viernes, 12 de agosto de 2016

La envidia como síntoma de inferioridad.

Mi trabajo me lleva a viajar a diferentes latitudes y culturas.
En cada lugar que visito acudo a ejercitarme al gimnasio que me quede más cerca. Este ir al gimnasio es tanto por el ejercicio en sí como por la catarsis psíquica que este me genera, amén de que es muy divertido y antropológicamente ilustrativo.

El gimnasio es un laboratorio antropológico.
Es un lugar en el priman especímenes que encajarían muy bien en eso que Sir Robert Charles Darwin denomino como el “eslabón perdido”. Así, en el inter de que hago mi rutina, me dedico a observar a dichos especímenes, los cuales sin importar el idioma, la religión o el color, su comportamiento siempre es el mismo: alejarse de lo racional para instalarse en lo animal.

Sus palabras, actitudes, usos y costumbres varían muy poco de país a país y de continente a continente. La especie es la misa. Lo que cambia son los matices culturales y la expresión verbal y corporal, pero la esencia se mantiene. Y en nada es más obvia la estulticia de estos especímenes que en el combes de la relación hombre – mujer.

Recién fui testigo presencial del devenir de una de esas relaciones, aunque la descripción correcta sería: del intento de relación por parte de uno de esos especímenes.

El hombre en cuestión es un junior de la tercera edad. Es un hombre que frisa los sesenta años de edad pero que se comporta como si tuviera veinte.

Es el típico hombre espejo. Buena parte de su rutina la ocupa el espejo. Posa ante él e intercambia con su imagen miradas de admiración. Muestra sus bíceps, su trapecio y demás etcéteras del orangután.

No estoy cierto de lo que voy a enunciar a continuación, ya que poco he platicado con él, pero me imagino que cuando se observa en el espejo, se observa con la vista deforma, ya que lo que él ve es muy probable que no lo vea nadie más y mucho menos ellas.

No en balde los hombres, en ese poco / nulo entender a las mujeres, nos pasamos la vida construyéndonos para ellas, para encontrar que terminamos dándoles gusto a ellos, no a ellas. Veamos el caso de los gimnasios. Ellos quieren ser como Arnold Schwarzenegger, no obstante dudo que haya una sola mujer que quiera ser como Arnold o que se sienta fuertemente atraída por él. Ellas buscan cosas muy diferentes a las que nosotros trabajamos.

Es muy posible que el junior de la tercera edad del que habla este artículo no se vea a si mismo tal cual es, cosa muy común en el género masculino. Lo más probable es que él se vea a sí mismo tal como él cree es o como él cree que esta. Es decir, cuando se ve en el espejo, ve la idea que tiene de sí mismo, más no la realidad.

Es el clásico hombre que gesticula y emite sonidos guturales de altos decibeles con la intención de que las mujeres que están en el gimnasio lo volteen a ver, lo cual si hacen, pero no en la forma que él quisiera.

El orangután y la dama.
El junior de la tercera edad fijo su mirada en una mujer de cuatro décadas que va al gimnasio. La dama en cuestión lo saludaba como a cualquier otro, sin poner énfasis en el saludo y sin brindarle una atención especial.

Las pláticas y comentarios de esta siempre giran en torno a su familia (esposo e hijos) y a sus creencias y motivaciones. Pudiéramos decir, sin ánimo de ser irrespetuoso pero si para darles una idea de la dama en cuestión, que toda ella huele incienso, mirra y agua bendita.

Jamás ha dado motivo ni a él ni a persona alguna en el gimnasio para que su cortesía y educación social se  interprete como otra cosa. Saluda a todos por igual y si bien es cierto que plática más con sus coetáneas que con los hombres, también lo es que es muy amable y educada con ambos géneros.

Es una mujer muy bella y con una geografía corporal extraordinaria, lo cual ha hecho que un buen número de orangutanes oscilen y graviten alrededor de ella, no obstante ella, dama al fin, se muestra educada y amable con todos manteniendo limites muy definidos en lo concerniente a la convivencia e interacción social.

Mi ir y venir a este gimnasio es irregular,  ya que solo acudo a él cuando estoy en dicha ciudad. Sin embargo por razones de trabajo me tuve que quedar poco más de diez días bancarios en el lugar, lo que me permitió ser testigo presencial del desencuentro que se suscitó entre el orangután y la dama en cuestión.

En fechas recientes apareció en el escenario un hombre que está en sus últimos cincuentas o primeros sesentas. Es una persona educada, seria y poco dada a las palabras, no obstante lo poco que aporta al medio ha sido más que suficiente para que propios y extraños nos demos cuenta de su nivel cultural y de su educación.

No es un hombre que se distinga de manera sobresaliente por sus atributos físicos, sin embargo su trato y locución lo distingue y separa de los demás. En lo personal he tenido la oportunidad de intercambiar algunas palabras y temas con él. Ambos estamos en el mismo giro de negocios (finanzas internacionales) lo cual nos llevó a platicar un poco más que los demás.

En una ocasión la dama arriba mencionada le brindo un hasta mañana y este respondió con un Dios quiera. Esta, fiel a su fe y creencias, le pregunto sobre Dios y dio la casualidad de que ambos acudían a la misma congregación pero en diferente locación.

De ahí en adelante el devenir en el gimnasio entre ellos dos fue de un constante intercambio dialógico sobre conocidos comunes, los pastores de su iglesia y demás miembros de su congregación. El trato empezó a ser más familiar entre ellos, manteniendo una línea de respeto en su relación pero con un buen intercambio entre ambos. El tema siempre era el mismo: su fe.

El eslabón perdido del que hablo líneas arriba, observo el devenir del acercamiento entre ambos, así como el trato que se gestó entre ellos, lo cual a todas luces le incómodo. Empezó a hacer comentarios acres al respecto. Primero en son de burla hacia el recién llegado y después hacia ambos.
Todo iba a bien hasta que poco a poco fue siendo más hostil su trato y más despectivos sus comentarios. Y todo porque la dama de su interés le brindaba su atención a otro y no a él.

El tema en cuestión no es el hecho en sí, sino el comportamiento del espécimen y la envida como tema fundamental.

Como ya comentamos, un junior de la tercera edad es aquel hombre que se encuentra en sus terceros veintes y se comporta como si tuviera veinte. El ridículo es mayúsculo. Lo que se ve bien en un hombre de veinte, se ve muy mal en uno de sesenta.

Su inmadurez, su lenguaje, sus ambiciones y fantasías no corresponden a la edad. Sigue persiguiendo quimeras y actuando como si todas las mujeres del mundo suspiraran por él. En lugar de trabajar su personalidad, su cerebro, su mente, su lenguaje y su quehacer patrimonial y empresarial, se enfoca única y exclusivamente en su cuerpo, en sus conquistas y en el cumulo de mujeres que según él están detrás de él.

Es notorio a todos que en lo referente al desarrollo empresarial y patrimonial se siente menos que los demás. Nunca trae dinero. A todo el mundo le pide quinientos, mil o más dólares, solo para salir del apuro. Y no obstante que el otro es un hombre exitoso en lo suyo, éste ha vertido sobre él todo tipo de comentarios despectivos e hirientes.

La envidia es el homenaje que la mediocridad le rinde al talento.
Me voy a centrar en el tema de la envidia, ya que esto fue lo que más me llamo la atención.

Como ustedes saben la ventaja de ser inteligente es que uno puede fingir ser tonto, mientras que lo contrario es imposible.

El espécimen en cuestión, no conforme con su imbecilidad, la anuncia. En otras palabras, hizo público lo privado. Y lo cierto es que nada valoramos más que a un naco anónimo. No obstante él prefirió ser público, vertiendo sobre el otro un cúmulo de comentarios en los que el común denominador fue la envidia y su propia estupidez.

La envidia es una emoción propia de la gente pequeña.
La palabra envidia viene del latín: invidere – invidio: mirar mal a los otros. 

El envidioso es, por definición, el mayor de los ignorantes, porque vive bajo el engaño de no saber apreciar sus propias capacidades.

La envidia se alimenta del deseo hacia lo que el otro es o posee. Y solo puede sentir envidia hacia ese otro, aquel que en pleno desconocimiento de lo que es como persona, pretende ser o aproximarse a lo que el otro es o a lo que el otro posee.

En otras palabras, solo siente envidia aquel que no conforme con lo que es, se afana en ser una caricatura o una mala copia de aquel en el que centra sus afanes.

El Yo del envidioso se sitúa, sin fundamento alguno, por encima del Yo de los demás. Unos demás a los que infravalora y desprecia aun cuando las capacidades de estos sean significativamente notorias, sino para él (que no las quiere ver), sí para los demás.

No es extraño por ello que el que está verde de envidia ponga a los otros verdes, y no por cuestiones ecológicas sino porque sobre enfatiza lo que él hace para hacer notar su valía. Esta es una de las razones de sus gritos de esfuerzo que hace en el gimnasio para llamar la atención.

La otra cosa que hace el envidioso es desestimar lo que el otro hace con el fin de que lo suyo, sin importar su valor o contribución, se dimensione por arriba de su propia valía.

Esto lo lleva ineluctablemente a caer en un estulto juego de dobles comparaciones en las que el objetivo es exaltar lo suyo, despreciando o demeritando lo ajeno.

 Juego, en el que sin querer, termina perdiendo ante los ojos de la persona de su interés, ya que lo único que resulta de este doble juego, es que pone en evidencia sus carencias y temores, elementos, que si él no hace públicos, es muy posible que pasaran desapercibidos, mejorando con mucho sus posibilidades con la persona en cuestión y con los demás.

Si su objetivo es llamar la atención de la persona deseada, no es la envidia la mejor forma de lograrlo.



jueves, 4 de agosto de 2016

¿Y si todo fuera mentira?

Parece que ese es el gran problema de muchas personas… La duda de que todo sea mentira. De que el amor de su vida no sea verdad, de que los dioses sean un cuento que ha venido mutando en el devenir del tiempo, de que sus padres no sean sus verdaderos padres, de que el otro o los otros no le quieran como ellos les quieren, de que los amigos no sean amigos y solo estén por interés, y así como estas una suma de etcéteras más de los que se duda que sean verdad.

La realidad es que lo único que uno les puede decir es: ¡No se preocupen! A nadie le importa si todo lo que les acontece es una mentira. Qué porque a nadie le importa… Pues porque todos vivimos en nuestra muy particular mentira. Todos le metemos un poco de ficción a nuestra realidad.

De hecho todo lo que hemos inventado lo hemos hecho con la finalidad de paliar la realidad. De instalarnos en una mentira que nos haga más amable y llevadera la vida. Así inventamos la religión, la política, el trabajo, la familia, la sociedad, el arte, el cine, la danza, la pintura, el maquillaje, la fotografía, la literatura, la música, comedia y todos los etcéteras que se puedan imaginar.

Luigi Pirandelo (1867 – 1936), filósofo italiano célebre por su inteligencia y sarcasmo, acuño una frase que explica muy bien lo anterior. Él decía: “Así es, si así os parece”.

Un ejemplo de ello es la famosa frase que el Papa Alejandro VI (Roderic de Borja) le escribe a Pico della Mirandola (de la orden de los Dominicos). La frase en cuestión dice así: “Desde tiempos inmemorables hemos sabido lo útil que nos resultado esta fábula que inventamos de Jesucristo para gobernar al pueblo”.

La frase, aunque real, fue tomada como falsa y eso es lo que importa, ya que “Así es, si así os parece”

La realidad es que no hay nada más parecido a la verdad que la mentira. Y gracias a la imaginación, al arte, a las letras y a todas las cosas que los seres humanos hemos inventado, es que podemos hoy entender, sin que esto sea un problema, que todo en la vida puede ser verdad y mentira.

Si algo nos enseña la vida en el devenir del tiempo, es que todo puede ser mentira y sin embargo haber sucedido, haber existido y/o ser solamente un sueño. Si no me lo creen, hablen con los ancianos. Ellos, como mañana nosotros, seremos el vivo ejemplo de lo anterior.

Esto que se lee y se ve como una contradicción o como las letras de un esquizoide, tiene una realidad fundamental. Esa mentira que vivimos es una verdad de nuestro interior, aun cuando en esencia sea una mentira.

Por favor no ponga esa cara. No se rasgue las vestiduras. Observe la realidad. Sirva como ejemplo los fotógrafos y la fotografía en sí. Común es que los fotógrafos, profesionales o aficionados (como usted y yo), retoquen sus imágenes o que borren de las mismas el rostro de alguien porque no encaja ahí. Así como usted, los demás
hacemos de todo lo que nos acontece una puesta en escena. Ponemos una dosis de ficción en una realidad que no nos gusta, que la queremos ajena.

Veamos algunos ejemplos emblemáticos:
Es una puesta en escena aquella fotografía de la Segunda Guerra Mundial en la que aparece un soldado ruso en Berlín, en la cual le borran los dos relojes que trae en la muñeca y que seguramente robo de un muerto (o de un vivo). Le borran los relojes porque lo importante no es el robo, ni el que haya hecho del muerto un objeto, sino que lo importante era la imagen de él colocando la bandera rusa sobre las ruinas del Reichstag.

Ese soldado fue un icono del valor, de la honestidad y de la rectitud en la Madre Rusia. Su imagen aparecía en los libros de texto. Todos querían ser él. Un él que estaba muy lejos de lo que la realidad, pero no de la imagen que la fotografía proyectaba. De nuevo: “Así es, si así os parece”.

Como tampoco es cierta aquella fotografía de Capa en la que se ve un partisano español muerto en la guerra civil. La fotografía fue una puesta en escena en la que Capa lo que quería es crearle al mundo occidental una verdad irrefutable a través de una imagen simbólica de algo que no vio, pero que se le contrato para ello. Algo que hoy, debemos reconocerlo, pasa mucho en los medios…

La realidad es que nuestra historia personal, como la del mundo, está llena de mentiras. Mentira es aquella fotografía que al paso del tiempo se convirtió en verdad, en la que se capta ese beso espontáneo en las calles de París capturado al vuelo por Doisneau. Fotografía que solo fue posible gracias al extenuante trabajo de dos actores que ensayaron las veces necesarias (que envidia) para que pareciese casual y furtivo.

¿Está mal? No. No está mal.
¿Es una mentira? Si, si es una mentira, pero es una mentira que nos hace ver la verdad desde la más pura mentira, tal como sucede en la vida real y en la vida de cada uno de nosotros.

La importancia del arte, las letras y de todas las cosas que hemos inventado, es la creación de puestas en escenas que se conviertan en símbolos, en mensajes icónicos que expliquen y den sentido a la vida, a las ideas, a los sentimientos. Es algo que hacemos todos los días con nuestros hijos, amigos y colaboradores. Son historias falsas que creamos y editamos con el fin de que sigan vivas para siempre, porque en su centro vive la auténtica verdad. Ya sea que está esté escrita por Cervantes o por cualquier escritor o creador anónimo como el que esto suscribe.

El objetivo es crear una puesta en escena que nos alcance y nos hiera para siempre (que otra cosa es el amor), para toda nuestra vida e incluso para toda nuestra muerte. Porque la puesta en escena, que en sí es un arte, es la más bella forma de mentir que tenemos los seres humanos. Es la forma que tenemos de contar la verdad a través de tantas mentiras como días han existido.

Lo cierto es que preferimos la mentira a la verdad porque suele ser más real, más auténtica, más humana. Sobre todo si esta está bien contada. La realidad es que la historia de todos está llena de mentiras. Algunas más bellas que otras pero mentiras al fin.

Un ejemplo de ello es el arte en sí…
Ahí están las esculturas de Rodin que parece ser que no las hizo él sino su amante Camille Claudel (la hermana de Paul Claudel) encerrada por su “locura” y borrada de la historia.
Ese urinario o “Fuente” de Duchamp que él no necesariamente creó pero que está a su nombre ya para siempre.
Esos cientos de pinturas atribuidas o directamente certificadas a nombre de artistas que nunca las pintaron, que fueron hechas por discípulos, alumnos, ayudantes, que nunca conoceremos, y no todas de fechas antiguas. De hecho algunas de ellas aún están calientes en los talleres de los artistas sin nombre.
Solo en Estados Unidos existen dos mil quinientas obras de Renoir certificadas ante notario, de las mil quinientas que pinto en toda su vida.

¡Qué bella eres mentira cuando te llamas verdad!
Hay historias increíbles que, al parecer son verdad. Como la de una niñera cualquiera en una gran ciudad que aunque en vida nunca vendiese ni publicase foto alguna, a los dos años de su muerte ya ha expuesto en todo el mundo, y se han publicado libros y realizado documentales sobre ella y su obra.

Si alguien les cuenta que un coleccionista que ni usted ni yo conocemos compró unas fotos suyas en un mercadillo (o se las encontró casualmente) en París o Amsterdam o Nueva York y la encumbró como una de las figuras de la Street Photography norteamericana, pueden pensar que es una versión moderna de la Cenicienta, o tal vez un cuento chino, pero ¿y si es verdad?

Y qué decir de toda esa gente que se encuentra un Goya, un Picasso e incluso un Morandi entre los trastos viejos del abuelo, que estaban en el desván de la casa del pueblo olvidadas y abandonadas y que un buen día aparecen para enriquecer al pobre e inocente heredero. “Cosas veredes amigo Sancho”, cita que todos atribuyen al Quijote y que no aparece ahí, sino el Cantar del Mio Cid.

Pero hoy, en vez de dudar entre molinos o gigantes, se duda entre el Photoshop y la edición; entre la verdad y la mentira; entre galgos o podencos, sin saber que si no son lo mismo poco se llevan de diferencia, tan poca que no se les distingue y que a nadie le importa.

Cuando a Picasso le presentaron una obra falsa, saco una pluma y la firmó, “es tan buena que merece ser mía”, dijo, convirtiendo a la pobre fregona en princesa, a un lienzo cualquiera en un Picasso, a la mentira en verdad, a la fea en la reina de la belleza.

Nosotros, como él, vivimos creando nuestros Picassos a sabiendas de que son mentiras que merecen ser verdad, ya que todos y cada uno de nosotros nos refugiamos en la verdad profunda de nuestras mentiras.


Ellas nos salvan y nos dan una razón de ser. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

El oído de la mujer.

En fechas recientes escuche a mis hijos hablar de mujeres y de lo docto que eran dos de ellos para enamorarlas. El tercero (más inteligente) se dedicó a observar y escuchar. No emitió opinión alguna, aun cuando tenía una postura clara al respecto.

El menor de los tres (16 años) es un seductor nato. Es un hombre que entiende a la perfección que la capacidad de seducción esta intima ligada a la necesidad del seducido. Seductor es aquel que tiene la capacidad de identificar la necesidad del seducido y ofrecerle, en función de su necesidad, lo que busca y necesita. Y mi hijo, sin lugar a dudas, posee esa capacidad en grado sumo. Es comentario, no envidia.

Aunado a ello diré que es muy carismático y que tiene el donde caer bien. Tiene un excelente sentido del humor, amén de poseer la rara habilidad de reírse de sí mismo. Desde pequeño mostró una fuerte inclinación al tacto. No tocaba a su madre, la acariciaba y lo mismo hacía con todas las mujeres que lo cargaban. Esta natural inclinación se ve hoy exacerbada por el impulso hormonal de la adolescencia, lo cual le lleva a gravitar más hacia al tacto y contacto de la piel.

El mayor de ellos (20 años) posee una vanidad intelectual que lo desborda. En él cabe la broma de que nunca obtuvo una nota de 90. Sus notas siempre han oscilado entre 96 y 100, las cuales, para colmo de la personalidad, obtiene con relativa facilidad. Se considera un experto en casi todo y no porque lo sea (está muy lejos de serlo), sino porque se documenta para poder fundamentar sus afirmaciones. Algunas de ellas erróneas por criterio de selección y otras tantas acertadas por la misma razón.

El de en medio (18 años) es un pragmático que busca la nota como objetivo, ya que esta le permite acceder a las becas que necesita para poder estudiar en las escuelas que quiere y que van acordes a sus objetivos empresariales. Este es taciturno, reservado. Poco nada habla de sus objetivos, pero siempre logra lo que se propone.

El menor de los tres es un hombre que gravita hacia las mujeres. Lo cual de suyo ha hecho que tenga un sinfín de relaciones y que logre, gracias a su carisma y encanto, terminar bien con todas ellas. Aun cuando en la mayoría de los casos, estas terminan por la aparición de otra mujer.

El mayor tiene una relación que supera los dos años y si bien es cierto que mantiene el ojo atento a otras mujeres, también lo es que respeta su relación.

El de en medio tiene una relación próxima a los dos años y fundamenta su relación en dos pilares: espacio y fidelidad. Ambos están en la misma Universidad, por lo que tienen especial cuidado de no tomar clases juntos. Lo que les permite tener su propio círculo de amigos y su propio espacio. Por otro lado cabe mencionar que él es fiel por convicción y por pragmatismo, ya que no le gusta perder el tiempo en lo que no es.

Esta disgregación aparentemente ociosa, tiene como fin ilustrar las diferentes personalidades de los actores de la discusión. El tema entre los tres era el de cómo enamorar a una mujer.

El menor de ellos, que no cree en la reencarnación, pero que fiel a sus contradicciones sospecha que él es la reencarnación de Don Juan Tenorio, esta cierto de que es su natural encanto lo que hace que las mujeres a las que pretende se rindan a sus pies. Lo cual me es menester reconocer que hasta el día de hoy ha resultado cierto, como cierto es el hecho de que esto va a cambiar conforme avance en edad y espectro, ya que se topará con un sinfín de mujeres que serán ajenas a su carisma y gracia. Lo que hará que se cuestione, si es que eso llega a suceder, si todo está subordinado a ello o hay algo más en el proceso de enamoramiento de una mujer.

El mayor de ellos está seguro de que es su inteligencia sin par, lo que hace que las mujeres lo busquen y asedien, ya sea para que les ayude en sus procesos académicos o en sus devenires intelectuales o psicológicos. Él, huelga decirlo, no tiene el erotismo ni la gracia del menor. Tampoco posee la simétrica y varonil figura del pragmático, y si bien es cierto que tiene una figura varonil, también lo es el hecho de que está muy lejos de la de su hermano inmediato, por lo que ha centrado su estrategia en el quehacer intelectual.

Es, me queda claro, inteligente y decidido, no obstante en los devenires del amor, siempre hay algo más que la burda inteligencia, cosa que, sin lugar a dudas, ira descubriendo al paso del tiempo.

El pragmático, que compite en atletismo y levantamiento de peso, no emitió comentario alguno, por lo que no puedo decir nada más que el hecho de que él piensa que es el trato y no el encanto lo que enamora a una mujer.

Al final decidieron incluirme de manera activa en su debate, por lo que me pidieron una opinión. Les hice saber que en eso, como en todo lo que tiene que ver con el combés de lo humano, no hay una causa única, sino una suma de causas en donde definitivamente el carisma, el encanto, la geografía corporal, la inteligencia y el trato, eran factores determinantes en el proceso de enamorar una mujer.

Mi sentencia, claro está, le daba una parte de razón a la postura de cada uno de ellos, pero no subía a la palestra mi opinión personal. El reclamo no se hizo esperar por lo que me vi en la necesidad de definir una postura.

Lo primero que aclare con ellos es: si lo que se estaba discutiendo es el cómo enamorar a una mujer o cómo conservar a una mujer. Ya una vez definido que el tema en sí era el de enamorar en su primera etapa, más que el de conservar, me aboque a contestar.

En el proceso de enamoramiento entran una suma de causas: la personalidad, la inteligencia, el éxito, el carisma, el sentido de humor, el trato, la elegancia, el atractivo físico y demás etcéteras que conforman el proceso humano. No obstante lo cierto es que cada una de estas causas por si solas son insuficientes y de corta duración, ya que el influjo de ellas demanda de la presencia constante del emisor.

En el amor la que escoge es la mujer.
Por supuesto que hay otras variables que normalmente no consideramos, como por ejemplo el hecho de que siempre son ellas las que escogen, rara vez son ellos los que eligen (muy rara vez).

Lo común es que ellas elijan al hombre que les interesa. Y conscientes de la opacidad visual y cerebral que padece el género masculino en estos menesteres, le mandan un conjunto de sutiles reactivos para ver si este responde. En caso de que este no responda, ya sea porque no le interesa, porque está muy bruto o porque en realidad necesita ayuda, ellas, dispuestas siempre a ayudar al hombre para que no se pierda esa magnánima oportunidad, le dan otra u otras oportunidades, solo para estar ciertas de que la razón por la cual no responden es cerebral y no falta de interés.

Así, cuando una mujer se decide por un hombre, no hay poder humano que la desvié de su  objetivo, pero esto es algo que él no sabe. Tan no lo sabe, que puede llegar a creer que es él, el que la eligió y conquisto, gracias, claro está, a eso que él supone que son sus innegables encantos.

Es importante que esto se quede así. Es decir, esto que todas ellas saben pero ellos no, se quede así. Sin que nosotros nos enteremos. Sin que nos lo hagan saber. Siempre es bueno que nosotros pensemos que ellas son las elegidas y conquistadas y no al revés. Es algo que alimenta de sobremanera nuestra fatua vanidad.  

El amor es una decisión.
El amor, como todos saben, es una decisión, no un sentimiento…
Es una decisión que se convierte en sentimiento. Y en este proceso de decisión, son ellas las que deciden quién será el afortunado que tendrá su atención. Y cuando alguno de ellos, dada su apatía, incapacidad o brutalidad se distinga por su falta de respuesta, ellas, siempre sabias, pensaran que es él el que se lo pierde y ellas las que se lo ahorran.  

El oído de las mujeres.
Las mujeres, les decía yo a mis hijos, tienen el corazón en el oído.
Cierto es que el ojo quiere su parte, no obstante la realidad es que el ojo de la mujer, siempre termina subordinado al oído. Este le aconseja que ver y como ver lo que ve.  

Así pues, le decía yo a mis vástagos, a la mujer se le enamora por los oídos, no por los ojos.  La piel atrae la mirada, pero no la retiene. Es el oído, primero, y el acto, después, lo que hace que la mirada se retenga. En otras palabras, es el decir del hombre lo que hace que una mujer se fije en él o lo deseche.

Es importante aclarar que hasta este momento solo estamos hablando de la retención de la mirada y de la atención de la mujer. Enamorarla, demanda de más cosas, pero el decir es una de las más importantes y más si este decir va de la mano con un congruente hacer. Tan es así, que en el amor es más importante el cómo te amo (la forma, el acto) que el simple te amo (la palabra).

Sin lugar a dudas el contenido es importante (figura, rostro, cuerpo y demás atributos físicos), pero no más que los continentes (el pensar, decir y hacer del otro).

Había un viejo adagio que decía que al hombre se le enamora por estómago, lo cual seguramente termino haciéndonos panzones a todos. Pues bien, si al hombre se le enamora por el estómago (lo cual es falso), a la mujer se le enamora por el oído (lo cual es cierto).

Un hombre puede no ser físicamente agraciado y sin embargo tener a su lado a una belleza de mujer, ya que esta le hará más caso a su oído que a su vista. La vista siempre termina distorsionada por el oído…

En otras palabras: si usted enamora por el oído a una mujer, esta, aun cuando usted sea la reencarnación de Cuasimodo (como es mi caso), terminara diciendo:

Si es feo, pero no tanto…
Es bien lindo…
Y todo gracias al oído de la mujer.


martes, 2 de agosto de 2016

Autobiografía de un cuadro.

¿Sí yo fuera cuadro?
¡Interesante pregunta! 

¿Si yo fuera cuadro qué?
Definitivamente no tendría injerencia o decisión sobre mí mismo.

Ciertamente ya estaría hecho, firmado. Probablemente enmarcado o, en el mejor de los casos, colgado… ¡Colgado! Que fuerte palabra.

Colgado como los mártires ó los más grandes traidores, y sin embargo, por difícil que esto pueda parecer, para mí no habría mejor destino que el de estar colgado.

¿Irónico no? ¡De acuerdo! Pero la vida es así, es un ejercicio de pesos y contrapesos. Lo que es una bendición para unos es una maldición para otros, pero dejemos de lado esta pequeño dislate para abocarnos al tema que nos compete: ¿Si yo fuera cuadro qué?

Me queda claro que opinar sobre mis colores, luces y sombras, formas y elementos, estilo, corriente y demás etcéteras pictóricos, es un ejercicio pueril e insustancial.

Nada hay que opinar. Ya estoy hecho. Colgado. Terminado. Lo que opine no cambia lo que soy. No me hace más, no me hace menos, sin embargo hay algo que si me es esencial, pues ahora tengo una posición privilegiada: observar al que me observa, criticar al que me critica, determinar al que me determina.

¿Paradójico?
¡Sí! De acuerdo. Pero qué le voy a hacer. Así es como funciona el conocimiento de uno mismo. Nos conocemos a través de los ojos de los demás… Cuando me ven se ven. Cuando les veo me veo. Así, yo, al igual que ellos, sólo me llego a conocer a través de ojos de los demás.

Como cualquier otro cuadro mi destino es vagar entre los amos y los proxenetas, entre los admiradores y detractores.

Voy a migrar de los ortodoxos y críticos analíticos hasta los esnobs triviales y complacientes. Viviendo y pernoctando en una gran cantidad de escenarios, roles y conciencias.

Y llegaran también, como sino ineluctable de la vida, los más temidos de todos: los indiferentes. Esos que por momentos me harán sentir que no existo, porque curiosamente mi existencia depende de la pasión ó del temor que yo inspire, de la curiosidad o desagrado. De la sublimación o la censura. De tal forma que yo, como ustedes, existo en la medida y forma en la que existo para los demás.

No obstante tengo, por muy aciago que esto parezca, compensaciones y beneficios que difícilmente se les revelan a los demás. Pues a mí se me presenta la posibilidad de dar testimonio de un hecho infrecuente: el de ser testigo de un desfile intemporal e interminable de figuras…

De conciencias…
De inteligentes y retrógrados…
De personajes y fantasmas.

Creo que hasta el mismo Freud me envidiaría, porque yo, a diferencia de él, tengo todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Sé que suena egoísta y arrogante, pero esa no es mi culpa, es de mi autor. Autor que rompió mi inmaculada castidad con violentos y certeros trazos. Que me vistió de colores y desnudo de mentiras mi alma de algodón. Que me agredió y acaricio. Que extasiado e intuitivo, frenético y seductor, conmovido o exasperado, por un buen rato enajenado de sí giro a mí alrededor.

Él fue el que me volvió loco. Para terminar después postrado a mis pies... Inclinado, como haciendo reverencia para dejar lo único que le pertenece, su nombre, su firma.

No sé dónde me quede o a qué lugar me vaya, sin embargo acabo de descubrir mi verdadera vocación, seré, perennemente, un coleccionador de espectadores.  

Firma.

Un Cuadro. 

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Lectura textual y antropológica

Es innegable que la lectura y escritura han sufrido una mutación. En la actualidad poco es lo que escribimos bajo el formato de carta y poco lo que leemos en formato de libro, no obstante la escritura y la lectura han migrado a nuevos escenarios. Una prueba de ellos es la ingente cantidad de correos y mensajes que la gente se manda, así como la ingente cantidad de páginas de internet que la gente revisa y lee.

Hoy, como ayer, la lectura de una carta, libro, correo o mensaje, nos abre una ventana al interior del otro. No olvidemos que cuando la persona escribe, se describe. Así, las palabras que una persona usa, como la forma y el orden en que las usa, nos dejan ver su pasado y su presente, así como la tendencia de lo que puede ser su futuro.

Las palabras que una persona usa obedecen al entorno sociocultural en el que creció. No olvidemos que el lenguaje es un habitáculo, y ya una vez que nos instalamos en él, dejamos de pensar en él.

Me explico… Los seres humanos desarrollamos, en función del sector, barrio o colonia en la que crecimos, una forma de hablar particular a esa geografía. De tal suerte que escuchando o leyendo a una persona, podemos tener una idea del entorno socio económico y socio cultural en el que este creció y se desenvuelve. Entorno que inevitablemente le generará una visión y horizonte de posibilidad y acción de la que no está consciente.

Es por esto que sin dejar de ser importante el ambiente familiar en el que la persona crece, es más importante el sector, barrio o colonia que habita, puesto que estos inciden más en el quehacer biográfico del individuo que la familia misma.

Regresemos al tema. Hoy, a diferencia del pasado, estamos más expuestos al entorno. Una persona del siglo XXI, interactúa en un año con más gente que la interactuaron sus abuelos en toda su vida. Esto quiere decir que hoy estamos mucho más expuestos a los demás de lo que estuvieron nuestros ancestros. A esos demás que en sí mismo son un libro abierto que no sabemos leer.

Un ejemplo de ello es el correo y los mensajes telefónicos. Una persona común recibe al día una gran cantidad de correos o mensajes que probablemente lee y responde sin analizar su estructura, sintaxis y semántica. Pasando por alto información muy valiosa del emisor. Información que este no estaría dispuesto a proporcionar si se le pidiera.

Recibir las letras de una persona es acceder a su interior. A eso que el otro es y que no está consciente que nos está dejando ver. El texto de una persona, ya sea correo, mensaje, articulo, ensayo y demás etcéteras de la letra escrita, nos dejan ver del otro mucho más de lo que le mismo quisiera mostrar. No obstante lo común es que nos centremos en lo que dice, más no en la forma que lo dice, que es lo que realmente importa.

Por otro lado está la escritura en sí. Escribir es algo que debiéramos hacer todos los días. La escritura nos estructura la mente. Nos hace ordenar las ideas y las palabras para que estas puedan decir lo que queremos decir. Una persona que escribe desarrolla más herramientas de comunicación y transmisión de las ideas que una que no escribe.

La escritura es generadora de ideas, mucho más que las imágenes. Cierto que la frase popular dice que una imagen vale más que mil palabras, lo cual sin duda es cierto pero solo para los iletrados. La realidad es que una letra vale más que mil imágenes, ya que son las letras las que crean las imágenes y no al revés. Prueba de ello son las películas. Estas nacieron de la letra impresa. Primero se escribió el Señor de los anillos y después se hizo la película.

Otro tema es que lo que la gente lee. Yo radico en Monterrey, Nuevo león. Una ciudad que está en el noreste de México. En Monterrey se lee muy poco (3% incluyendo libros de texto), y el 70% de lo que se lee es brujería, hechicería y esoterismo.

Esto que a primera vista se antoja poco creíble, tiene una explicación lógica. Los seres humanos estamos fuertemente influidos por tres variables antropológicas: la geografía, la raza y la historia.

La geografía en la que nace y habita una persona, determina la raza en la que crece y la historia que desarrolla.

El norte del país es semidesértico y con alta escases de recursos. Esa geografía incidió e incide en la forma en que se educa a la gente. En el norte se les educa para competir por los recursos. En el centro del país, rico en humedad y fauna y por ende sobre poblado, se les educa para sobrevivir (mentira, engaño, apariencia),  y en el sur que la naturaleza todo lo da, se les educa para ser felices.

En el norte del país, geografía carente de recursos, donde nada hay, donde todo hay que arrebatárselo a la madre tierra, la gente desarrolla una practicidad y un utilitarismo que no posee ninguna otra región del país.  

En el centro del país, geografía húmeda y fértil y con una sobre población que no posee ninguna otra zona del país, desarrollan una verbosidad persuasiva y gracia al hablar (labia), una oblicuidad en el decir y hacer y una capacidad de improvisación social que no posee ninguna otra zona del país.

El sur, geografía rica en recursos, con una naturaleza que todo da, en la que hay que hacer muy poco para asegurar el sustento, desarrollan una espiritualidad contemplativa, un sentido estético y un gusto por las bellas artes que no poseen las geografías arriba mencionadas.

Así pues, el norte, pragmático y duro, no puede darse el lujo de perder el tiempo en templos y rituales, por lo que cada quien se edifica una religión particular. Una religión que les de tranquilidad y seguridad ante la competencia y adversidad a la que se enfrentan en el diario quehacer, aun cuando su religión sea de supermercado, es decir, una creencia hechiza, no dogmática como la que se da en el centro del país donde la palabra tiene más valor que el acto.

En el sur, donde lo estético y lo contemplativo tienen más valor que la palabra y el acto, los placeres, la música, las artes, la gastronomía, el confort  y demás etcéteras de la región son más importantes que la palabra y la religión. Esta, aunque arraigada en la gente, tiene una connotación social, no normativa. Ir a misa es parte del ritual social y lo hacen así, aun cuando no estén conscientes de ello, ya que culturalmente hablando gravitan más sobre los placeres y sentidos que sobre alguna otra cosa más.  

Así, en el norte, pragmáticos y duros, leen poco y hacen mucho. Razón por la cual se dio la industria, las finanzas y el comercio.

En el centro, oblicuos en el decir y en el hacer, se lee mucho más que en el norte (27%) y lo que se lee tiene que ver con el poder, la política y los temas de actualidad. Los libros que más se venden son los de divulgación, literatura, historia y filosofía. Zona en la que la oblicuidad se convirtió en el caldo de cultivo para que se gestara el poder corporativista, tanto en lo político como en lo religioso.

En el sur, sibaritas por excelencia, se lee más que en cualquier otra parte del país (35%). Lugar contemplativo donde el ocio y el disfrute tienen un gran valor. Se lee todo lo que tiene que ver con la poesía y el romanticismo, amén de literatura e historia y novela en general. Lugar donde se da una gastronomía rica y creativa, amén de una muy rica expresión corporal (teatro, baile, música y canto) y de todo que tiene que ver con las bellas artes y con los placeres…

Enuncio, a manera de anécdota ilustrativa, las palabras con las que gran Miguel de Cervantes inicia el prólogo del Quijote: “desocupado lector”.

Efectivamente, para leer es menester estar desocupado. Y si en alguna zona el país se le da un alto valor al ocio es en el sur, que es, precisamente, donde más se lee.

Conclusión.
La lectura y la escritura le dan una estructura al cerebro que facilita la expresión y comunicación de ideas, no obstante la lectura de los textos del otro nos abre una ventana a un conocimiento único. Un conocimiento que no vamos a poder encontrar en ningún otro lado: lo que el otro es.

No olvidemos que los dos mejores libros del mundo son: el otro y lo otro. El otro es nuestro semejante y el otro es todo lo que nos rodea.


Aprovechemos cada correo, mensaje o texto que el otro nos envía, para estudiar su contenido (lo que el texto dice) y su continente (lo que el otro es) y así estaremos accediendo a uno de los dos mejores libros del mundo y enriqueciendo el conocimiento de nosotros mismos y de los demás.

martes, 8 de diciembre de 2015

El oficio del Creador.

Escribir es crear. 
Uno se sienta frente a una hoja en blanco (hoy frente a una pantalla en blanco) y empieza a vaciar en esa nada un algo. Un algo que se gestó con contenido y forma, pero que al paso de cada letra o tecla se va tornando en otra cosa. En un algo que bien puede ser próximo a lo pensado o un algo que en el decurso de las letras termine siendo distinto a lo que originalmente se concibió, no obstante lo cierto es que lo que salga de ello no será lo que originalmente se pensó. Nunca es así. No en la creación.

Sabes, la vida no es lineal. Es oblicua. Nada sucede como pensamos ni como queremos, y entre más lejos estamos de lo que se desea, más sujetos estamos a la influencia de la oblicuidad (circunstancias). Con la creación pasa igual. Toda creación toma vida propia. Es como los hijos. Uno tiene hijos y crea para ellos una infinidad de planes y escenarios, no obstante ellos son los que al último deciden lo que habrán de ser y hacer.

Por supuesto que un artículo, libro, poesía o ensayo no posee, como el ser humano, la capacidad de ser autónomo, autómata, autócrata y auto determinado. Posee, es cierto, una vida inanimada como objeto y animada en cuanto al sujeto que lo escribe, pero no tiene un animae que le impulse o determine. Somos nosotros los que en cada pulso vamos revisando la letra y la forma para mejorar lo que de nosotros emana como pensamiento y letra.

Si algo nos ha enseñado la vida es que el ser humanos es Autónomo, tiene y ejerce sus propias normas; Autómata, posee su propio motor y ritmo; Autócrata, tiene y ejerce su propio poder; y  Auto determinado, se define a sí mismo. Este ser autónomo, autómata, autócrata y auto determinado es lo que nos hace asincrónicos a los demás.

Este connatural asincronismo que nos define como seres humanos es lo que hace que el matrimonio y el trabajo en equipo sean relaciones inevitablemente complejas y difíciles, pero indispensables para el crecimiento como seres humanos. Lo que nos corresponde a nosotros es elegir con quien, cuando y donde, ya que las relaciones te suman o te restan, pero no te dejan igual.

Regreso al tema. Esperar que los demás (pareja, hijos, colaboradores) sean sincrónicos a nosotros no solo es una estulticia, sino que además acusa un claro desconocimiento de la naturaleza humana y con ello una notoria imposibilidad para ejercer el liderazgo, debido a que la gente hace las cosas por sus razones, no por las nuestras.

No te olvides que una de las premisas que rigen el quehacer biográfico de cada uno de nosotros, es el que hecho de que “en la vida nadie quiere lo que tú quieres, y el que quiere lo que tú quieres, no lo quiere como tú quieres”. Lo cual no está mal. Lo que está mal es que tú creas que todos quieren lo que tú quieres.    

Migro a la creación…
La creación surge del choque de dos contrarios. De dos unidades de caos que son: autónomas, autómatas, autócratas y auto determinadas. Una de las razones por las que Estados Unidos es el país que más patentes genera a nivel mundial, es por su mezcla de razas. Los inmigrantes representan casi el 50% de la población, amén de que estos llegan de todas partes del mundo. La cohabitación de la gente en ese país no es fácil. Es caótica, ríspida y compleja, y de ese caos es de donde salen tantas creaciones y patentes. 

Con la creación pasa lo mismo, sin importar si la creación es literaria, pictórica, tecnológica o de cualquier otro tipo, está siempre surgirá del caos. Nunca de la uniformidad. La creación es un choque de contrarios. Es la nada chocando con el creador. El creador debe plasmar en esa nada un algo que tenga sentido para él y para los demás. Se dice fácil y hasta cierto punto lo es. Solo hay que darle a la creación la oportunidad de que ella sola nos vaya dictando, con sus contenidos y continentes, lo que esta habrá de ser.

Uno empieza con una idea, y como el conocimiento se da haciendo, este hacer, conforme se va plasmando, va indicando los continentes y contenidos que el autor debe de recorrer para dejar una geografía de un algo específico, en esa nada donde no había nada.

Crear es crearse, así como escribir es describirse.
El escritor va dejando en cada párrafo algo de sí. De lo que piensa. De lo que siente. De lo que es. De eso que le atañe, que les a tal grado que necesita volcarse sobre el teclado para dejarlo ahí. Uno no escribe para decir algo. Uno escribe para decirse algo, y si ese algo le sirve a alguien más, pues entonces uno se da por bien servido.

El creador tiene un grado de esquizofrenia que le permite, con un pie en la locura y otro en la cordura, ver en lo que todo el mundo ve lo que nadie ve. Es así, con esta capacidad de ver cosas que los demás no tienen la capacidad de ver, que puede plasmar en una hoja de papel, pantalla en blanco, lienzo, metal y demás materiales de la creación, un algo que no existía antes de que él lo creara.

Por supuesto que los creadores no son personas que estén del todo bien. No obstante el secreto de la locura es muy simple: o diriges tu locura o tu locura te dirigirá a ti.

Médico, poeta y loco.
Se dice que de médico, poeta y loco, todos tenemos un poco, y es cierto. Para muestra un botón. No puede ser creador si no posees un cierto grado de esquizofrenia. Como tampoco puedes ser un experto en naturaleza humana si no tienes algo de psicópata; ni líder de masas o político si no posees algo de sociópata; ni intelectual, ensayista o filosofo si no eres maníaco depresivo; ni escritor si no eres neurótico… Y así podemos revisar toda la gama de artes y oficios en las que destacan los anómalos, no obstante el tema no es ese, sino el hecho de que los creadores son lo que son gracias a que le dieron cauce a su locura. Ellos dirigen su locura en lugar de que esta los dirija a ellos.

En otras palabras, el escritor escribe para salvarse. El pintor pinta para no volverse loco. El intelectual piensa para no matarse, y así, como ellos, el resto de los anómalos crean para crearse, para poder encajar en una sociedad en la que no podrían encajar sino le dieran cauce a su locura.

Todos los oficios tienen una función, un reto y una carga de emoción y adrenalina. No obstante el oficio del creador demanda algo más... Demanda una anomalía y una neurosis que le impele a crear un algo que no existía antes de que él le diera vida. Un algo que da testimonio de qué él es, de que existe y existe de una manera diferente a la de los demás.

El creador crea para inmortalizarse. Cierto es que no sabe que de lo creado lo inmortalizará. Tal vez nada, tal vez algo que ni siquiera imagino, pero la realidad es que aspira a que algo de lo creado viva más que él.


Así pues, el genio es hijo del ocio y la vanidad, pero esta última es la que los impele a crear, a dejar testimonio de ese efímero pero interesante oficio que es vivir.  

miércoles, 2 de diciembre de 2015

De odios y venganzas

Entre más alta es la cima a la que hemos llegado, más vasta será la cifra de enemigos y malquerientes.

Luis XIV se vio en la necesidad de nombrar un Ministro, para lo cual era menester escoger al candidato entre doce de sus más allegados colaboradores. Al elegir y nombrar al que fungiría como Ministro, emitió la siguiente sentencia: nominado está, de aquí en adelante me habré ganado once enemigos y un traidor.

En el ejercicio del poder, como en la vida misma, es inevitable que el devenir de nuestras decisiones nos arroje una ingente cantidad de acuerdos y desacuerdos. Los primeros de corta memoria duración y los segundos de larga memoria y duración. Así pues, es imposible no tener enemigos y traidores. Estos son inherentes al quehacer biográfico y entre mayor sea el rango y el poder de influencia de la persona, mayor será el número de personas que deseen su mal.

Lo mismo aplica para nuestro propio devenir. Habrá gente que nos rechace. Algunos de ellos de manera cortes y elegante, otros de manera hiriente y despectiva, lo cual, si nuestra auto estima es poca, nos hará sentir un odio estulto que nos lleve a buscar una venganza que no satisface a nadie, ni a nosotros mismos. No olvidemos que la venganza se disfruta más en su planeación que en su ejecución.

No obstante cabe aquí preguntarnos: ¿porque hemos de odiar a aquel que por natura se quiere más a sí mismo que a nosotros mismos’ ¿Nos es acaso algo natural el que la persona vea primero por ella que por nosotros? En artículos anteriores hemos dicho que la premisa antropológica más importante de la vida y de los negocios, es entender que en la vida nadie quiere lo que tú quieres, y el que quiere lo que tú quieres, no lo quiere como tú lo quieres. 

Una persona que piense que su pareja quiere lo mismo que ella, es una persona que tendrá constantes problemas con su pareja, pues ésta, si es una persona normal, tenderá a quererse más a si misma que a su pareja. Lo mismo pasa en el combés empresarial, social, político y en todos los etcéteras del quehacer humano. Pensar que el otro quiere lo mismo que nosotros es una ingenuidad que raya en la estulticia y que nos causará una ingente cantidad de problemas y decepciones.  

Por otro lado está el hecho cultural. Las instituciones de nuestro entorno: iglesia, familia, escuela y demás etcéteras sociales; nos dicen que debemos perdonar a los enemigos, pero nada nos dicen de los amigos, que es de donde emana la traición.

La traición siempre viene de los amigos. Y nada nos incita más a la venganza que el sentirnos traicionados. La traición es algo que está en el campo de las emociones. No hay traición que pase el filtro de la razón. Si analizáramos esta desde la más estricta razón, descubriríamos que esta obedece a la naturaleza del otro. Nos sentimos traicionados cuando el otro no logra traicionar su naturaleza, para hacer lo que deseamos y queremos que haga.

El sentimiento de venganza que emana de la traición es tan estulto, que lo primero que debiéramos reconocer es que lo que nos mueve no es la afrenta en sí, sino que el ánimo de lograr el arrepentimiento del otro.

La realidad es que solo se centra en la venganza aquel que no tiene nada mejor que hacer, lo cual de suyo es muy penoso, pues esto quiere decir que la persona agraviada no tiene retos presentes y futuros más relevantes que el de la estulta venganza.

Cuando se es tan más, se necesita tan menos.
Una persona consciente de su valía y de lo que tiene que hacer, no va a gastar tiempo y energía en odios y venganzas. Es tanto lo que tiene que hacer y tan poco el tiempo para hacerlo, que sería paranoico y estulto gastar tiempo en algo que no nos lleva a nada.

Cuando se sienta agraviado, recuerde que es de lo más normal. Que tiene derecho a sentirse mal, pero no a consentir su mal. El otro, como ya lo comentamos, siempre se querrá más a sí mismo que a usted, amén de que el descuerdo y divergencia de querencias y metas se ira haciendo más grande en la medida en que ambos vayan madurando y definiendo su horizonte y futuro.

Cuídese de todos aquellos que quieren lo mismo que usted. Estos, irremediablemente, lo condenaran al fracaso. Dejará de cuestionarse, de confrontarse y de crecer. Lo peor que le puede pasar es allegarse de gente que piense y quiera lo que usted.