logran es que algo que pudiera tener factibilidad de éxito, fracase por su ignorancia y apremios. Ya que el otro, ese con quien quieren hacer dinero y que si sabe de negocios, vera con muy malos ojos las exigencias de tiempo de su contraparte.

Lo primero que se hará evidente al hombre de negocios, es que ese tipo de personas son aquellas con las que no se debe realizar ningún tipo de transacción que vaya más allá de la simple operación mecánica de un negocio. Son personas que no tienen la capacidad de tomarse el tiempo para meditar y analizar lo visible e invisible de toda operación, lo que ineluctablemente mermara su capacidad para responder con propiedad cuando la oblicuidad se presente, ya que los negocios (como la vida) son oblicuos, no lineales.

Las personas que han hecho dinero están ciertas de que el dinero es para hacer dinero, no para gastar. Siempre saben en que invertir cada centavo que ganan. Lo que compra el dinero es una resultante del éxito, no obstante para ellos es más importante como ganarlo que como gastarlo.

Otro diferendo sustancial es que todo lo que ven, lo ven en su forma de dinero. Puede ser que las cosas estén en forma de billetes o en forma de objetos, pero ellos, indistintamente de la forma en que estén las cosas, las ven como dinero, ya que para poder tener todas esas cosas, por insustanciales que puedan parecer, se requiere dinero. Así pues, ellos, al adquirir algo, le dan el valor que tiene como dinero, mientras que otros, al adquirir algo, lo ven como cosa, es decir, dejan de verlo como lo que es: dinero en forma de cosa.  

Hace algunos años tuve una cafebrería llamada El Toboso. Era una librería de tres pisos, con restaurante, área infantil y demás menesteres. En una ocasión llego un grupo de inversionistas a la Cafebrería, debido a que nos íbamos a entrevistar ahí con un grupo de académicos liderados por una excelsa académica del mundo de las letras que necesitaba que la apoyáramos con charlas y dinero para un proyecto universitario que no fructifico.

Recibí a unos y a otros, haciendo un recorrido por las instalaciones para que conocieran el lugar. Uno de los inversionistas al ver el inventario de libros que tenía en exposición, comentó desde el fondo de su ser, lo poco afortunado que le parecía tener todo ese dinero ahí, siendo este más rentable en otros giros. La académica y sus compañeros escucharon el comentario con acritud, respondiendo también, desde el fondo de su ser, que como era posible que siendo los libros el epitome de la cultura, se les viera de una manera tan prosaica y utilitaria. Está por demás decir que no consiguió los fondos que buscaba.

La verdad está en los objetos.
La verdad está en los objetos, no en los sujetos. Los sujetos lo que hacemos es una interpretación del objeto. Interpretación que está subordinada a nuestras percepciones y códigos de creencias. Las cosas son lo que son y lo son más de allá de nuestros pareceres y códigos de interpretación. Si nos queremos acercar a la verdad, tenemos que acercarnos al objeto y reconocer lo que este es lo que es, indistintamente de la posición que tengamos respecto a él.

En estricto sentido, para poder tener esos libros en exposición, fue menester invertir una enorme cantidad de dinero, no obstante el comentario de ella fue valido desde su percepción, preferencias y creencias, pero fue un comentario alejado de la verdad. Ese dinero, en otro negocio, sería mucho más rentable.

Al paso del tiempo el inversionista que emitió tal comentario, termino haciendo más dinero, al tiempo que ella logro una jubilación universitaria que la dejo con una relativa comodidad. Muy probablemente los únicos libros que ese inversionista tenga en su haber son los de contabilidad, mientras que ella es muy probable que tenga un acervo bibliográfico de encomiable admiración, no obstante en el diario vivir es menester reconocer que él sigue haciendo más dinero, al tiempo que ella vive rodeada de sus libros, pero batallando con su cada vez más exigua pensión.

No estamos resaltando aquí si el camino por el que optaron uno y otro fue el correcto. Cierto estoy que para ellos lo fue. Lo que estamos resaltando es el hecho de que a él le asistía la razón. Ese dinero en otro giro hubiese (y fue) mucho más rentable. La diferencia valorativa entre uno y otro está en la percepción que cada uno tiene del dinero.   

Veamos otro ejemplo. Hace un tiempo caminaba con el dueño de una empresa papelera en Monterrey. Transitábamos por los pasillos de su fábrica inmersos en el intercambio dialógico que nos ocupaba, cuando se detuvo en medio del pasillo, saco un billete de 20 pesos y lo tiro al piso. Acto seguido se movió unos metros (y yo con él), sin dejar de observar con la vista periférica el destino del billete. 

Al minuto paso el Jefe de Producción, vio el billete, lo recogió y se lo metió a la bolsa. Acto seguido lo llamo el dueño preguntándole que había hecho con el billete que él dejo en el piso. El Jefe de Producción, todo apenado, lo saco del bolso del pantalón y se lo devolvió.

El dueño de la empresa tomo el billete y le preguntó: A dos metros de donde estaba el billete, había un rollo de papel higiénico, porqué recogiste el billete y no el rollo de papel, siendo que ambos son dinero: uno en forma de billete y el otro en forma de papel higiénico.

El jefe de Producción se quedó callado. No supo que responder. No obstante el silencio fue tan abrumador que lo único que alcanzo a decir es que no lo había visto. El dueño de la empresa le dijo que era un excelente Jefe de Producción, pero que se necesitaba algo más que su desempeño operativo para poder ascender a puestos de mayor relevancia. Le hizo ver que necesitaba trabajar consigo mismo para entender lo que es el dinero y lo que con este se puede hacer, y que mientras no aprendiera a ver las cosas como dinero y no como cosas, su horizonte de posibilidades iba a estar suscrito a la operación.  

El jefe de Producción regreso a su trabajo cabizbajo y confundido. El dueño de la empresa y un servidor retomamos nuestro camino hasta llegar a la oficina de Recursos Humanos. El dueño le explico lo sucedido al responsable del área y le pidió que desarrollara una campaña al respecto para todo el personal de la empresa.

Sirva lo anterior para ejemplificar el título de este artículo: ¿Y si las cosas fueran dinero?
Hemos perdido la capacidad de ver las cosas como dinero. Las vemos como cosas, pero no como dinero. Lo interesante del caso es que para poder comprar todas esas cosas, se necesita dinero. Así entonces, porque si nos fue menester pagar por ellas, es que las vemos como cosas y no como dinero.

Ya una vez que compramos las cosas, las dejamos de ver como lo que son: dinero que se ha transmutado en cosas. Lo cual no solo hace que pierdan su valor, sino que además las demeritamos en su propia función, es decir, en su función de cosa.

Observe su hábitat: ¿Cuántas cosas tiene en su hábitat que no utiliza o que utiliza muy poco? ¿Qué valor de reposición tienen esas cosas? ¿Cuánto tendría que trabajar para poder comprar todo eso que no usa o devenga a plenitud? Revise su oficina. Pasa exactamente lo mismo. ¿Cuánto de lo que está ahí no lo devenga o usa?

Lo mismo acaece con los que están a nuestros alrededor, ya sea la pareja, los hijos, colaboradores o amigos. Todos ven las cosas como cosas y no como dinero.

Centrémonos en el tema de los hijos. Estos, porque así los hemos educado, piden cosas sin tener idea de lo que se tiene que pagar para obtenerlas… Y cuando se les da dinero lo ven como algo que se gasta, no como algo que se gana y mucho menos como algo que se invierte.

Por mucha instrucción pública que les demos (carrera, maestría o doctorado), su horizonte va  estar limitado a la concepción que les hayamos formado del dinero. Si se supone que nuestros hijos son lo que más nos importa en la vida, porque entonces no los educamos a ganar dinero y a ver las cosas como dinero y no como cosas.  

Por donde usted camine va a ver dinero tirado en su forma de cosa. Y si bien es cierto que el dinero no lo es todo, también es cierto que usted trabaja para ganarlo, luego, si esto es así, la pregunta obligada es: ¿por qué si trabaja por él, se da usted el lujo de tirarlo ya una vez que este se convierte en cosa?

En una ocasión llego el mayor de mis hijos con unas calificaciones paupérrimas. En él las letras y la academia no estaban presentes ni tenían un valor determinado. La escuela era el lugar donde estaban sus amigos y a eso iba, a socializar, no estudiar.

Hable con él y le sugerí que dejara la escuela y que ese dinero lo invirtiéramos en algo que fuera obsecuente a él. Su primera reacción fue decir que no. Que todos sus amigos estaban en la preparatoria y que no quería dejar de estudiar, que había sido un desliz académico pero que no se iba a repetir. Le hice ver que en todo lo que argumento no había un gramo de realidad académica, pero si social, por lo cual el resultado que él pretendía era imposible de lograr. Habló con su madre y esta lo apoyo (qué haríamos sin ellas).

Fijamos un intervalo no mayor a 90 días y si en esos meses no había una mejora sensible en las notas, se saldría de la escuela para iniciar algo que fuera obsecuente a él. El resultado fue el esperado. Las notas no solo no mejoraron, sino que iban a menos. Se tomó la decisión y si bien es cierto que al principio no fue de su agrado ni de su progenitora, también lo es que después de varios desaciertos, encontró su nicho de mercado y hoy es un empresario muy exitoso. Iletrado, de acuerdo, pero exitoso.

En esa migración de estudiante a empresario, trabajamos intensamente en lo que ya venía degustando desde casa, que las cosas son dinero y no cosas. Esto fue de suma importancia ya que al iniciar un negocio, se tiende a idealizar el arranque del mismo, cuando la realidad es que no hay etapa más difícil que el arranque.

Se invertía en lo necesario y se desechaba lo superfluo, es decir todas esas estulticias que según él le ayudarían a mejorar la imagen de un negocio que aún no existía el subconsciente colectivo. Al paso de los años y de varios desaciertos, fue consolidando lo que era y es obsecuente a él, cuidando cada peso que gana para invertir en aquello que tiene una función utilitaria para él y los suyos.

Por supuesto que se da sus gustos estéticos, culinarios y culturales (viaja mucho), pero estos son una resultante del éxito y no al revés, amén de que busca extraer de ellos algo que pueda aplicar posteriormente a su negocio.

Hoy, al paso del tiempo mi hijo mitifico y tergiverso sus orígenes (lo hacemos todos), lo cual es útil solo para construir el mito, no obstante en lo demás sigue igual: cuidando cada peso y viendo las cosas como dinero y no como cosas.

Otro tema al que tampoco le damos valor y que es de suma importancia, es el del tiempo. Se ha preguntado usted cuánto vale su tiempo. Si tuviera que comprar tiempo: ¿cuánto tendría que pagar por él?

¿Cuántas veces ha escuchado la trillada y nunca comprendida frase de que el tiempo es oro? La realidad es que el tiempo, como los objetos, también es dinero.

Capitalismo viene de Cápita (cabeza), por lo que nos es menester preguntarnos: en qué son más rentables mis ocho o diez horas de decisiones y acciones: produciendo zapatos, vendiendo zapatos o boleando zapatos. El producto es el mismo: zapatos. No obstante a usted le toca decidir si los bolea, los vende o los produce.

¿Usted, en qué usa su tiempo?
Por favor haga un análisis del uso de su tiempo. ¿En que lo aplica? ¿Cuánto le da esté a ganar, ya sea en lo material o en lo espiritual? Ese espacio de divertimento en el que usa su tiempo para mitigar u olvidar la realidad, es en sí mismo un divertimento que le hace crecer o es un tiempo tirado a la basura que no busca otra cosa más que matar a ese que le quiere matar (el tiempo).

Por ese falta de valoración económica utilitaria con la que crecimos y que nadie, ni nuestros padres ni nosotros mismos subsanamos, nos damos el lujo de desperdiciar la vida, de comprar cosas que no necesitamos y que poco o nada devengamos. Objetos que ya una vez que están en su forma de cosas las dejamos de ver como lo que son: dinero en forma de cosas.

Por la misma razón hacemos un mal uso del tiempo gastando este antes de este nos gaste a nosotros, cuando lo que debiéramos hacer es invertir en él como algo que a la larga nos va a redituar como mínimo experiencia. Observe usted a sus mayores, descubrirá que la gran mayoría de ellos son ancianos, pero no sabios. Son personas que no vieron el tiempo como inversión, sino como gasto.

Empecemos por educarnos a nosotros mismos viendo las cosas como dinero sin dejar de verlas como cosas, con un uso y función determinada, que tiene un valor de reposición que no decrece con el tiempo.

Aprendamos a darle un valor económico a todo lo que tenemos y hacemos, no como una medida ajena a los otros valores que las cosas y los actos no puedan generar como son el gozo de un amanecer, la sonrisa de un niño o la presenciad e la persona amada, pero démosle también un valor económico por todo el esfuerzo que ello implica y significa…

Si usted tuviera que comprar un amanecer, cuanto pagaría por él.

Si antes de morir le dieran la oportunidad de pagar para poder contemplar la sonrisa de un infante que en su inocencia le sonríe sin saber que usted se va, pero que en su sonrisa le dice que usted está ahí, en esa sonrisa que tuvo cuando niño y que no valoro. ¿Cuánto pagaría por poder verse en esa sonrisa?

Si usted tuviera que pagar antes de morir por ver a la persona amada, ¿cuánto pagaría por ello?

Por qué sin ese momento estaría usted dispuesto a pagar todo lo que tiene por ello, no lo da el valor que tiene y no le ayuda a los suyos a que aprecien el valor que realmente tienen las cosas y los actos, aun cuando no estén en su forma de dinero. 

Nos leemos en el siguiente artículo.

lunes, 5 de febrero de 2018

Los amantes del agobio.

Los entusiastas del agobio, esos que ante la tranquilidad de la provincia prefieren vivir en esas ciudades con vocación de país que no dejan de expandirse y que se distinguen por el hecho de que sus habitantes, amantes del agobio (y título de este artículo), viven un triunfalismo diario que consiste en vivir hacia afuera y no dentro de sí mismo, y que entrelazan su triunfalismo con un derrotismo cotidiano en el que se reconocen estar hartos de la ciudad, del tráfico y de todos su males.

Ciudades donde el imaginario social se mezcla con la realidad, mostrando en su geografía un mosaico de etnias y expresiones idiomáticas y culturales contenidas en una sola ciudad. Ciudades donde cada barrio, sector o zona es un país distinto al anterior, donde los habitantes de un sector se sienten extranjeros en el otro, dado que nada de lo que hay ahí les es y pertenece.

Ciudades donde se nace, vive y muere en olor de multitud. Urbes donde cada día se reciben nuevos migrantes de provincia los cuales, sumada a la múltiple y variada explosión demográfica de la urbe (en algunos sectores muy baja y en otros muy alta), las convierte en un cementerio de proyectos humanos y urbanos.

Ciudades que desmienten lo dicho por mí en artículos anteriores, en donde afirmo categóricamente que las contradicciones no existen (nada puede ser y no ser al mismo tiempo). Sin embargo en esas conglomeraciones urbanas en donde lo que importa es la ciudad y no el individuo, las contradicciones caminan por la calle llevando de la mano la pobreza extrema con el mejor celular, donde mucha gente no tiene para comer pero si para pagar un celular.

En ningún lado es más palpable lo que hemos enunciado en otros artículos: que la democracia es el arte de hacer público lo privado. El pueblo siente que hay democracia si puede comprar, aunque sea en abonos interminables, el celular que está de moda o que trae el patrón. Tal vez no tenga para comer, pero eso es algo que solo sabe él. Los demás lo que ven es que tiene el celular de moda y eso lo distingue y hace miembro de un grupo especial.

En estas ciudades se pueden conseguir las marcas de elite piratas que le hacen sentir al otro que la pobreza se aleja y que es, por lo menos en apariencia, igual a los demás. La diferencia estriba en que la elite compra la marca original, pero el otro, ese que compra la pirata, está, al final del día, comprando lo mismo que la elite: identidad.

Así funciona el sentimiento de democracia en el pueblo. No olvidemos que pueblo es todo aquello que siendo anónimo, tiene nombre colectivo de demandas, exigencias y anhelos de progreso. Y si la marca pirata satisface esas demandas, entonces hay democracia.

El cementerio de proyectos y de identidades humanas es de tal magnitud en esas urbes, que la gente (y me excluyo, porque cada que usamos el término “gente” estamos diciendo que no somos como ellos) necesita estar constantemente reforzando su existencia a través de identidades momentáneas y efímeras. Al grado que hoy se hace una fiesta con globos y humos de colores para anunciar el sexo del bebe a un grupo anodino de invitados que lo que les importa es la fiesta y no el sexo del bebe.

Hoy se gasta en la graduación del kínder, de primaria, secundaria, bachiller y carrera, cuando ninguna de ellas representa en sí mismo una graduación. Como en esas ciudades lo importante es la ciudad y no el individuo, este se ve en la estulta necesidad de reafirmar constantemente su identidad en pequeños eventos donde el protagonista sea él, ya que fuera de esos momentos, no existe para nadie más.

Esta carencia voluntaria de identidad y sentido le ha hecho desempeñar un papel secundario en su quehacer biográfico, lo que inconscientemente le lleva a buscar el sentido y significado de su vida en actos efímeros en los que momentáneamente se convierte en el protagonista que le gustaría ser; razón por la cual hacen una fiesta para anunciar el sexo de su bebe; un bautizo con pompa y jubilo donde lo importante es el bautizo y no el bebe. Una fiesta de graduación de kínder, primaria, secundaria y demás estulticias para descubrir, que conforme los eventos de él y de los demás se uniforman, deja de existir. Ya que estos no pasan de ser uno más de los muchos que hacen esos otros que como él, carecen de identidad.

Los amantes del agobio dan a luz movimientos sociales que nacen con cierto nivel de notoriedad (en estas ciudades se ama todo lo que es nuevo) y que se extinguen sin aviso de defunción. Es tal la incertidumbre de su accionar que no alcanzan a ver más allá del día a día, cosa que no les pasaba a los padres de sus padres, ya que estos no estaban inmersos en la globalización y en las redes sociales, sin embargo, para los amantes del agobio, el día a día es la norma y este lo viven con un nivel de intensidad que pone de manifiesto su anodino accionar.

No existen para nadie más que para la familia, que es a un mismo tiempo solidaria y opresiva, y para ese otro pequeño y efímero grupúsculo del que entran y salen en función de las circunstancias, las cuales, lo sabemos bien, son siempre inciertas y cambiantes.

Los amantes del agobio salen en la mañana de su casa cargando sueños y fantasías para llegar en la noche a la cama con ellas destruidas. Para ellos el mejor escape son las películas que ven en casa, en la pantalla de su computadora o en la pantalla grande de un cinematógrafo. Es por ello que hoy el cine en las grandes urbes se ha convertido en el Valium de la clase media, porque es a través de ellas que realizan en ochenta o cien minutos de proyección, sus propias fantasías.

Para los amantes del agobio el mesías no es ese que aún esperan los judíos y que los cristianos, protestantes y católicos de antaño daban por sentado su inminente retorno. No. Para los amantes del agobio el mesías es el consumo. Si ser es existir, ellos existen cuando consumen. Por un momento son el protagonista y el centro de atención de uno que les atiende porque no tiene otra opción o porque así se lo comanda su vocación, pero terminada la transacción, vuelven a esa inexistencia y falta de sentido que los llevo a comprar aquello que no necesitaban.

Hoy, al transitar en el carro de una amiga que esta próxima a comprarle a sus hijos unos tenis Gucci de varios miles de pesos (han de ser tenis que caminan solos), le pedí que circulara por calles y rumbos desconocidos del municipio que habita (el más rico de México). Descubriendo que al lado y en medio de las zonas residenciales en las que se suele mover (símbolos del desarrollo y progreso de su estrato social), había colonias solo localizables por sus habitantes y uno que otro distraído que entra a ellas sin saber cómo, saliendo lo más rápido de un lugar que le hace desconfiar por su seguridad, cuando los verdaderos criminales viven en las colonias que ella habita.

Su azoro fue mayúsculo, centrando su observación en los defectos y no en los escapes: ¿ya viste cuantas caguamas tenían ahí? Ella, claro está, no podría entender que las caguamas son el escape de una realidad que los circunscribe y agobia, así como ellos no podrían entender que ella se gastase una fortuna en unos tenis que sirven para lo mismo que cualquier otro, o en una celebración con globos y humos de colores para anunciar el sexo de un bebe.

El desdén de lo singular.
En la universalidad de las apariencias que viven los amantes del agobio, el carnaval de las semejanzas no se deja esperar, de tal suerte que queriendo ser diferentes, terminan siendo iguales a los demás, ya que todos compran y festejan lo mismo. Hay, en ellos, un desdén por lo singular.

Al irse disminuyendo o al anularse casi del todo la singularidad del individuo, éste, poco a poco y sin darse cuenta, termina siendo un producto más de consumo y venta. Donde lo importante no es el sujeto sino lo que rodea al sujeto.  De tal suerte que lo trascendente nos es la gestación de un nuevo ser, sino el anunciar con bombo y platillo, ya sea a través de globos, nubes de color y cuanta cosa se les ocurra, el sexo del nuevo bebe. 

En ese instante existen para todos los que están ahí, amén de que la pareja va a tener tema de plática al despedir a todos los invitados: ¿viste la cara que puso fulano? Y lo contenta que estaba mamá; Todos estaban encantados; Estoy seguro que sorprendimos a tu hermana, a ver qué hace ella cuando este embarazada. Trataran todas estas estulticias como cosas profundas y esenciales, ya que para los amantes del agobio… el qué dirán temible no es el del escándalo, sino el de la falta de asombro.

Tan grande es la pérdida de identidad y seguridad en sí mismos, que hoy los jóvenes para pedirle a una mujer que se case con ellos, les es menester hacer un montaje en donde el asombro marca el tamaño de su amor. Si la pedida de mano es en privado y sin el debido público, esta dejara de ser tema de importancia para la familia y los amigos. En cambio, si la pedida de mano fue un montaje donde el pretendiente involucra a la familia de ella, a los amigos, meseros y demás comparsas del show, entonces el amor es, por lo menos a ojos de los demás y muy probablemente hasta de los mismos novios, auténtico. Aun cuando este no sea más que un simple “amor social” que cumple con las formas y con la reproducción, pero nada más.

Las artes, letras, reflexión y análisis crítico de uno mismo, no tienen cabida en esta gente (me vuelvo a excluir), por lo menos no como existe en los habitantes de las pequeñas urbes. Estos también están inmersos en la globalización, redes sociales y exigencias del siglo XXI, pero aún conservan el gusto por la singularidad.

Cierto que muchas veces nos es menester vivir en las grandes metrópolis (es el fenómeno y la dinámica del siglo XXI), pero eso no es obstáculo para trabajar nuestra singularidad. Sin embargo, es tal el miedo que le tenemos al silencio y a la soledad, que nos es imposible estar sin el otro.

Tengo un vecino tan parecido a mí, que si no intercambiamos esposas es porque es viudo.
Un compañero con el que coincidí hace años, me decía que él no podía estar solo. Que al llegar a su casa le era menester salir a hablar con sus vecinos, en especial con uno que era muy parecido a él. Al preguntarle qué porque no platicaba mejor con su mujer, me contestó que hablar con ella era hablar de lo mismo, y que por lo menos el vecino siempre hablaba de algo distinto.

El problema, no obstante, no era la mujer (o tal vez sí; no la conocí); el problema es esa interminable caída del vacío en el vacío y pérdida de identidad que viven los habitantes de las grandes metrópolis. Y si a esto se le agrega la constante mutación de cosas y productos que alcanzan la obsolescencia en un santiamén y que les hacen sentir que ellos son tan obsoletos como los productos que compran, el vacío se les agudiza y se vuelcan al mercado para buscar en él, lo que solo podrán encontrar dentro de sí.

Poco /nada nos damos espacio para el encuentro con uno mismo, lo que nos ha llevado a perder el velo de la discreción y con él de la intimidad. Pareciera ser que hoy solo el que publica sus intimidades en el W.App o en el resto de las redes sociales, se entera de su propia intimidad, porque su intimidad ya es de los demás. Así entonces hagamos una fiesta con globos, dirá ese que no sabe que existe por sí y no por los demás. No importa que sea un acto insustancial, lo que importa es hacer público lo privado y asombrar a los demás. 

Tengo un conocido al que le decimos el Whiskas, porque ocho de diez gatas lo prefieren. Platicando una vez con él me reclamo el hecho de que yo nunca le contaba nada de mí. Le comenté que no había nada que contar. Que mi vida era tan simple, llana y sencilla como la de los demás. Fue la última vez que lo vi. De ese entonces a la fecha han pasado más de dos lustros. Lo que ocasionalmente sé de él, lo sé por terceras personas, ya que este cuenta y publica en las redes sociales todos los avatares de su vida. Así es como sé que va en el quinto o sexto amor de su vida, amén de otras cosas de él y sus hijos que no le importan a nadie más que a él. Pero él, al hacer pública su vida privada, siente que existe porque se comparte con los demás… Unos demás, que obviamente, no son sus demás.

El hombre light (resultado sin esfuerzo).
Los amantes del agobio viven inmersos en una multitud de seres, de casas, de automóviles y de opciones innecesarias. Su segundo hogar son las plazas públicas, más específicamente, los centros comerciales. Todo hoy es un centro comercial: las escuelas, los hoteles, las cafeterías, las universidades, los fraccionamientos, las oficinas y demás etcéteras que usted me ayude a ampliar. Todo se construye hoy pensando en un centro comercial, conscientes de que los amantes del agobio son un ligado de especie que necesita ver especie.

Para comprobar esto basta con que usted visite un centro comercial, una universidad o una de esas colonias o edificios departamentales que venden un todo integrado que le dice a los amantes del agobio que ya no necesitan salir de ahí. Ahí tiene todo: restaurantes, cafeterías, gimnasios, oficinas, tiendas, bancos, tintorerías, servicios y demás menesteres. Lo único que falta es que pongan un letrero que diga que diseñan y construyen, conscientes de que la Masa necesita poblar su soledad con la soledad del otro.

Los amantes del agobio viven buscando el bien-estar y no el bien-ser. Son hombres light convencidos de que van a lograr resultado sin esfuerzo. Amantes de las soluciones fáciles. De las fórmulas que les permiten adelgazar comiendo; ser bellos sin dejar de ser feos; usar ropa que seguramente va a hacer de ellos unos seres excepcionales, lo que terminará promoviendo su ascenso social y laboral, aun cuando la realidad les demuestre lo contrario.

He firmado tantas solicitudes de empleo que siento que me están pidiendo autógrafos, me decía un joven que pensaba que al salir de la universidad, todo iba a ser más fácil. Fácil era la burbuja en la que lo tenían sus padres. Le recomendé que se tomará un tiempo para analizar y evaluar qué era lo que estaba ofreciendo al mercado y que lo que este le demandaba a él. Su respuesta fue contundente: tiempo es lo único que no tengo.

La realidad es que este muchacho, como muchos de nosotros, deberá aprender a estar consigo mismo para observarse, escucharse, saberse, pensarse... Inteligente no es el que piensa más, es el que se piensa más. En otras palabras; si no aprendes a dirigir lo que eres, lo que eres te dirigirá a ti.

La realidad es que más allá de si nos vemos o no en la necesidad de vivir en una megalópolis con su inevitable olor a multitud, debemos aprender a aislarnos de todo y de todos para dedicarle un tiempo a la reflexión, que es la más sublime e importante forma de acción.
Nos leemos en el siguiente artículo. 

sábado, 3 de febrero de 2018

Las verdades a medias.

En artículos anteriores explicábamos que una vida sin mentiras es mentira. Mentimos todos los días, todo el día. Nos mentimos a nosotros mismos, a los nuestros y a los demás. Algunas de las mentiras las decimos conscientemente (con la intención de mentir), otras ni siquiera nos damos cuenta de ellas ya que son mentiras que pertenecen al combés de lo social.

Las mentiras sociales, las más frecuentes de todas, son las que tienen que ver con la cortesía (disfraz elegante de la mentira), y la razón por la cual no nos sentimos mal con estas mentiras es debido a que la cortesía es una mentira socialmente aceptada. La cortesía es la que nos lleva a preguntarle por su salud y bienestar a ese no nos importa en absoluto: ¿cómo estás? ¿Cómo te ha ido? Qué sorpresa. Qué gusto verte… Y así como estas, un sinfín de cosas más.  

En la gran mayoría de los casos el otro nos es totalmente ajeno, si le pasa o le deja de pasar, a nosotros nos tiene sin cuidado ya que no tenemos con él más vínculo que la azarosa casualidad de haber coincidido con él en alguna fugaz y efímera circunstancia social, laboral o del tipo que sea. Cierto que ocasiones algunas de esas circunstancias llegan a algo más, pero ahí si hay interés, en las otras no.

Existe, no obstante, otra modalidad de mentira que la sociedad y la moral dicen sancionar -lo cual no es cierto, ya que si algo se tiene que decir, es porque no es. Esta otra modalidad de mentira, común en nuestra cultura, sociedad y quehacer biográfico es la de las verdades a medias. Las verdades a medias son de uso frecuente y se encuentran en todos los ámbitos del ser, empezando, como no, por la religión.

La religión hace uso de la metáfora (traslación del correcto significado de una cosa a otra figurada) para explicar lo que dios nos quiere decir. Por supuesto que cabe preguntarnos como le hacen los burócratas de ultratumba para hablar con dios, sin embargo el tema de este artículo es el de las verdades a medias, por lo que dejaremos los canales de comunicación de esos iluminados para postrer ocasión.  

La metáfora es una herramienta que tiene como fin brindarle un poco de sosiego a ese que no tiene en sí mismo las herramientas para enfrentar la realidad, ya sea porque no las ha desarrollado o porque genéticamente carece de ellas. Esto último, en estricto sentido, es poco probable.

La realidad es un instrumento modificador que perfecciona al hombre que no rehúsa vivirla. La realidad siempre rebasa todo que hemos aprendido y negarse a ella es negarse a sí mismo. Lo paradójico es que siendo esta inevitable, poco nos educan para lidiar con ella. Al contrario, nos enseñan a ignorarla, privándonos con ello del derecho de adquirir con dolor, las herramientas que se requieren para digerir y dirigir la realidad.

A nuestros padres se les olvido, y a nosotros de adultos también, que la paz difícilmente llega sin descender a los abismos que nos fructifican. Si para algo sirve la inteligencia es para entender que el orden de la acción es el orden de la transformación, y en esto siempre hay sufrimiento.

Debido a este enorme miedo que tenemos a la realidad y al dolor que está en ocasiones suele regalarnos, es que hacemos uso de la metáfora para mitigarla, sin darnos cuenta de que lo que estamos haciendo es deformar nuestra mente y la mente del otro, lo que ineluctablemente nos llevará a deformar la realidad. La metáfora forma mentes infantiles. Mentes, que sin importar la edad que tengan, aprenden a vivir esperando lo inesperable.

Gracias al constante uso de la metáfora en la des-educación de las personas, es que los juegos de azar, loterías, casinos y demás menesteres como las sociedades anónimas (sean o no de capital variable), tienen tanto mercado, aun cuando un mínimo de lógica dicte lo contrario.

La metáfora es una verdad a medias que muestra y recrea solo una parte de la realidad. No obstante la metáfora, cuando se usa y explica bien, no solo le ayuda al otro a entender la realidad tal como es, sino que además le permitirá digerirla y dirigirla. Sirva como ejemplo la siguiente metáfora: Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros, y sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros de mucho más valor que ellas?

La metáfora, así como esta, sin explicarla, sin complementarla, es una verdad a medias que se circunscribe a mostrar una muy acotada parte de la realidad, lo que inevitablemente formará en la mente de aquel que la acepte como está escrita, una realidad que lo llevará al engaño. Cierto que usted podrá pensar que nadie en su sano juicio puede vivir esperando lo inesperable, sin embargo la realidad es que la gran mayoría vive así… Esperando lo inesperable: ya cambiará; dale tiempo; si dios quiere; todo va a salir bien y una suma de etcéteras más.

Lo correcto, si usted es creyente, sería explicarle a los suyos el objetivo de la metáfora, pero sin dejar de complementarla con la otra parte de la realidad, pues si bien es cierto que las aves no siembran, ni siegan ni recogen en graneros, también lo es que estas se juegan la vida día a día para recoger el alimento que necesitan, y a estas nadie les dice que habrá un padre celestial que va a ver por ellas para que no sean víctimas de esa otra ave de presa o rapaz que no está haciendo nada más que proveerse del alimento que necesita ella y los suyos.

La metáfora, bien entendida, tiene como objetivo lograr que el oyente haga conciencia del valor real de las cosas y que nos las sobredimensione. Que si bien es cierto que tiene que trabajar para lograr las cosas, también lo es el hecho de que hay cosas que por obvias las deja de pensar y aquilatar, pues son esas cosas que al ser tan común en nosotros, se valoran solo cuando no están: como por ejemplo la salud, la vida, la visión y muchas cosas más.

La metáfora, cuando se aplica y explica bien, deja de ser una verdad a medias. Una verdad que en ningún momento pretende que el otro deje de trabajar o que se dedique solo a pedir y esperar los sobornos de dios, de la sociedad o de la sociedad anónima en la que supuestamente trabaja, esperando que ese fabuloso Sinaí le provea a él y a los suyos de todo lo que necesita.

No obstante el hombre Masa, ese que imagina pero no piensa, al recibir la metáfora sin la debida explicación y complementación de la verdad, se tranquilizará pensando que dios de alguna manera proveerá lo de él y los suyos eximiéndolo de su genuina responsabilidad. La metáfora, en este caso, lleva al no pesante a  la inacción, haciendo de él un parásito social que siente (y está convencido de ello) que los otros (dios, sociedad anónima y sociedad en general) son responsables de él. 

Desafortunadamente las metáforas son muy socorridas en el cristianismo/catolicismo y por ende en occidente. Hay un mayor uso de ellas en la cultura latina que en la sajona. El Protestantismo, aun cuando hace uso de ellas, las complementa y explica. Y si bien es cierto que no las clarifica del todo, también lo es que el daño no es de la magnitud que se da en el catolicismo, ya que el protestantismo le da un muy alto valor al trabajo duro y al ahorro, cosa que en nuestra latinidad no existe, por lo menos no al nivel del protestantismo.

Las verdades a medias de la sociedad.
En otro artículo explicábamos que la verdad es un conjunto de mentiras repetidas hasta el infinito por un infinito de generaciones, hasta que poco a poco va surgiendo otro conjunto de mentiras que se repetirá hasta el infinito a un infinito de generaciones y así sucesivamente…

Pues con las verdades a medias pasa lo mismo. A cada generación le venden un conjunto de verdades a medias que no tienen otro fin más que el de distorsionarles la realidad, al tiempo que les venden un cúmulo de utopías que les hacen creer que la sociedad evoluciona y avanza. Lo cual es cierto. Cada generación vive, en cuanto a herramientas y servicios, mejor que la anterior, pero eso no quiere decir que la sociedad, formada por un ligado de individuos con una misma cultura, sea mejor que la precedente. Al contrario, cada generación es más débil que la anterior.

Un ejemplo de estas verdades a medias es el de la discriminación…
Recién asistí a una cena en la que el hijo de uno de los contertulios me preguntó que si le podía ayudar con una investigación que tenía que hacer sobre la discriminación, debido a que tenía que presentar un ensayo al respecto. Le comenté, en mis cinco minutos de cinismo (habrá quien diga que son meses enteros), que entendía a la perfección el objetivo de lo que le habían pedido en la universidad, pero que me era menester confesarle que poco podía ayudarle en ese tema y que lo poco que le podía ayudar, no le iba a servir de mucho, ya que yo estaba a favor de la discriminación.

La polémica no se hizo esperar, tanto él como los tertulianos que estaban a mí alrededor, reaccionaron de inmediato. No obstante lo que más llamó mi atención es que dentro del grupo había un buen número de coetáneos que se sintieron tan indignados como el joven en cuestión.

Uno pensaría que es normal que los jóvenes de ese estrato socioeconómico, que no conocen otra realidad más que la idílica realidad que sus padres les han brindado, se sintieran ofendidos con mi respuesta, ya que la burbuja de verdades a medias en la que están inmersos no les permite ver el mundo real. Sin embargo, el que los adultos, que en más de una ocasión la vida les ha dado algunos toques de realidad, se indignen por mi comentario, es inconcebible, ya que todos, sin excepción, practicamos la discriminación.

La selección es el disfraz elegante de la discriminación.
Todos, sin importar la cultura en la que hayamos crecido, somos selectivos. Y toda selección es una discriminación, por lo que en estricto sentido no habría porque incomodarse. El hecho es que como no nos gusta llamar a las cosas por su nombre, nos incomoda el que alguien lo haga, pero eso no quiere decir que no profesemos lo que decimos repudiar.

En un artículo que escribí sobre liderazgo, decía que el líder debe tener la capacidad de reprobar en público lo que profesa en privado. Pues en el ámbito social pasa lo mismo. Debemos, de cara a la sociedad, repudiar genuinamente las insultantes manifestaciones de discriminación que en esta se dan, ya que no es menester insultar al otro para sepáranos de él. El insulto habla de miedo. De un miedo enorme de que ese otro sea y pueda más que nosotros, sino no lo atacaríamos.  

La gente solo ataca y destruye aquello que admira y necesita y no puede tener…
Algo del otro, ya sea su coraje, su poder adaptación, su cinismo (he aquí mi proyección), su cercanía o distancia social… Algo en especial es lo que nos hace atacarlo y lo atacamos porque tememos ese algo que no queremos llevar a la razón. Si lo lleváramos a la razón, lo aceptaríamos tal como es, ya que de inmediato nos daríamos cuenta de que eso que tiene él y no tengo yo, se completa y complementa con lo que tengo yo y no tiene él.

Así pues, todos ejercemos la discriminación, aun cuando socialmente lo neguemos, pero una cosa es ser selectivo y discriminar de nosotros a aquellos que no nos gustan, y otra muy distinta insultar al otro. Estoy en contra del insulto, pero no en contra de la discriminación. Esta no tiene por qué ser ofensiva. Es natural. Alejémonos con decoro de aquellos que no nos gustan, y reconozcamos el derecho que tienen de alejarse de nosotros aquellos a los que nos les gustamos.  

El amor: una verdad a medias.
El amor no es como las novelas y películas de amor. Todo lo que se ve o se lee en ellas no es más que una verdad a medias. Estas lo único que hacen es presentarnos una realidad distorsionada, la cual inevitablemente terminará afectando la relación que tenemos con nuestra pareja, sobre todo si somos de esos románticos empedernidos que poco / nada nos asomamos a la realidad.

La relación de pareja no es otra cosa más que la cohabitación de dos sistemas nerviosos y de dos biografías disímbolas. Cierto que el instinto ayuda, pero ya una vez satisfecho el instinto, lo que sigue es realidad.

En otros artículos he explicado que la primera premisa antropológica que nos debieran enseñar y explicar a detalle es que en la vida nadie quiere lo que tú quieres y el que quiere lo que tú quieres, no lo quiere como tú lo quieres… Y si en algún lugar se vive esto día a día es en la relación de dos y más si estos dos son pareja.    

Me queda claro que eso de engañarnos a nosotros mismos es tan natural como respirar, amén, claro está, que es de las primeras cosas que nos enseñan nuestros amadísimos padres. Por supuesto que estos se escudan en la inocencia de la infancia para crearnos distorsiones de la realidad que, según ellos, nos van a hacer un bien: santa claus,  los reyes magos, las hadas, y cuantos dioses y divinidades nos regalan, hasta que poco a poco nos va alcanzado la realidad.

Por supuesto que en ese inter vamos aprendiendo algo que ni ellos ni nosotros hemos llevado a la razón: a esperar lo inesperable…, lidiando al mismo tiempo con la exigencia de nuestros padres, tutores, socios y patrones para que logremos los resultados que se esperan de nosotros.

Es así, gracias a estas verdades a medias con las que crecemos, que lentamente y casi sin darnos cuenta, vamos aprendiendo a mostrarnos no como realmente somos, sino como creemos que los demás desean que seamos, o, en el mejor de los casos, como nos gustaría ser.

Esto, a la postre, es lo que ha hecho de nosotros unos seres difusos, profusos y confusos. Especialmente en lo que concerniente al logro de nuestros objetivos.

Por favor analícese a usted mismo. Descubrirá que muy rara vez va directo a sus objetivos. La realidad es que lo que hace es dar mil y un rodeos antes de llegar al objetivo. Se acerca y se aleja constantemente de él, hasta que un día, como por error, como no queriendo la cosa, llega a él… Y todo gracias a que nos mentimos y mentimos tanto como respiramos y vivimos.

En este juego de verdades a medias, preferimos una mentira que nos haga feliz que una verdad que nos amargue la vida.

Regresemos, para ilustrar lo anterior, al tema de las parejas.
Infinidad de relaciones en las que el único motor que los llevo a estar como pareja fue el sexual, pero como no está bien visto que ese sea el motor ni tampoco que te le acerques a una persona para decirle que te agrada y que deseas estar sexualmente con ella, disfrazas el acercamiento de enamoramiento o amor, hasta que eso que te llevo a esa persona termina convirtiéndose en una relación de pareja a ojos de uno mismo y de los demás.

A estas parejas no les queda otra más que hablarse con la verdad o decirse todos los días verdades a medias que les permitan seguir funcionando como pareja, aun cuando en el fondo ambos saben que se están mintiendo, diciéndose verdades a medias que encubren la realidad que no quieren ver.

Cierto que es difícil mostrarnos tal como somos ya que siempre hay alguna cosa que debemos ocultar para poder estar con los demás, como nuestro temperamento o nuestras verdaderas intenciones, sin embargo la realidad es que la realidad, nos mostremos o no como somos, nos va a alcanzar.

Veamos otro ejemplo: el de la ropa.
Otro ejemplo de una verdad a medias es la ropa que usamos. Nos vestimos de acuerdo al personaje que hemos creado de nosotros mismos, personaje que, obviamente, no obedece a lo que somos sino a lo queremos que los otros crean que somos.

En las ciudades, lugares donde la gente vive fuera de su casa y no dentro de ella, nos vestimos para aparentar lo que no somos, para vestir al personaje que nos hemos inventado y que pensamos que es el más útil para lograr lo que superficialmente queremos, porque lo del fondo, es decir, lo que realmente queremos, ni siquiera nos atrevemos a verbalizarlo.

La ropa es una herramienta que usamos para proyectar una idea distorsionada de nosotros mismos. Esto es más notorio en los adolescentes y en los corporativos de negocios. A todos nos han dicho la frase de que como te ven te tratan… Lo cual es una verdad a medias. Lo ideal sería que le explicáramos a la gente que sí: como te ven te tratan…, pero solo al principio, ya una vez que abres la boca, te tratan en función de lo que salga de ella.

Así en la cultura judeocristiana en la que crecimos los latinos, las verdades a medias son parte inherente de nuestra forma de ser, sin darnos cuenta de que estas, al no analizarlas y explicarlas correctamente, nos han deformado la realidad y con ella nuestra oblicua forma de ser, decir y hacer las cosas.

Pudiéramos empezar por analizar nuestras verdades a medias para direccionar nuestro quehacer biográfico e inmediatamente después el de los demás. Esos demás que sin nuestros demás: padres, pareja, hijos y demás etcéteras de nuestros acontecer biográfico.


Nos leemos en el siguiente artículo. 

domingo, 7 de enero de 2018

Los actos inútiles.

Los seres humanos estamos llenos de actos inútiles. La gran mayoría de ellos inconscientes, pero algunos de ellos, los más dolosos, conscientes. La realidad de las cosas es que todos nosotros hacemos un sinfín de cosas que sabemos que no debemos hacer y sin embargo no regodeamos haciéndolas. Estas cosas son, a todas luces, actos inútiles.

Recién me preguntaba un empresario que está próximo a la sucesión dinástica: ¿cómo le hago para que mis hijos entiendan que la gran mayoría de las cosas que hace son actos inútiles? Mi respuesta fue tacita: educación, tiempo y constancia.

El empresario arriba mencionado se encuentra en la grave disyuntiva de elegir a su sucesor…
Y como todos sabemos, en una sucesión, si te equivocas de elección, equivocas todo.

En el caso que nos compete la disyuntiva esta entre dos de sus hijos y un tercero, razón por la cual acudió a mí en busca de consejo. No obstante tiene tiempo, ya que la sucesión se dará en un intervalo no mayor a dos años y en dos años pueden acaecer muchas cosas.

La sucesión dinástica.
Es importante entender que cuando se está en la recta final del camino, resulta muy amargo descubrir que no hemos llevado de la mano a nadie que pueda continuar lo que iniciamos años atrás. El instinto de reproducción no se centra exclusivamente en la ingente necesidad de inmortalizar nuestro potencial genético, sino también en la de perpetuar nuestro punto de vista intelectual. De hecho, en un ser pensante, este pesa más que el anterior.

La realidad es que cuando estamos en la recta final sentimos una enorme necesidad de trasmitir -por ese sentido de inmortalidad que llamamos trascendencia-, los conocimientos que hemos ido acumulando en el devenir de nuestra vida. Y en ningún acto de nuestra vida es más palpable esto que en la sucesión dinástica. Es por ello que en ésta nos son mucho más importantes las neuronas que los genes. Siempre será preferible suceder lo hecho a una persona inteligente, aun cuando no sea de nuestra sangre, que a un hijo incapaz que heredo en la lotería genética los genes del cuñado idiota.

Me es menester hacer un paréntesis para explicarme ante los puristas y moralistas. Todos tenemos un cuñado idiota. Es ese al que le preguntas cuanto es dos más dos y requiere más datos. Observe a sus hermanos. Es probable que alguno de ellos sea el futuro cuñado idiota de alguien, así que por favor ya no se enoje con él. Al contrario. Sea tolerante y comprensivo ya que él será su postrer aportación a la sociedad… Va a ser el cuñado idiota de alguien. Cierro paréntesis.

En el caso que nos compete, al empresario en cuestión desea decantarse por uno de sus hijos que tiene una especialización en finanzas, al tiempo que su asesor financiero, a la que coloquialmente llama esposa, desea que la sucesión decaiga en otro de los hijos, precisamente en el que se parece al cuñado idiota.

Sirva esto para demostrar que más allá de las capacidades, son los genes los que nos hacen agotar al máximo las posibilidades de suceder lo hecho en nuestros hijos, sin embargo, es aquí, en la sucesión, donde nos damos cuenta que lo que hicimos con nuestros hijos fue instruirlos o capacitarlos, pero no educarlos, no en la misma medida en la que se les instruyo o capacitó.

Lo paradójico de esto es que por lo general educamos más a los ajenos que los propios. A los propios los toleramos, a los ajenos les exigimos. Amén de que nuestros hijos tienen el don de deformarnos la mirada. Les atribuimos capacidades y virtudes que no poseen y le minimizamos defectos que si tienen.

Educar tiene que ver con formar. Con esculpir el cerebro, alma y carácter de la persona y eso no se logra con conocimientos. Se puede saber mucho de algo y no ser ese algo.

El objetivo del adiestramiento es, como su nombre lo indica, hacer más diestra a la persona. El adiestramiento desarrolla un hacer mecánico (memoria muscular) que mejora la eficiencia pero no la eficacia de las personas. Hacer más no significa hacer lo correcto. Cuando la persona centra todo su desarrollo en el adiestramiento, los actos inútiles serán en él una constante, no por demerito de la persona o del adiestramiento, sino porque esta no buscará ampliar sus horizontes hacia nuevas y mejores latitudes del ser.

El objetivo de la capacitación es lograr que la persona que la recibe, obtenga un saber específico que le permita saber más de ese algo en el que se está especializando, ya sea a través de una serie de cursos, una carrera profesional, maestría o doctorado. No obstante la realidad es que saber mucho de algo no nos convierte en ese algo. Amén de que el especialista cada día sabe más de menos. Más de lo suyo y menos de todo lo demás. Lo cual no está mal. Así es como los necesitamos y queremos.

No obstante estos, al saber mucho de algo pueden, consciente e inconscientemente, estar más sujetos a actos inútiles que cualquier otra persona, ya que su saber será su principal enemigo. Su saber les pone unas mirillas en los ojos que limita su campo de visión y entendimiento. La razón principal de esto es que estas personas confunden conocimiento con inteligencia, motivo por el cual los actos inútiles se dan en ellos en mucha mayor medida  y con mucho mayor dolo que en el grupo anterior.

El objetivo de la educación es extraer lo mejor de la persona. Para ello es menester ayudarle primero, y enseñarle después, a trabajar consigo mismo para educar su cerebro, su alma y su carácter.

Educar consiste en enseñar a nuestro cerebro a pensar, a nuestro carácter a contener y a nuestra alma a sentir. No obstante todo empieza en el cerebro. Este debe aprender a pensar para poder estructurar las redes neuronales de eso que hemos llamado mente.

La mente de una persona (tejido de redes neuronales que se forma o deforma día a día) es lo que le hace ver e interpretar su entorno desde un cristal que le hará pensar, sentir y actuar de una manera particular y distinta a la de los demás. Es por ello que cuando dos personas hacen la misma cosa, ya no es la misma cosa. Así pues, es la mente la que nos hace incurrir en los más grandes yerros o lograr los más grandes aciertos.

La mente le puede hacer sentir al alma, lo que esta jamás se imaginó.
Ese tejido de redes neuronales que formamos o deformamos día a día y al cual hemos llamado mente, nos puede hacer sentir lo que el alma jamás se imaginó.

No me crea a mí… Créales a los grandes seductores, vendedores o promotores de ideas. Y si no les quiere creer a ellos, créelas a ellas.

Las mujeres entienden esto mejor que nadie. A una mujer se le enamora por el oído. Un hombre puede ser el más feo del mundo, pero si ha educado su mente, esta forjara en él…, en su hablar…, en su porte…, en su ser…, una personalidad asaz atractiva a ojos de la mujer, debido, claro está, a que este hombre sabe que son los oídos los que hacen que los ojos vean lo que la lengua quiere.

Un hombre elegante (ente que sabe elegir) es aquel que día a día educa su mente brindándole a su alma una sensibilidad que le distingue de los demás, formando una personalidad que imana a propios y terceros. Recuerde que lo único que nadie le da, nadie le quita y que desaparece con usted al morir, es la personalidad, y es lo único que nunca trabaja.

Así pues, instruir y capacitar no es lo mismo que educar. Educar es algo que está más allá del simple saber. Educar tiene que ver con el ser y el ser se forma o deforma día a día.

La educación nos ayuda, amén de lo ya mencionado, a hacer conscientes los actos inútiles. Hay, no obstante, algunos que se nos van, pero la gran mayoría de ellos los detectamos antes de hacerlos, ya que la conciencia nos avisa que estamos a punto de hacer un acto inútil. A mayor nivel de educación (cerebro, carácter y alma), menor nivel de actos inútiles.

Uno es suficiente, dos, bastante, tres, multitud.
Uno es suficiente, dos bastante, tres multitud. Esta frase describe muy bien a esas personas que no tienen problemas con la soledad. Son individuos que siempre están acompañados de sí mismos. Nunca se aburren, siempre tienen algo que pensar, leer, escribir o hacer. Distinguen muy bien entre el sonido y el ruido. El sonido es natural, el ruido artificial. Por lo general les gusta estar en silencio, acompañados de los sonidos de la naturaleza, pero no de los ruidos de los hombres.

Son personas a las si nos les alcanza el tiempo para estar consigo mismos, mucho menos para estar con los demás. Sin embargo la realidad es que más allá de los apasionantes que sean sus retos y disquisiciones intelectuales o empresariales, estos seres retraídos, amantes del silencio y la soledad, suelen ser los que más reservas de amor no utilizado atesoran, así como los que más necesitados se sienten de entregarlo.

Ya una vez que encuentran a la persona indicada (o equivocada), se vuelcan a ella como si no hubiera nadie más. Su personalidad se transforma. Se tornan parlanchines, sonrientes, hablan hasta los codos. Se entregan y confían en esa persona más que en ninguna otra, lo cual está perfecto cuando la elección es la correcta, sin embargo, cuando se equivocan, es tal su necesidad de entrega que no ven lo que los otros ven, hasta que la cruda realidad les alcanza.

Estas personas suelen cometer actos inútiles crasos en el combés de lo filial, en cualquiera de sus expresiones. Los cometen en mucha menor cantidad y frecuencia que los gregarios, pero con mayores consecuencias para sí mismos y los otros. El mayor daño siempre se lo hacen a sí mismos, y lo peor del caso es que se dan cuenta de que se lo están haciendo. El Idiota Interior les avisa que lo que están próximos a hacer no es lo más sensato e inteligente, pero es tal su orfandad y reserva afectiva, que se entregan, por lo general, sin reserva ni recato.    

Los actos inútiles.
En más de una ocasión se ha preguntado: ¿Por qué hice esto?
Esto se lo pregunta ya una vez que la emoción le dio paso a la razón. No obstante hay muchos actos en los que ni siquiera se pregunta porque hace lo que hace y esto se debe a que esos actos repetidos se han convertido en hábito, el hábito en costumbre y la costumbre en naturaleza.

Estos actos ya son parte de usted. Y lo son a tal grado que ni siquiera se da cuenta de que son actos inútiles.

Los actos inútiles son aquellos que carecen de intención de futuro. El único fin que tienen es el del poblar un presente inmediato y circunstancial. Son actos a los que se le da cabida solo cuando no se tiene nada que hacer. Son actos que encuentran resonancia en nuestro ser solo cuando estamos desocupados. Cuando usted tiene algo que hacer, no le da cabida al acto. No en el instante en que se presenta, sino hasta que termina lo que tiene que hacer.

Veamos un ejemplo: la comida. Observe su ingesta. Los días de asueto o descanso son los que más come. ¿Se ha preguntado por qué? Simple. Porque no tiene nada que hacer. Si usted estuviese realmente atareado, en lo único que no pensaría es en comer. Pero como en esos días suele estar en un experimento científico de expansión celular, se sienta frente al televisor a ver todo aquello que sabe que no puede hacer, y como usted está hecho para hacer algo, lo que hace es comer. Así, el ejercicio mandibular del fin de semana ayuda a que se le expandan las células de la cintura, piernas y demás áreas grasas. Experimento cumplido.

Regresando a la pregunta que me hizo el empresario: éste me preguntaba que cómo le podía hacer para que sus hijos se dieran cuenta de que la gran mayoría de las cosas que hacen son actos inútiles.

Lo primero que le hice ver es que la diferencia de personalidades es importante. El empresario en cuestión es un hombre dado al silencio y la soledad, mientras que sus hijos están en las antípodas. Son gregarios por excelencia. Los actos inútiles de ellos y de él son diametralmente opuestos e incompatibles, por lo que le es menester entender que lo que él ve como actos inútiles de sus hijos, no lo son para ellos.

No obstante y más allá de si a sus hijos les parecen o no actos inútiles los que su padre les enuncia, éste debe dedicarse intensamente a prepararlos para la sucesión, sin dejar de contemplar la posibilidad de nominar a un tercero, dejando, si así fuera necesario, a los hijos como accionistas y príncipes herederos, pero no al frente del negocio.

El problema de los seres humanos si es la ignorancia, pero lo es más, mucho más, la conciencia. Líneas arriba decía que nosotros hacemos una gran cantidad de cosas que sabemos que no debemos hacer y nos regodeamos haciéndolas. En esos casos el problema no es la ignorancia, es la conciencia y la conciencia es individual, no grupal. Más claro, nuestra conciencia es la que define eso que para cada uno de nosotros es el bien o el mal.

Si para una persona está bien llenarse de actos inútiles, va a ser muy difícil cambiarle la visión de los mismos. Para lograr esto va a ser menester un arduo trabajo de información, formación y transformación del cerebro, carácter y alma de la persona, es decir, de su conciencia.

En el caso que nos compete, le comente que son dos las cosas que debiera hacer:
La primera de ellas es tener a los hijos bajo su tutela por dos años, para que el contagio vaya haciendo lo suyo.
La segunda, observar detenidamente los actos de sus vástagos. De tal forma que cuando sea testigo de un acto inútil, reaccione de una manera contraria a como lo ha venido haciendo. Más claro, que en lugar de enojarse, les cree el entorno que necesitan para sentarte a platicar y preguntar el porqué de dicho acto.

Preguntar no para juzgar, tampoco para entender, sino para que ellos se escuchen y lleven lo escuchado a ese tejido de redes neuronales llamado mente, que es la responsable de hacernos des-cubrir lo que siempre estuvo ahí. El individuo aprende lo que descubre, no lo que se le dice. Y solo cuando su mente le lleva a des-cubrir, es decir a quitar el velo que no le deja ver lo que está haciendo, es cuando los datos se convierten en información, la información en formación y la formación en transformación.

Para esto es menester que él les haga preguntas inteligentes. Preguntas que les lleven a descubrir la utilidad o inutilidad del acto, amén de que con este proceso, se irá dando, sin que estén del todo conscientes, un proceso de selección natural que hará que la decisión no solo sea lógica y evidente, sino que además será más amable para todos.


Nos leemos en el siguiente artículo.