sábado, 29 de agosto de 2026

Contradicción hecha carne.

Las contradicciones, por definición, no existen. No es posible ser y no ser al mismo tiempo, no obstante, nos es menester reconocer que la contradicción es coesencial a la naturaleza humana, debido a que nuestra estructura es Hile-Mórfica (Hyle -materia; Morphé -espíritu). La materia nos conduce hacia los apetitos y afectos sensibles (en ese orden), y el espíritu, al vector contrario. Y es en este constante conflicto entre razón y entrañas que vivimos el día a día.  

Si algo nos ha enseñado la antropología es que las entrañas siempre ganan. Y si bien es cierto que una mente educada las puede dirigir y contener, también lo es el que no las puede desaparecer. De tal suerte que éstas, listas y atentas a cualquier oportunidad del entorno, aprovecharán cualquier flaqueza de la mente para salir a flote y llevar a su huésped a la acción. Ya vendrá después el arrepentimiento, que puede ser temporal o de palabra. El primero nos llevará a la intermitente reiteración y el segundo a la constante consumación.

Usted me podrá decir que es ilógica esta afirmación, y tiene razón, lo es, pero los seres humanos somos incongruentes y alógicos. Y si no me cree, pregúntese cuantas cosas hace a sabiendas de que no las debe de hacer y cuantas las hace regodeándose en ellas. Le puedo asegurar que son muchas. Y no es que usted no sepa que no las debe hacer. Lo sabe, pero las entrañas lo llevan a ellas en la primera oportunidad o flaqueza de su mente y de su voluntad.  

La explicación no justifica la acción. 
Los seres humanos somos, pues, contradicción hecha carne. Esto, huelga decir, no nos excusa para dejarnos llevar por los apetitos de la materia, pero si nos hace patente que el conflicto entre entrañas y razón es, además de intenso, constante. Y que aún a sabiendas de que nuestro andar es a contrasentido, debemos hacer todo lo posible por gobernar lo que somos para que lo que somos no nos gobierne a nosotros. Tarea que, no se preocupe, dura toda la vida.  

El tema obedece a que en las últimas sesiones de la Abstracción hemos discutido abiertamente este punto (razón – entrañas), debido a que un miembro de ella puso sobre la palestra un tema personal para análisis y debate. Lo puso no con el ánimo de hacer público lo privado (cosa que la gente hace en las redes sociales), sino para nutrirse del análisis reflexivo de sus cofrades. Y lo hizo a sabiendas de que la reflexión constante de aquello que demandan las entrañas es lo que más ayuda a contenerlas, sobre todo cuando esta se hace con una lógica contundente.

Un día sin ayer.
En la vida de los seres humanos solo puede haber dos días sin ayer: El día que nace (literal) y el día que conoce a su otredad (figurativo). Como el lector ya puede educir, el caso gira en torno su pretendida otredad. O, por lo menos, a la mujer que él considera o consideraba su otredad. El caso, para no entrar en detalles, giro en torno a la viabilidad o inviabilidad de la relación. No por la ausencia de ganas de las partes (entrañas), sino por las diferencias psicosociales de estas (mente).

Ella pone como condición una casa que está, a juicio de él, más allá de las necesidades materiales de ambos (pareja sin hijos en casa). Una casa de cuatro o cinco habitaciones, doble sala y demás menesteres propios de una intensa vida social. Ella, fiel a sus necesidades sociales, le hizo saber que no se podría ir a vivir a una casa que este, en tamaño y espacio, por abajo de la que ya tiene.

No se trata de juzgar si la razón está del lado de ella o de él, ya que cada uno tiene diferentes ambiciones y necesidades. Él, eremita con una vida social que no va más allá de los círculos intelectuales con los que interacciona, propone un hábitat propio a su oficio y edad. Ella, aunque coetánea, necesita más. Uno demanda solitud, el otro, aparador.

De aquellos polvos, estos lodos.
Gabriel García Márquez era indigente en Paris. Pedía limosna afuera del Metro y de vez en vez se subía a los vagones del Metro a cantar para recolectar algunas monedas. Vivió, como la gran mayoría de los escritores y de la gente de cualquier oficio, días de penurias extremas, no obstante, nunca dejo de escribir. Y si bien es cierto que sus novelas no le daban para vivir ni para pagar la renta, también lo es que su esposa siempre estuvo ahí, invirtiendo con su tiempo, comprensión y apoyo. Lo demás es historia. Cien años de soledad fue y es un éxito mundial y le genero dinero a raudales.

Ella y él llegaron a la relación como inversores, no como cobradores. Tan es así que cuando llego el dinero, él siempre estuvo ahí para disfrutar con ella y sus hijos el trabajo de los dos. En conclusión, no todas las parejas son parejas. Unas llegan para invertir y otras para cobrar.

Encontrar tu otredad es encontrar tu segundo día sin ayer. Es encontrar a ese otro u otra con la que sientes que tu historia empieza de cero. Historia que construyen juntos para formar un nuevo amanecer. Estas parejas alcanzan tal plenitud en su relación que cuando una de las partes llega a faltar, la otra se disminuye sensiblemente.

En las parejas en donde el motor de una o de ambas partes es cobrar, el deterioro se deja notar: una parte se envejece y la otra se frustra. Y cuando llega a faltar una de ellas (sin importar cuál de las dos), la otra no solo se rejuvenece, sino que, además, se revitaliza y vuelve a sonreír.

El otro nunca te miente, te mientes respecto al otro.
De nuevo, el tema no es definir quién tiene la razón (cada parte defiende lo que le es esencial), sino entender que lo que nos engaña es la piel. Las entrañas te dicen que ahí es. Y la razón te dice que lo es en lo físico, pero no en lo psíquico. El otro no te está engañando, tus entrañas te están engañando respecto al otro.

Si partimos de la premisa de que el secreto de todo está en el origen, pregúntese: cual es la razón primera y última que me lleva a esa relación. Si es la piel, va a terminar por fenecer (el instinto se satisface al consumarse). Si es la razón, también. Debe haber un sano equilibrio entre piel y razón. Ya que si bien es cierto que el amor que no se escribe en la piel es poesía, también lo es que cuando solo hay piel, la razón se desespera y huye.
 

¿Llegas a esa relación para invertir con tiempo, apoyo y comprensión en lo que él otro es? ¿Llega ese otro como inversor o como cobrador? Ambos roles salen a flote muy rápido. A uno le corresponde decidir si deja llevar por las entrañas o si se da el tiempo para buscar o coincidir con ese otro u otra que además de piel y razón, es Inversor.

Es importante donde vas a vivir. Lo es más, el con quien vas a vivir.

Nos leemos en el siguiente artículo.

 

 

3 comentarios:

  1. El autor ha diseccionado con bisturí la mentira más cómoda de nuestra época: que podemos vivir sin contradicciones. La realidad es que todos somos ese campo de batalla entre razón y entrañas. Y lo más incómodo de su post no es la teoría, es el espejo que pone frente a cada lector: ¿eres inversionista o cobrador en tu relación?

    Porque la mayoría vive en la zona gris de la hipocresía. Aceptan migajas de amor con tal de no enfrentar el vacío. Ponen condiciones disfrazadas de sueños (una casa más grande, un estatus social) para no admitir que lo que realmente buscan es un aparador para su ego. Y el otro, el que invierte, termina desgastado mientras el cobrador sigue exigiendo.

    El autor dice que el secreto está en el origen. Y tiene razón. ¿Llegaste a tu relación con las manos abiertas para construir o con las manos extendidas para recibir? La respuesta duele. Porque muchos descubrirían que están en una relación donde uno siembra y otro cosecha sin sembrar. Y eso no es amor, es una transacción disfrazada de sentimiento.

    Pero aquí viene lo que nadie quiere tocar: las reglas morales, éticas y religiosas que nos vendieron como faros de virtud son, en realidad, jaulas de control. Diseñadas para que no cuestiones el contrato, para que aceptes la infelicidad como deber y la sumisión como sacrificio. Te dicen que el amor es eterno, incondicional, sagrado… pero solo si te comportas como ellos mandan. Si te sales del guion, eres hereje, pecador, desviado. ¿Y quién dicta esas normas? Los mismos que nunca han tenido el valor de mirar sus propias entrañas.

    El verdadero acto de rebeldía no es romper todas las reglas. Es atreverse a preguntar: ¿esta norma la elijo yo o me la impusieron? Porque la vida real no se vive en el confesionario ni en el manual de buenas costumbres. Se vive en la intimidad de las noches donde el silencio habla más que las promesas. Y donde el amor verdadero no necesita permiso de ningún código moral para ser real.

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    1. Migajas de amor.

      Que fuerte.

      Que real.

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    2. leonel chapa mata29 agosto, 2026 20:55

      Te luciste Jaime. Muy aplicable para la vida como siempre todo lo que expones.

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Comentarios y sugerencias